17 #4
Paola asintió. No dejaba de pensar en doña María; aunque seguía teniendo muchas reservas a la hora de creerla, estaba llegando a la conclusión de que era una buena mujer.
Posiblemente vivía fuera del mundo, de la realidad que la rodeaba, entre algodones, pero al mirarla traslucía su buen corazón.
Su existencia se ceñía al encierro en una cárcel de oro y, a pesar de ello, no se negaba a saber.
Cada día que pasaba era más consciente de lo que había a su alrededor y de quién era su marido.
Dejó aparcadas sus elucubraciones y empezó a hacer la cena; los días que por la noche había algo que comer eran una fiesta.
Cuando ya habían terminado la frugal comida y los niños estaban en la cama, Paola preparó un plato para Manuelín. Cruzó decidida el patio y entró en el gallinero. El hombre se sobresaltó, pero al intuir su figura sonrió.
—Te traigo algo de comer. No es mucho, porque no nos sobra, pero está rico.
El guiso humeaba y casi le dio un mareo cuando llegó el olor hasta él.
—Huele de maravilla. ¿De dónde sacas estos... —no encontraba la palabra— manjares?
Paola no pudo por menos que echarse a reír, la ocurrencia no tenía desperdicio.
—¿Manjares? ¡Un cocido de mi madre sí sería un manjar! —Se quedó seria—. Me busco la vida. —Miró la cara descompuesta del miliciano y se apresuró a desmentir sus malos pensamientos—. No me vendo, si es eso lo que piensas...
—Pau, yo no he querido decir que tú hagas nada malo.
«Pau... —pensó—. ¿Cuánto tiempo hace que nadie me llama así?».
—Le he caído en gracia a una señoritinga a la que llevo una imagen de la Virgen a cambio de una propina —confesó—.
Y de vez en cuando me da un paquete para los niños.
Entre eso, lo que saco con las propinas de otras señoras, lo que ganan mis vecinas, el racionamiento, la venta de los huevos y lo que encuentro entre los escombros, nos vamos apañando.
Pero eso es ahora, que no hace frío; el invierno es mucho más duro.
—No sabes cómo te admiro. —Los ojos de Manuelín la miraban con cariño.
—No hago nada más allá de lo que hacen miles de madrileñas para sobrevivir. Tengo dos hijos que mantener y sueño con volver a traerme a mi niña, que está en el pueblo.
Manuel la miró desconcertado y ella se explicó:
—Al acabar la guerra, en vista de que Adrián no regresaba y sin nada que llevarnos a la boca, me encontré con mi hermano, que volvía del frente, y me convenció de que mi Paola se fuera con mis padres hasta que mi marido volviera o se solucionara un poco la situación.
Espero poder ir a por ella pronto, no quiero que piense que la he abandonado.
Paola no dejaba de darle vueltas a la idea de volver a por su hija.
Cada vez que pensaba en ella se le partía el alma; la herida que provocaba el vacío de su ausencia no dejaba de sangrar.
Al principio, estaba convencida de que había hecho lo mejor para todos, incluso para la pequeña, pero desde que María surtía su despensa y comían caliente con cierta regularidad, se preguntaba muchas veces si no era hora de que regresara ya, que estuviera a su lado, que era donde debería estar.
El miliciano iba comiendo aquel guiso, poco más que agua y verduras con un regusto lejano de carne. De vez en cuando, una monda de patata bien limpia y cocida hacía las delicias de su paladar. Se le antojó una comida exquisita.
—¿Qué piensas hacer cuando te vayas? —Paola exhaló el aire que retenía en los pulmones y suspiró. Estaba a punto de lanzarse a los pies de los caballos ella sola.
—Esconderme, supongo, como he venido haciendo hasta ahora —contestó él rebañando tranquilamente las últimas gotas, sin fijarse en su amiga, que se frotaba las manos con nerviosismo.
Ella agradeció que no rogara quedarse, que no hablara de su futuro como lo que era, un suicidio.
—Manuel, yo...
Él levantó los ojos y la miró con una ternura infinita, después amagó con una sonrisa.
—No hace falta que digas nada —interrumpió sus palabras—.
Imagino lo que estás pensando. No necesito que te justifiques ni que pienses que me traicionas.
Mañana me iré y te agradeceré el resto de mis días estas dos jornadas de descanso y comida, a pesar del peligro que supongo para todos los tuyos.
Solo hay agradecimiento en mi corazón, solo eso.
—No era lo que iba a decir. Veo que en el fondo muy poquito has cambiado. Sigues creyendo que lo sabes todo. —Paola sonrió.
—Ah, ¿sí?
—Sí, señor militar.
La atmósfera de complicidad que se estaba creando a su alrededor les trajo viejos recuerdos de juventud, de charlas en las escaleras, de paseos por Madrid. Por un instante, parecía que en aquella oscuridad se escondía su vida, la que pudo ser, la que se malogró como tantas otras.
—Perdone usted, señorita; soy todo oídos —comentó Manuel con ironía y, dejando el plato a un lado, se recostó apoyándose en una sucia pared cargada de excrementos, que crujió al soportar su peso.
—Hemos tenido una idea para que no tengas que irte.
—¿Hemos? —preguntó.
No podía verle claramente, pero Paola notó que se tensaba. Todas las alarmas se habían encendido en la mente del soldado.
—Sí, mis vecinas y yo.
Se incorporó, incrédulo.
