Vientos de ira 22
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Manuel se incorporó a la vida en casa de Paola sin pertenecer a su realidad.

Se despertaba como todos, escuchaba las quejas de Adrián, que no quería levantarse, las discusiones infantiles, las conversaciones con las vecinas.

Aspiraba los olores de la comida y esperaba con ansia los momentos en los que Paola subía por cualquier motivo a su guarida.

Cuando escuchó el ruido de la lluvia en el tejado, taponó alguna pequeña gotera que amenazaba con llenar de humedad las paredes.

Una vez a la semana, aproximadamente, aprovechando que las vecinas salían con los niños a hacer algún recado, Paola dejaba salir a su amigo, que necesitaba estirar el cuerpo y mover un poco las piernas, y paseaban por la casa hablando en susurros con todas las ventanas cerradas; ya hacía tiempo que cubrían los cristales con telas.

Terminaban sentados en la cocina, comentando cualquier cosa y riéndose de todo lo que había acontecido durante el tiempo que había permanecido encerrado.

Al final, Manuel volvía a subir, no sin cierta nostalgia, y se tumbaba en su camastro rememorando la cara, la sonrisa y las palabras de quien, cada vez con más fuerza, le robaba el corazón.

Con eso se conformaba, no necesitaba más.

Era la penitencia por su traición, por haber sido partícipe en el robo de su vida.

Hacía meses que Manuel vivía así, sin contratiempos, entre el tejado y el techo del hogar de su vieja amiga.

Era una noche de otoño, el cielo había estado gris y amenazando lluvia todo el día.

Hacía frío y el viento del norte provocaba innumerables ruidos de madera y metal que se esparcían por toda la casa.

Paola cosía en el salón a la luz de unas velas.

Enrollada en una manta, ocupaba una silla muy baja que él había arreglado.

Manuel veía su perfil medio iluminado a través de las grietas de la madera.

Adrián jugaba a su lado, tumbado en el suelo, y Carmencita leía en voz alta un viejo libro que ella guardaba como un tesoro.

No iba al colegio, pero Paola, siguiendo las enseñanzas de su madre, la estaba enseñando a leer y a escribir.

Pintaban con tizones y, al no disponer de papel, utilizaban para sus clases de escritura maderas viejas quemadas y restos de cualquier material. También la tierra les servía.

Las vecinas habían estado con ella hasta hacía bien poco, pero ya se habían retirado. Paola mordió el hilo con los dientes, dobló la prenda, se levantó y recogió lo que estaba haciendo.

—Niños, a la cama que es tarde.

—¿No vamos a cenar hoy? —El pequeño había dejado las piedras con las que se entretenía y había mirado a su madre con desazón.

—No, hoy no tenemos nada. Mañana voy con la Virgen y seguro que traigo algo rico.

—Pero ¡tengo hambre! —insistió Adrián, poniendo un puchero.

—Ya basta, Adri. Si no hay nada, mamá no puede hacer un milagro —intervino Carmencita.

—Pero ¡tengo muchísima hambre!

—Cariño, no tengo nada...

—¡Nunca tienes nada! ¡Eres una mamá muy mala! ¡Estás roja!

Paola lo miró desconcertada. El niño había comenzado a llorar y no era la primera vez que ocurría algo similar.

Adrián rara vez se resignaba a irse a la cama con el estómago vacío y montaba una rabieta que solía acabar con un azote en el culo.

Paola trataba siempre de embaucarlo con promesas de días mejores y, según el cansancio del pequeño, así iban las cosas.

Sin embargo, parecía que ese día estaba especialmente hambriento, porque ni siquiera escuchó las primeras palabras de su madre.

—¿Que estoy roja? ¿Se puede saber por qué me dices una tontería así?

Carmencita había entendido a la primera lo que quería decir su hermano.

El rubor había acudido a sus mejillas, pero no se sentía con fuerzas para explicarlo.

Confiaba en que pasara desapercibido como una tontería del crío, pero estaba muy equivocada; Adrián no tenía pensado irse a la cama sin luchar.

—¡No te enteras! Los que están rojos son los malos y por eso no nos quieren y tenemos hambre y no tenemos papá —gritó el niño.

Su madre se quedó con la boca abierta. Acababa de comprender lo que su hijo quería decir con «estar rojo» . Carmencita, a su lado, veía desatarse el huracán, y no tenía ni idea de cómo frenarlo.

—¿Quién demonios te ha dicho semejante cosa? —casi gruñó Paola.

—Lo dicen los niños, el vecino; dicen que estamos rojos. —Adrián hablaba con rabia, como escupiendo las palabras entre balbuceos.

—Mira, hijo —tomó aire por la boca para contener su frustración; alguno se iba a enterar de cómo se las gastaba su vecina, la roja—, eso que dicen...

Unos golpes en la puerta, contundentes, rítmicos, silenciaron sus palabras.

—¡Abran a la Guardia Civil!

Paola se quedó petrificada. Un miedo casi doloroso, que no sabía de dónde surgía, la invadió por completo.

Encima de ella, sobre el techo, Manuel trataba de pensar a toda prisa, pero estaba tan bloqueado como su amiga.

