21
Sonsoles consiguió ver a su marido después de hacer cola durante varias horas.
No podía permitirse el lujo de que no la dejaran entrar, así que de madrugada hizo un paquete, se guardó en el bolsillo la carta que le había escrito el día anterior y salió en silencio.
Aún era de noche. Cuando llegó, tres mujeres ya estaban apostadas en la puerta.
Un «Buenos días» fue suficiente para reconocerse en la tragedia.
Pablo estaba famélico y demacrado, estaba sucio y parecía enfermo.
Su ropa —la misma con la que se lo llevaron, observó Sonsoles— se había convertido en andrajos que le quedaban grandes de tanto que había adelgazado.
Ella se sintió morir ante su presencia; no reconocía a su marido en aquella esquelética figura, sucia y derrotada.
Suspiró con fuerza, tragó saliva y se rehízo.
Lo último que deseaba era añadir más pesar al que ya arrastraba su esposo. Le sonrió.
—¿Cómo te encuentras? —le dijo con cariño. Habría dado cualquier cosa por poder abrazarlo. De repente, lo vio tan vulnerable que tuvo que hacer grandes esfuerzos por contener las lágrimas y no derrumbarse.
Pero Pablo, en contra de todos sus instintos, que querían gritar su amor, no se demoró en sentimientos ni en palabras de consuelo, en gestos ni en demostraciones de superación personal. En lugar de eso, fue al grano.
—Sonsoles, escucha con atención. No hay tiempo; tienen que entrar muchas más personas.
—Te he traído un paquete con comida y una carta —lo volvió a interrumpir la mujer con avidez, sin percatarse de la premura que imponían los gestos de su marido.
—¡Escucha, por favor! —Pablo elevó la voz y puso cara de pocos amigos. Cada vez era más complicado entenderse. Sonsoles, confundida y un poco dolida por aquella actitud, afirmó con la cabeza—. Tienes que ponerte en contacto con una persona, él es el único que puede sacarme de aquí. Es un obispo...
Su esposa iba a protestar, pero él la frenó con un gesto, cerrando los ojos un instante.
—Se llama Celestino Oyarzun, grábalo en la memoria. Él sabrá qué hacer. Búscalo, escríbele, preséntate en su casa; haz lo que sea necesario para que te reciba. Solo él puede conseguir que me conmuten la pena de muerte. —Se expresaba con ansia, sabedor de que el tiempo se le acababa.
El doctor se lo había dejado muy claro en sus charlas: «Piensa quién puede sacarte de aquí, Iglesia o Estado; si no, estás muerto».
Sonsoles se llevó las manos a la boca, pero se mordió los dedos para no llorar.
Ella estaba fuera y él dentro. Había jurado que lo sacaría de allí y removería cielo y tierra para conseguirlo.
Si Pablo decía que había que buscar a aquel hombre, aunque fuera un religioso, lo buscaría hasta debajo de las piedras.
—Dile que vas de mi parte, que eres mi mujer, que no he matado a nadie; él te escuchará —continuó—. El próximo día me traes algo de ropa, comida; lo que os sobre. Aquí apenas nos dan nada y, sobre todo, tabaco. El tabaco es lo que me permite no volverme loco.
—No te preocupes, te traeré todo lo que me pides. ¿Estás bien, en serio? ¿No estás enfermo, cariño? —Se sentía ridícula recordando su paquetito de comida y su carta de amor. Pablo necesitaba mucho más, muchísimo más que unas palabras de ánimo y un poco de alimento.
—Estoy bien, pero esto es un infierno —prefirió no seguir hablando; se habría venido abajo después de todo lo que había ensayado para ese momento—. Y vosotros, ¿cómo estáis?
El ruido era ensordecedor, y cuanto más levantaban la voz para escucharse, menos se entendían.
—Bien, estamos bien. ¡Angelines y Gloria han vuelto! —le contó, simulando una sonrisa—. Seguramente se van a mudar con nosotros. Hemos pensado...
Unas palmadas resonaron en el aire y se hizo un silencio momentáneo. De inmediato, como una marea que había llegado del fondo de los corazones, se gritaron despedidas. Había llegado la hora de irse.
Sonsoles sintió que su corazón se desangraba a borbotones, pero reunió las fuerzas suficientes para sonreír a su marido y prometerle que lo sacaría de allí.
Rezó por que le dieran el alimento que había llevado y su carta, donde le contaba la llegada de sus hijas.
Pablo se quedó un segundo mirando cómo se alejaba.
Cuando ya no podía verla, rompió a llorar.
Sonsoles salió entre empujones de aquella sala, dejando a su compañero, a su amor, a su vida, a merced de no sabía qué. Había escuchado antes de entrar que los presos de la tercera galería estaban condenados a muerte, y sus peores pesadillas se habían confirmado con las palabras de Pablo.
En cuanto traspasó las puertas de la prisión, se sintió desfallecer, se apoyó en la pared y trató de respirar, pero la angustia era tal que supo que las piernas no la sostendrían y se dejó caer, resbalando por el muro hasta el suelo.
No lo conseguiría, no sería capaz de sacar a Pablo de allí.
