17
Era noche cerrada, oscura, de luna desleída.
Noche de silencios, de amenazas, de extraños presagios.
Todos dormían en casa de Paola cuando un sonido persistente hizo que abriera los ojos, desorientada.
Estaba perdida entre la vigilia y el sueño y no acababa de ubicar aquel ritmo desacompasado.
Se quedó escuchando por si todo era producto de la ensoñación, pero el extraño tintineo hizo que se sentara en la cama, asustada.
Era el marco de la ventana de su cuarto lo que sonaba; un golpeteo apenas perceptible, pero con una cadencia ahora constante.
Se preguntó si podrían ser termitas u otro animal, pero enseguida lo desechó; nada en la naturaleza tenía un ritmo tan monótono.
Decidió asomarse y comprobar qué era aquello que le impedía dormir.
Abrió las telas que hacían de cortina y trató de ver en la oscuridad, pero nada había más allá que la calle, la farola —ahora apagada— de la esquina y la casa de enfrente. El sonido se había detenido.
Decidió regresar a la cama y, no se había sentado aún, cuando unos golpes en la puerta rompieron el silencio. Alguien llamaba levemente con los nudillos. Paola se levantó de un salto, con el miedo atenazando sus entrañas. Cogió su hacha de debajo de la cama y fue hacia la entrada.
«Si vinieran a hacerme daño, no llamarían así», reflexionó mientras se acercaba. Tal vez sus vecinas tenían una urgencia y necesitaban su ayuda. Lamentó por undécima vez no tener mirilla.
—¿Quién va? —preguntó elevando la voz.
Silencio. Solo los golpes continuaban uno tras otro. Paola cada vez estaba más nerviosa.
—¿Quién está ahí? —volvió a preguntar, tratando de controlar el creciente desasosiego.
—Paola, ábreme. ¡Por favor! —Las palabras le llegaron como un susurro a través de la junta de la puerta y del marco.
—¿Quién eres? ¿Cómo conoces mi nombre? —susurró ella de la misma manera, tratando de hacer llegar a su mente el recuerdo de aquella voz.
—Soy Manuel, Pau; Manuelín. ¡Ábreme, por favor! —Era más una súplica que otra cosa.
Paola suspiró. Pensó un instante y rescató de su mente la voz de su amigo. Sí, estaba casi segura de que era él. Puso el pie en la puerta y abrió unos centímetros, lo justo para ver la cara demacrada y casi irreconocible de su antiguo protector. El corazón le dio un vuelco. Reconoció sus ojos.
Iba a preguntarle, pero se lo pensó mejor y abrió de par en par. Era peligroso que alguien los viera. El miliciano entró y cerró de inmediato la puerta tras de sí. Paola se apartó de él y se sorprendió de su aspecto, aunque rápidamente fue consciente de que el suyo no sería mucho mejor.
—¿A qué has venido, Manuelín? ¡Nos pones a todos en peligro! —Fue el frío y susurrante saludo de la mujer, que se apartó y cruzó los brazos.
Se sintió culpable enseguida. En realidad, sentía un gran alivio al comprobar que su viejo amigo seguía vivo, pero no podía evitar pensar en sus hijos y en el riesgo que corrían con él allí.
—Lo siento, Pau, lo siento en el alma, pero eres mi única oportunidad —declaró Manuel.
Al verla después de tanto tiempo volvió a sentir su corazón desbocado, pero tenía que concentrar sus esfuerzos en que aceptara acogerlo, así que no se entretuvo más y añadió—: Deja que me esconda un par de días aquí, que descanse y coja fuerzas, y me iré sin molestarte nunca más.
La mujer lo miró sin comprender. Estaba absolutamente desconcertada, muerta de miedo, pero no pudo dejar de sentirse egoísta y desagradecida por el recibimiento que le estaba dando.
—He vuelto de Francia —continuó él—. Las cosas allí no pintan bien, y aquí soy un proscrito. Si me cogen, me fusilarán... en el mejor de los casos.
Paola se apoyó en el marco de la puerta, agobiada, y suspiró.
Aquello era lo último que necesitaba. Se llevó las manos a la cara y trató de serenarse y pensar.
No sabía qué hacer. Un miliciano en casa era una sentencia de muerte.
Tenía que pensar en sus hijos. Sin embargo, él no dudó en ayudarla cuando pudo. Lo miró y tomó una decisión.
—Dos días, ni uno más —terminó por decir.
Manuelín soltó todo el aire que tenía retenido en los pulmones.
—Gracias —musitó—. Sé a lo que te arriesgas. Nunca podré agradecértelo lo suficiente.
Ella movió la mano con ademán resignado, como queriendo espantar los peligros.
—¿Tienes hambre? —dijo dándose la vuelta para llevar el hacha, que aún mantenía fuertemente asida, de nuevo a su habitación.
—No quisiera molestarte y menos a estas horas. Con un lugar para dormir es suficiente.
Apenas unos minutos después, Paola estaba decidiendo dónde podía ser más seguro que durmiera mientras sacaba algo de pan duro y los pocos restos del caldo de la noche.
Manuelín la había seguido hasta la cocina y se había dejado caer en una silla.
—¿Adrián? —preguntó.
Ella negó sin volverse.
