23
Paola amaneció desfigurada. Unos deslucidos rayos de sol se colaban por la ventana, cubierta con trapos, y deslumbraron sus ojos.
Le dolía la cabeza, pero más le dolía la humillación recibida.
Le costaba recordar, porque la bilis de su orgullo herido subía a su boca.
Se vistió con prisas. Buscó el hacha y se la enganchó a la cintura.
Estaba furiosa. Los niños seguían durmiendo, ajenos a su ira.
No quiso despertarlos, bastante miedo habían pasado ya.
Salió al patio con paso firme y descubrió que las gallinas, que con tanta valentía había protegido su hija, habían puesto tres huevos en señal de solidaridad.
Ya estaban viejas, pronto habría que llevarlas a la olla.
Necesitaba hacerse con alguna más. Se arriesgaría a salir de Madrid, a alguna granja donde pudiera robarlas sin que la descubrieran.
Entró de nuevo en la casa y se tocó la cara.
Sintió un intensísimo dolor que le cortó la respiración.
Era hora de despertar a Carmencita. Hubiera deseado no hacerlo, pero tenía que acompañarla a vender los huevos y a la casa de la señora de Palomeras; era su única esperanza de obtener algo de comida, porque la despensa estaba vacía y apenas conseguían nada con el racionamiento.
Llevaban más de un día sin probar bocado.
Continuaba masticando su rabia cuando entró Petra y, al ver su aspecto, se quedó inmóvil.
Se arrepintió inmediatamente de su torpeza, pero ya no tenía solución.
—¿Te duele? —preguntó.
—Muchísimo. Debo de tener un aspecto horrible, ¿no?
Petra barajó la posibilidad de suavizar la situación, pero desistió de inmediato; era mejor que supiera por qué iba a mirarla todo el mundo.
Fue a la cocina y de un rincón sacó el cubo con el agua sobrante de las curas de la noche anterior y la animó a que observara su reflejo.
Su vecina no dijo nada, simplemente llamó a su hija y luego le explicó que no era nada grave; todo desaparecería en unos días.
Salieron a la claridad del día. Paola, llena de ira, guardaba en su corazón el amargo regusto de una venganza que posiblemente jamás podría cumplir. Se mantuvo en un silencio obstinado durante todo el trayecto. La niña prefirió callar también, conocía de sobra ese gesto de su madre.
Vender los huevos no costó trabajo. Era un producto apreciado y había quien disponía de mucho dinero para comprar lo que otros ni de lejos se podían permitir y, aunque Paola sabía que se arriesgaba a terminar en la cárcel, durante un mínimo de quince días por hacer estraperlo, merecía la pena.
Además, contaba con su hija y su instinto.
La niña era como un rastreador, se paseaba por las calles y decidía la esquina donde colocarse, siempre una diferente y, mientras su madre ofrecía el producto, ella vigilaba atenta.
Después se dirigieron a casa de la señora de Palomeras, y Carmencita, como hacía cada semana, se quedó en la acera esperando mientras su madre se adentraba en aquel edificio señorial.
Abrió la tal Herme, que ni siquiera se dignó mirarla y menos contestar al decidido «Buenos días» que la visita le dedicó.
Al llegar a la cocina, como era habitual, le indicó que esperara a que la señora estuviera preparada y Paola, agotada por el peso y las escaleras, apoyó la imagen en la mesa y se quedó con la cabeza gacha para evitar en todo lo posible miradas indiscretas.
La cocinera estaba empezando a organizar la cocina.
Aquel día había llegado antes de lo habitual y aún no se percibían los olores de los guisos, más allá del agradable aroma a comida que se extendía por la estancia siempre.
La miró un segundo, pero no dijo nada. Unos instantes después, Herminia le indicó que la siguiera, y Paola lo hizo.
La criada abrió la puerta del enorme salón y le franqueó la entrada.
Una vez que estuvo dentro, cerró con exquisitos modales.
Esperándola estaba María con más que visibles signos de su embarazo, que prosperaba sin problemas y llenaba de felicidad aquel hogar.
Estaba sentada en uno de los sillones y cosía algo.
Al oírla entrar, apartó la labor y se levantó, solícita.
Paola, que llevaba la imagen por delante de su cara, se apresuró a dejarla sobre la mesa para atender a aquellas manos que se extendían hacia ella.
—Buenos días, mi querida... —empezó la señora.
De pronto, dejó de hablar al descubrir el rostro amoratado y el labio partido de su interlocutora, que bajó los ojos un tanto avergonzada; sabía que había llegado el molesto momento de las explicaciones.
—¡Dios mío! ¿Qué le ha ocurrido? ¿Quién le ha hecho eso? —preguntó María mientras se acercaba alarmada, con una mano tapando su boca abierta. Parecía mostrar una preocupación totalmente sincera.
Paola sopesó la posibilidad de mentir, pero no se le ocurría nada que pudiera ser más prudente que la propia verdad, por lo que suspiró para coger fuerzas y comenzó a hablar.