Era imposible. Lo vería morir poco a poco hasta que lo fusilaran.
Mujeres, niños y ancianos pasaban a su lado y la miraban con lástima, pero seguían sus caminos dando la mano a sus propias tristezas.
Y empezó a llorar, aunque lo que realmente deseaba era chillar, destrozar, encararse con los carceleros, con los guardias y sacar por la fuerza a su compañero de vida.
Lloró sin pudor, con la cara entre las manos y los hipidos propios de una angustia que ni en los peores momentos de la guerra había sentido.
Porque siempre estaba él, porque extendía la mano y encontraba la suya, porque lo que les ocurriera, por muy horrible que fuera, lo encararían juntos.
Alguien se sentó a su lado y le acarició la cabeza.
Sobresaltada, se separó de golpe para descubrir el rostro lleno de ternura de su hija Gloria.
—Lo sacaremos de ahí, se lo prometo —le susurró a su madre.
Sonsoles no podía hablar, estaba congestionada por el llanto y se le trababan las palabras, pero no dejaba de negar con la cabeza. Su hija la ayudó a incorporarse y la abrazó. Comenzaron a caminar juntas para regresar a casa.
—¡Está en la tercera! ¡En la de los condenados! —dijo entre hipidos, cuando por fin fue capaz de articular una palabra—. Está chupado, pálido, demacrado... Parece un cadáver viviente.
Y el llanto volvió y se adueñó de ella con tanta furia que, sin poder contenerse, gritó como si le estuvieran arrancando la piel; de dolor, de impotencia, de ira. Los transeúntes que se cruzaban en ese momento con las dos mujeres se separaban de inmediato y las miraban con recelo. Gloria la abrazó.
—¡Contrólese, madre! —le susurró al oído.
Ella pareció calmarse, pero no volvió a abrir la boca en todo el trayecto. Permaneció con los ojos fijos en el suelo, la cabeza gacha y las lágrimas despeñándose desde su rostro hacia el infinito de sus pies.
De vuelta al hogar, Sonsoles buscó un papel y apuntó el nombre que había grabado a fuego en su memoria: Celestino, Celestino Oyarzun.
—¿Quién es ese? —preguntó Gloria mientras se asomaba por encima de su hombro.
—Tu padre me ha dicho que tenemos que encontrar a este hombre y contarle lo que ha pasado. Él confía en que le ayudará, no sé por qué. —Tomó aire con fuerza para evitar que las lágrimas volvieran a asomar—. Es un obispo...
—¿Un obispo? ¿Padre te ha dicho que busques a un obispo? —se extrañó la joven.
—No me pidas que lo entienda, hija. No sé quién es ni por qué lo conoce tu padre, supongo que tendrá que ver con el seminario, pero si él ha dicho que es el único que puede ayudarle, sus razones tendrá.
Cuando Angelines llegó por la tarde, después del trabajo, se extrañó tanto como su hermana y su madre de la petición de su padre.
—¿Un obispo? —repitió.
Y la madre asintió con contundencia, dando el tema por zanjado.
Por la noche llegó Juan, el novio de Gloria.
La chica ya había llevado las pocas pertenencias de las que ambos disponían y las había colocado ordenadamente en la primera habitación a la que se accedía desde la puerta.
Ya no tendrían que volver a preocuparse por el alquiler, al menos de momento.
Aun así, el joven entró azorado, sintiéndose un intruso.
Era un muchacho alto, de cabello claro y ojos profundos.
Cojeaba levemente de una pierna, aunque trataba de disimularlo, y llevaba una gorra entre las manos.
Enseguida le salió al paso su pareja y, decidida, le tomó de la mano y lo llevó hasta el salón, una estancia donde había una gran mesa con sillas y un aparador que había conocido mejores tiempos.
Sonsoles zurcía unos calcetines a la luz de unas velas.
—Madre, le presento a Juan, mi novio.
La mujer levantó la cabeza lentamente con la mirada seria; aquellas cuestiones tendrían que haberse tratado entre hombres, pero no había ninguno a mano.
—Buenas noches, señora. —El muchacho estaba muy tenso.
Sonsoles se vio a sí misma huyendo por la noche, escapándose de casa como una proscrita, sin la posibilidad de volver a ver a los que tanto amaba.
Fijó la vista en los ojos de Juan, parecían sinceros y le transmitieron confianza.
Su intuición no solía equivocarse, le gustó a primera vista, pero no se lo iba a poner tan fácil.
—Hasta la boda, dormiréis separados. No quiero pecado bajo mi techo —fueron sus primeras palabras.
—¡Pero, madre...! —Gloria iba a protestar, pero Sonsoles cortó el tema de forma tajante.
Juan estaba en silencio, con la mirada clavada en el suelo y estrujaba tanto la gorra que parecía que en cualquier momento la iba a desgarrar.
—No quiero oír ni una palabra más, ¿entendido? Buscad un cura que os case y santas pascuas. Lo que ocurriera en el pasado ahí queda, pero esta es una casa decente y los papeles han de estar en regla, como le ocurre a tu hermana.