18 #2
Y así continuó la lista con distintos resultados.
Unos salían con el puño en alto, vítores de sus compañeros y vivas a la República, conscientes de que más allá de quitarles la vida no podían hacerles sufrir más.
Otros no tenían tanto coraje y se derrumbaban cuando su nombre surgía de aquellos condenados labios.
De nada servían los ánimos y las voces de sus compañeros.
Incluso hubo un hombre que se desmayó, no aguantó la tensión, sus nervios se rompieron y tuvieron que llevárselo en brazos con la consiguiente guasa del oficial.
Por fin, aquella ominosa lista concluyó y todos desaparecieron.
La galería permaneció en silencio, colmada de emociones: el terror compartido, la tristeza por los compañeros a punto de ser fusilados, el rencor hacia los verdugos de sus camaradas y, cómo no, el alivio de sobrevivir un día más, sin esperanza real, pero con la incertidumbre de poder ver, al menos una última vez, a alguno de sus seres queridos.
—¿Cuánto tiempo llevas tú aquí? —Pablo se incorporó y preguntó en susurros al médico.
—Tres meses —suspiró el otro hombre.
—¿Y cómo lo soportas?
—No queda otra. Vivir dignamente y tratar de morir de igual forma, eso me enseñó mi padre.
La fe no me abandona. Sé que mi mujer está tocando todos los palillos habidos y por haber para que me conmuten la pena, para que la rebajen a cadena perpetua.
Su familia es influyente. Yo no he matado a nadie, curar soldados era mi cometido, y lo que me tiene aquí es que estaba afiliado al Partido Socialista.
Pero si me han de fusilar, será que ha llegado mi hora.
—Yo no sé si podré... —comenzó Pablo titubeante.
—Al llegar todos tenemos la misma sensación, nos negamos a aceptar lo que estamos viviendo y pensamos que no seremos capaces de seguir.
—Haz caso al médico. —Una voz surgió a su lado. Se giró y vio a un hombre apoyado en la pared con un palito en los labios.
—Pero no hay que perder la esperanza —continuó Álvaro—, no hay que dejarse vencer por la desesperación.
Si has de vivir pocos días, al menos no los desperdicies sufriendo, no les sigas el juego a los verdugos.
Yo me distraigo volviendo a los tiempos felices, a las personas que amo y esos recuerdos me ayudan a seguir. Eso y mis compañeros.
Se quedó un instante callado.
—Algunos... solo hay que fiarse de algunos compañeros —interrumpió la misma voz de antes.
—Bueno, en eso tienes razón, Germán. Por cierto —dijo el médico, y señaló al dueño de la voz—. Este es Germán Caballero, maestro de escuela. Puedes fiarte de él, es buena gente.
El aludido hizo un gesto de saludo con la cabeza.
Pablo le correspondió con un gesto similar. Aún estaba conmocionado por lo que había visto.
—¡Chis! —chistaron desde algún lugar indeterminado en la oscuridad.
—Y ahora a dormir. Mañana ya tendremos muchas horas para hablar —concluyó el doctor.
Pablo se tumbó en su jergón de trapos. Le seguía quemando el pecho y las palabras del médico no habían calado en su ánimo tanto como le hubiera gustado.
Quizá es que estaba hecho de otra pasta, de una pasta de menor calidad que la de aquel hombre sensato que, al parecer, vivía cada día con la alegría de sobrevivir una jornada más.
Pensó en Sonsoles, en su Sonsoles, y le atravesó el corazón la idea de no volver a verla nunca más.
Dibujó en su memoria las caras de sus hijos, uno a uno.
Y sin poder contenerlo, arreció el llanto y una mano anónima llegó hasta su hombro y le dio un apretón.
Se secó los ojos y se serenó. Entonces sintió que las lágrimas no solo habían quemado su alma, también habían vaciado su espíritu de tanto dolor y, mandándole un mensaje de amor a su mujer a través de la oscuridad, consiguió que el sueño reparador lo trasladara a otro mundo más amable.
Mientras esperaban la llamada de Lourdes, que podía producirse en cualquier momento, Angelines decidió acercarse a la cárcel.
Estaba bastante cerca y pensó que tal vez podría tener noticias de su padre o, al menos, enterarse de qué posibilidades había de contactar con él.
No hizo más que seguir por la calle Lista y se dio de bruces con una enorme fila de personas que se apretujaban a las puertas de la prisión.
En general, eran mujeres; mujeres demacradas y esqueléticas, unas con sus hijos de la mano y otras solas.
Algún anciano también había, y Angelines se preguntó qué esperaban.
Cuando miró más allá de sus cabezas, se percató de que las puertas estaban cerradas, pero era evidente que se abrirían sin tardanza; aquellas personas no estaban allí por estar, aunque era imposible que esa marea humana entrara en el recinto. Decidió preguntar.
Se colocó en la cola y miró a la mujer que tenía delante.
Era bajita, con una nariz prominente que se hacía aún más evidente por la delgadez de aquel rostro ceniciento.
