22 #3
El guardia se tocó el bigote, pensativo; tal vez no había nadie más allí.
Se levantó, dejando a los niños atrás, y se encaró a Paola y ella supo que aquel era el momento de mostrarse firme, si no estaría perdida.
Se acercó mucho, tanto que la mujer pudo oler su aroma agrio.
Le acarició la cara y ella se separó con un movimiento brusco.
Miles de pensamientos surcaban su mente, pero ninguno quedaba quieto; la imagen más insistente era su hacha, una defensa, una posibilidad.
—Así que no ha vuelto el rojo hijo de la gran puta de tu marido.
Silencio.
Se volvió a arrimar y dio la vuelta a su alrededor como un lobo que acecha a su presa.
Ella trataba de mantener la calma mirando al suelo.
Manuel estaba a punto de salir de su escondrijo, con los músculos en tensión y la adrenalina que provoca la rabia desbocada.
La luz de la linterna sobre la mesa desenfocaba las siluetas y convertía en fantasmas a sus protagonistas.
—¿Y ahora cómo se las va a apañar una mujer joven y guapa como tú sin un hombre que la proteja?
Paola seguía en silencio, con la mirada fija ahora en el infinito —mirar al suelo era señal de sumisión y ella aún no se había rendido.
—Yo podría... —El hombre trató de retirarle el pelo de la cara, pero ella se volvió como si tuviera un resorte.
Sabía lo que pretendía aquel sujeto y, si Manuel no era un poco inteligente, cedería al chantaje y «la rata», como él lo llamaba, saldría de su madriguera—.
Podría cuidarte... A tus hijos, aunque hijos de un cabrón rojo, no tendría por qué faltarles la comida.
Y de nuevo intentó acariciarla, pero ella insistía en retirarse.
—¿Qué me dices?
Manuel se levantó, tratando de no hacer ningún ruido.
Tenía que llegar a la cocina sin que se enteraran.
Una vez que estuviera allí..., ya vería cómo se desarrollaban los hechos.
Procuró no pensar en la derrota. Sin embargo, cuando iba a echar a andar, lanzó una última mirada a la escena que se desarrollaba bajo sus pies y vio cómo Paola negaba con la cabeza.
Intuyó que era una señal para él y se detuvo. ¿Qué estaba tramando?
El guardia del bigotito también había visto el gesto, pero dedujo que era tan solo una negativa a la oferta que le había hecho.
Paola sabía que Manuel los observaba y necesitaba mandarle una señal, no quería que lo estropeara todo por ese orgullo masculino que tantos disgustos procuraba a las mujeres. Se giró con lentitud y, por primera vez en toda la noche, clavó los ojos en aquel ser despreciable.
—No hay ninguna rata en esta casa. Mi marido está muerto o huido.
No creo necesario asustar a unos niños y a una mujer indefensa.
—Estas palabras cogieron desprevenido al civil, que no podía creer la fiereza que adivinó en aquella mirada—.
Si no quiere nada más, me gustaría acostar a los niños; están muertos de miedo y de cansancio.
Y entonces aquel hombre se puso rojo de ira y se le hincharon las venas del cuello. Sin previo aviso, soltó tal puñetazo que Paola se estrelló contra la pared.
—¡Vámonos! Aquí no hay más que rascar. —Se dio la vuelta y, pensándolo mejor, se volvió de nuevo y señaló a la mujer que aún estaba en el suelo—. Y tú, puta, ándate con ojo, a la más mínima te enchirono. Vamos detrás de ti, zorra.
Y le dio una patada mientras ella trataba de protegerse haciéndose un ovillo contra la pared, pero ni siquiera se quejó. Adrián, por el contrario, con su cuerpecillo de alambre, se lanzó contra el guardia civil y le propinó una patada.
—¡Deja en paz a mamá! —chilló.
El guardia soltó la mano y abofeteó al niño, que fue a parar al suelo junto a su madre, quien lo retuvo para que no se levantara de nuevo.
—Controla a estas bestias. ¡Qué se puede esperar de un puto rojo!