—Te prepararé un sitio en el gallinero —cambió de tema—. Es el lugar más seguro; si te pillan, puedo alegar que no sabía que te habías colado. No es demasiado agradable, pero es todo lo que puedo ofrecerte. Entenderás que no voy a poner a mi familia en peligro.
—Lo entiendo —declaró Manuel.
—Y no quiero que te vean los niños —prosiguió—. Carmencita quizá ya sea capaz de guardar un secreto, aunque no deja de ser una niña, pero Adrián es imposible que lo entienda.
Asintió el miliciano mientras devoraba los restos que su antigua amiga le había puesto sobre la mesa.
—Veo que te manejas bien. Este caldo tiene sabor.
—Me busco la vida como puedo. —Por fin, Paola se sentó a la mesa y abandonó ligeramente el gesto de contrariedad—. Hemos pasado por todo tipo de calamidades. Hoy has tenido suerte; lo normal es que nos vayamos a la cama sin nada en el estómago.
Hablaba distraída, estaba tan descolocada que no organizaba bien sus ideas. Quería ayudar a Manuel, pero también quería proteger a los suyos, y conjugar ambas cosas le parecía imposible.
—Espero que comprendas... —No terminó la frase.
—No hace falta que te disculpes por nada —la tranquilizó él—.
Sé que solo soy un inmenso problema en tu vida.
No hubiera venido si no estuviera en una situación realmente desesperada, porque todos aquellos que podrían echarme una mano están muertos o encarcelados.
El resto no quiere jugársela, y lo entiendo.
No sabes lo que te agradezco un par de días de descanso.
Paola no dijo nada más, solo se levantó y salió de la cocina. Volvió al cabo de unos minutos con una manta roída y un orinal. No sabía si hacía bien o mal, pero se sentía en deuda con su amigo.
—Vamos antes de que me arrepienta —dijo al fin.
Manuel no abrió la boca y la siguió, a través de la puerta de la cocina, hacia un patio cubierto de parras que empezaban a dejar ver sus racimos prietos. Al fondo, una casucha desvencijada, de madera deslucida y alambre en las ventanas, se distinguía como una mancha aún más negra en la oscuridad.
—Ten cuidado y no te tropieces, el patio está lleno de trastos —susurró ella.
—Tendré cuidado donde piso.
Paola se movía con rapidez. Conocía de memoria cada rincón de aquel espacio.
Llegó al gallinero, abrió la puerta —unos viejos tablones unidos por unas traviesas, una de ellas móvil que permitía abrir y cerrar—, y lo dejó pasar.
Dos gallinas famélicas los miraron llegar desde los troncos donde descansaban, pero ni se inmutaron.
—Esto estará infestado de chinches y pulgas, pero no te puedo dar más que esta manta vieja —dijo en susurros—. Es la de mi cama, pero tú la necesitarás más que yo. Te dejo también este botijo de agua; raciónala bien, porque hasta la próxima noche no hay más.
—Es suficiente. Mil gracias, Paola. Nunca podré agradecerte...
—Ya hablaremos en otro momento, ahora hay que descansar. Confío en ti. No salgas por nada del mundo, los niños no se acercarán. Adrián lo tiene prohibido, le hemos convencido de que hay un monstruo para que no vea a las gallinas, y Carmencita es muy obediente; si se lo pido, no se asomará.
Él asintió y Paola salió igual de silenciosa que había entrado.
La luna dejaba pasar por las ventanas sucias y enrejadas un leve haz de luz lechosa.
Manuel estaba agotado; ni lugar para las sensaciones quedaba en su corazón exhausto, solo necesitaba descansar.
Llegar hasta allí le había supuesto un esfuerzo casi inhumano.
Había sido un retorno cargado de tensión, hambre y frío, siempre con el miedo a que lo descubrieran, sin encontrar un amigo que le diera cobijo.
Puso la manta en el suelo para que lo protegiera de los insectos y se dejó caer. Ni un segundo fue necesario para que un profundo y reparador sueño lo acunara en sus brazos.
Por la mañana lo despertaron los sonidos de la vida.
Una gallina parduzca lo miraba desde su nido mientras empollaba.
La voz de Paola a lo lejos aceleró sus pulsaciones.
Voces de niños mezcladas con otra voz femenina.
Con mucho cuidado asomó la cabeza por el ventanuco que daba a la casa, el tronco de una parra lo cruzaba por el centro.
Entre eso y el alambre hexagonal, cubierto de excrementos, que cerraba la ventana era imposible que desde el patio nadie lo viera mirar.
De repente, un niño salió. Tenía la cabeza rapada y unos pantalones cortos que habían conocido mejores tiempos.
Se sentó en el suelo y se puso a jugar con la arena y con unas piedras blancas.
Un instante después salió Paola, se agachó junto al crío, le dijo algo y ambos se rieron.
Manuel sintió su corazón romperse en mil pedazos y se puso a llorar sin consuelo, se dejó caer en aquella manta vieja, se cubrió la cara con las manos y permitió que su alma vaciara por sus ojos toda su culpa, esa que no le dejaba ni a sol ni a sombra.
Cuando volvió a asomarse ya solo estaba el niño, tumbado, haciendo ruidos extraños que manaban de su imaginación.