20
Hacía una mañana triste, oscura y gris. El cielo amenazaba lluvia y el color plomizo del firmamento emanaba sensaciones de desasosiego y pena que atenazaban sin consuelo el corazón de Carmen.
José tenía todo preparado, un hatillo con su ropa y algo de comida.
Se caló la gorra y miró a sus padres y a su hermano, que estaban en el zaguán esperando su marcha.
Carmen se frotaba las manos y se mordía los labios para evitar el llanto.
El joven se aproximó y abrazó a su padre dándole dos palmadas en la espalda, se fundió con su hermano, que le dijo algo al oído que le hizo sonreír y, por último, se giró hacia su madre, que desarmada, con el alma a la vista, se deshizo en llanto.
Se acercó a ella y la envolvió con sus brazos.
—No sufra, madre; estaré bien. Conozco esas montañas como la palma de mi mano y Leandro estará conmigo. Esto pasará pronto y volveré a casa con todos ustedes.
—¿Y cómo sabré que estás bien? —preguntó la mujer secándose los ojos con un pañuelo.
—No puede comunicarse con nosotros más allá de lo que nos cuente Leandro, Carmen. Sería peligroso —apuntó Marcial, que a pesar de los pesares se mantenía sereno.
Carmen asintió.
—Pues ya llegó la hora, José —continuó el padre—.
Haz como te he dicho: sales a la carretera, rodeas la senda para coger el camino a Madrid y, a la altura de las tierras del Arturo, subes por el pedregal.
Será una jornada larga por todo el rodeo que tienes que dar, pero es importante que no te cruces con nadie una vez que pases los prados altos.
Si vieras a alguien, que lo dudo, te escondes.
En el cruce de la Peña Alta te esperará Leandro y, desde allí, subiréis juntos a su casa.
El muchacho asintió. Era la tercera vez que su padre le recordaba el plan, lo conocía de memoria, pero sabía que así se quedaba más tranquilo. Se puso el hatillo al hombro, cruzó la puerta y apenas había dado dos pasos cuando una voz infantil rompió la mañana.
—Tío, ¿te vas?
Todos se giraron sobresaltados. Nadie había oído a la niña llegar hasta allí, se suponía que estaba durmiendo, pero Paz, con un camisón demasiado grande —un arreglo, a partir de uno de su abuela—, miraba desconcertada a su tío.
—Sí, pequeña. Tengo que ir a Madrid.
—¿Te vas sin despedirte? —inquirió perpleja. Era difícil no emocionarse al escuchar aquella vocecilla que más parecía un lamento—. Yo creí que... que no... que tú estarías...
Y se echó a llorar con desconsuelo. Manolo la cogió en brazos e intentó tranquilizarla.
—No se va para siempre, Paz. Tiene que hacer unas cosas y después volverá, como cuando voy a los campos y por la tarde te cuento un cuento.
—¿Esta tarde vuelve? —La esperanza se abrió paso en los ojos infantiles.
—No, esta tarde no, pero en unos días regresará. Ya sabes que no me puede dejar solo; hay mucha faena.
Paz no estaba completamente convencida.
—Te traeré un regalo, ¿de acuerdo? —apuntó José besándola en la frente.
—¡Un regalo! Muy bien, tío, pero no tardes, ¿eh? Mamá dijo que vendría y no vino nunca.
Y tras estas palabras escondió la cabeza en el cuello de su tío y no quiso mirar a nadie. Todos permanecieron en silencio; el mensaje de la niña había sido devastador.
—En unos días estaré de vuelta, te lo prometo. ¡Cuidaos mucho en mi ausencia!
Y José dejó la casa de sus padres con paso decidido mientras Carmen rezaba a la Virgen para que cuidara de su pequeño. Marcial maldecía, rezongando contra aquella odiosa guerra, y su hijo hacía reír a la niña para que olvidara sus penas.
Todo se produjo sin complicaciones, como había planeado Marcial; José apenas vio a nadie, solo se cruzó con un vecino en la carretera que, al ver el hatillo, le preguntó que adónde iba, pero él, con toda la tranquilidad del mundo, le contestó que iba a Madrid a visitar a su hermana.
—Pues ten cuidado, hijo; los caminos no son seguros todavía.
José sonrió, se llevó una mano a la gorra en señal de saludo y siguió como si nada.
En el fondo sabía que era bueno que alguien lo hubiera visto en aquel punto, que pudiera corroborar que estaba en Madrid.
