16 #2
Dos días después del encuentro entre Sonsoles y su vecina, en mitad de la noche, Pablo y toda la familia se despertaron sobresaltados. Alguien aporreaba la puerta.
—¡Abran inmediatamente a la ley! —sonaban los gritos entre los golpes, que parecían querer derribar la puerta.
Sonsoles se incorporó asustada y miró a su marido que, con parsimonia, se ponía los pantalones.
—Esto era de esperar, mujer. Tarde o temprano tenía que ocurrir. Ahora solo queda que me dejen explicar que yo no he matado a nadie.
Y salió de la habitación vistiéndose para abrir la puerta antes de que se viniera abajo.
Ella se puso una bata y salió tras él. Las piernas le temblaban y las lágrimas se iban apoderando de sus ojos.
En el pasillo vio a los pequeños, que trataban de salir del cuarto.
Los obligó a volver. Intentaron preguntar, pero al ver la cara de su madre, obedecieron asustados.
—¿Pablo Martínez? —se oyó retumbar una voz desconocida al otro lado de la casa.
—Servidor. —La voz de Pablo trataba de sonar tranquila, pero tembló. Su esposa se apresuró.
—Queda usted detenido.
La puerta se cerró antes de que Sonsoles, desesperada, llegara a oír las últimas palabras. Cuando alcanzó la entrada ya no quedaba nadie, únicamente el retumbar de los pasos por la escalera. Abrió, pero los ojos de su marido al girar en el descansillo inferior le rogaron que no hiciera nada.
Cerró de golpe, se abrazó el vientre y cayó de rodillas al otro lado de la puerta por la que acababan de salir.
«¿Y ahora qué?», se preguntaba, y un terrible vacío inundó sus ojos, su mente y su vida.
Y otras manos, pequeñas, cálidas y asustadas se abrazaron a ella.
Y otras lágrimas se mezclaron con las suyas y, como un único cuerpo atormentado, permanecieron en silencio, sollozando.
—¿Dónde se han llevado a padre? —preguntaban los niños.
Pero no había respuestas.
«La vecina —pensó Sonsoles, de pronto—, la señora Lola». Ella había delatado a su marido. Nadie más sabía de su vuelta, nadie más sabía de ellos, y aunque había tratado de ocultarle el regreso de Pablo, la mujer debía de haber deducido que mentía. Aquella constatación aún la asustó más.
Cuando pasó el momento de pánico, de rabia, de miedo, de desesperación.
.. Cuando la cabeza volvió a funcionar, mandando los sentimientos a las entrañas, Sonsoles trató de acotar qué caminos podría seguir.
Lo primero, lo más urgente, era obtener información.
Tenía que saber dónde habían mandado a su marido, dónde lo juzgarían, dónde estaría encarcelado hasta entonces.
Pero se acordó de la señora Lola, su amable vecina, y fue consciente de que iba a ser muy complicado encontrar a alguien en quien confiar.
También le habría gustado avisar a su hijo y a Manuel, que supieran que no estarían seguros en España, pero sabía que no tenía ningún medio de lograrlo.
El dinero también sería un grave problema en pocas semanas.
Agustín había sido muy generoso con ellos, pero el viaje, el alquiler y la poca comida que habían podido conseguir se habían llevado gran parte del peculio.
Una mujer con tres hijos pequeños en aquel Madrid de la posguerra tendría muchas dificultades para salir adelante.
Por primera vez pensó que tal vez volver había sido un error, aunque trató de consolarse confiando en que pronto su marido saldría de prisión; él no tenía las manos manchadas de sangre.
Miró por la ventana. Hacía tantos años que no se separaba de Pablo que se sintió petrificada, sin saber hacia dónde dirigirse.
En realidad, era el pánico el que la mantenía bloqueada, y ella lo sabía.
Se dio la vuelta. Sobre la mesa, olvidado y solitario, el tabaco de su esposo.
Sintió unas terribles ganas de llorar, pero se mordió los labios para evitarlo. No era momento de dejarse vencer.
Los niños regresaron a la cama después del susto.
Ella se dirigió a la cocina, tomó un vaso de agua y se sentó cerca de la mesa desvencijada de madera, mil veces utilizada.
Miró aquel vaso parduzco, las paredes sucias, miró la cocina apagada y la enorme pila de piedra.
No sabía qué hacer, no sabía adónde dirigirse, no sabía cómo funcionaba aquella ciudad que dejaron atrás hacía tanto tiempo.
Así pasaron las horas. La noche fue eterna para Sonsoles en aquella cama vacía y, al amanecer, seguía con la mente poblada de sombras.
Salió de entre las sábanas temprano. La angustia la comía por dentro y las náuseas no la habían abandonado ni un segundo.
Trató de preparar algo de desayuno para los pequeños.
Mezcló con agua lo poco que le quedaba de la leche que habían conseguido en el mercado negro, y ahí echó todo el pan duro desmigado para que se fuera reblandeciendo.
Separó en tres tazones el resultado, renunciando a su parte —no era capaz de ingerir nada—; pero tampoco sabía cómo se las podría arreglar de ahí en adelante, y los niños necesitarían más alimento que ella.
No sabía qué más hacer y esperó a que se levantaran.
Tras la noche sin dormir, apoyada la cabeza sobre una mano, quedó en duermevela.
Despertó sobresaltada cuando unos golpes en la puerta rompieron su maltrecha tranquilidad.
Alguien llamaba, aunque no con la contundencia ni con la fuerza de la noche anterior.
Y de nuevo, de sopetón, surgió aquella angustia infinita.
¿Y si venían a por ella? ¿Qué sería de sus hijos?
Los ojos se le anegaron de lágrimas una vez más y supo que no quedaba otra opción que abrir.
