Vientos de ira 24
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—¿Estás preparada?

La mañana se había levantado despejada y, a medida que las horas avanzaban, el sol iba calentando más y más aquellas tierras, los campos de cereal y a sus gentes.

Paz se había puesto un vestidito de flores azules que su abuela le había hecho con los restos de otro viejo que había pertenecido a su hija.

En realidad, le quedaba grande y, para poder aprovechar la tela, tenía parches en la zona baja de la falda que rompían la lógica del estampado.

Sin embargo, cuando el día anterior la abuela se lo dio, a la niña le pareció el mejor regalo del mundo.

—¿Me lo puedo probar?

—Pero ¡si ya tienes que irte a la cama! —exclamó Carmen sonriendo a su nieta. Parecía que le hubiera dado el tesoro más preciado del universo. «Con tan poco se conforma mi niña —pensó con resignación—, con un nuevo vestido hecho de retales».

—¡Por favooor! —Y juntó las manos como si suplicara.

—¡Venga, Paz! Póntelo y ven a la cocina para que te veamos todos. —Manolo, como siempre, se puso del lado de la niña.

El abuelo se mantuvo callado y la abuela se encogió de hombros en señal de conformidad.

Paz salió corriendo y en un par de minutos apareció de nuevo.

Llevaba puesto el vestido y daba vueltas y más vueltas, como si se estuviera probando un traje de novia.

Hizo reír a todos y se fue a la cama tan ilusionada que apenas pudo dormir.

Ahora, con el sol acercándose a su punto más alto, Carmen le repitió la pregunta que acababa de hacerle mientras se asomaba al interior de la casa:

—¿Estás preparada?

Por toda respuesta, la niña apareció con su vestido nuevo y una sonrisa radiante.

—Pero, hija, ¿cómo vas a ir así vestida al campo?

Paz torció el gesto.

Los días de mucho calor, su abuela la subía sobre Florencio, el burro, que iba cargado con dos alforjas.

Allí ponía la buena mujer el agua y la comida para los hombres, que estaban trabajando en el campo.

En realidad, la niña solo iba a lomos del animal, nada más, porque este sabía de memoria dónde tenía que ir y simplemente caminaba por la vereda, moviendo sus cuartos traseros con una cadencia monótona.

Sin riendas ni fusta; bastaba una cachetada de la abuela para que Florencio iniciara su marcha con la niña sobre el lomo.

En cuanto llegaban, su tío la lanzaba por los aires y después la colocaba en el suelo entre risas, vaciaba la carga, preparaba lo que hubieran de devolver y con otro palmetazo del abuelo, Florencio recorría el camino de vuelta.

A Paz le encantaban aquellos caminos, ver a todos los hombres trabajar inclinados sobre la tierra.

A muchos los conocía y la saludaban a su paso, mientras ella levantaba la manita y sonreía.

No era mucha la distancia, pero se sentía tan mayor que esperaba con entusiasmo que el calor fuera muy fuerte para salir con Florencio, incluso a veces le rezaba a Dios para que adelantara el momento todo lo posible.

Aquel día Paz se había puesto el vestido para subir a la era y su abuela no tuvo fuerzas para decirle que se cambiara.

Había pocos motivos para la ilusión, pero la infancia saca siempre de cualquier lugar una sonrisa, incluso de unos trapos recosidos con destreza.

Ya era mediodía cuando se montó en la bestia y, tras la palmada de rigor, el burro comenzó a moverse.

Carmen la vio desaparecer en el camino, inclinada, susurrando algo en la oreja al animal, una oreja que sacudía de vez en cuando. Su cuerpecito subía y bajaba al compás del paso, mientras sus piernecillas presionaban contra su piel. Se volvió y con la mano dijo adiós.

Manolo miraba el sol sin parar, ya estaba muy alto y Paz aún no había aparecido con el agua y la comida.

Era extraño, porque solía presentarse mucho antes.

Se sintió intranquilo. La niña era muy pequeña y no sabría enfrentarse a ningún contratiempo.

Dejó el trabajo y llamó a su padre, que se secó el sudor y se acercó.

—¿No crees que tarda mucho la niña?

Marcial miró el sol, estaba muy alto; eran más de las dos, seguro.

Bajó los ojos y asintió.

—¿No se habrá perdido? —preguntó de nuevo Manolo. Estaba cada vez más nervioso.

—Florencio no se perdería nunca, tal vez Paz no ha podido venir, lo mismo se ha puesto mala.

Su hijo frunció el ceño. Su madre les habría enviado algún mensaje o se habría presentado ella.

—Voy a acercarme al pueblo, quiero asegurarme de que todo está bien y, de paso, traigo agua y comida. Estoy seco.

Marcial asintió, se volvió y siguió con su tarea, no sin antes dar un trago a la bota.

