Vientos de ira 21 #2
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21 #2

—Lo que usted disponga, señora. —Las palabras de Juan sorprendieron a las dos mujeres, que estaban a punto de comenzar una discusión.

El muchacho conocía a su novia y su orgullo y, si le surgía el genio, las cosas podían ponerse difíciles.

Él, siempre más calmado, era consciente de que no estaban en disposición de rechazar lo que se les ofrecía; la otra opción era la calle.

Por eso había intervenido con tanta contundencia.

—Pero, Juan... —La voz de Gloria sonó a rendición mientras le sostenía la mirada.

—Lo que diga tu madre se hará. Ahora mismo me instalo donde me indique —dijo dirigiéndose a su futura suegra, que se sintió reconfortada con ese comportamiento. La actitud de aquel muchacho cada vez se ganaba más su confianza.

—Lleva tus cosas a la habitación que está junto a la mía, más que nada por evitar tentaciones.

—Le juro, señora...

—Ya, ya. Déjate de juramentos, busca un buen cura y arreglado. —Y volvió a su labor.

Juan salió a recoger sus pertenencias y se dispuso a instalarse en la nueva habitación, mientras Gloria quedó plantada frente a su madre con cara de pocos amigos.

—¿Y desde cuándo se ha vuelto tan religiosa? Si llego a saber...

—No vamos a discutir más, hija. Aquí el comunista es tu padre, a mí me educaron de otra manera.

No soy de misa, pero las cosas hay que hacerlas bien, y no te voy a decir eso de que si no te gusta cojas la puerta, porque nos arrepentiríamos las dos.

Aquí tenéis un techo y comida. Buscad al cura y listo —repitió zanjando el tema.

Gloria salió de la estancia con cajas destempladas y Sonsoles la oyó discutir con Juan al fondo del pasillo. Sonrió.

Buscar a don Celestino no fue demasiado difícil, un obispo es un obispo; lo que se convirtió en una misión imposible fue poder acceder a él.

En unos días ya habían descubierto que se trataba del obispo de la diócesis de Pamplona, pero esa ciudad estaba muy lejos de sus posibilidades y el religioso aún más.

Una carta se perdería, tardaría muchísimo en aquellos días de desazón y quizá, cuando llegara la respuesta, sería demasiado tarde.

—Tiene que viajar hasta allí, madre. No queda otro remedio. —Sus hijas lo tenían muy claro; escaseaban las opciones.

Sonsoles había desechado esa posibilidad desde el primer momento, apartándola de su mente, aunque en el fondo siempre había sabido que podía convertirse en la única opción.

Albergaba en su corazón la vana esperanza de que hubiera otro modo de contactar con el obispo que no pasara por regresar a su Pamplona natal, una ciudad de la que había huido hacía demasiados años.

Solo de pensarlo, solo imaginar que pudiera encontrarse con alguno de sus hermanos o con alguien conocido, le provocaba una angustia que no se veía capaz de vencer.

Por eso, la primera vez que sus hijas le plantearon ir a la capital navarra, se limitó a permanecer en silencio sin dar una respuesta clara, y en cuanto pudo desvió la atención de aquel asunto.

Sin embargo, esa noche, desvelada como casi siempre, se levantó y fue a la cocina.

Había sobrado algo de achicoria y se la sirvió en una taza.

Estaba fría, pero no le importó. Miraba por la ventana el patio, de paredes grisáceas, con todas las ventanas a oscuras, y pensaba en Pablo, cuyo deterioro se hacía más y más evidente con cada visita que le hacían.

—¿No puede dormir? —la sobresaltó una voz.

Se volvió y vio a Gloria, que llevaba una vela en las manos. Puso una media sonrisa y dio un sorbo a la infusión, negando con la cabeza.

—No puedo quitarme a tu padre de la cabeza. Si lo matan...

—No lo matarán —sentenció la joven—. Pero, dígame una cosa, madre: ¿por qué no quiere ir a Pamplona?

—No sé de qué me hablas, hija —trató de mostrarse sorprendida.

—Cuando se lo hemos propuesto, no ha respondido siquiera; ha sido raro. Algo pasa...

Sonsoles apretaba la taza con tal fuerza que pensó que la rompería. No se daba cuenta, pero los nudillos se le estaban poniendo blancos.

—Me da miedo que sea tirar el dinero, ¿y si ese señor no nos recibe? Y suponiendo que lleguemos a él, ¿qué le decimos? ¿Que mi marido está en una cárcel, y lo van a matar, y ha tenido la peregrina idea de que le implore por su vida precisamente a usted? —se justificó una vez más.

—No podemos saber si lo hará hasta que no vayamos, pero si lo ha dicho padre, por algo será.

Al menos deberíamos intentarlo. Pero no es eso de lo que estoy hablando.

Le repito la pregunta. Usted, que ha llegado hasta Francia a pie y ha pasado mil y una penalidades, no quiere ir en un tren a Pamplona por algún motivo que se me escapa.

Por fin, su madre dejó de apretar la taza y suspirando se sentó en una silla desvencijada. Volvió a mirar por la ventana y miles de recuerdos llenaron sus ojos. Se dio la vuelta lentamente y se enfrentó a la mirada inquisidora de Gloria.