Y antes de que Paola se pudiera levantar del suelo, antes de que los niños pudieran echarse a llorar, antes de que Manuel tuviera tiempo de bajar, aquella pareja desapareció dando un portazo.
Y el tiempo se quedó en suspenso unos segundos, como avergonzado, ralentizando la angustia y, de repente, como si hubieran dado permiso para respirar, los pequeños se abrazaron sollozando a su madre, que se levantó mareada, con un pitido en el oído que tardaría días en desaparecer.
Mientras, Manuel se derrumbaba sobre el suelo del tejado, sintiéndose un cobarde y maldiciendo a aquellos que provocaban tanto dolor y tanta violencia.
No habían acabado de irse los guardias cuando unas llaves giraron en la cerradura y en el oscuro vano aparecieron sus vecinas. Entraron a toda velocidad y cerraron de nuevo.
—¿Qué ha pasado? —susurraron alteradas—. Hemos oído golpes y hemos visto a los guardias civiles salir.
Paola se acercó a la vela, cuya llama temblaba con fuerza para evitar que se apagara. La puerta del patio aún estaba abierta y por ella se colaba un viento desangelado. Petra fue a cerrarla, la llama se estabilizó y entonces pudieron ver el rostro de su amiga.
—¡Dios mío, chiquilla! —Pili aproximó la llama. Con el dorso de la mano, Paola se quitaba la sangre de la boca y la nariz, que manaba en abundancia.
—¡Ese señor nos ha pegado! —sollozó Adrián, cuyo oído estaba colorado por el golpe. Un hilillo de sangre le caía de la cabeza; tenía una pequeña brecha causada por el impacto contra el suelo.
—No te preocupes, ya ha pasado todo, cariño. —Petra cogió al niño en brazos, su madre aún no había visto que sangraba también.
Salieron a la fuente y trajeron un balde hasta arriba de agua, y con trapos empapados en agua y sal trataron de curar las heridas de ambos.
Adrián tenía un pequeño chichón con un corte diminuto en medio, y enseguida estuvo bien.
El golpe de Paola era otra cosa. Tenía parte del labio partido, y se le hinchaba por momentos al igual que el ojo izquierdo, y no dejaba de salirle sangre por la nariz.
—Aprieta el trapo con fuerza para cortar la hemorragia —le recomendó Pili—. No parece que esté rota.
Siguió obedientemente las instrucciones.
Persistía el pitido en el oído izquierdo, lo que le impedía escuchar bien, y un penetrante dolor palpitaba en su cabeza, provocándole náuseas.
No solo había sido la bofetada, en la caída había chocado con la pared cuando la fuerza del golpe la obligó a girar la cabeza de forma refleja.
Sin previo aviso, vomitó. Los niños estaban muy asustados de ver a su madre en aquel estado.
Petra, así las cosas, los mandó a la cama y, aunque al principio protestaron, terminaron por claudicar; estaban derrotados y el sueño los venció en pocos minutos.
Pili, mientras tanto, ayudó a su vecina a tumbarse también.
No era hora de preguntar nada, todo estaba bastante claro, pero Paola necesitaba descansar.
Según se dejaba caer en el lecho, la tensión la sobrepasó y se puso a llorar.
Temblaba pensando lo que podía haber pasado.
Regresaban a su mente imágenes de su hija, tan cerca de aquel sujeto de manos repulsivas; su hijo volando contra ella; ella misma indefensa ante la brutalidad.
Pili y Petra dejaron que se desahogara en silencio, después le retiraron el trapo y vieron que la sangre había dejado de fluir, pero una costra oscura y seca bordeaba su rostro deformado, otorgándole un aspecto un tanto monstruoso entre las sombras.
La joven madre cerró los ojos y, con una voz apenas audible, les indicó que podían irse, que al día siguiente les contaría todo, pero que necesitaba tranquilizarse y estar sola.
Las vecinas le propusieron quedarse, aunque solo fuera una de ellas por si necesitaba cualquier cosa, pero fue contundente.
Nadie debía permanecer allí, ahora sabía que la estaban vigilando; la vigilaban por roja.
