Vientos de ira 19
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Petra se llevó a Carmencita y a Adrián a su casa con la promesa de jugar a hacer recortables con una vieja revista que Paola había encontrado en sus paseos por Madrid. El papel era un bien escaso y esencial para encender el fuego en invierno, pero lo mismo daba que estuviera entero o hecho pedazos.

Mientras tanto, Paola se dispuso a subir a la parte interna del tejado con la ayuda de Pili.

Arrastraron un montón de cosas sobre una cama para hacer una torre a la que pudiera encaramarse la muchacha en un equilibrio precario.

Empujó con fuerza la trampilla, que se abrió sin demasiados problemas y, agarrándose a los bordes, se impulsó y metió medio cuerpo, después subió una pierna y por fin desapareció en el hueco.

A Pili casi se le vinieron encima todos los trastos y tuvo que hacer malabarismos para sujetarlos.

Sonrió al pensar lo ridículo que hubiera sido que, al asomarse su vecina, la hubiera visto en el suelo despatarrada.

Paola se sacó una vela del bolsillo, la encendió y miró a su alrededor.

Aquello estaba sucísimo y olía a humedad y a cerrado.

Se veían las vigas, pegotes de cemento aquí y allá, arena y, cómo no, los excrementos de las ratas por todas partes.

Levantó la vela y ahí estaban, empezando a chillar y a moverse de forma descontrolada para alejarse del fuego.

Una sensación de inmenso asco subió por su garganta.

Trató de olvidar a los repugnantes animales, ya verían cómo hacerlos desaparecer, y siguió observando el lugar.

Había espacio para que una persona estuviera casi de pie en el centro y luego la altura iba disminuyendo a los lados.

Decidió que sí era viable la idea de esconder a Manuelín en aquel tejado, si eran capaces de limpiarlo y hacerlo un poco más acogedor y habitable.

Sopló la vela y volvió la oscuridad. Sacó los pies por la abertura y tanteó el apoyo.

Su vecina sujetó todo con fuerza y ella fue descendiendo poniendo cuidado hasta quedar de pie en la cama.

Estaba llena de polvo y suciedad. Trató de sacudirse, pero fue en vano.

—¿Y bien? —Pili preguntaba mientras iba desmontando la torre.

—Tiene posibilidades, pero hay que pensarlo todo muy bien. Para empezar, hay ratas.

La vecina torció el gesto con asco.

—Y habrá que buscar una escalera que no parezca una escalera para poder subir y bajar sin jugarte la vida —continuó—. Arriba hay mucho espacio, sucio pero amplio. Creo que podremos hacerlo.

—Lo de las ratas es un problema.

—Seguro que Manuelín preferirá vivir con ratas a morir fusilado —concluyó Paola.

Estaba claro que ya había tomado la decisión, su vecina la conocía demasiado bien y sabía que era mejor no entrar en polémica.

Al caer la noche, una vez que acostó a los niños, volvió al gallinero. Las gallinas no habían puesto nada, tal vez alarmadas por la intromisión de aquel extraño en sus dominios. Cogió el taburete y se sentó cerca de su amigo.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó, alargando un cuenco con sopa.

—Mucho mejor. Por fin he podido descansar tranquilo y a cubierto, y el guiso de ayer me devolvió la vida.

—La sopa también está muy buena y te he añadido un huevo escalfado para que cojas fuerzas. Es un tesoro, pero necesitamos que te recuperes; hay mucho trabajo por hacer.

Manuelín la miró indeciso, no sabía qué decir.

—Pau, no sé si te estás arriesgando demasiado, esto puede ser muy peligroso.

—Todo es peligroso hoy en día. Además, no creo que sea tan fácil que te descubran a no ser que hagamos alguna tontería.

Esto no es un pueblo, aquí la gente no se conoce tanto.

Yo no voy a variar mi forma de vida, no me relaciono con casi nadie, ni siquiera con los vecinos de siempre, porque no me fío ni de mi sombra.

»Adrián no ha vuelto, hace mucho que acabó esta maldita guerra, pero él no ha regresado y, sin embargo, nadie olvida con quién luchó.

Soy la viuda de un rojo asesino, poco más.

La rutina de mi existencia hará el resto; nada cambiará, nada.

De puertas adentro aún conservo la dignidad, no serán capaces de robármela; es mi territorio y en mi territorio mando yo.

Esta guerra me ha demostrado que tengo que buscarme las habichuelas, da igual el camino, y eso es lo que voy a hacer.

No me importa a qué tenga que enfrentarme, nadie va a salir en mi ayuda y yo no voy a permitir que me dobleguen.

El miliciano, emocionado, admiró una vez más aquel endiablado empuje, tragó saliva y puso sobre la mesa sus miedos.

—Pero sé todo lo que significa: una boca, una preocupación más y, a cambio, nada. No puedo ofrecerte nada, ni siquiera protección, solo problemas.

—No estás del todo en lo cierto; ya te buscaré una ocupación, tú tranquilo —reflexionó Paola en voz alta—. De momento, nos centraremos en adecentar ese tejado.

Manuelín la miró preocupado.

—¿Estás segura, Pau?

—Completamente.

