Vientos de ira 21 #3
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—Vamos a dar una vuelta por ese parque tan grande del que siempre me hablabas. Se tranquiliza y, cuando esté preparada, volvemos a intentarlo.

—La Taconera —dijo Sonsoles entre lágrimas.

—¿Qué Taconera? —Gloria no entendía las palabras de su madre.

—Se llaman los jardines de la Taconera.

Y hacia allí se dirigieron. No hacía frío, pero el día estaba gris y amenazaba lluvia.

Sonsoles no dejaba de preguntarse qué pensaría su familia de su aspecto desharrapado, de sus ropas viejas a pesar de llevar lo más nuevo que tenía.

A su mente habían vuelto los salones de la casa, los vestidos que siseaban al caminar, las joyas.

Ella había robado parte de sus joyas cuando escapó.

¿La habrían perdonado? ¿Y cómo presentarse?

¿La reconocería alguien? Su padre seguro que no abriría la puerta, pero ¿cómo se presentaría ante la doncella o ante quien abriera?

¿Señorita Sonsoles? Nadie se acordaría ya de la señorita Sonsoles.

Caminaba como un autómata, sin ser consciente del camino que tomaban. Se dejó conducir hacia un banco y allí se sentaron las dos mujeres. Gloria estaba preocupada y dudaba de que el empuje que su madre tenía la noche anterior siguiera vivo.

—No tiene por qué hacerlo si no se siente capaz. Tampoco es seguro que nadie nos vaya a ayudar, según lo que me ha contado no se fue precisamente por la puerta grande.

Sonsoles compuso una sonrisa forzada.

—Todos los recuerdos de mi infancia y de mi juventud han caído de golpe y me han aplastado. Pero ya estoy bien. Unos minutos aquí sentada y volvemos. Hasta los árboles me parecen más grandes y más verdes. —Dejó vagar la mirada con nostalgia.

—¿En serio vivía en ese caserón? —Sonsoles asintió—. ¿Y dejó todos esos lujos por casarse con padre?

Volvió a asentir mirando al suelo.

—Y no me arrepiento, hija. Nunca, ni una sola vez en mi vida me he arrepentido de la decisión que tomé. Quizá no he vivido entre lujos, ni he tenido vestidos de ensueño, joyas y dinero a raudales, pero he estado con quien amaba y os tengo a vosotros. No hay nada en el mundo que pague eso.

—Bueno, yo no diría tanto. No estaríamos ahora aquí sin saber si los marqueses tendrán a bien echarnos una mano.

—No son marqueses.

—Para mí, como si lo fueran. —Gloria estaba muy seria y miraba con interés un sauce llorón que se movía dulcemente con el viento.

Sonsoles comenzó a recordar con melancolía.

Si cerraba los ojos podía ver a Pablo esperando, ansioso, en aquel mismo parque, con el libro entre las manos y su carta de amor escondida.

Y ella, vestida con primor, disimulando, mientras el corazón parecía salirse de su pecho, buscando entre los árboles su figura, avanzando sin querer moverse de su lado.

¡Lo amaba tanto! Eran momentos felices, donde las preocupaciones, por muy grandes que fueran, tenían solución. Ahora no sabía qué pensar.

—Es mejor que nos vayamos. Dentro de poco empezará a llover y no quiero presentarme pobre y encima empapada.

Gloria apretó los labios y se tragó las palabras que había estado a punto de pronunciar. Ellas no tenían por qué sentirse menos que nadie. Dulcificó su genio.

—No somos mendigas, madre. No lo olvide.

El timbre sonó en el palacete. Una doncella, vestida con el típico uniforme, cruzó el jardín, mientras las hojas que el viento levantaba se arremolinaban en los bajos de su vestido, y abrió la gran puerta.

Su delantal era de un blanco inmaculado y hacía juego con su cofia almidonada.

Era joven, morena y con la cara redonda y colorada.

Como era de esperar, Sonsoles jamás la había visto.

—Buenos días, ¿qué desean? —les preguntó sin abrir la cancela.

Sonsoles sintió rebullir su altivez dormida.

—Buenos días, desearíamos ver a la señora.

Gloria se quedó petrificada; incluso el tono de su madre había variado. Hablaba con educación, pero también con contundencia. No sabría decir la diferencia, pero la había.

—La señora no recibe si no les ha citado con antelación. Lo siento. —La muchacha estaba azorada, era obvio que no llevaba mucho en aquel puesto.

—Entonces dígale a la señora que doña Sonsoles de Solá desea verla con urgencia. —El tono altivo de aquella mujer vestida de manera descuidada no le pasó desapercibido a la criada y, aun a riesgo de equivocarse, prefirió ser precavida.