—Ayer nos visitó la Guardia Civil. Querían comprobar que mi marido no había vuelto, que no lo habíamos escondido en nuestra casa. Seguro que alguien les fue con una información que no era cierta.
—¿Tu marido? ¿Y por qué habría de estar escondido? —preguntó extrañada la señora de Palomeras.
Aquella mujer no entendía nada de lo que sucedía fuera de su jaula de oro, por lo que Paola sintió burbujear su ira e hizo un enorme esfuerzo por domarla. Levantó la mano indicando que no tenía importancia.
—No, no. ¡Explíquemelo! —insistió ella, con esa voz contundente que últimamente estaba mostrando cuando quería algo, y que hizo que Paola tomara aire con fuerza, tratando de sujetar a su demonio.
—Señora, mi marido es de los «malos», de los «rojos», a pesar de que nunca se metió en política.
Le tocó estar en el lado de los desafortunados, de los que iban a perder de una manera u otra.
Nunca dejará de ser sospechoso y su familia nunca dejará de estar en la picota —le explicó con firmeza—.
Ayer, dos hombres trataron de comprobar si teníamos a mi esposo escondido.
Primero revolvieron mi hogar a su antojo, preguntando a mis hijos y consiguiendo que yo fuera capaz de imaginar lo que nos puede pasar si se nos ocurriera cobijarlo.
Después me hicieron lo que ve, de un solo golpe, y cuando mi hijo trató de defenderme, le pegaron también.
Es muy pequeño, ¿lo entiende? —Paola sintió que se descontrolaba su rabia—.
¡Es solo un niño! ¿No ha sufrido suficiente?
Las primeras lágrimas iniciaron ese camino ya conocido.
—¿Puede imaginarse la escena? —continuó—.
¿Puede vernos allí? En la oscuridad, con una linterna sobre la mesa, mis hijos agarrados a mis piernas, y yo.
.. ¿Yo? ¿Qué le digo de mí? ¡La impotencia brutal de no poder hacer nada!
No saber cómo defenderme y defenderlos, jugando a callar, a no decir nada inoportuno. ¿Se imagina algo así?
El llanto era desgarrador, la humedad se había hecho dueña de su rostro y la señora de Palomeras estaba consternada, tenía los ojos brillantes y no se atrevía a decir ni una palabra.
María se levantó, se acercó a aquella mujer a la que ya consideraba amiga, la tomó del brazo y la llevó a un sillón para que se sentara.
Abrió un cajón y sacó un pañuelo que le tendió.
Era blanco, inmaculado, con unas flores malvas bordadas en una esquina.
A Paola, no supo por qué, aquel pañuelo le recordó a su madre, y redobló el llanto.
Todo en su vida era horrible. Le dolía pensar en ella porque eso llevaba añadido el recuerdo de su hija perdida.
Después, la señora la dejó sola y salió del salón para reaparecer con una taza humeante de manzanilla con mucha azúcar.
Paola se iba serenando a la vez que su arrepentimiento aumentaba. Era consciente de que había estallado en el peor lugar posible. El dulzor de la infusión y su temperatura le devolvieron el pulso y trató de disculparse.
—Lo siento, no he debido...
Doña María estaba pensativa y tenía el gesto contrariado. Se tocó el vientre y suspiró. Como siempre, Paola se temió lo peor. Esta vez se había pasado de la raya.
—No puedo ni imaginarme lo que ha tenido que pasar.
—Por fin le salieron las palabras que había estado reteniendo—.
Y permítame que le prohíba esa disculpa.
Usted no ha hecho nada malo, es esta maldita guerra que nos ha convertido a todos en salvajes.
Hoy rezaré por usted, no necesito pedir nada a la Virgen; ya me ha beneficiado demasiado y puedo ver con claridad como no es así con otros muchos.
Y una cosa más, le prometo que nadie va a ir a su casa a molestarla nunca más.
Aún no sé cómo lo voy a hacer, pero tener un marido importante ha de servirme de algo.
El pánico se adueñó de Paola al oír esas palabras.
—¡No! —casi gritó. Pensó inmediatamente en Manuelín, escondido en su tejado. Enseguida suavizó el tono, no quería seguir metiendo la pata—. Se lo agradezco, pero no quiero que haga nada, no quiero significarme de ninguna manera. Pasar desapercibida es lo que siempre me ha funcionado.
La señora de Palomeras negó con contundencia, le indicó con un gesto que tomara la manzanilla y prosiguió.
—Está equivocada, muy equivocada. Las influencias son vitales.
Créame, Paola, de esto sí sé mucho. Tenemos un pacto y espero que una amistad —añadió con cierta timidez—, y no permitiré que le hagan daño.
Mi marido tiene un puesto muy importante cerca del gobierno, y poner un cordón alrededor de su casa no tendría que costar demasiado.
Una mujer embarazada tiene sus ases en la manga.
Dejó que las palabras cerraran solas el círculo. Pero Paola, con la taza de fina porcelana vacía en las manos, seguía intranquila. No compartía en absoluto su optimismo.