Vientos de ira 19 #2
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19 #2

Se cerró la trampilla, Paola se fue a su cuarto y Pili durmió en la cama de los niños.

El miliciano encendió la vela y, como había mucha madera en aquel tejado, apuntó mentalmente que tendría que buscar un rincón seguro donde colocarla.

Después inspeccionó el lugar. Como había dicho Pau, era bastante amplio y estaba razonablemente limpio.

En el centro, perfectamente doblada, estaba la manta de la que le había hablado y, a su lado, una sopa y un mendrugo.

Se sentó y respiró profundamente, tomando conciencia de pronto de que aquellas paredes podrían convertirse en su único universo durante un tiempo ilimitado.

Se sentó a comerse lo que le habían dejado. Estaba hambriento, no había ingerido nada en todo el día y la sopa, aunque ya fría, le devolvió el optimismo. Estaba vivo, estaba a salvo y, sobre todo, volvía a estar cerca de ella. No podía pedir más.

Cuando hubo terminado la exigua cena, Manuel sopló la vela, extendió la manta y se colocó encima; no tenía ganas de dormir.

La inactividad lo mantenía descansado y el descanso le robaba el sueño.

Se giró y un leve haz de luz se coló por el entramado de madera y cemento del suelo.

Estaba exactamente sobre la habitación de Paola y por aquel diminuto orificio podía ver parte de ese cuarto.

Ella estaba sentada en la cama con algo parecido a un camisón y se peinaba con parsimonia mientras mantenía la mirada perdida en el infinito.

Solo podía ver un lateral de su rostro, pero no pudo evitar que las lágrimas volvieran a agolparse en sus ojos; no las dejó salir, no tenía derecho a ese desahogo.

Y regresó la culpa. Él y otros muchos como él habían llevado a mujeres como ella a aquella situación, no se habían parado a pensar en las consecuencias, en los heridos, los muertos, los desaparecidos.

No habían contado con la más que probable posibilidad de destrozar una generación cuya felicidad se perdería para siempre.

Paola se tumbó en la cama y sopló la vela. Todo quedó a oscuras y Manuel se sintió desdichado por perderla... una vez más.

Pronto fue obvio que mantener a los niños durmiendo en aquella habitación resultaba peligroso. Por muy despacio que se moviera Manuel, la madera del suelo crujía y miles de sonidos extraños se esparcían por la casa, centrándose en la pequeña habitación de la trampilla.

Una mañana, Paola descubrió a Carmencita tranquilizando a su hermano, que se empeñaba en decir que había fantasmas, que los oía por la noche.

Esto la sobresaltó; comprendió el riesgo que corrían y se puso a buscar soluciones.

Por el momento, calmó a los niños asegurando que se trataba de ratas que se habían colado en el tejado, y después les prometió que subiría y limpiaría todo para hacer que esos asquerosos animales se fueran.

—¿Que hay fantasmas? —Las hermanas estaban en la cocina y Paola acababa de llegar con lo que les correspondía del racionamiento.

—Eso dice Adrián.

—¿Esto es todo lo que te han dado? —Petra abría los paquetes con desesperación—. Hay más jabón que comida.

—Si tuviéramos que vivir de esto, moriríamos de hambre. —Paola miró con desaliento aquellas raciones mínimas y de pésima calidad.

Pili cambió de tema. El asunto de la comida no tenía solución y únicamente desbordaba la impotencia y la rabia.

Cada vez eran más largas las colas y menos lo que obtenían después de aguardar interminables horas en la acera.

Y eso sin tener en cuenta los peligros, los robos y la violencia que acechaban en cada esquina de regreso a casa.

Pero a su vecina no parecía asustarle nada, con su inseparable bolsa y su hacha en el refajo caminaba tranquila sabiendo que aquello se reduciría a dos variables: matar o morir.

—¿Y por qué dice que hay fantasmas?

—Porque oye a Manuel moverse, es evidente.

Los tablones del techo crujen. Por el día no lo percibimos, hay demasiado ruido en la casa y por el exterior, pero al llegar la noche todo parece que suene más y el niño tiene buen oído.

Carmencita también lo ha escuchado, pero con la explicación de las ratas se ha quedado convencida.

Adrián, sin embargo, es un cabezota y sigue erre que erre con los fantasmas.

—¿Y qué piensas hacer?

—Buscar una solución. Lo que me faltaba es que el niño fuera contando que hay fantasmas en la casa. Sería cuestión de sumar dos más dos y..., en fin, que he pensado que voy a cambiarles la habitación a los niños.

—¿En tu habitación no se oye nada?

—No, al menos yo no he notado nada. Les he prometido que voy a subir a matar las ratas y, con esa excusa, los voy a mandar a mi cuarto.

Esa habitación da a la calle y es más ruidosa, con lo que es más fácil que se disimule cualquier sonido.

Haré como que compro matarratas, subiré, estaré allí un buen rato y bajaré diciendo que es posible que no nos molesten más.

A Manuel le restringiré aquella zona y esperemos que el de los fantasmas se quede tranquilo —sonrió.

—¡Chiquillos! —Petra empezó a lavar unos boniatos para la comida.

