22 #2
—Es... es un antiguo gallinero. Ahora está lleno de trastos y porquería —contestó balbuceando. Sabía que era una inocente excusa para evitar que entraran.
Intentaron abrir, pero no vieron el madero con el que estaba atrancada la puerta y, ni corto ni perezoso, el del bigotito dio una patada y la echó abajo.
Sin entrar, paseó la linterna y no debió de ver nada interesante, porque se dio la vuelta sin decir una palabra.
Paola respiró aliviada. Notó entonces una manita que se asía a la suya y, al darse la vuelta, vio a su hijo.
Era su oportunidad, aquellos hombres aún no habían visto a los niños, así que se agachó y le susurró al oído.
—Ve a la habitación donde duerme mamá y coge el palo de abrir el tejado.
—¿El de las ratas?
—No me interrumpas, cariño. Esto es muy importante. Coges el palo y lo... —por un momento no se le ocurría qué hacer con él— tiras por la ventana del otro cuarto sin hacer ruido. ¿Has entendido?
Adrián asintió muy serio, se dio la vuelta y desapareció en la oscuridad de la casa.
Su madre tuvo que presenciar cómo los guardias revolvían todos sus trastos, todo lo que se acumulaba en el patio dispuesto para el invierno.
El corazón le latía con fuerza, pero mientras siguieran removiendo por allí, todo estaba bien.
En una de esas maniobras, la luz de la linterna se balanceó y un haz se perdió en la noche, cuando Paola la vio creyó desfallecer y se le heló la sangre en un instante.
Pegada a la pared del gallinero, en el rincón que formaba con el muro que daba a la calle, vislumbró durante un segundo a su hija.
Estaba agachada, agazapada en la oscuridad tras el tronco sarmentoso de la parra, sujetando las dos gallinas, y tratando de que no se movieran.
Paola creyó morir. El miedo la invadió de nuevo con más fuerza.
Sabía que tenía que hacer algo, la linterna podía alumbrarla en cualquier momento, y sabe Dios qué pasaría si pensaban que los estaban engañando.
¿Cómo se le había ocurrido semejante locura?
Por fin se movió; no podía seguir allí por más tiempo.
Tomó la decisión de salir al patio en un intento desesperado por distraerlos y que su hija tuviera una oportunidad de volver a entrar en el gallinero.
Estaba claro que no mirarían otra vez allí, estaría a salvo.
Pero no había bajado el primer escalón, cuando el guardia la enfocó.
—¿Adónde crees que vas? —atronó—. ¿Cómo coño te lo tengo que decir, joder? ¡Estate quieta de una puta vez! Cuando te necesite, te avisaré.
Subió de nuevo los escalones, temblando sin control ante aquella amenaza.
Se volvió hacia la niña en cuanto comprobó que no la veían; seguro que estaba muy asustada.
Se sentía cobarde, pero no se le ocurría qué más podía hacer; desobedecer resultaría aún más peligroso.
Desgraciadamente, sería el azar el que jugaría aquella partida.
En esos pensamientos estaba cuando vio a Carmencita levantarse y empezar a caminar pegada a la pared del gallinero.
Sintió que le fallaban las fuerzas y se le secó la boca, quería gritarle que se estuviera quieta, que la iban a descubrir, pero nada de eso era posible.
Tuvo que limitarse a observar, con el alma en un puño, cómo la niña se movía con agilidad en la oscuridad, sin hacer el más mínimo ruido.
Al final, tras lo que a su madre le pareció un siglo, logró colarse de nuevo en el cobertizo con las gallinas.
Paola pensó que se iba a desmayar cuando desapareció de su vista, pero en ese momento llegó Adrián y se colgó de su mano.
—Ya está madre, ya lo he tirado. ¿A que no me has oído? —susurró.
—No he oído nada, cariño. Lo has hecho muy bien.
Los guardias decidieron que allí no había nada más que trastos inservibles, el frío era cada vez más intenso y resolvieron volver a la casa.
Paola pensaba nuevamente en su hija y en el frío que estaría soportando, todo por salvar a las gallinas.
Pasaron por delante de ella y se quedaron mirando al niño.
—¿Y este mocoso? ¿Es tu hijo?
Paola asintió.
—Pues no lo sueltes, que se mantenga tranquilito, porque si molesta se va a llevar unas cuantas hostias. —El guardia hablaba balanceando el fusil delante de la madre y del hijo. Paola, en un movimiento reflejo, colocó al niño detrás de ella. El crío se aferró a sus piernas con fuerza.
Volvieron al salón y dieron un repaso con la linterna.
Estaba prácticamente vacío, por lo que había poco que mirar.
La mesa y las sillas que habían comprado cuando Adrián y ella se casaron habían acabado ardiendo hacía mucho tiempo, al igual que el aparador.
Entraron en su habitación, la que utilizaban los niños ahora.
Miraron debajo de la cama, pisotearon con ganas el suelo aquí y allá.
Seguramente buscaban agujeros en los que una persona se pudiera esconder.
