Vientos de ira 17 #2
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17 #2

Paola seguía robándole el aliento, no lo podía remediar, admitió.

Esa mujer valerosa, que no se había dejado doblegar por las circunstancias, que le abrió la puerta con un hacha en la mano y, estaba seguro, no habría dudado en utilizarla si hubiera sido necesario, todo y más por defender a su familia, le seguía atrapando el alma como siempre había hecho desde que la conoció.

Con la guerra todo había cambiado, no así sus sentimientos.

Desde que Paola llegó, maleta en mano, a trabajar en la residencia de los Ruiz de Villanueva, casi una adolescente, Manuel no pudo dejar de sentirse deslumbrado por ella.

No era solo su belleza, era su fuerza, su valentía, la capacidad de superación.

La última vez que la vio cuando, por azar, se la encontró en plena contienda, ya madre de tres hijos, luchando por sobrevivir, esa admiración no hizo más que crecer.

Y ahora estaba allí de nuevo, junto a ella, con las tornas cambiadas y su amor inmutable.

—¡¿Que has hecho qué?!

Paola, Pili y Petra estaban en la cocina. Los niños jugaban en el patio, ya que la temperatura aún era agradable.

—¡Chis!, ¿qué queréis? ¿Que se entere todo el vecindario? —Con las palmas hacia abajo, les mandó callar.

Petra estaba conmocionada, no tenía ni fuerzas para hablar. Dejó a su hermana la voz cantante.

—¿Y dónde lo has metido? —susurró Pili, que seguía sin dar crédito a lo que oía.

—En el gallinero.

—¿En tu gallinero? —volvió a levantar la voz y se encontró con la fría mirada de su vecina; prosiguió en un susurro—. ¿En ese cuartucho inmundo?

La otra asintió con gesto culpable.

—Llegó de madrugada, no sabía qué hacer.

No tuve corazón para dejarle tirado; él hizo mucho por nosotras —trató de justificarse—.

Pero no quiero que nos ponga a todos en peligro.

No quiero que los niños lo vean y se les escape cualquier comentario y vengan.

.., ya sabéis. No se me ocurrió un sitio mejor.

Pili se sentó junto a su hermana. Paola tenía razón, hubiera sido muy cruel abandonarlo, pero ¡era tan peligroso tenerlo allí!

—Le he dicho que dos días, dos días para descansar y después...

—¿Y después qué, mujer? ¿Después lo echarás para que lo fusilen? Madrid para él es una trampa mortal. Lo condenarían a muerte.

Paola, que se había mantenido en pie, se sentó junto a las hermanas.

Puso los codos en las rodillas y dejó caer la cabeza.

Se sentía en un callejón sin salida, en una encrucijada sin un camino propicio.

Si Manuel se quedaba, pondría en peligro todo lo que quería.

Si lo dejaba marchar, se sentiría toda la vida culpable de su destino.

El silencio decía mucho más que cualquier respuesta.

—¿Es un hombre joven y fuerte? —preguntó de repente Petra, que se había mantenido en silencio.

Ambas mujeres se volvieron hacia ella, sin entender.

—¿A qué viene esa pregunta ahora? ¿Es que quieres casarte con él o qué? —La voz de su gemela sonó entre burlona y ofendida.

—Si no hablaras tanto y pensaras más, las cosas nos irían mejor —respondió Petra un poco indignada. El rubor le había subido hasta las orejas—. Lo decía porque tengo una idea para que no se tenga que ir y no sea tan peligroso tenerlo aquí.

—Somos todo oídos, hermana. —Y Pili torció el gesto, incrédula.

—Podemos hacer un escondrijo entre tu casa y la nuestra.

La miraron con los ojos como platos y, sin mediar palabra, estallaron en una sonora carcajada.

Petra se puso colorada por segunda vez.

—¡Ah! Se me olvidaba que la única que puede tener ideas es doña Pilar, las demás somos imbéciles.

Las otras dos trataban de controlarse, pero la risa nerviosa —producto de la tensión— les provocaba el llanto. Ante aquella reacción, sin añadir una palabra más, Petra se levantó airada y se dispuso a marcharse. Fue entonces cuando su vecina la retuvo por la manga.

—No te enfades, mujer, pero reconoce que es una locura —dijo secándose las lágrimas y esforzándose por contener la risa.

—Pues yo no lo veo así, la verdad. Quizá si escucharais y dejarais de reíros, me podría explicar.

Pili se tapaba la boca para no enfadar aún más a su hermana. Paola le pidió que siguiera.

—Tu habitación se comunica con la nuestra por una pared, ¿no es cierto? —Su vecina asintió, ya más relajada—. Pues podríamos tirar esa pared y levantar otras dos, de forma que quede un hueco entremedias donde él pueda vivir. Nuestros cuartos serían más pequeños, pero al menos así...

—Todavía no entiendo qué tiene que ver eso con que él sea joven y fuerte —dijo Pili, que iba recuperándose del ataque de risa.

Petra la miró con el ceño fruncido. Le dolía cuando se mostraba tan altiva.

—Pues que el zulo tendríamos que levantarlo nosotros. Y los niños no pueden enterarse, así que alguien tiene que entretenerlos mientras los demás trabajan. Nosotras nos iríamos turnando, pero a él le tocaría trabajar siempre, claro.