—¿Cómo se te ha ocurrido semejante locura? Te pones en un peligro innecesario al compartir este secreto con ellas, Pau. En los tiempos que corren, nunca sabes con quién hablas. Hoy mismo me voy de aquí, por nada del mundo quisiera...
Paola levantó los brazos y trató de tranquilizarlo. En la oscuridad, sus manos se rozaron; los aspavientos de él habían chocado con los ademanes de ella. En un susurro, le mandó callar.
—Para, para, soldado. Mis vecinas son de fiar, son como mis hermanas.
De hecho, están más rato aquí que en su casa.
No podría hacer nada sin consultar antes con ellas, somos una pequeña familia y créeme que jamás saldrá de su boca nada que pueda perjudicarme.
No es algo que haya surgido ahora; hemos compartido todo, antes, durante y después de la guerra.
Miedos, dudas, enfados, hambre. Hemos compartido nuestra miseria lo mejor que hemos podido. Puedes estar tranquilo.
Manuel se volvió a recostar, pero lo que menos sentía era tranquilidad. Él sabía cómo estaba la situación y empezó a impacientarse con la idea de marcharse, de dejar aquella casa donde solo podría provocar problemas. No se encontraba preparado para lo que estaba a punto de escuchar.
—Te vamos a esconder —confesó Paola con contundencia.
El silencio se mezcló con la oscuridad y paró el tiempo. Manuel, sorprendido, tardó unos segundos en reaccionar. La idea era tan dulce que la saboreó unos instantes. Pero enseguida recapacitó.
—¡No, no y mil veces no! Te agradezco que por un momento lo hayas pensado, pero sería injusto.
Un suicidio. No tienes ni idea del peligro al que te enfrentas.
Si por quedarme aquí os pasara cualquier cosa.
.. —Manuelín calló y contuvo el aliento tratando de desprenderse de las imágenes de su horror particular—.
El peso de mis culpas ya es bastante insoportable como para añadir alguna más.
—Ni siquiera has oído mi plan. —La voz de Paola reflejaba su hartazgo.
—¿Es que no lo entiendes? Sería como guardar una granada en tu armario.
—Lo que entiendo es que dejarte marchar sería firmar tu sentencia de muerte.
Sé perfectamente lo que hay ahí fuera; no olvides que mientras vosotros jugabais a la guerra, quien ha sobrevivido en este Madrid peligroso y destrozado he sido yo.
Y desde que comenzó el conflicto, por un bando y por otro he sabido de fusilamientos y de denuncias, de violaciones, de llamadas nocturnas, de militares iracundos y de miedo.
Sin mencionar el hambre, el frío y las bombas.
Así que escucha lo que tengo que ofrecerte y no vengas a darme lecciones de vida como si fuera una pobre mujer que no se entera de nada.
Siempre tienes la posibilidad de seguir con tu plan y santas pascuas.
El silencio volvió a adueñarse del espacio.
Paola aprovechó esa pausa para serenarse; estaba realmente enfadada, tanto que le hubiera estampado una sartén en la cabeza.
Los hombres a veces creían que no había más seres inteligentes en el universo.
El miliciano reflexionaba, las últimas palabras lo habían descolocado completamente, la complicidad se había diluido.
—Te escucho, Pau —dijo por fin cuando aquel vacío empezaba a hacerse molesto.
—Entre el techo de esta casa y el tejado hay un espacio diáfano, lo sé porque Adrián tuvo que subirse ahí a arreglar algo del tejado y, aunque yo nunca he estado, mi marido comentó que no se esperaba que fuera tan amplio.
Se accede por una trampilla que hay en la habitación pequeña, pero hace siglos que está cerrada.
La idea es meterme mañana a primera hora y ver si realmente podrías esconderte allí.
No tenemos una escalera; la quemamos hace tiempo para calentarnos.
Como comprenderás, no tenía ningún uso, pero puedo subir una silla sobre la cama y auparme.
»En caso de que fuera posible, no podrías salir prácticamente nunca, no hay ventanas y la única ventilación llega por dos pequeños ventanucos redondos por los que apenas cabe una cabeza.
Te tendrías que encargar de ir acondicionándolo con lo poco que te podamos ofrecer.
Sé que estará sucísimo y quizá haya alguna rata, porque a veces las oímos.
Eso sí, has de ser muy cuidadoso con los ruidos por los niños.
Por el resto del vecindario puedes estar tranquilo, esta casa solo tiene paredes comunes con mis vecinas. ¿Qué te parece?
—No sé, Pau... No sé. Es tan tentador... pero tan peligroso a la vez.
La mujer se levantó del pequeño taburete en el que se había sentado, el que utilizaba antaño para recoger los huevos, se palmeó las piernas, cogió el plato que estaba en el suelo y miró a su amigo un segundo.
—No hace falta que lo decidas ahora. Por lo pronto voy a ver qué hay allí arriba, a lo mejor te estoy ofreciendo un imposible. Vete pensándolo esta noche y mañana hablamos. Luego vendré a vaciar el orinal, ahora es demasiado pronto.
Salió y cerró el gallinero.
Los rayos de una luna que se iba redondeando se filtraban entre las parras, perfilando los contornos de todo lo que iba amontonando en el patio; seguro que algún día serviría de algo. Temía el invierno, lo conocía bien, sería duro y quizá con un miembro más en la familia.
Desde el ventanuco, Manuel la observó marchar hasta que, con paso firme, se metió en la casa. Seguía siendo un saco de huesos, pensó para sí, pero un saco de huesos al que, no tuvo más remedio que reconocerlo, nunca había dejado de amar.