Finalmente, las vecinas se marcharon con mil recomendaciones.
—Un golpe en la pared y estamos en un segundo —fueron sus últimas palabras.
Cuando la puerta se cerró, Paola apretó los párpados y volvió a dejarse perder en el llanto, el único consuelo que le quedaba.
Se sintió sola, frágil e inútil. La imagen de sus hijos cerca de aquellos hombres no se borraba de su cabeza; los habría matado si hubiera podido.
De repente algo la sobresaltó, sintió que la cama crujía y pensó que las vecinas habían vuelto a pesar de su negativa, pero una voz conocida y dulce la consoló.
—Me partes el alma, mi vida. —Y sin pensarlo, aquella mujer devastada, hecha un mar de lágrimas, se dio la vuelta y se abrazó con fuerza a Manuelín, que la acogió en sus brazos protectores, acunándola en silencio.
Y entonces su cuerpo se tensó, los recuerdos volvieron a acosarla y se separó con brusquedad.
—No deberías estar aquí, es peligroso —dijo entre hipidos a través de las lágrimas, sin ningún convencimiento.
Manuel no contestó, la tomó suavemente de la cabeza y volvieron al abrazo.
Ella no fue capaz de oponer resistencia, no precisaban más palabras.
Ninguno, por diferentes motivos, reunía las fuerzas necesarias para dejar paso a lo conveniente.
Y así estuvieron muchos minutos, enlazados el uno al otro mientras ella lloraba desconsolada y él le hablaba en susurros para que se tranquilizara.
No pensaron en los niños, que podían aparecer en cualquier momento, no pensaron en las vecinas, no pensaron en nada, solo en juntar sus tristezas, sus angustias y sus miedos y apoyarse al calor de unos brazos.
Manuel se sentía confuso, su prudencia le insistía en que había hecho lo correcto; no era un cobarde.
Darse a conocer hubiera significado la perdición para todos, pero una parte de su corazón se rebelaba, aún le hervía la sangre, y la imagen de la violencia brutal de aquel sujeto contra una mujer desprotegida y un niño le revolvía las entrañas y le impedía aprovechar aquellos instantes de complicidad.
—Tal vez tendría que haberte defendido —confesó, ahogado en dudas, cuando Paola dejó de llorar.
Ella se separó y lo miró con los ojos aún anegados.
—Sabes que no, hubiera sido nuestro fin; eso es precisamente lo que pretendía, ¿no te diste cuenta? Tensar tanto la cuerda para que mi supuesto y escondido marido perdiera los estribos. Era más difícil, más valiente y más inteligente aguantar que salir a la desesperada.
—Ha sido una suerte que se hayan ido de esa manera, ya no podía soportarlo más.
La mujer compuso una extraña sonrisa, más bien una mueca en mitad del llanto.
—Tal vez vuelvan... —Su voz sonó angustiada—. Saben que soy una presa fácil.
Manuel la abrazó con más fuerza y trató de espantar todos los pensamientos dolorosos de su mente.
—No estás sola, te lo aseguro, pero ahora no debes preocuparte más, tienes que tratar de dormir.
—Acercó la vela y revisó sus heridas. Aquel rostro mostraba los signos de la violencia sin paliativos.
Había recibido un buen golpe que dolería, y mucho, a la mañana siguiente.
La hinchazón ya era palpable e iría a más.
El ojo estaba adquiriendo tonos morados y el abultamiento del labio le dificultaba el habla, pero no dijo nada.
La dejó que se deslizara en la cama y estuvo un buen rato allí hasta que su rítmica respiración le indicó que dormía.
Se aseguró de que estaba bien tapada con una manta áspera, descolorida y con algún que otro remiendo.
Sopló la vela y sin hacer ruido volvió a su escondrijo, pasando con cuidado por encima de aquel cuerpo al que no quería despertar.
En cuanto estuvo arriba, se tumbó boca abajo y buscó la rendija por la que espiaba los movimientos de la mujer que le robaba el aliento. No se veía nada, la oscuridad era total, pero saber que respiraban el mismo aire era suficiente.