Paola negó con la cabeza, miraba fijamente la chapa que les servía de mesa y, mientras pensaba, restregó con la uña algo que estaba pegado. Se rascó la cabeza.

—Lo de tirar las paredes es imposible. Además, ¿cómo entraría y saldría de ahí?

Los civiles están más que entrenados para encontrar paredes falsas.

¿Y tú sabes el ruido que hay que hacer para doblegar todos esos ladrillos?

Sería imposible mantenerlo en secreto. Toda la vecindad se preguntaría qué andamos haciendo.

Pili asentía con los labios apretados; a veces su hermana era demasiado ingenua.

—Pues decimos una medio verdad, que vamos a unir las casas. Somos muy amigas, casi hermanas, todo el mundo lo sabe. ¡Sería una idea fantástica! —repuso Petra con terquedad. Aunque, para el asunto de la pared falsa, tuvo que reconocer que no tenía solución.

—Tu idea es imposible, pero se me está ocurriendo algo que puede ser una solución, al menos, momentánea —dijo Paola.

Un silencio apremiante se dejó caer y Pili no pudo contener más la tensión.

—¡Habla ya, muchacha! ¡Que se me va a salir el corazón del pecho!

—El tejado —dijo por fin, dando un leve golpe en la mesa.

—¿El tejado? ¿Esa es tu solución? ¿Crees que es un gato?

Paola sonrió ante la ocurrencia de Petra, que seguía un tanto dolida por las burlas.

—Me refiero a aprovechar el espacio entre el techo de la casa y el tejado.

Una vez, Adrián subió para arreglar unas goteras y dijo que era más grande de lo que parecía.

Hay una trampilla en la habitación pequeña, y con una escalera se puede subir.

Tal vez pueda quedarse allí hasta que se calmen las cosas un poco.

—¿Encima de la habitación de los niños? ¿Y si hace ruido? ¿Y si necesita salir por lo que sea? Me parece la segunda locura que estás dispuesta a hacer por ese hombre: primero le dejaste entrar y ahora te quieres jugar el cuello escondiéndolo.

—Tengo que pensarlo —admitió—. Ahora me voy a por la Virgen. Mis santurronas me esperan. —Se levantó de un salto y llamó a Carmencita.

Las mellizas se turnarían para cuidar a su hijo.

Salió al patio a despedirse de Adrián, que jugaba con unas piedras, y dejaron atrás la casa con su vieja bolsa en las manos y el hacha bien guardada entre las faldas.

Cuando subió a la casa de los señores de Palomeras del Viso, la misma criada sonriente de las últimas veces le abrió la puerta y la dejó entrar.

Llegaron a la cocina donde, como en cada visita, el olor a comida bien hecha le revolvía las entrañas.

Herminia, esa doncella mal encarada —o ama de llaves o lo que fuera—, entró y le pidió con voz cortante que esperara.

Unos minutos después, accedió al salón de aquella enorme casa y dejó la imagen sobre la recia mesa.

Quitó con un movimiento rápido el terciopelo que la cubría y se echó a un lado.

Juntó las manos, dispuesta a esperar que María terminara sus rezos.

Pero la señora, como siempre, quería extender su visita todo lo posible.

—Venga a sentarse a mi lado. —Ella no dijo nada y se sentó, con la espalda bien recta, en el filo del sofá que María le indicaba—. ¡Tengo que contarle un secreto!

Paola se sorprendió y miró a su clienta.

La señora se había transformado; su cara ya no reflejaba esa profunda melancolía, sino que destilaba un halo de esperanza.

No tuvo que pensar mucho más, estaba claro que la Virgen le habría otorgado ver cumplido su sueño.

Seguro que estaba o creía estar embarazada. Pero no dijo nada.

—Creo que estoy embarazada —susurró María al fin, aleteando con las manos como un bebé cuando ve la comida.

—¿En serio? —Paola se hizo la sorprendida.

La señora de Palomeras cabeceó, afirmando, y se puso un dedo en los labios para pedirle silencio.

—Aún no se lo he dicho a nadie. Solo tengo dos faltas, pero necesitaba sacarlo de mi pecho y confío en usted, Paola, en sus consejos de madre, en la discreción que me ha demostrado siempre.

A pesar de llevar la imagen de acá para allá, jamás la he oído hablar nunca de nadie; eso me dice mucho de su forma de ser. El servicio es un foco de chismorreos.

—Le doy la enhorabuena, señora.

Lo dijo con la boca pequeña. Se alegraba por ella, pero no dejaba de pensar que quizá ya no necesitaría la presencia de la imagen o al menos no tan a menudo, lo que significaba, egoístamente, perder gran parte de su sustento.

—Ha sido usted un ángel para mí. —María le tomó las manos.

Pero, al comprobar la suavidad de aquella piel, Paola se sintió incómoda y avergonzada por sus manos callosas, y las retiró sonriendo en cuanto pudo—.

¡Me tiene que contar tantas cosas...! Tres hijos, nada menos.

Me tiene que explicar y dar consejos, y yo sabré recompensarla.

Y sin decir una palabra más, de repente, como solía, abandonó la conversación y se arrodilló ante la imagen.