Manolo anduvo con paso apresurado y cuando llegó a su casa cundió el pánico, Paz no estaba allí.

La niña había salido hacía un par de horas a lomos del burro, pero no había llegado a su destino y en el camino tampoco estaba; Manolo lo había desandado hacía pocos minutos.

Carmen se derrumbó horrorizada y empezó a sollozar, su hijo la abrazó y le prometió que traería a la niña de vuelta.

Cogió un cayado y salió corriendo de la casa sin rumbo fijo.

De repente, se paró y reflexionó un instante.

Iría a buscar a su padre; cuatro ojos verían más que dos.

Corrió todo lo rápido que pudo y en un santiamén estaba en la era de nuevo.

Marcial se puso tenso cuando se enteró, pero no perdió el aplomo, llamó a un par de vecinos que estaban cerca y les explicó el problema.

Poco después, varios hombres se lanzaron a buscar a la cría de Marcial, que había desaparecido con el burro.

Sin embargo, apenas habían iniciado la búsqueda cuando la niña apareció.

Antes de que entrara en la casa, Carmen ya escuchó los sollozos y salió corriendo al zaguán.

Paz entraba en ese momento al patio y se dio de bruces con su abuela, que la vio caminar sangrando, el vestido roto y unos enormes chorretones surcando su carita, esos que las lágrimas habían creado con el polvo del camino.

La tomó en brazos, apenas podía con ella, y se tuvo que sentar en las escaleras de la entrada para apretarla tan fuerte contra su pecho que la niña se quejó porque la estaba asfixiando.

—¿Dónde te habías metido? ¡Te está buscando el pueblo entero! —acertó a decir.

Pero Paz solo sabía llorar y pronunciar palabras inconexas que se mezclaban con su llanto y su saliva. Se asomó una vecina, después otra.

—¡Ya ha aparecido! —gritó Carmen—. ¡Avisad a los hombres de que ya ha aparecido!

Cuando entró Manolo como un ciclón en la cocina, Carmen estaba lavando a la niña.

Tenía un montón de rozaduras y arañazos y una fea herida en la rodilla, pero nada grave.

Lo peor era un enorme chichón en la frente que empezaba a adquirir tonos morados.

Manolo la cogió con fuerza por un brazo y la sacudió.

Salpicó todo el suelo y Paz, en su desolación, solo pudo pensar que la abuela se iba a enfadar.

—¿Se puede saber dónde estabas? ¡Casi nos matas de un susto, joder!

Paz miró a su tío, aterrorizada. Nunca la había zarandeado y jamás le había hablado así.

El llanto arreció y empezó a hipar sin consuelo.

Manolo supo que la desesperación le había jugado una mala pasada y trató de dulcificar el tono, pero la niña ya no atendía a razones, se sentía el ser más triste de todo el universo y por primera vez en mucho tiempo se acordó de mencionar a su madre.

—Eres igual que mamá, ¿tú tampoco me quieres? —balbució entre el llanto.

Las palabras de Paz rasgaron la tarde, fueron desgarradoras, inmensamente tristes.

Nadie se había parado a preguntarle qué le había pasado, cada uno se había consolado con su aparición y había gestionado el disgusto a su manera, pero aún nadie había querido saber qué había ocurrido, dónde estaba Florencio, la comida y el agua.

—Tranquila, mi niña —le acarició el pelo todavía lleno de jabón su abuela—. Aquí todos te queremos mucho, mucho, mucho. Lo que pasa es que nos hemos asustado tanto que no hemos...

—¡¡¡Florencio se volvió loco!!! Empezó a correr y a dar coces y se salió del camino.

—Paz estalló, se balanceaba de un lado a otro mientras no dejaba de llorar haciendo pucheros e intentando explicarse, pero no le salían las palabras, solo destilaba una pena inmensa y mucho miedo, un miedo que tenía atorado en la boca del estómago y se negaba a salir—.

Yo no le hice nada, no le dije nada malo, pero se enfadó.

Con una toalla limpia, Carmen la cubrió y la sentó en sus rodillas. La pequeña se dejaba hacer como si fuera una marioneta, ni un quejido cuando tocaba sus heridas, mientras su diminuto cuerpo parecía que se iba a desencajar a base de sollozos.

—Yo intentaba calmarlo y le gritaba que se parara, pero no me hizo caso y siguió trotando. Cuando estábamos muy lejos se paró, y se puso a dar coces y a hacer mucho ruido, y me tiró.

Paz lloraba ahora más tranquila, por fin podía explicar todo lo que había ocurrido, el miedo que había pasado y el disgusto que traía.

—¡Florencio es muy malo! ¡Me tiró al suelo de golpe!

Me hice mucho daño en la cabeza —prosiguió señalándose el chichón al que su abuela había aplicado aceite—, corrí detrás de él a ver si lo alcanzaba.

También se cayeron las alforjas y se rompió todo.