Un par de horas más tarde, cuando divisó a Leandro sentado entre las rocas, con un haz de leña a su lado, suspiró aliviado.
Tenía sentimientos encontrados; por un lado, había estado muy preocupado y había pasado mucho miedo cuando su nombre había circulado en las bocas equivocadas, pero una vez que se le hubo pasado el susto, había asumido aquello como una aventura, con esa ingenuidad, con esa despreocupación que provoca la juventud.
Leandro era un hombre fornido, alto y con un rostro cuadrangular de facciones duras.
Hablaba poco y en el pueblo se le tenía tanta lástima como respeto, sobre todo después de lo ocurrido con su familia.
Era amigo de Marcial, de toda la vida, porque habían sido vecinos, aunque el leñador era bastante más joven.
Tras la tragedia, él había cerrado a cal y canto la casa que tenía en el pueblo y se había trasladado al refugio del monte, se había aislado de todos y solo bajaba a vender su leña y a comprar provisiones.
Cuando vio llegar a José se levantó, se puso al hombro el haz y emprendió la marcha. El joven lo siguió en silencio.
—El refugio no es muy grande —dijo por fin, sin girarse—, pero estaremos cómodos.
De vez en cuando suben los civiles a darse una vuelta.
En realidad buscan maquis, pero como ya nos conocemos, yo hago que soy muy amable y ellos juegan a que crea que suben a ver si me encuentro bien.
Sospechan que ayudo a los de las montañas que tantos quebraderos de cabeza les dan, pero nunca encuentran nada, así que se despiden y hasta la próxima.
—¿Y es verdad?
—¿El qué, muchacho?
—Si es verdad que ayudas a los de las montañas —le brillaban los ojos de emoción.
—Eso no es de tu incumbencia y la primera lección que aprenderás conmigo es que cuanto menos sepas de nada, mucho mejor para ti.
—La contestación del leñador fue como un jarro de agua fría—.
Te cuento esto para que estés alerta. No deben saber que estás allí y, si los ves, te escondes.
Ellos no te esperan, lo que hace que juegues con ventaja. Además, Tris te ayudará.
—¿Tris? —José no sabía que hubiera alguien más viviendo en el refugio.
—Mi perro, un mastín que se llama Tris; es el cabrón más listo del mundo, ya lo comprobarás. Huele a los verdes a distancia y se pone a ladrar como un loco, aunque cuando se acercan no les hace nada; solo ladra para avisar. Así que, si lo oyes, es hora de esconderse.
—¿Y si ladra por otro motivo?
—Sería raro, así que te escondes también. Tris es un perro muy tranquilo, que se pasa la mayor parte del tiempo tumbado en el primer rayo de sol que encuentra. Si ladra, algo raro ocurre.
Y ahí acabó la conversación. Leandro siguió su ascenso a buen paso y José a la zaga.
Más de una hora después alcanzaron un claro en el que se levantaba una cabaña de madera.
Los ladridos del perro llegaron a sus oídos con claridad, pero un silbido le hizo callar.
Aun así, se quedó alerta a pocos metros de la casa hasta que su dueño se acercó, le dio unas palmaditas en el lomo y le acarició la cabeza.
—Deja que te huela —le dijo a José dándose la vuelta y, mientras seguían las caricias y el perro olisqueaba al muchacho, un lazo invisible de fidelidad se tendió entre todos ellos. Instantes después, el perro dio un último lametazo a los dos hombres, se giró y fue a tumbarse cerca de la puerta.
—Y ahora te enseñaré tu nuevo hogar.
No había pasado ni un día y Carmen ya echaba de menos a su hijo pequeño.
Un velo de tristeza cubría su rostro y trajinaba en silencio por la casa sin ganas de nada.
La pesadilla que vivían parecía no tener fin.
Primero fue la guerra, esa palabra maldita que se llevó a tantos jóvenes a la tumba y que la obligó a separarse de su hijo mayor sin la seguridad de que pudiera volver a verlo; después el odio que se generó a continuación, ese odio, esa rabia que se masticaba en el pueblo como un veneno destructor, los saqueos de sus recursos en nombre de no sabía qué poder; y ahora.
.. y ahora esto. Se sacó el pañuelo de la manga y volvió a enjugarse un par de lágrimas rebeldes.
Su José no había hecho daño a nadie; era honesto, trabajador y respetaba a sus padres.
¿Quién querría hacerle daño? Sintió la indignación crecer en sus entrañas y un pensamiento agresivo se cruzó en su camino rumbo a la cocina.