—Te voy a contar una historia...

Y poco a poco comenzó a referir la crónica de su vida y desgajó de su corazón los verdaderos motivos de sus reticencias.

Se sentía culpable por su debilidad, por la impotencia de ni siquiera intentarlo, pero no se encontraba con fuerzas para enfrentarse con aquella ciudad olvidada.

La muchacha escuchaba atentamente ese relato desconocido que hacía encajar muchas piezas en el cómputo de su propia historia.

Cuando terminó de hablar, su hija se acercó y la abrazó.

—Iremos juntas —susurró—. Iremos a Pamplona y veremos a don Celestino cueste lo que cueste, aunque tengamos que asaltar su casa de noche y sacarlo de la cama en batín.

Sonsoles, entre lágrimas, no pudo evitar sonreír ante la ocurrencia.

Dos días después, madre e hija salieron en tren rumbo a Pamplona y llegaron a la Estación del Norte después de largas horas de traqueteo incansable.

Se bajaron del vagón agotadas, dejaron atrás aquella construcción impersonal y se hundieron en el barro de la plaza de San Jorge.

Había llovido y los charcos surgían aquí y allá por toda la explanada sin asfaltar, pero Sonsoles apenas notó nada, se quedó parada de repente mirando a un lado y otro mientras una cascada de recuerdos invadía sus ojos.

Nada parecía haber cambiado mucho y, sin embargo, todo era distinto.

Sin querer desvió la mirada a la zona en la que, no recordaba hacía cuánto tiempo, Pablo y ella se habían escondido antes de coger el tren que los alejaría definitivamente de aquella ciudad.

—Vamos, madre, no se quede ahí como un pasmarote.

Y ella, con el alma pegada a la garganta, haciendo un esfuerzo sobrehumano, comenzó a moverse.

Alquilaron una habitación en una pensión cercana, donde una mujerona vestida de negro, con una toquilla que le cubría toda la cabeza y unos ojos asombrosamente azules, como licuados de tristeza, las acomodó sin apenas mirarlas.

—El baño está en el pasillo, hay una palangana con agua en el cuarto y me tienen que pagar por adelantado. —Lo dijo del tirón, como un sermón aprendido y mil veces repetido, sin sentimiento—. En estos tiempos, una ya no puede fiarse de nadie.

Los siguientes tres días fueron un periplo sin fortuna en busca de una oportunidad de ponerse en contacto con don Celestino; todo fue inútil.

Un ejército de diáconos, párrocos, presbíteros y demás cargos religiosos protegían al obispo, que no se dejaba ver por ningún lado más allá de actos oficiales o litúrgicos en los que era imposible abordarlo.

Las mujeres se desesperaban, volvían a la desvencijada habitación agotadas de dar pasos en falso, de hablar con religiosos que con dulces palabras les negaban cualquier tipo de ayuda.

Tenían la sensación constante de perder el tiempo y un dinero que necesitarían para comer.

La tercera noche, mientras devoraban unas cebollas, un poco de queso y pan en la habitación, en un silencio que presagiaba derrota, Sonsoles se decidió.

—Solo tenemos dos opciones: o nos vamos ya, nos rendimos y renunciamos a hablar con el obispo, o...

—¿O qué? —Gloria iba a protestar porque no tenía ni idea de qué otra opción podía haber.

—O trato de ponerme en contacto con alguien de mi familia. Ellos son gente de posibles, seguro que se codean con los que están cerca del obispo.

La muchacha dejó de masticar y se la quedó mirando, pensativa.

—¿Y haría eso? ¿Cuánto hace que no habla con ellos?

—Con la abuela intercambiaba cartas antes de la guerra, ya lo sabes. Pero después de la huida a Francia, la relación desapareció. Y con los demás no he vuelto a hablar desde el día en que me marché. Ni siquiera sé si están vivos.

—¿Se arriesgaría a que le dieran con la puerta en las narices? —le dolió hacer esa pregunta, pero era imprescindible.

—Llegados a este punto, por tu padre estoy dispuesta a todo. —Levantó la cabeza, altiva—. Hasta suplicaría de rodillas y me arrastraría si con eso lograra sacarlo de la cárcel.

—Sea, madre. Usted lo ha dicho: por padre, lo que sea. Mañana iremos a ver a esa familia a la que no conocemos.

Volver a la casa familiar fue un duro trance para Sonsoles.

Toda la noche había estado dando vueltas al momento en que llamara a la puerta, pensando si la reconocerían, poniéndose en el peor de los escenarios.

Aun así, se había mostrado firme cuando salieron de la pensión y caminaron por calles más conocidas.

Aún eran visibles los desperfectos causados por la guerra, pues aunque en Navarra el alzamiento de los sublevados había sido un éxito rotundo desde el principio, la ciudad también había sufrido los temibles bombardeos.

Cuanto más se acercaba, más familiar le resultaba todo y más nerviosa se mostraba.

Cuando estuvo frente a la verja, sintió que no tenía valor para llamar y salió disparada, dejando la puerta atrás.

Notaba que le faltaba el aire y comenzó a llorar con desconsuelo mientras corría sin saber hacia dónde.

Su hija la persiguió y con palabras de cariño logró que se calmara.