17 #3
La mente de Paola era un hervidero de incertidumbres.
Paciente, esperó que aquella dama acabara su plegaria de agradecimiento, porque estaba segura de que esta vez era eso y, cuando por fin se puso en pie, Paola volvió a cubrir la imagen con el manto de terciopelo.
Se disponía a marcharse, cuando su clienta la detuvo.
—Espere un segundo aquí, si me hace el favor. —Y salió de la estancia apresuradamente.
Paola se quedó sola en medio de aquel enorme y elegante salón un tanto confundida, pero no había tenido tiempo aún de sopesar la situación, cuando la señora volvió a entrar con un paquete bastante grande en las manos.
—Esta vez no he dejado lugar a la improvisación —señaló tendiéndole el paquete—. La arpía esa siempre está pendiente de lo que hago y de lo que dejo de hacer, para ir después con el cuento a mi marido por cualquier cosa, como si fuese un bebé que necesitara ayuda.
No tuvo ninguna duda de que se refería a esa criada suya con cara de limón que siempre curioseaba si se llevaba algo o no.
—Mi marido es bueno —la señora miró al suelo y se retorció las manos al malinterpretar su silencio—, pero esto de la guerra nos ha vuelto a todos un poco salvajes, ¿no le parece?
Él no ha matado a nadie. Nosotros huimos de España y hemos estado a salvo en Inglaterra, pero todo lo que ha pasado aquí es una grandísima desgracia.
Su interlocutora asintió. No pensaba pronunciarse, sabía que la discreción era su mejor aliada y ya pesaba en sus manos el paquete de comida.
—Como le decía, él es bueno, pero no le gusta que me mezcle con personas, como le diría...
—¿Pobres? ¿Rojas? —Paola no pudo contenerse, y se arrepintió nada más pronunciar aquellas palabras. Cerró los ojos con fuerza e iba a disculparse cuando María continuó.
—No se lo tome a mal, pero sí. Él quiere mantenerme en una jaula de cristal, aunque poco a poco voy viendo por los ojos de los demás toda la miseria que esta guerra ha traído, y me duele mucho.
Paola comprendió que aquello era una despedida. Estaba claro que el señor se había enterado de su «amistad» y no estaba dispuesto a que su radiante mujer...
—Pero yo soy María Robles, por encima de señora de Palomeras del Viso y, aunque suene extraño en estos días, no estoy dispuesta a que nadie me diga con quién me relaciono y con quién no —manifestó con fuerza, interrumpiendo los pensamientos de Paola, que la observó extrañada.
Y bajando un poco el tono, siguió—. Aunque eso no quiera decir que no me importe tener problemas en mi hogar.
Paola no sabía adónde quería ir a parar, pero, antes de que pudiera preguntar nada, la señora prosiguió:
—Verá, yo apenas conozco a nadie por aquí y todavía no puedo salir sola a ver a mis amigas.
Y, cuando acompaño a Leocadio, me siento como un florero, con todos esos militares estirados a mi alrededor y sus señoras pendientes de cada uno de mis movimientos; es agotador.
Así que, para seguir disfrutando de su compañía, que es la única que en estos momentos me trae algo de paz, se me ha ocurrido proponerle un trato.
¿Qué le parece si usted me sigue regalando su presencia, sus palabras, su experiencia, con la excusa de traerme la imagen de la Virgen, y yo, cómo le diría.
.., le ayudo a gestionar su economía? No entiendo de rojos o blancos, pero sí del sufrimiento; quizá no de la guerra, pero en otros ámbitos soy experta, y no por ello son dolores menos despreciables.
De repente se calló, desplegó una enorme sonrisa que iluminó su rostro de una felicidad desconocida hasta entonces y observó con esperanza a la mujer vestida de andrajos que tenía enfrente.
—¿Qué me contesta?
Paola estaba desconcertada. Ni siquiera sabía qué sentir en aquellos instantes.
¿Estaba comprando su amistad porque se aburría?
¿O realmente la apreciaba y se preocupaba por su familia?
Tampoco llegaba a entender la posición de una mujer adinerada, a la que no le faltaba de nada, que se empeñaba en continuar hablando con ella a pesar de que su marido no estaba conforme.
Tal vez lo veía como un juego en su tediosa vida, pero no estaba segura de nada.
Lo único que tenía claro era que aprovecharía aquella situación hasta el último momento.
—Lo que a usted le parezca bien —acertó a verbalizar—. Yo seguiré trayendo a la Virgen siempre que lo considere necesario.
—Entonces, ¿será mi cómplice? ¿Me ayudará a que nadie se entere de lo que le ofrezco?
—Por supuesto.
—Perfecto. Guarde bien lo que le he dado, que nadie en la casa lo vea, sobre todo esa bruja de Herme, que es la persona más retorcida que conozco.
No puede entrar aquí, aunque se muera por saber de qué hablamos.
Yo siempre digo que usted reza conmigo. —Y se rio muy bajito, con la mano tapándose la boca—.
Y ahora márchese, que seguro que tendrá un montón de cosas que hacer. ¡Nos vemos la semana que viene!