No se enteraría ella, no tendría la mala fortuna de descubrir quién había hecho eso, porque Marcial era más sensato, más conformista, pero ella ignoraba de lo que sería capaz si llegaba a enterarse de quién era el malnacido que se había propuesto hacer daño a los suyos.
Suspiró. No estaba bien pensar así. Dios no estaría contento con esas ideas.
Se santiguó. Pero en las profundidades de su mente seguía alimentando la cólera furibunda contra el daño gratuito.
—¡Abuela! ¿Dónde estás? —La voz de su nieta la hizo dar un respingo.
—Voy a subir al sobrado —levantó la voz para que Paz la escuchara.
En un santiamén tenía a la niña a su lado.
—¿Qué quieres ahora?
—Es malo mentir, ¿verdad, abuela?
—Es un pecado, Paz. No se miente, está muy feo. A ver qué has hecho ahora.
La niña se apartó un mechón de pelo que, aunque rubio, se iba oscureciendo cada vez más. Se rascó la cabeza, tragó saliva y se decidió.
—No he hecho nada, pero tengo una pregunta. ¿Va a volver de verdad el tío?
A Carmen la pilló de improviso; era una niña muy lista para su edad. Se le encogió el corazón y a punto estuvo de echarse a llorar. Se esforzó por mantener la emoción a raya y suspiró.
—¡Claro! No te preocupes, tardará un poquito porque Madrid está muy lejos, pero volverá, te lo aseguro.
—Y, entonces, ¿por qué estás tan triste? Ni siquiera me has regañado cuando se me ha caído un poquito de leche en la mesa y lloras cuando crees que no te veo. —Y le señaló el pañuelo que escondía en su manga.
Carmen tuvo que reírse, no le quedó otra opción ante los ojos inquisidores de su nieta. Era eso o derrumbarse, deshacerse en llanto y confesar a una niña los miedos de una madre que no puede hacer nada ante los peligros que acechan a su hijo.
—No estoy triste, cariño, es solo que lo echo de menos. Es el más pequeño y nunca había dejado la casa, aunque sé que va a volver. —Y esto se lo grabó a fuego en el corazón—. Me da miedo que pueda perderse, que no tenga dinero para regresar o qué sé yo.
—Pero ¡si el tío José es muy listo! —dijo la pequeña, sonriente. Se acercó con un movimiento rápido y abrazó a su abuela a la altura de las caderas—. No te preocupes, yo te ayudaré tanto como el tío para que no lo eches mucho de menos.
Carmen volvió a sonreír.
—¡Anda, zalamera! Sabes tú latín. ¿Has hecho ya las letras que te puse en el papel gris?
Paz abrió los ojos desmesuradamente y negó despacio con la cabeza.
—¡Voy ahora mismo! ¡Verás qué bien me salen hoy las letras! —Y salió corriendo hacia la cocina, donde Carmen le había puesto una muestra con buena caligrafía en un papel de estraza.
Se dio la vuelta y la vio perderse por el pasillo.
Tan pequeña, tan llena de vida, observaba lo que ocurría a su alrededor desde su inocencia, escondiendo dolores y adaptándose a lo que llegaba sin apenas quejarse.
¡Se parecía tanto a su madre! «Mi Paola —pensó—, mi otra niña».
Una hija de la que apenas sabía nada, más allá de que aún seguía con vida.
Tenía que dejar esos pensamientos a un lado, solo le provocaban dolor; un dolor absurdo, un dolor sin esperanza, porque había que aceptar que pasara el tiempo, que el mundo volviera a recolocarse, que se olvidaran los rencores y las envidias, que las aguas volvieran a su cauce.
Decidió confiar en eso y subió al sobrado en busca de algo de chorizo con el que aliñar el guiso.
Y mientras sus piernas se afanaban en las escaleras, su mente se rebelaba con obsesión.
Por mucho que lo intentaba, no lo conseguía; no era capaz de dejar los malos augurios a un lado y sus pensamientos insistían en regresar una y otra vez, como en un bucle sin fin, a la preocupación.
¿Cómo estaría su José? ¿Se sentiría solo?
¿Los echaría de menos? «Seguro que está bien», se dijo con determinación.
Tal vez Leandro fuera un tipo reservado, incluso arisco, pero era un buen hombre.
Solo Dios sabía lo que había sufrido, y aun así había conseguido seguir adelante.
Quería creer que velaría por la seguridad de su hijo, que lo protegería, porque ese hombre, para su desgracia, sabía bien lo importante que era cuidar de la familia.