Vientos de ira 18
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Nadie le había dirigido la palabra a Pablo desde que lo habían sacado de su casa. Lo único que sabía era que estaba en el calabozo de una comisaría, sentado en una silla desde hacía varias horas, no podía calcular cuántas, pero eran muchas y necesitaba ir al baño.

—¡Oiga! —llamó.

Pero no recibió ninguna respuesta. Si no aparecía alguien pronto, se mearía los pantalones.

Estaba nervioso, y aunque se repetía una y otra vez que él no tenía delitos de sangre, en lo más profundo de su corazón el terror lo atenazaba.

Oyó pasos y sintió un momentáneo alivio.

Un hombre corpulento entró por la puerta y cuando Pablo intentó hablar, una lluvia de golpes le estrelló contra el suelo.

Antes de que se multiplicaran, antes de que sintiera estallar los huesos hasta perder el sentido, fue consciente de que lo tenía todo perdido.

Veinticuatro horas de preguntas y violencia, veinticuatro horas que se convirtieron en una vida entera.

Poco importaron ya las ganas de ir al baño, las respuestas que había tejido en su cabeza, lo único por lo que rezaba era porque acabara todo aquello.

Recordaba un juzgado al que se presentó medio moribundo, un consejo de guerra, palabras inconexas, listas de delitos, rostros graves vestidos de uniforme, compañeros de suplicio a su lado, mirando al suelo; no pudo evitar escuchar la sentencia final.

Estaba condenado a muerte.

Trató de protestar, de defenderse, de explicar que estaban equivocados, pero la mano férrea que lo mantenía en pie para oír el veredicto lo enmudeció.

Un amago de abrir la boca lo devolvió al dolor extremo y calló.

Volvió a constatar que todo estaba perdido y se rindió a la evidencia.

Ya no quiso escuchar más, ni siquiera le importaron las últimas palabras, esas que dictaban que, a la espera de que se cumpliera la sentencia, lo enviarían a la cárcel de Porlier.

¡Qué más daba!, pensó desalentado, no existía un lugar decente donde morir de aquella manera.

De todos era conocido que la cárcel de Porlier había sido una checa durante la guerra, unas instalaciones que se habían utilizado en el bando republicano para detener, interrogar, torturar y ejecutar a simpatizantes o sospechosos de simpatizar con el alzamiento del general Franco.

De allí habían salido las «sacas» de presos que asesinaron en Paracuellos del Jarama.

Una vez que acabó la guerra, había continuado con su función penitenciaria, pero esta vez como prisión reorganizada por el régimen del dictador.

De aquí, paradójicamente, volvieron a salir miles de presos para ser ajusticiados, repitiéndose la historia con protagonistas del bando contrario.

En aquellos tiempos que corrían, Porlier era casi garantía de muerte y los fusilamientos, en sus inicios, fueron prácticamente diarios.

Pablo entró en la cárcel ayudado por dos presos, porque no se tenía en pie, y fue directamente a la galería número tres, la galería donde se apelotonaban los prisioneros condenados a muerte.

Con la correspondiente queja de algunos, le hicieron un sitio y lo tumbaron en una esquina, en una especie de jergón que los más generosos habían montado con telas y abrigos.

Perdió la noción del tiempo, de las cosas que ocurrían a su alrededor.

Se dejó caer en un duermevela absurdo con olor a rendición, deseando que sus heridas fueran tan grandes como para provocarle la muerte, una idea que, como un martillo pilón, retumbaba en su cabeza.

Alguien lo cuidaba y le daba algo con el agua, no sabía bien qué, pero hubiera deseado que lo envenenaran allí mismo para acabar de una vez con todo aquello.

No obstante, la naturaleza humana es caprichosa, se aferra a la vida, y contra todo pronóstico Pablo fue mejorando poco a poco.

Los golpes habían sido muchos, pero aquellos malnacidos sabían bien dónde pegar para alargar la agonía de sus enemigos.

Matarlo hubiera sido un acto de caridad, mucho más cruel era una recuperación sazonada de sufrimiento sabiendo que no había salida.

Dicha recuperación, sin embargo, habría sido del todo imposible sin la ayuda de don Álvaro Serrallo, un médico castrense que se ocupó de él desde el primer momento; otro preso, a la espera de su fatal destino, que mientras llegaba su hora no olvidaba su juramento hipocrático.

De esta manera, una semana después de su llegada, Pablo ya caminaba.

Aún tenía fuertes dolores, pero podía incorporarse.

Según le comentó Álvaro, se suponía que tenía una o varias costillas rotas, por eso le dolía tanto al respirar, por lo que le recomendó el mayor reposo posible, pero Pablo consideró que era absurdo tratar de curarse para morir después de un tiro, reflexión que compartió con el médico. La respuesta de este fue contundente.

—Nunca hay que perder la esperanza, ni siquiera cuando salgamos de aquí rumbo al paredón.

