Vientos de ira 23 #2
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23 #2

Después de aquello, estuvieron hablando de niños y canastillas. María preguntaba y Paola le hablaba de su experiencia, de mujer a mujer. La señora rezó a la Virgen y le pidió las señas de su casa. Por último, sacó del cajón de un mueble un gran paquete y se lo tendió con una sonrisa.

—¡Guárdelo bien! Herme siempre está al acecho. El próximo día le prepararé algo de ropa que ya no uso y que creo que le vendrá bien; lo que lleva está muy desgastado. La espero la semana que viene, seguro que con buenas noticias.

Paola salió de aquella casa muy confundida. Había hablado demasiado, pero ¿qué otro remedio le quedaba? No quería que la señora María hiciera nada, los amigos traían siempre de la mano enemigos, y ella prefería ser anónima. Sin embargo, las personas importantes nunca dejan decidir al débil.

La buena noticia era toda la comida que llevaba en el cajón; le había dado un gran paquete. No sabía qué contenía, pero la perspectiva de comer le hacía la boca agua.

Aburrida y hambrienta, Carmencita estaba sentada en el bordillo de una acera, mirando cómo trabajaban enfrente en la reconstrucción de un edificio dañado seguramente en los bombardeos.

Un montón de obreros se afanaban en sus trabajos y la niña, sin nada mejor que hacer, observaba las labores de cada uno.

En una esquina, despejando enormes piedras, unos hombres llenos de polvo sudaban por el esfuerzo.

Cruzó la calle con la bolsa de su madre en las manos, porque algo le había llamado la atención, y justo en ese momento los trabajadores paraban para tomar el almuerzo en el interior de las ruinas, quedando la calle despejada.

Se agachó disimulando, miró a un lado y a otro y no vio a nadie.

Con sus propias manos empezó a limpiar un montón de arena.

Debajo había visto algo brillante. Era una hebilla, la hebilla de una mochila cuya cinta apareció bajo la arena.

Volvió a mirar en derredor, escuchó a los obreros charlar en alto y, sin peligro en las inmediaciones, tiró con todas sus fuerzas de aquel trozo de tela.

La mochila se movió, pero era demasiado pesada, cubierta de arena apelmazada de muchos días e inclemencias.

Carmencita se afanó en quitar más tierra, más cascotes, pero la mochila no se liberaba.

Se sentó en el suelo y apoyó los pies contra unas enormes piedras para hacer más fuerza.

Le dolían las manos, los granos se le metían por las uñas, pero solo pensaba en lo contenta que se pondría su madre si encontraban cosas nuevas que vender.

Volvió a tirar con todas sus fuerzas y la mochila, poco a poco, salió de su tumba de arena y piedras.

Pesaba muchísimo, tanto que la niña comenzó a dudar de que pudiera con ella para meterla en la bolsa, si es que cabía allí.

Los obreros estaban acabando, oía sus conversaciones; si no se daba prisa la pillarían.

Paola salió del portal en ese instante y se extrañó de no ver a su hija en el sitio de siempre.

El corazón le dio un vuelco y, sin soltar la imagen, miró desesperada a un lado y a otro.

Enseguida dio con ella. Pero ¿qué hacía sentada frente a un montón de escombros en la acera de enfrente?

Mientras iba cruzando, observó que se incorporaba lentamente, con la bolsa abierta y algo más, que no conseguía definir, a su lado.

Parecía que quería guardarlo en su talega.

—¿Qué haces aquí? —La niña dio un respingo—. Me has asustado. Te he dicho mil veces...

Carmencita se volvió, tenía toda la cara y las manos manchadas y a su lado había una mochila muy sucia —que era lo que estaba tratando de guardar.

—¡Mamá, deprisa! Métela en la bolsa. Si nos ven los obreros, se la quedarán.

Paola iba a preguntar, pero se lo pensó mejor.

—¿Podrás con la imagen? Pesa mucho.

Ella asintió y su madre se la puso en las manos, aunque advirtió que la niña apretaba los dientes. En un movimiento rápido, Paola colocó la pesada mochila en la bolsa. No obstante, la mitad sobresalía por encima de las asas.

—¡Hay que cruzar ya! ¿Seguro que puedes?

La pequeña no tenía ni fuerzas para hablar, solo movió la cabeza y echó a andar delante de su madre, que se colgaba la bolsa a la espalda y trataba de sujetar por la cabeza, bajo el terciopelo, la imagen. Las voces de los obreros volviendo al trabajo se acercaban cada vez más.

Alcanzaron la otra acera y Paola ayudó a su hija a dejar la Virgen en el suelo, se sentó ella también y disimuló la bolsa entre sus faldas.

—¿Se puede saber qué hacías ahí? No lo habrás robado, ¿verdad?

Carmencita le explicó cómo lo había visto y lo había desenterrado.