El silencio volvió a llenarse de complicidad y la silueta de una sonrisa se dibujó en la oscuridad.

—No tendré vida suficiente para agradecerte lo que vas a hacer por mí.

Ella se sonrojó, pero Manuel no pudo verlo. Una ola de cariño invadió el alma de la joven y deseó abrazarlo, pero se contuvo. En vez de eso, se levantó, recogió el cuenco que ya estaba vacío y se volvió para marcharse. Se lo pensó un instante y se giró para mirarlo.

—Hay que planear muy bien el momento en el que dejes el gallinero y subas al tejado. Creo que es el instante más peligroso. Ya arriba, todo será coser y cantar. Buenas noches.

—Mañana nos pondremos manos a la obra. Buenas noches, Pau y... un millón de gracias.

La puerta se cerró y Paola entró en su casa con una sensación extraña en el corazón. Él, como siempre, la observó ensimismado mientras se alejaba, siendo consciente de que amaba cada uno de sus movimientos.

El traslado del miliciano habría de hacerse de noche, pero a esas horas los niños dormían en la misma cama que tenía que servir de escalera y sería imposible hacerlo sin que se enteraran.

La solución llegó de nuevo de la mano de las vecinas.

Para los críos, ir a dormir a casa de las «tías» era toda una aventura, de manera que se tomaron como una fiesta lo de aquella noche, aún tibia, en la que los sonidos de la naturaleza se deslizaban por la oscuridad dando una falsa apariencia de normalidad.

Unos golpes suaves interrumpieron los pensamientos de Paola, que, sentada en una de las viejas sillas de la cocina, cosía el penúltimo remiendo a unos pantalones del pequeño Adrián.

Pili entró rápidamente con la noticia de que todos dormían.

Carmencita se iba haciendo mayor y había preguntado varias veces por qué su madre no iba con ellos, pero las vecinas habían sabido convencerla, y la niña había acabado cayendo en un profundo sueño mientras Petra les contaba un cuento eterno sobre princesas y malvados ladrones.

Y ahora iban a poner el plan en marcha, un plan que las hermanas apenas comprendían, pero que apoyaban sin cortapisas.

Paola había dejado atrás los sentimentalismos hacía mucho tiempo y, sin embargo, ahora decidía arriesgarse por ese hombre del que poco sabían.

No obstante, conocían el carácter de su amiga y, una vez tomada una decisión, por muy absurda que pareciera, la llevaría hasta sus últimas consecuencias, y ellas, como su familia que se consideraban, la seguirían al fin del mundo.

Manuelín ya estaba preparado cuando su amiga abrió la puerta del gallinero.

—Vamos, ha llegado la hora. Tenemos que movernos a oscuras, pero se ve bastante bien. Por las noches se oye todo y tengo la sensación de que mil ojos nos vigilan, así que no hagas ningún ruido —susurró.

—Te sigo —contestó el soldado con una voz apenas audible.

En absoluto silencio caminaron hacia la puerta de la cocina, entraron y fueron directamente a la pequeña habitación, donde Pili los esperaba con los nervios desatados.

En una mesilla, una pequeña vela proyectaba extraños reflejos sobre sus rostros.

Cerraron la puerta para que nadie pudiera ver luz desde el exterior, sin preocuparse por la ventana, ya que daba al patio.

—Pili, este es Manuel —hizo las presentaciones—. Y esta es Pili, mi vecina y amiga.

—Encantado —inclinó él la cabeza.

—Mucho gusto —sonrió ella al miliciano.

—Bueno, pues ya os conocéis. Ahora vas a subirte a la cama, de ahí a esa silla que sostendremos nosotras y entrarás por la trampilla.

Solo he podido subir un par de veces a limpiar un poco, pero con las ratas no sé qué hacer; las espanto y vuelven.

Te he dejado alguna vela, cerillas y algo de comer.

Petra ha hecho una manta trenzando pedazos de tela y poco a poco intentaremos encontrar más cosas para que estés a gusto.

—No hace falta que os molestéis más, te lo aseguro.

Me habéis devuelto la vida, ya te lo dije, Pau, estás arriesgando.

.. —La voz de aquel hombre curtido en la batalla se quebró; no pudo seguir hablando y no quería que lo vieran llorar, así que se encaramó a la cama y se subió ágilmente a la silla, abrió la trampilla y desapareció en la oscuridad.

Unos instantes después asomó la cabeza—.

Gracias, Pau, de corazón; muchísimas gracias.

Y a usted y a su hermana les estoy igualmente agradecido —concluyó dirigiéndose a la vecina.

Las dos mujeres estaban petrificadas, conmocionadas y emocionadas de ver a un hombre como aquel con lágrimas en los ojos. La primera en reaccionar fue Paola.

—¡Qué gracias ni qué gracias! —hizo un aspaviento con la mano—.

Tú compórtate, no hagas ruido y todo irá bien.

Si tuvieras una urgencia grave, da tres golpes en el suelo, donde está el techo de la cocina, y trataremos de venir lo más pronto posible.

La comida te la pasaré por aquí, avisando con un golpe en la trampilla.

Manuel asintió, ya repuesto de su debilidad.

—Y ahora todo el mundo a dormir —susurró la dueña de la casa, poniendo fin a la conversación.