Durante su convalecencia, Pablo no había sido consciente del horror de aquel agujero, de la tortura que suponía la espera de la muerte, pero en cuanto estuvo medio repuesto y dejó a un lado sus ansias de acabar con todo de una vez, se enteró de cuál era la rutina de la parca en aquella galería perdida de una prisión madrileña.

—Hoy nos visitará la Pepa —le comentó el médico una noche tras el toque de corneta. Su voz acongojada había cambiado su tono optimista y el exseminarista supo que algo desagradable se cernía sobre ellos.

—¿La Pepa ? —Trató de incorporarse con un rictus de dolor.

—¿No has oído la corneta? Pues, cuando acaba tan despacio, quiere decir que esta noche habrá muertos.

Pablo no acababa de entender. Álvaro se tocó los bolsillos de su raída chaqueta y por fin se detuvo en uno. Sacó un cigarrillo y empezó a fumar de forma compulsiva. Pablo le miró con codicia, extendió la mano y le pidió otro.

—No es bueno fumar cuando aún te cuesta respirar.

—Me van a matar igualmente. Al menos deja que tenga el regusto del tabaco en los labios.

El médico sacó otro cigarro, lo encendió y se lo pasó a su compañero.

La galería, siempre tan bulliciosa, estaba sumida en un angustioso silencio, un silencio demasiado tenso, tanto que parecía haberse convertido en amarga y lúgubre gelatina.

El doctor apagó el cigarro con mano temblorosa y le susurró con un deje de temor.

—Ahora vendrá un hijo de puta y leerá los nombres de los que se lleva; a esos ya no los volveremos a ver.

Si me vas a preguntar cómo se entera el corneta, ni idea, pero el tío lo sabe antes que nadie.

Es un tipo raro, pero nos hace un favor, nos da la ocasión de prepararnos o dormir tranquilos un día más.

Él es el encargado de tocar silencio cada noche, para que callemos, y estate seguro de que, si el muy cabrón termina el toque normal, esa noche no hay listas.

Sin embargo, si acaba como hoy, tan lento. ..

No terminó de hablar, tampoco hacía falta dar muchas más explicaciones.

Las pequeñas luces de los cigarros, aquí y allá, se incendiaban rítmicamente, como diminutas luciérnagas, entre unos corazones desbocados y ansiosos esperando la muerte.

Después empezaron los movimientos nerviosos, la tensión de la espera se hacía insoportable.

Pablo, en su rincón, aún no había interiorizado lo que estaba a punto de ocurrir.

Resonaron unas botas sobre el piso y al fondo de la galería apareció un oficial seguido de dos muchachos armados con fusiles.

Un cigarrillo colgaba de sus labios y destilaba una actitud altanera en su modo de andar.

Se paró en medio del corredor, las piernas abiertas y la mirada desafiante, haciendo que la respiración de todos los presos se mantuviera en suspenso.

El oficial ni se inmutó, dio una profunda calada al cigarrillo y casi sonrió.

—¡Pablo...! —Y calló para dar otra calada al cigarro mientras torcía la cabeza como si no entendiera lo que ponía en el papel que llevaba en la mano.

El corazón del prisionero recién recuperado se aceleró y no supo si sería capaz de levantarse con dignidad y salir de aquella celda sin echarse a llorar. Fueron unos segundos, pero su mente viajó a los días del seminario, a la sonrisa de Sonsoles, al nacimiento de sus hijos...

—¡Sánchez Ragel! —concluyó el nombre a voz en grito.

Un mudo suspiro de alivio abandonó las gargantas de todos los Pablos que había allí encerrados. Todos menos uno.

—Soy yo —surgió una voz desde el fondo de la galería.

Se abrió una puerta y el condenado, un hombre de unos cuarenta años, con la cara curtida y unas manos fuertes y cargadas de venas, muy erguido, se colocó entre los guardias armados—.

¡Viva la República! —chilló y recibió un golpe que lo dobló momentáneamente.

Gritos de ánimo salieron de muchas gargantas hasta que el oficial dijo el siguiente nombre.

—¡Luis...!

Y de nuevo se quedó en silencio fumando su cigarro. Pablo pensó que, en aquellos instantes de angustia, aquel gesto era profundamente inhumano..., pero ¿qué era humano en aquella maldita guerra?

—¡García Moral!

En esta ocasión nadie contestó.

—¡Luis García Moral! —atronó la voz del oficial repitiendo el nombre al completo esta vez.

Un muchacho de apenas veinte años se acercó.

Algunos compañeros trataban de insuflarle ánimo, pero con cada paso que daba perdía las fuerzas un poco más.

Lloraba. Hacía esfuerzos por secarse las lágrimas, pero no era capaz de contener los sollozos.

De repente, las piernas le fallaron y estuvo a punto de caer al suelo.

El curtido Pablo Sánchez Ragel se acercó y lo sostuvo, hablándole al oído.

El oficial le miró con desprecio y murmuró algo de un ejército de cobardes, pero de inmediato volvió a su papel y a su cigarro.