18 #3
—He estado pensando —continuó Sonsoles mientras empezaba a partir unas batatas— que Julio y tú deberíais mudaros a esta casa.
Es muy grande y podemos pagarla entre todos.
Tu hermano Agustín nos dio dinero que, al cambio, ha sido una pequeña fortuna.
Nos ha permitido abonar el alquiler de seis meses y comer, pero llegará un momento.
.. Hay que unir fuerzas, hija; hay que tratar de hacer las cosas bien.
Angelines miró a su madre un tanto desconcertada. Minutos antes parecía la viva imagen de la desolación. Solo había hecho falta una mínima esperanza y ya estaba intentando organizarlo todo.
—Tengo que consultarlo con mi marido, madre.
No solo depende de mí, pero me parece que puede ser una idea muy buena.
El invierno se acerca y la comida cada vez es más escasa y más cara.
Hasta ahora, nosotros nos hemos apañado con lo que puede traer Julio de las sobras de la taberna, pero cada vez nos dan menos.
—Pensadlo bien, hija. Cuanto más unida esté la familia, mejor nos irá a todos.
De repente, el timbre de la puerta volvió a tronar y ambas mujeres se sobresaltaron. Sonsoles se levantó de un salto y agarró con fuerza la muñeca de su hija.
—¿Con quién has hablado? —gimió desesperada y aterrada a partes iguales. Con la mano libre la sujetó por el vestido—. ¿Con quién?
Angelines se soltó con cuidado, por un momento recordó a la quinceañera de ojos transparentes que le había hablado de la cárcel, pero enseguida lanzó ese pensamiento fuera de su cabeza; no le había dicho absolutamente nada aparte de su nombre.
—¡Con nadie, madre! Haga el favor de tranquilizarse.
Salió al pasillo con decisión rumbo a la puerta. Sus hermanos pequeños se marcharon disparados a su habitación, un poco asustados, al ver cómo su madre se derrumbaba en una silla con el gesto demudado y comenzaba a gemir con las manos en el rostro.
Se oyeron gritos, pero no parecían gritos de terror o de miedo.
Sonsoles prestó atención, se secó las lágrimas. Voces femeninas llegaban hasta ella pisándose la una a la otra. Se volvió esperanzada y casi se le para el corazón al distinguir a la joven que aparecía por la puerta de la cocina.
—Mire, madre, a quién le traigo. —La sonrisa de Angelines llenaba todo el espacio de alegría.
—Gloria, ¿eres tú? ¡Gloria! —Y se lanzó a los brazos de su otra hija, que la recibió con un cariño infinito, mientras la mayor se unía al abrazo y las tres sonreían, hablaban, reían y lloraban a la vez.
Los niños, alertados por las voces desde su habitación, se sumaron a la fiesta en un crisol de gritos, risas y aspavientos.
Gloria era todo lo contrario a su hermana.
Esta era recia, de espaldas anchas, con una altura más que considerable para una mujer y una cabellera azabache como la noche.
La más pequeña, sin embargo, siempre había sido poca cosa, un nervio atado a un corazón indomable.
De carácter similar al de su madre —fuerte y cabezota—, era rubia, de rostro dulce y una belleza que ningún miembro de la familia acertaba a entender de dónde había salido.
Su padre solía bromear diciendo que había elegido lo mejor de cada casa.
«Belleza navarra», decía Sonsoles en aquellos tiempos tan felices, pero ya casi olvidados. «¡Navarro ni de barro!», contestaba su marido haciendo un gesto que a todos hacía reír. «¡Pues anda tú que los maños!».
Sonsoles volvió a la realidad de golpe, se separó del abrazo y miró a su hija. Las penalidades de la guerra se habían cobrado parte de su belleza.
—¿Cómo nos has encontrado? ¿Quién te lo ha dicho?
Gloria miró a su madre, desconcertada.
—Padre —contestó como si fuera lo más obvio del mundo.