Tenía los labios agrietados y costras en la frente, que supuso seguirían por su cuero cabelludo, aunque todo su pelo estaba tapado por un pañuelo negro.
Aún estaba dilucidando si dirigirse a ella, cuando una muchacha de unos quince años se colocó detrás.
—¡Bendita sea la Virgen! ¡Qué tarde he llegado hoy! —murmuró. Y se puso de puntillas para observar con desaliento las innumerables cabezas colocadas delante de ella.
Angelines se volvió sin pensarlo dos veces.
—¿Abrirán las puertas? ¿Se puede visitar a los presos?
La muchacha la miró con los ojos entrecerrados. Podría haber sido muy guapa en otro contexto —limpia, bien arreglada, nutrida—. Destacaban sus ojos azules y profundos en aquel rostro casi infantil que se abría a la madurez a golpe de carencias. Después de sopesarlo, se decidió a hablar.
—¿Nueva? —Angelines asintió—. ¿Tu marido? —inquirió de nuevo.
—Mi padre.
La muchacha la miró de arriba abajo.
—Sí, abrirán las puertas, pero hoy es posible que nos vayamos igual que hemos venido.
La hija de Pablo la miró sin comprender.
—No sé quién eres, no me fío de nadie que no conozca.
—Me llamo Angelines, Angelines Martínez. Hace días se llevaron a mi padre y no hemos vuelto a saber de él. En la comisaría nos dijeron que estaba aquí y hoy he decidido venir a ver si puedo verlo. —Se colocó el pelo tras las orejas y trató de sonreír—. Mi madre se está volviendo loca.
—Di a tu madre que se tranquilice porque estos no tienen prisa por nada. —Y señaló hacia las puertas cerradas—. ¿Sabes en qué galería está?
Angelines negó con la cabeza. Aquella muchacha la estaba poniendo nerviosa con tantas preguntas y tan pocas respuestas.
—¿Qué hay que hacer para ver a un preso? —volvió a intentarlo.
—Tener suerte, ser rápida, fuerte y llegar pronto; cosa que hoy no hemos hecho.
La joven iba a demandar más explicaciones a las crípticas palabras de la muchacha de ojos azules cuando esta se giró y retomó la palabra, hablando muy bajito.
—Mira, te explico. Cuando abren las puertas, todas las personas que ves empiezan a correr para entrar cuanto antes.
Puedes dejar un paquete con comida para tu familiar, incluso una nota, pero de todo ello no se sabe lo que le va a llegar.
Si tienes suerte, hay una especie de sala donde puedes hablar a gritos, pero se llena enseguida y cuando el tío del uniforme hace sonar las palmas, se acabó la visita.
Lo que sí nos cuentan, cuando nos podemos comunicar, es que apenas comen nada, que están llenos de piojos y que muchos se están muriendo.
Cuidado con lo que mandáis; lo abren todo y lo leen todo y, si algo no les parece bien, va a la basura o a sus bolsillos.
Hay días que nos podemos acercar a las verjas y tratar de buscar entre todos los prisioneros, pero te puedes imaginar la que se organiza; empujones, codazos y si te descuidas acabas matándote con otra.
Hay algunas muy peligrosas por aquí, por eso hay que tener un ojo fuera y otro dentro.
—¿Por qué me has preguntado en qué galería está? —siguió indagando Angelines.
—Porque si es la tercera..., allí están los condenados a muerte.
Y si un día no te dejan entrar... —La muchacha se dio la vuelta y parecía que ya había acabado de hablar, pero dudó un instante—.
El día que entres pon tu mejor sonrisa, explícale que todo va bien, que pronto encontrarás la manera de sacarlo, aunque sea mentira.
Son cadáveres sin esperanza. —Estas últimas palabras estaban rebozadas de tristeza.
Un silencio tenso se abrió entre las dos.
—Gracias por la información —murmuró Angelines con la voz entrecortada.
La joven no volvió a abrir la boca y ella decidió intentarlo al día siguiente. No llevaba nada de comer, ni nota de aliento, ni fuerza en el corazón para dar ánimos.
—¿Qué has podido saber? —La ansiedad se reflejaba en el rostro de Sonsoles, que estaba pálida, sentada en una silla de la cocina. A sus pies, los más pequeños jugaban. Su hija decidió evitar los detalles dolorosos.
—Es posible entrar en la cárcel para hacer una visita, pero hay que madrugar. Volveré mañana, le llevaré algo de comida. Y escríbale unas letras, al parecer se las hacen llegar.
Sonsoles la miró incrédula.
—De eso nada, iré yo —sentenció.
—Pero, madre, no creo que sea sitio...
—Mira, hija, te lo agradezco, pero es mi marido. —Y se levantó de golpe como si las fuerzas hubieran vuelto de repente a sus piernas—. Tendrás que explicarme cómo llegar, pero necesito verlo y hablar con él, saber que está bien.
Angelines conocía a su madre y, si había decidido ir, sería imposible disuadirla. Soltó un suspiro.
—Me quedaré con los niños —dijo al fin.