—¡No te tienes que arriesgar de esta manera! —la regañó Paola—. Pueden pensar que estás robando y... no sé qué te puede pasar. —Miraba al suelo, preocupada.

—Me aseguré antes bien. Los obreros ya se habían ido. Y a lo mejor tiene cosas buenas dentro, cosas para vender.

Paola miró fijamente a su hija. Estaba llena de tierra, tierra pegada a sus rodillas, a sus brazos, a sus uñas, la cara tiznada, los ojos anhelantes de reconocimiento. Le sonrió.

—Has sido muy valiente. —Abrazó aquel cuerpo diminuto y lo atrajo hacia ella—. Pero no me des estos sustos. Aún no te he regañado por la locura de ayer con las gallinas, y ahora esto. Casi me muero allí mismo.

—¿Qué habrá dentro? —Carmencita cambió despreocupadamente el rumbo de la conversación.

—No lo sé, pero este no es lugar para mirarlo. No sé cómo nos las vamos a apañar para llevar todo esto de vuelta —dudó.

—¿Y si no hay nada de valor? ¿Y si cargamos para nada? —inquirió la niña. Su lógica era aplastante.

—Tendremos que arriesgarnos, como tú has hecho hace un momento. Esperemos que el esfuerzo merezca la pena, si no es así... ¡mala suerte! ¡Vamos!

Se colgó la bolsa al hombro para dejar las manos libres y poder sujetar también la imagen.

Pesaba muchísimo. La comida que le había dado la señora, escondida en el cajón, también contribuía a hacer más difícil la marcha.

Carmencita se colocó a su lado e intentaba sujetar la bolsa por debajo, sin mucho éxito, tratando de ayudar.

El trayecto se les hizo larguísimo y tuvieron que parar mil veces.

Paola caminaba lo más rápido que podía a pesar de lo cargada que iba.

A eso se sumaba su preocupación porque no podría defenderse en caso de necesidad.

El hacha estaba ahí, afilada, pero dejar todo aquello supondría mucho tiempo de reacción, y se jugaba demasiado: el dinero, la comida y lo que fuera que hubiese en aquella mochila que pesaba una barbaridad.

A eso se le sumaba que estaba dolorida, la cabeza la martirizaba, los latidos se le clavaban en las sienes como agujas y hubo un momento en el que se sentía tan mal que pensó que se desmayaría.

Casi llegando a su barrio, tuvo que sentarse en una piedra que había en medio del campo.

No podía más. Dejó todo en el suelo y respiró profundamente para recobrar el aliento.

El labio había empezado a sangrar un poco, pero si se tocaba sentía un dolor insoportable.

Sacó el pañuelo, doña María se había empeñado en regalárselo, y trató de limpiarse la herida, pero su hija se lo quitó de las manos con cuidado y secó el pequeño reguero de sangre y pus.

—¿Estás muy cansada? ¿Puedes levantarte? ¿Cojo yo a la Virgen? —preguntó. Empezaba a asustarse, sentía la derrota en la laxitud de los brazos de su madre, que apenas podía hablar.

—No, hija. Ve corriendo a casa y que vengan a ayudarme. Yo no puedo dar un paso más y tú eres muy pequeña.

La niña, prudente, como le había enseñado Paola, miró a todos lados para comprobar que no había nadie.

No le gustaba dejarla allí sola, tan cansada y lastimada, pero sabía que no había otro remedio.

Después salió corriendo como alma que lleva el diablo hacia su casa, a todo lo que sus piernas daban de sí, mientras Paola se levantaba con dificultad.

Aún le faltaba el aire y las piernas le temblaban.

Llevaba dos días sin comer, había preferido darles a los niños lo poco que tenían, y la debilidad le estaba pasando factura.

Se sacó el hacha de debajo de la falda y volvió a sentarse, colocando el arma a mano, escondida entre el terciopelo de la imagen.

Era necesario proteger todo aquello. Ciertamente, la Virgen le importaba un comino.

Si se rompía, ya vería cómo se las apañaba.

En todo caso, la Iglesia tenía dinero para hacer otra.

Lo peor que podría pasar es que se quedara sin ese trabajo.

Mucho más le preocupaba toda la comida que llevaba en el cajón, por ella sí que estaría dispuesta a usar el hacha.

Y no se olvidaba de la mochila, que defendería, aunque en realidad no sabía qué contenía.

Igual era algo de valor. Esperaba que así fuera después de todo el esfuerzo.

Estuvo tentada de abrirla, pero desechó la idea al instante.

Era mejor tener paciencia y desmontar todo en la seguridad de su hogar.

Notó cómo se le cerraban los ojos. Se maldijo por su fragilidad, estaba muy mareada, pero empezó a dar patadas en el suelo para despejarse. Los minutos se le hicieron siglos.

Por fin las vio a lo lejos. Su hija corría delante, varios metros la separaban de Petra y detrás la mujer con el niño en brazos y la lengua fuera.

—¡Para, no corras tanto!, ¡para un poco! —le gritaba a la niña.