Antes de salir de aquel salón, Paola desmontó el pedestal de la imagen, el lugar donde antaño, cuando la escultura estaba en la iglesia, se echaban las ofrendas; un cofre bastante amplio donde colocó el paquete que le había dado la señora.
—¡Eres muy astuta! —exclamó María tras observar la maniobra.
—La miseria es lo que tiene, señora, que agudiza el ingenio.
Y salieron las dos del salón. Doña María se perdió por el pasillo hacia el corazón de la vivienda, mientras que Paola se dirigía a la cocina para coger el pasillo de servicio y salir de la casa. La cocinera guisaba mientras tarareaba una canción.
—¡Eh, tú! —sonó una voz desde el otro lado de la cocina.
Paola se volvió. La tal Herme se dirigía hacia ella con celeridad.
—Sí, me refiero a ti —confirmó.
Evitando que se desequilibrara la imagen, ella se dio la vuelta completamente y advirtió problemas.
—¡Enséñame lo que llevas! —rugió la criada.
—¿La Virgen? ¿Quiere rezar? —contestó con fingida ingenuidad.
Si Herminia pudiera haberla barrido de la faz de la tierra con su mirada, lo hubiera hecho sin dudar.
—¡A mí no me vengas con retrancas, pordiosera! —Y dando un tirón al paño de terciopelo, dejó la imagen desnuda ante sus ojos. La decepción y la rabia, a partes iguales, le quemaban el alma—. Ahora vas a dejar eso ahí y voy a...
—¿Se puede saber qué estás haciendo? —La señora acababa de entrar en la cocina y miraba iracunda a Herme. Había levantado la voz, lo que Paola pensó que era incapaz de hacer. Supuso que, desde que intuía que estaba embarazada, algo se había transformado dentro de ella.
—Yo... pensaba que tal vez... una persona de esta calaña, sola por la casa, es posible... —La criada tartamudeaba, roja y avergonzada. No tenía ninguna excusa y lo sabía.
Paola, mientras tanto, se mantenía en silencio; la escultura mirando con su rostro lleno de dulzura la escena; y el paño tirado en el suelo de la cocina como prueba acusadora.
—¡No vuelvas a pensar por tu cuenta! —María habló con firmeza—. La señora de esta casa soy yo, ¿lo has entendido? Y si no estás conforme con algo, ya puedes irte. Comunicaré a mi marido tu falta de respeto. Espero que no se repita, porque no seré tan indulgente si hay una próxima vez.
—Sí, señora. Disculpe mi torpeza, pero... —Herminia se batía en retirada.
—¡A tus quehaceres! No quiero oír ni una palabra más.
Cabizbaja, la mujer salió de la cocina, no sin antes lanzar una mirada cargada de odio a Paola.
—Siento lo que ha ocurrido, espero sepa disculpar este comportamiento. —María se expresaba con una distancia que no había tenido en el salón. Probablemente porque aún había ojos y oídos puestos sobre ellas.
—No se preocupe, señora. Muy buenos días.
—Y cubriendo de nuevo la imagen, Paola se dio la vuelta para salir.
Al girarse, la cocinera, que había sido testigo de todo lo que había sucedido, le lanzó una mirada cómplice y un guiño, y en ese momento ella supo que doña María contaba con otra aliada en su casa.
Salió al fulgor de la mañana de aquel día de finales de verano y respiró hondo.
Madrid revivía lentamente como un bebé al que le costase despertar.
Por aquel barrio todo eran obras. De nuevo señoras encopetadas y hombres trajeados se dejaban ver por todos los rincones, una marea poderosa que se esforzaba en olvidar lo inolvidable.
Es más fácil superar el dolor si simplemente te ha rozado sin herirte.
A su lado, cerca, invisible, otra marea pugnaba por sobrevivir en una ciudad que les daba la espalda.
Carmencita, sentada en la acera, la esperaba. Sonrió al verla y a Paola se le encendió el alma a sabiendas de lo que llevaba escondido.
Cuando llegó a su casa, lo primero que hizo fue sacar la comida.
—¡Madre mía! ¿Tú has visto lo que te ha dado? —Pili iba sacando cosas del paquete y pensaba que el corazón se le iba a salir por la boca.
—Tenemos que organizarlo bien para que nos aguante una semana. Con esto y con el racionamiento, comeremos todos los días y cenaremos alguno, ¿no os parece?
Sus vecinas asintieron. Quedaron en silencio.
—Está embarazada —soltó Paola de pronto.
—¿Qué? ¿Quién está embarazada?
—Doña María, tiene dos faltas. Cuando me lo ha contado, he pensado que se nos acababa el ángel de la guarda. Ya no necesita pedir nada a la Virgen; lo tiene todo.
—¿Pero...? —Pili sabía que iba a añadir algo más y la animó.
—Pues que dice que sea una especie de amiga o confidente para ella.
—¿Amiga de esa señorona? ¿Tú? —intervino Petra.
—Y que me recompensará. Ni siquiera su marido sabe lo del embarazo y me lo ha contado a mí. No entiendo nada.
—No hay nada que entender, niña. Mientras te siga dando comida, que te cuente lo que le parezca. El Quijote en verso, si le viene en gana. Tú, ver, oír y callar —sentenció Pili.