.. ¡Se rompió todo, abuela! Lo siento, no podía sujetarlo.

Carmen abrazó más fuerte a su nieta y le susurró palabras de cariño.

Aún resonaba en sus oídos la mención que la pequeña había hecho de su madre después de tanto tiempo.

Sentado en un taburete, Manolo se echó las manos a la cabeza.

Había perdido los nervios al pensar que podía haberle ocurrido algo.

Se había sentido impotente y frágil; en el pueblo no habían desaparecido todavía los ecos de la tragedia de Leandro.

—Tío, no te enfades conmigo. Corrí mucho, no quería que se escapara, pero Florencio tiene las patas muy largas y siguió dando coces y trotando.

No sé dónde habrá ido. —Se secó los ojos con el dorso de la mano sin dejar de mirar a Manolo, con la otra se aferraba al cuello de su abuela y un tembloroso puchero conformaba sus labios.

—No te preocupes, pequeña —dijo al fin su tío, y extendió sus brazos musculosos y bronceados y la niña se soltó de la abuela y se lanzó a ellos.

En ese instante, entró Marcial en la cocina y miró la escena como quien no comprende nada de lo que sucede a su alrededor.

—Florencio ya está en casa —dijo con tranquilidad—, le debió de picar la mosca y se puso como loco. —Miró a su nieta y se rascó la cabeza—. ¿Cómo está la zagalilla? ¿Con el susto aún en el cuerpo?

Paz asintió muy seria, sacando la cabeza del cuello de su tío.

—Pues vete acostumbrando, la vida es como ese borrico; cuando todo parece que está bien, le pica la mosca y el mundo se vuelve del revés. Ahora solo hay que esperar a que deje de doler y Florencio volverá a los caminos como siempre. No hay que darle más importancia.

Todos lo miraron incrédulos. Marcial era de muy pocas palabras y aún menos de filosofías.

—¡No me volveré a montar en ese burro malo! —Paz volvió a esconder la cabeza en el cuello de su tío, como si así estuviera protegida del mundo.

—¡Claro que lo harás! —insistió el abuelo ante el desconcierto de su familia.

—¡No! —exclamó ella con terquedad. No estaba dispuesta a ceder.

—Mira, zagalilla —Marcial empezó a liarse un cigarrillo—, si no te subes al burro serás una cobarde toda tu vida. Cuanto más te cueste algo, mayor será el orgullo de alcanzarlo.

—¡No soy cobarde! ¡El burro es malo! —se enrabietó.

El abuelo la miró en silencio, con tranquilidad, con la sabiduría de los años.

—Mañana nos traerás la comida con burro o sin él, pero no te veo yo con las alforjas a la espalda.

Todos callaron entonces, incluida Paz. Marcial no solía hablar demasiado, pero cuando lo hacía, nadie le replicaba, y si había dicho que ella llevaría la comida, no quedaba otra que obedecer.

La niña percibió cómo la furia no dejaba de crecer en su pequeño cuerpo, un sentimiento en el que se mezclaba todo su rencor, todo el abandono que sentía, pero mantuvo la boca cerrada.

Giró la cabeza para que no se notara su enfado y entonces lo vio, no se había dado cuenta hasta entonces.

Sobre una banqueta, hecho un gurruño, estaba su vestido de flores.

Estaba sucio, estaba roto y manchado. La ira dejó de ser ira para convertirse en angustia.

Se había caído, se había hecho daño, se había roto el vestido, se había extraviado, había caminado mucho para regresar, y ahora su abuelo se empeñaba en que volviera al día siguiente a montarse en Florencio para que la tirara otra vez.

¡Era muy desgraciada! Comenzó a llorar de nuevo.

—¡Ya está bien, Paz! ¡Ya has llorado bastante! ¡Tampoco es para tanto! —El abuelo estaba empezando a perder la paciencia, tanto dramatismo no iba con él.

Estas palabras, tan frías, tan duras, eran fruto de su propia desesperación porque no soportaba ver a esa niña, a la que tanto quería, tan triste.

Sin embargo, sabía que tenía que hacerse fuerte y eso no se conseguía con abrazos y contemplaciones.

No. Saber que la vida no era fácil, obligarla a enfrentarse a sus miedos le ayudaría a evitar mayores penas.

Demasiados miramientos tenían con la niña; la abuela y Manolo la estaban malcriando.

—¡También se ha roto el vestido nuevo! —sollozó ella otra vez, como si allí nadie fuera capaz de entender nada.

—La abuela te hará otro y no se hable más del asunto. Vamos a comer algo que me voy a desmayar del hambre, con todo este lío no hemos probado bocado y mañana tendremos que madrugar más. No solo tú tienes problemas, Paz; todo está enlazado. Los problemas tuyos también afectan a los demás.

Y ahí finalizó la conversación.