19 #3
—Bueeeno. —Y de repente, el niño se soltó de los brazos de su hermana tan feliz, como si instantes antes no hubiera estado a punto de llorar.
Se le había pasado todo con esa facilidad infantil para adaptarse a cualquier situación.
Salió corriendo con sus patillas de alambre hacia la cocina y la niña, perpleja, oyó cómo preguntaba a Petra por la comida.
Dos días después, Paola anunció que subía a matar ratas al tejado.
—¿Puedo subir contigo, mami? —preguntó el pequeño de sus hijos con una mirada entre pícara e inocente.
—No, hijo. Las ratas te pueden morder y hacer que te pongas muy malito.
Le bastó con la explicación y salió corriendo al patio en busca de su hermana.
Mientras, su madre se encaramó hasta la trampilla y se introdujo por la abertura.
Pili le acercó un plato con comida, un mendrugo, más velas, unos cigarrillos que habían podido conseguir de estraperlo y otra manta tejida con desperdicios de prendas viejas y lanas desechadas.
Después, desmontaron la escalera improvisada y Paola cerró la trampilla.
Aunque a aquellas horas de la mañana y con los niños en el patio era difícil que se enteraran de nada, no quiso dejar ninguna puerta abierta a la improvisación, que era la madre de la metedura de pata.
Manuelín se acercó.
—¿Has subido a matar ratas? —dijo confuso, en un susurro.
—¡Qué va!
Y le indicó que se sentara, ella hizo lo mismo a su lado y en pocas palabras le explicó lo sucedido, el teatro que se veía obligada a hacer para evitar más equívocos. Manuel torció el gesto, estaba resultando todo muy complicado. Él trataba de no moverse, pero los tablones crujían permanentemente.
—¿Tú crees que así se conformarán? No puedo moverme menos, te lo juro, a veces hasta tengo calambres de estar en la misma postura.
—Sí, estoy convencida. Ya les he mandado a mi cuarto y tú te mantendrás alejado de ese lado. —Y señaló la zona que estaba en la otra punta.
—Te estoy complicando demasiado la vida —murmuró Manuel, y dejó caer la cabeza entre las rodillas con desesperación—. Quizá lo mejor sería...
—¡Para! ¡Para ya con eso! —Su voz sonó dolida, sonó enfadada—.
Hay que acoplarse, todo tiene solución, pero el Manuel que yo recuerdo, mi Manuelín, no es la persona hundida que tengo enfrente.
No necesito tirar de más gente, te lo aseguro; no tengo fuerzas.
Con tirar de mí tengo suficiente. Así que esta ha sido la última vez que te escucho ese tono de derrota.
—Pero, Pau...
—¡La última, Manuel, la última! —lo interrumpió, apuntándole con el dedo—. Vamos a seguir viviendo porque no nos queda otra y tú, con nosotras. Te voy a alimentar, te voy a cuidar, te voy a proteger, pero no me pidas que te dé unos ánimos que no tengo.
Manuel asintió despacio. Ella tenía razón; estaba superada, pasaba hambre, penurias, miedo, se enfrentaba a un mundo hostil cada día sin saber cómo iba a salir de él, con una familia a sus espaldas, y se acostaba cada noche proyectando cómo sería la siguiente jornada.
Sin embargo, en los pocos días que llevaba con ella, no la había oído quejarse ni una vez.
Paola tomó aire. Sus ojos brillaban, pero ya no se permitía el consuelo del llanto, a no ser que fuera de rabia, a no ser que lo necesitara para combatir su suerte.
Manuel la miraba con los labios apretados, con las manos aferradas al suelo para no dejarlas marchar, para no permitir que se escaparan y abrazaran aquel cuerpo que tanto deseaba.
No quería confundirse ni confundirla. El silencio se hizo espeso entre la desazón, la tristeza y la confusión.
Por fin, Manuel lo rompió. Con la voz ronca y la garganta atestada de palabras que no iba a pronunciar, fragmentó la realidad.
—Lo siento, Pau, de corazón. Lo siento. No tengo derecho...
Y sin saber por qué, Paola se le acercó despacio, ante la incredulidad del soldado y, sin dejarle acabar, le abrazó y le susurró al oído, como si fuera uno de sus hijos en un día de pesadillas.
—Lucha con tus fantasmas para seguir viviendo, Manuel.
Arremete contra ellos como si te fuera la vida, esa que tantas veces pusiste en peligro.
Acaba con ellos, uno a uno, sin desaliento, sin dejar ni un resquicio al pasado.
No te reboces en tu tristeza; si lo haces, acabarás ahogándote en ella.
Porque este presente es tan doloroso que no te puedes permitir el lujo de girar la cabeza y lamentarte de un pasado que ya no está.
Mátalo, déjalo atrás y sigue, un paso tras otro.
Piensa en hoy; para mañana, ya habrá tiempo.
Él, cogido por sorpresa, se dejó abrazar y sintió la humedad de las lágrimas de Paola en su cuello.
Nunca sabría para quién había hablado su amiga, si para él o para ella, de lo que estaba seguro era de que no podía fallar; no podía permitirse ese lujo.
En aquel momento supo que seguiría aquellos pasos hasta el infierno si fuera necesario, nunca más la dejaría sola, y disfrutó, por primera vez en mucho tiempo, del calor de unas palabras.
Estuvieron unos inmensos minutos así, el uno junto al otro, sin hablar, sin pensar, alimentándose de la respiración del otro.