Pero ella ya había vislumbrado la silueta de su madre y aún corrió con más brío. Llegó con la respiración agitada, se paró, se dobló y puso las manos en los muslos para coger aliento.

—¡Ya estamos aquí! He corrido todo lo que he podido, mamá. La tía viene por ahí detrás.

Paola asintió. Apenas tenía fuerzas para hablar. El mareo era cada vez más pronunciado, pero no podía permitirse el lujo de quedarse allí, había que llegar a su casa como fuera.

Por fin llegó su vecina y, nada más ver su semblante, supo que no estaba bien, pero no dijo nada; se dedicó a organizar el traslado.

—Lleva tú la imagen y yo cojo la bolsa. La niña que se haga cargo de su hermano.

Habían caminado poco más de cien metros cuando Paola se detuvo, Carmencita soltó a Adrián y tuvo el tiempo justo de hacerse, a duras penas, con la escultura antes de que se resbalara de los brazos de su madre, que cayó de rodillas.

Su vecina alcanzó a sujetarla antes de que se desplomara por completo.

Los niños comenzaron a llorar, pero Petra los mandó callar con determinación y buscó una solución a toda prisa.

Incorporó a su amiga y echó de menos un poco de agua.

Miró a su alrededor y, en la lejanía, pasado el campo, en la zona urbanizada distinguió a las personas que por allí se movían, pero no sabía si era seguro pedir ayuda, dado que llevaban cosas un tanto comprometidas.

—¿Cómo te encuentras? —se limitó a preguntar.

—Mareada —contestó Paola con un hilo de voz.

—¿Puedes hacerte cargo de los niños? Voy a intentar llevar todo esto y vuelvo a por vosotros.

Paola asintió.

—¡Carmen! —exclamó Petra entonces, y no utilizó el diminutivo a propósito—. Deja de llorar y quédate al cuidado de los dos, voy a llevar esto y vuelvo.

—Pesa mucho, tía —le advirtió entre hipidos la niña.

—Más peso yo, y me llevo todos los días de un lado a otro —refunfuñó.

Cogió la bolsa y del impulso casi pierde el equilibrio, después se agachó y con la ayuda de Carmencita aupó la imagen y comenzó a andar con cuidado. Apenas se la veía entre tanto trasto.

Casi en la puerta, se encontró con Pili, que la ayudó a meter todo, le contó lo que había pasado y ambas hermanas se encaminaron en busca de su amiga, a la que trajeron casi en volandas.

Manuelín, desde su atalaya, contempló cómo tumbaban a Paola en su cama y esta cerraba los ojos de inmediato.

No entendía qué pasaba. Su amiga estaba lívida, a pesar de los cardenales, y él en una cárcel de la que no podía salir.

—Ahora vas a quedarte aquí quieta hasta que, por lo menos, te vuelva el color.

Entró Pili con un tazón lleno de agua y, entre las dos, la incorporaron para que bebiera.

—¿Cuánto hace que no comes? —empezó su interrogatorio la vecina. Paola negó con la cabeza—. Te estoy haciendo una pregunta y quiero que me contestes —insistió.

Pero ella no estaba para interrogatorios, todo le daba vueltas y la cabeza amenazaba con estallar como una sandía madura.

Cada latido de su corazón era un latigazo en sus sienes y lo único que deseaba era descansar, cerrar los ojos y apagarse como una vela.

Esa sensación de no poder más volvió a instalarse en su corazón como una tea ardiente.

—Seguro que lleva más de un día sin comer.

—Pili se volvió hacia su hermana con preocupación—.

Encima ayer perdió sangre, tiene una buena herida en la cabeza y para rematar viene desde Madrid cargando con todo eso que está junto a la puerta.

Lo que no sé es cómo no le da un patatús —Y a continuación dijo—: Voy a preparar un caldo, supongo que el cajón de la Virgen estará lleno de sorpresas.

Hizo un guiño cómplice y salió a toda velocidad del cuarto.

Paola parecía descansar, pero Petra no se iba a arriesgar a dejarla sola. Se sentó a los pies de su cama. Apoyada en la jamba de la puerta estaba Carmencita, sin apenas atreverse a mirar.

—¿Se pondrá bien? —inquirió.

—¡Por supuesto! Esto no es más que cansancio, disgustos y falta de comida. Le han fallado las fuerzas, nada más. Cuando coma bien, descanse y duerma se levantará como una rosa. ¿Y Adrián?

—En el patio.

—Pues hoy cuida de él y procura que no haga ruido ni moleste, para que tu madre descanse mucho, ¿de acuerdo?

La niña asintió con fuerza y salió. El miedo se había aplacado de momento, pero hasta que no comprobara que la tía tenía razón, no estaría segura.

Se sentía un poco culpable por haber descubierto la mochila y que su madre hubiera tenido que cargar con todo ese peso. Se preguntó si habría valido la pena.