La veía ahí parada, en medio del salón casi vacío, con los niños agarrados a su cuerpo.

Estaban ahí, inmóviles, como si se tratara de un conjunto escultórico inspirado en una tragedia griega, y se maldecía una y otra vez por encontrarse escondido allí, por ser un problema para aquella familia.

La mujer reaccionó. Mandó a los niños a su cuarto y les dijo que se prepararan para irse a la cama.

—¿Vas a abrir, mamá? —preguntó su hija, paralizada, intuyendo que aquello no era nada bueno.

—Obedece y llévate a tu hermano.

—¡Guardia Civil! ¡Abran de una vez!

Paola respiró hondo y se acercó a la puerta.

Manuel, desde su observatorio, la vio quitar el cerrojo; las manos le temblaban.

Una pareja de guardias entró en aquel pequeño salón haciendo resonar sus botas contra el suelo.

Llevaban capotes para el frío y una escopeta que sobresalía por su espalda.

Uno tenía un bigotito de esos a la moda y, por su aspecto, Manuel decidió que era el más peligroso.

Su gesto, su forma de entrar en aquel salón, lo delataban.

El segundo era un muchacho joven, con la cara alargada y las orejas de soplillo.

No parecía que tuviera muchas luces y, como comprobaría después, simplemente hacía lo que mandaba su compañero.

—Buenas noches. —Paola trató de imprimir seguridad a su saludo, pero no lo consiguió. El temblor de su voz delataba su nerviosismo.

El más joven se llevó la mano al tricornio en señal de cortesía. El del bigote ni se inmutó.

—¿Es usted Paola, la mujer de Adrián...?

Por un momento, Paola dejó de escuchar. Una nube negra se adueñó de sus sentidos y nubló todo lo que había a su alrededor. «Está muerto —pensó—, está muerto». La confirmación que tanto temía acababa de llegar.

—¿Oiga? ¿Me está escuchando? —levantó la voz el guardia. Ella volvió de su realidad paralela.

—Perdone, sí. Adrián era mi marido. —Y lo dijo así, en pasado, sintiendo el dolor de cada una de las palabras para irse haciendo a la idea.

—¿Era?

Los miró sin comprender. Si no habían ido a notificar la muerte de su esposo, ¿qué hacían allí?

El suelo estaba empezando a desaparecer bajo sus pies.

Contuvo las lágrimas y la angustia que le trepaba por el estómago, y trató de calmarse.

Según había oído, esas incursiones nocturnas no acababan en nada bueno.

—Pensé que venían a certificarme... —apenas podía hablar— su muerte.

—No, señora. ¿No sabrá usted más que nosotros? ¿Ha tenido noticias de él?

Sacudió la cabeza, negando; temía que si decía una palabra más se desharía en llanto.

—La última carta me llegó antes de que terminara la guerra —balbució, por fin, a duras penas.

—Ya... —El del bigote la miró con desprecio, de arriba abajo.

Era evidente que disfrutaba con esa sensación de superioridad, de poder sobre los demás.

Le encantaba vislumbrar el terror en los ojos de sus víctimas.

La empujó a un lado de malas maneras, haciendo que Paola trastabillara, y caminó hacia la cocina—.

Estamos haciendo una batida de registros; ya sabe, limpiando de ratas los escondrijos.

El guardia sonrió, se volvió hacia su compañero y le hizo un guiño cómplice.

El más joven esbozó una sonrisa bobalicona y caminó tras él.

Manuel, desde su escondite, sopesaba las posibilidades.

Es cierto que iban armados, pero él contaba con el factor sorpresa.

Al joven no le daría tiempo ni a saber qué había ocurrido, pero el otro.

.. El otro parecía un perro viejo. Se mantuvo inmóvil, decidió no hacer nada por el momento, aunque el empujón le había revuelto la sangre y apenas consiguió dominar el impulso de bajar y partirle la cara.

—Pero ¿qué buscan? —La mujer los siguió con el alma en vilo—. Si me lo dicen, quizá pueda ayudar.

—Ya se lo ha dicho mi compañero: ratas. —El chaval también parecía divertirse.

—¡Tú quédate ahí y no te muevas! —El del bigotito se volvió y, sacándose la escopeta de la espalda, se dirigió a la dueña de la casa. Paola se frenó en seco.

Entraron en la cocina y salieron al patio.

Estaban completamente a oscuras, pero se sirvieron de una linterna y lo revolvieron todo, mientras Paola los miraba hacer con una sola idea en la cabeza.

En cuanto se alejaran más, tenía que ir a quitar el palo que habían colocado cerca de la trampilla para que fuera más rápido dar de comer a Manuel. Si lo descubrían, estaban perdidos.

—¡Eh, tú! ¿Qué es esto?

Se asomó y vio que el guardia veterano señalaba el gallinero. ¡Lo había olvidado! No sabía qué contestar, los huevos eran una parte importante de su economía, los vendían en el mercado negro a muy buen precio y, si encontraban las gallinas, las requisarían.

—¿Qué cojones haces ahí parada como un pasmarote? ¿No me has oído?

No tenía más remedio que decir la verdad.