De repente, tal como se había acercado, Paola se separó bruscamente, se soltó el pelo y se lo volvió a recoger con fuerza en una coleta, mirando hacia su derecha.
Se sentía avergonzada de aquel instante de flaqueza y no sabía cómo enfrentarse a los ojos de ese hombre por el que no sabía qué sentir.
Se acordó de Adrián y mil puñales rasgaron su corazón sin compasión.
—Manuel, yo...
Él la miró con los ojos cargados de ternura y una sonrisa entregada, comprendiendo al momento lo que pasaba por su mente, casi rozando los remordimientos de su alma, sintiendo la zozobra de su corazón.
—No hace falta que digas nada. Soy tu amigo, siempre lo he sido y siempre lo seré.
No pido más, ahí queda todo. Necesitaba la fuerza que me acabas de regalar en este abrazo y como tal lo tomo, como el de mi camarada de batallas, quien me guarda las espaldas y por quien daría la vida antes de que sufriera.
No tienes que sentirte mal, no has traicionado a nadie.
Adrián está entre nosotros, como siempre.
Paola suspiró y se recolocó en el suelo.
—Hace tanto tiempo que camino con esta carga a cuestas, amigo mío, tanto tiempo, que ni siquiera sé si tengo sentimientos.
He hecho cosas... —tragó saliva—, he hecho auténticas barbaridades.
No tengo miedo a que me maten más allá de dejar solos a mis hijos, pero mi vida como tal no existe.
La Paola que conociste está enterrada, no hay ingenuidad en mí, ni sentimientos nobles ni futuro.
Camino y camino sin descanso, no sé hacia dónde. Matar o morir, ese es mi lema.
—No hay otro lema, créeme.
—Sí, Manuel, sí hay más elecciones; morir con dignidad, esa es una elección.
—No te maltrates así, has hecho lo que tenías que hacer y has salido victoriosa de la podredumbre en la que has tenido que sobrevivir.
—No te equivoques, nada ha cambiado; seguimos igual, pero sin bombas. Muerte, hambre, humillaciones, insultos. Y aunque no lo creas, yo me he contaminado, soy igual que todos.
—Nunca serás igual que ellos. Y no me refiero a un bando u otro; he podido comprobar tanto honestidad como bajeza en los dos.
Me refiero a la esencia, al ser, al núcleo.
Tú eres buena, lo eres y contra eso no puedes luchar.
Si las circunstancias te han arrastrado, los culpables somos otros.
Los que os hemos hundido en este fango de mierda somos los merecedores de las humillaciones, de los insultos, del hambre y de la muerte.
Tú solo defendiste lo que otros quisieron robarte.
—He perdido una hija por el camino que no sé cuándo podré recuperar; si tardo mucho, puede que ni se acuerde de mí.
Tengo un marido desaparecido, dudo que esté vivo, pero ni siquiera le puedo llorar.
Una familia desmembrada. Todo estalló en mil pedazos el día que falló la cordura y ganó el odio.
¿Y ahora qué? ¿A qué puerto he de volver?
¿Qué me tengo que perdonar y por qué he de arrepentirme?
Y no pudo contenerse más y dejó que las lágrimas —las pasadas y las actuales, las que se había tragado y las que salieron en soledad, las de tristeza, las de ira, las de rabia, las de impotencia; todas— se precipitaran sin freno por su rostro, saliendo a borbotones en muda procesión hasta empapar su vestido ajado, remendado y descolorido.
Y mientras tanto, Manuel la miraba sin atreverse a secar sus dolores y, cuando no pudo más, cuando pensó que el corazón se le desharía si no hacía algo, extendió la mano con dulzura y apretó su brazo, lo que hizo que el llanto arreciara y la desolación se extendiera por aquel espacio perdido.
—Lo siento, yo...
—¿Mamá? ¿Estás ahí? ¿Te queda mucho? Dice la tía Pili que ya no se oye nada. —La voz infantil de Carmencita la devolvió de golpe a una realidad de la que no quisiera haber salido nunca. Se puso de rodillas y, con la manga del vestido, se secó la cara y la nariz.
—¡Ya salgo! —gritó—. ¡Creo que de momento no he dejado ni una!
Se giró y miró a su amigo, torciendo la cabeza con ademán interrogativo. Este asintió, y con un gesto de la mano y una sonrisa le indicó que estaba todo dicho. Ella abrió la trampilla y se perdió por el hueco.
—¡Espera, mamá, que sujetemos la silla!
Manuel oyó, sin moverse, cómo Paola se deslizaba a su mundo, escuchó a la niña ayudar a su madre, preguntar por qué tenía los ojos tan rojos.
Oyó a Paola disculparse, echando pestes del producto que envenenaba también a las personas.
Escuchó el ritmo de la vida y no supo dónde encajar lo que había ocurrido en aquel tejado.
Se sentía diferente, aquellas lágrimas, aquellos susurros lo habían transportado a otra época, a unas ilusiones perdidas, a un universo dulce y reconfortante que le dio alas para poder pensar en el día siguiente, en la esperanza de que se repitiera una complicidad semejante, en poder convertirse, de alguna manera, en el amigo de las sombras con quien poder desahogar sus angustias.
Y sabía que ahí estaba el límite, pero era un camino tan maravilloso que se dejó caer en la manta y se abrazó al aroma que sus pasos habían dejado flotando en aquel aire viciado.