—Esperen un instante, por favor. Voy a consultarlo.

Y, dándose la vuelta, dejándolas fuera de la reja, la joven volvió a entrar en la casa.

—¿Y esos modos? ¿De dónde salen? ¡Doña Sonsoles...! —comentó Gloria, perpleja.

—¡Calla! —susurró su madre—. Me moví muchos años en este ambiente; si no es poniéndote por encima, no te hace caso nadie. Ahí vuelve.

Pero quien salió por la puerta no era la criada joven de cara sonrojada con la que acababan de hablar, sino una anciana muy encopetada que se apoyaba en un bastón.

Caminaba despacio porque no se lo permitían los años, pero más deprisa de lo recomendable.

Guiñaba los ojos, tratando de ver más allá de sus cataratas, que poco a poco la estaban dejando completamente ciega.

No había llegado a la verja y ya sonreía.

Su pecho se movía desacompasado por el esfuerzo.

—¿Sonsoles? ¿Eres tú, hija? ¿Has venido a verme?

Sonsoles sintió que se le ahogaba el alma, era difícil reconocer en aquella anciana a la madre que dejó un día, elegante, sofisticada, hermosa.

—Buenos días. —No supo qué más decir; las palabras se convirtieron en agua y se derramaron por su rostro.

La octogenaria intentó, sin éxito, abrir la cancela con manos nudosas.

Seguramente la habría abierto muy pocas veces; siempre había alguien que lo hiciera por ella.

La doncella, que había salido tras la mujer, pidiendo permiso, completó la tarea.

Sin mediar palabra, la anciana abrazó a su hija con sus frágiles brazos y se secó una lágrima que trataba de escaparse de su correcto maquillaje.

—¡Hija! ¿De dónde sales? ¿Cuándo has llegado? Dile a tu doncella que coja tu equipaje.

—Madre, no es mi doncella; es mi hija, tu nieta Gloria.

La mujer se llevó una mano a la boca y observó con fijeza a la joven. Sus ojos estaban muy desgastados y le costaba distinguir bien las cosas entre todas aquellas sombras.

—Mi nieta... —dijo más para sí que para nadie. Después pareció reaccionar—. Pero ¿¡vamos dentro!? Hace mucho frío hoy. Seguramente va a llover. ¡Tenemos tantas cosas de las que hablar!

Y las cuatro mujeres entraron en aquel palacete que tan bien recordaba Sonsoles y que dejó a Gloria sin palabras.

Se dirigieron a un gran salón donde chisporroteaba una enorme chimenea encendida, que caldeaba la sala en aquel desapacible día.

La anciana se sentó en un mullido sofá verde, cerca del mirador que daba al jardín.

Se secó los ojos con un pañuelo y se recompuso.

La criada estaba firme bajo el marco de la puerta, esperando lo que quisiera encargarle la señora.

—¿Habéis venido en tren? Estaréis agotadas. ¿Habéis desayunado ya? ¡Sírvenos algo de picar, Estrella!

Y cuando salió la criada, se volvió hacia su hija.

—No te habría reconocido nunca. Estás... y mis ojos...

—Madre, han pasado muchos años y muchas cosas. Ya no soy la joven que usted recuerda, pero estoy feliz de volver a verla.

La anciana asintió con la cabeza varias veces, como si no pudiera parar de hacer aquel gesto, como si en su mente estuvieran lloviendo miles de imágenes y recuerdos.

—Imagino que no sabes lo de tu padre. —Se volvió, perdiendo la mirada en la vidriera desde la que se veía el jardín, y tomó aire. Su hija supo inmediatamente lo que iba a escuchar, pero no quiso interrumpir—. Falleció el año pasado; el corazón. Fulminante, se desplomó bajando las escaleras.

El silencio se extendió por aquella casa como un veneno.

Sonsoles sintió el alivio de no tener que enfrentarse a él y la horrorosa pena de no haber podido ni despedirse.

Se arrepintió inmediatamente de ambos sentimientos.

«Esas son las cosas que nos ofrece la vida —pensó—: todo conlleva dualidades que nos hacen sentir bien y mal al mismo tiempo».

Como era un silencio que amenazaba con hacerse eterno y llenarse de reproches no pronunciados, Gloria decidió cambiar el rumbo de la conversación.

—Tiene usted una casa preciosa.

Y con estas simples palabras dichas por alguien ajeno a la tragedia, dejaron atrás el abismo en el que habían estado a punto de precipitarse. Era necesario que el momento de los reproches quedara atrás, no había más tiempo que perder. La brisa del reencuentro se hizo entonces.