Paola se levantó y salió de la cocina.

—Tengo que devolver la imagen a la iglesia, que la recogí esta mañana. En media hora estoy aquí y comemos —dijo levantando un poco el tono de voz.

—Ven rapidito, niña; hoy tengo turno de tarde y quiero comer pronto —avisó su vecina mientras salía.

—Media hora. —Y la puerta se cerró.

Los niños acogieron con regocijo la idea de mudarse al cuarto de mamá: su cama era enorme, había un armario que, aunque no tuviera puertas, estaba lleno de tesoros y, sobre todo, lo más importante, allí no había fantasmas.

Adrián andaba feliz por la casa, tan delgado que sus ojos parecían dos enormes pozos negros; el pelo rapado para disuadir a los piojos, las chinches y demás fauna ligada a la miseria; las rodillas siempre con costras, y la cara a menudo sucia.

—¿A ti no te dan miedo los fantasmas? —preguntó con su lengua de trapo.

—No hay fantasmas, Adrián, te lo he dicho un millón de veces. No existen. —Carmencita hacía dibujos en el suelo del patio con un palito—. Son ratas, ya te lo ha dicho mamá, pero eres muy cabezota.

—Es el fantasma de papá.

Su hermana se quedó de piedra. Nunca hablaban de su padre, él ni siquiera lo había conocido, y su madre se mantenía en un silencio permanente respecto a ese asunto desde que se llevaron a la pequeña Paola al pueblo.

Eran los temas prohibidos de aquella familia.

Siempre que, por cualquier motivo, aparecían, la tristeza lo cubría todo y enseguida se cambiaba de tercio. La niña lo sabía bien.

—¿El fantasma de papá? Adrián, ¿de dónde has sacado eso?

—Es el fantasma de papá —repitió el niño, tozudo.

Carmencita resopló, contrariada.

—No hay ningún fantasma de papá. Él se fue y yo creo que no va a volver.

—¡Pero yo quiero tener un papá!

La niña se sintió afligida y por un momento se le enredaron las palabras en la tristeza y no supo contestar.

Apenas recordaba ya a aquel hombre que la sentaba en sus rodillas; el rostro se había perdido en el tiempo y hacía mucho que no lo echaba de menos.

Tomó aire con fuerza y volvió a hacer los dibujos mientras pensaba qué decir.

No quería que Adrián fuera con el cuento a su madre; sabía que esos comentarios la apenarían mucho.

—Mira, Adri, papá no está en ninguna parte, no es un fantasma. Se fue al cielo y desde allí nos cuida. —Al final se decidió por contarle el cuento del cielo, el mismo que le había contado Petra a ella la última vez que preguntó por su padre y todo el ambiente se enrareció.

—¿Y ese cielo está en el tejado?

—No, eso son las ratas, te lo hemos dicho muchas veces.

—¿Y dónde está entonces? ¿Muy lejos? ¿Y podríamos ir allí? Yo quiero ver a mi papá.

Carmencita resopló una vez más. Aquello se le estaba yendo de las manos. Quería cortar la conversación, convencer al niño y que no dijera nada a su madre, pero su hermano era la curiosidad con dos patas.

—No se puede subir al cielo, uno sube ahí cuando muere.

—¿Papá está muerto? —El niño compuso un puchero.

—No quería decir eso, pero haces muchas preguntas y no sé responderte bien.

—No lo entiendo —insistió—. Paco, el de enfrente, tiene un papá que volvió del cielo y dice que yo no tengo papá porque el mío estaba rojo .

Carmencita abrió los ojos como platos. Las palabras se le atoraban, se le agotaban los razonamientos que, en su mayoría, eran frases que escuchaba a los adultos, porque casi todo lo relacionado con su padre no era más que una maraña en su cabeza.

Pero ver a su hermano tan desesperado le rompía el corazón, así que soltó el palo e hizo lo que hacía siempre: tratar de calmar a Adrián con un fuerte abrazo.

El pequeño se acurrucó en el regazo de su hermana y, al fin, Carmencita se decidió por la verdad.

—Papá tuvo que ir a una guerra. ¿Sabes lo que es una guerra?

El niño asintió.

—Donde se disparan los hombres —dijo muy serio.

—Bien —continuó—, pues papá se tuvo que ir. Tú no habías nacido, solo estábamos mamá, Paola y yo. Él no quería irse, pero lo obligaron y no ha vuelto. Tal vez le dispararon, se murió y no le dio tiempo a decírnoslo. Tal vez está escondido, tal vez huyó a un lugar lejano...

—¿Y a Paola también le pueden haber disparado?

—¡No! Paola está con los abuelos y está bien.

—¿Y por qué se fue?

—No quería, pero éramos muchos y con la abuela estará mejor.

—¿Y por qué no vamos todos con los abuelos?

—¡Ya, Adri! —Carmencita estaba agotada con tantas preguntas—. Te lo he explicado lo mejor que he podido, ahora me tienes que prometer una cosa.

—¿Qué?

—No hables ni de papá ni de Paola con mamá. Se pone muy triste y, como está tan triste, no va a por comida. —Esta era la mejor baza. Adrián era muy comilón y siempre tenía hambre.