Al girarse, repararon en el armario. Era un armario de obra, con repisas y sin puertas.
Tiraron al suelo todo lo que había allí, desde lo poco que quedaba del ajuar hasta unos vasos que les regalaron por su boda, único tesoro de aquellos días felices, que se hicieron añicos contra el suelo.
Después comenzaron a dar golpes con las culatas de los fusiles en busca de un escondrijo.
En ese momento, llegó Carmencita y se aferró a su otra mano. Estaba helada.
Convencidos de que allí solo había una pared, los guardias volvieron al salón. Al ver a la niña, se quedaron sorprendidos.
—Y esta, ¿de dónde coño sale? ¿También es hija tuya? —Era el del bigotito otra vez.
La pequeña se escondió tras su madre, asustada. Paola asintió de nuevo y trató de explicarse.
—Cuando volvieron del patio mi hija estaba sentada en la cocina, pero no la vieron.
—Pues no has perdido el tiempo tú. —Y con un gesto obsceno le guiñó nuevamente un ojo a su compañero, que volvió a esgrimir esa sucia sonrisa bobalicona—. ¿Hay alguien más que no hayamos visto?
Paola negó con la cabeza. Poco a poco iba recuperando algo de confianza, lo que le permitía pensar con más claridad, aunque echaba mucho de menos su hacha; con ella le habría rebanado el cuello al del bigotito, sin inmutarse, si trataba de sobrepasarse con su hija o con ella.
Pero el arma dormía bajo la almohada, como cada noche.
Llegaron a la habitación pequeña; la del peligro, la de la trampilla.
Paola apenas podía respirar, le faltaba el aire, apretaba la mano de los niños compulsivamente, tanto que Carmencita le susurró que le estaba haciendo daño.
La madre aflojó, pero temía que alguno hiciera un comentario sobre ratas, fantasmas o simplemente que hablase de la trampilla.
Sin embargo, nada de eso sucedió. Los guardias echaron un vistazo rápido y concluyeron que allí tampoco había mucho que ver: una cama y un montón de latas que hacían las veces de mesilla.
En ningún momento iluminaron el techo; todo lo que buscaban, lo buscaban en el suelo y las paredes.
Por fin se dieron la vuelta. Cuando Paola pensó que se marcharían, volvieron a la cocina.
No entendió ese gesto y todos sus sentidos se pusieron alerta; se quedó petrificada en mitad del pasillo y por segunda vez añoró el contacto de su hacha en su cintura.
—¡Ven! —ordenó el del bigotito desde el interior de la estancia.
Ella se acercó y vio que se habían sentado al lado de la mesa. Definir el horror es complicado; si temes por alguien más que por tu propia vida, es insufrible. Pero ella sabía que debía resistir, superar el miedo y mantener la cabeza fría, si no, todos estaban perdidos.
—Tienes unos hijos muy guapos...
—Gracias. Si no les importa, me gustaría acostarlos; es muy tarde —dijo con toda la amabilidad de la que fue capaz sin dejar de pensar obsesivamente en el hacha.
—¡Aquí las órdenes las doy yo! —gruñó el guardia de malos modos, alzando la voz. Los niños se asustaron.
Manuel seguía sin respirar por todo lo que ocurría abajo; pensaba que escucharían su corazón de lo fuerte que latía.
No le gustaban aquellos dos tipos y menos que se hubieran dado cuenta de que estaban delante de una mujer indefensa con dos niños.
La situación estaba a punto de saltar por los aires; lo sabía porque si tocaban un pelo a aquella mujer, los mataría, aunque fuera lo último que hiciera en la vida.
Tenía los puños tan tensos que la piel amenazaba con resquebrajarse.
—Ven aquí, niña. ¿Cómo te llamas? —preguntó el del bigotito, dirigiéndose a Carmen.
La voz melosa de aquel sujeto le provocó náuseas a Paola. La pequeña no se movió y apretó, aún con más fuerza, la mano de su madre.
—¿No me has oído? ¡He dicho que vengas! —La orden no admitía réplica. La madre soltó a la niña y Carmencita se acercó, tragándose las lágrimas.
—Carmen, me llamo Carmen —dijo con un hilo de voz.
El guardia tomó a la niña de la mano y la puso frente a él.
—Y bien, Carmen, ¿dónde está tu papá?
Carmencita lo miró sin entender, mientras que Paola comenzaba a entenderlo todo, igual que Manuel en su escondrijo.
—No sé dónde está. Se fue a la guerra y no ha vuelto. —Hacía grandes esfuerzos por no llorar, pero al hablar, su boca formaba un puchero.
—¿Y tú? —preguntó volviéndose a Adrián—. ¿Cómo te llamas?
—Adrián —contestó el pequeño con desparpajo. La infancia aún lo mantenía alejado de la maldad.
—Ven. —El niño se acercó, confiado—. ¿Tú sabes dónde está papá?
—En el cielo —dijo de manera tajante. La respuesta dejó un silencio confuso en el aire.