Un silencio opaco y triste dejó a todos en suspenso. La joven los miraba uno a uno sin comprender.
—A papá se lo han llevado unos señores très mauvais . —La voz del pequeño Jesusín se elevó, dejando un espacio diáfano a la pena.
Gloria abrió unos ojos como platos e inmediatamente se le anegaron de lágrimas.
Apenas pudo hablar para pedir explicaciones, pero su madre, sin extenderse en detalles, le contó lo sucedido.
Mandaron de nuevo a los críos a la habitación y las tres mujeres se sentaron alrededor de la mesa de la cocina.
Después de comentar las calamidades, Sonsoles miró a su hija de arriba abajo.
—¿Y tú? ¿Cómo estás? Te veo muy delgada.
—Vivo con mi novio —comentó. Su madre iba a torcer el gesto, pero se contuvo.
No era el momento—. Nos las vemos y deseamos para poder sobrevivir.
Pasado mañana nos echan de la casa, no tenemos nada que llevarnos a la boca y hace dos meses que tampoco tenemos dinero para pagar el alquiler.
Juan está desesperado, busca trabajo, pero aún cojea demasiado para que nadie lo quiera contratar.
—¿Cojea?
Gloria afirmó con pesadumbre.
—Una bala perdida nada más entrar en combate.
Le hicieron prisionero, se escapó y se cambió de bando.
Entró en Madrid con las tropas de Franco.
—Se encogió de hombros con un mohín indefinido, tratando de dar por concluido este capítulo un tanto embarazoso.
Conocía las ideas de su padre y no sabía cuál podría ser su reacción, pero nadie dijo nada; nadie se sentía capaz de juzgar a los demás por salvar su vida.
—¿Y por qué has dicho que fue padre quien te dijo que habíamos vuelto? —volvió a preguntar su madre.
—Pensaba que lo sabrían. Cuando acabó la guerra, yo pasaba por nuestra vieja casa siempre que podía, por si volvían.
Miraba desde la verja y comprobaba que todo estuviera cerrado.
Sabía que era una tontería, esa casa no era nuestra, pero era la única esperanza que tenía de saber de ustedes y los niños.
Le había perdido el rastro a Angelines, y la verdad es que me sentía muy sola y temía lo que podría haber sido de todos ustedes.
Después, miraba en el viejo escondite de papá, por si acaso; ya saben, el azulejo naranja que hay bajo la verja, el que está un poco suelto.
Y allí fue donde encontré la nota hace unos días.
Padre la debió de dejar ahí, pero no he podido venir hasta hoy porque no se leía demasiado bien la dirección, y he tenido que intentarlo varias veces hasta dar con esta casa.
Y siguieron hablando, contándose las desventuras de aquellos tiempos difíciles, buscando soluciones, sintiéndose más arropadas al ir, poco a poco, recobrando a cada uno de los elementos de su dilatada familia.
Gloria supo de Agustín, entre Francia y España, de Lourdes, siguiendo a su marido destinado en La Línea de la Concepción y de los pequeños.
Sonsoles, cómo no, ofreció igualmente a su otra hija la posibilidad de mudarse con ella.
Había espacio para todos en aquel caserón de Manuel Becerra, destartalado pero amplio, pagado por adelantado.
Gloria ni siquiera lo pensó; su situación era mucho más desesperada que la de su hermana y el ofrecimiento, una puerta abierta a la esperanza.
El ala protectora de la madre volvía a extenderse con fuerza, resguardando a su prole.
En un momento de la conversación, Sonsoles perdió el hilo del cotorreo de sus hijas.
Pensó en Pablo. Había dejado una nota en la antigua casa para guiar de nuevo a sus hijos, y lo amó aún más si cabe.
Después lo imaginó encerrado, preso, seguramente maltratado, y un dolor intenso le quebró el alma.
Se concedió un segundo a la añoranza y se juró sacar como fuera a su esposo de aquella trampa mortal que no se merecía.