El pasillo se le hizo interminable. Miles de pensamientos, soluciones, escapatorias y súplicas pasaron por su mente en solo unos instantes y quiso no ser capaz de llegar jamás.
Abrió temblando y lo que se encontró en aquel rellano, mal pintado y sucio, la dejó sin habla mientras con las manos se tapaba la cara, incrédula.
La joven que estaba frente a ella, tras el desconcierto inicial, la abrazó con fuerza.
—¡Madre!
Sonsoles no dejaba de llorar, permitiendo que todo el miedo y el dolor que había contenido durante la noche fluyeran libremente ahora que sabía que tenía a alguien a su lado.
—Madre, tranquilícese —le suplicó la joven—. ¿Qué le ocurre? ¿No ha venido padre con usted?
—Sí, pero... pero anoche los guardias... se lo llevaron... —Era incapaz de articular las palabras.
El llanto arreció de nuevo y su hija intuyó de inmediato lo que había sucedido. La tomó por los brazos y la condujo dentro de la casa; tampoco era necesario dar a los vecinos ninguna información extra. En aquellos tiempos de inseguridad, la prudencia era la mejor compañera.
Angelines la acompañó a la cocina y se sentaron alrededor de la mesa.
—Cálmese y cuénteme qué ha sucedido. ¿Llevan mucho tiempo en Madrid?
¿Cómo se les ocurrió volver? —La muchacha se dio cuenta de que estaba haciendo demasiadas preguntas y decidió que lo más razonable en aquel momento era tratar de mitigar la angustia de su madre, que no tenía fuerzas ni para contestar.
Se levantó, tomó un tazón y se lo acercó con un poco de agua.
Sonsoles, hipando, bebió despacio.
—Se han llevado a tu padre. Ayer se lo llevaron y no he vuelto a saber de él. —Se limpió los ojos y sacó un pañuelo de la manga para sonarse.
—¿Quién se lo llevó?
—No lo sé. Cuando llegué a la puerta ya se iban.
—Tendrí...
—¿Angelines? ¡Angelines! —Los niños acababan de entrar en la cocina y todos se lanzaron sobre su hermana en un griterío infantil.
Al ser una de las mayores, siempre había sido una segunda madre para ellos y, aunque Jesusín apenas la recordara, se dejó llevar por la felicidad de los demás.
—Parad, parad —dijo ella sonriendo, separándose para verlos mejor—. ¡Madre mía! ¡Lo que habéis crecido! —Se sentó al pequeño en las rodillas y le revolvió el poco pelo que tenía.
Vio que a su madre se le volvían a anegar los ojos y, con un leve gesto de la cabeza, le indicó que saliera de la cocina.
Había que tratar de proteger lo máximo posible a los niños de tanta barbarie.
Ella obedeció y dejó a su hija hacerse cargo de los desayunos mientras se acurrucaba en la cama y, a lo lejos, oía las voces infantiles pisándose unos a otros para contar a su hermana su «aventura».
Triste aventura, sin duda, que les robaba la infancia.
Media hora después, Angelines entraba en la habitación donde Sonsoles seguía acurrucada.
—Esa no es la actitud, madre. Desde ahí no podemos hacer nada. Levántese y empecemos a buscar soluciones. Lo primero es saber dónde está. Supongo que de aquí lo habrán llevado a la comisaría. Y ahí es donde vamos a ir ahora mismo. Así que vístase, que la espero charlando con los niños.
Poco después llegaron a la jefatura y observaron con desánimo que otras muchas estaban en la misma situación.
Una cola de mujeres, unas solas y otras con sus hijos, se agolpaban a las puertas de la institución acompañadas por un silencio cargado de desánimo.
Esperaron pacientemente su turno y, cuando les tocó, un policía mal encarado y con evidentes muestras de cansancio les preguntó el nombre del detenido.
—Pablo, Pablo Martínez —dijeron al unísono.
El policía consultó una lista.
—Porlier —contestó sin levantar siquiera la cabeza—. ¡Siguiente!
—¿Qué es Porlier?
—Una cárcel, madre.
—Pero ¡si tu padre no ha matado a nadie!
—¡Como todos, hay que joderse! —exclamó el agente—. De repente estos sucios y cobardes rojos nos quieren vender que han sido unos santos, pero bien que se lo pasaban con un fusil en las manos. ¡Hágase a un lado, señora, y lárguese ya!
Sonsoles iba a replicar, pero Angelines tiró de su brazo y la sacó casi a rastras de allí.
—Pero si tu padre... —seguía intentando defenderse.
—¡Calle de una vez! Es igual lo que diga, de nada sirve el diálogo. Lo mejor es no significarse, acatar las normas y callar. Poco a poco veremos con qué posibilidades contamos.
De vuelta en casa, Sonsoles seguía en un estado de abatimiento total.
No había tortura peor que no saber, que no poder comunicarse con su marido y confirmar que estaba bien.
Aunque Angelines trataba de consolarla, la amargura, la soledad y el miedo se habían anclado a su vientre con una virulencia terrible, casi con más fuerza que en los peores acontecimientos pasados.
Supuso que era el agotamiento; cada vez se le hacía más cuesta arriba la vida.
Tal era su dolor que ni siquiera había podido disfrutar del milagro que suponía tener allí a su hija sana y salva.
De pronto se sintió culpable, tan angustiada había estado con la detención de Pablo que había olvidado algo tan importante como preguntar por sus otras hijas.
No sabía nada ni de Lourdes ni de Gloria.
¿Y si también les había pasado algo? El miedo la paralizó de nuevo, se sentía incapaz de soportar más dolor. Trató de recomponerse y preguntó:
—Angelines, ¿y Lourdes y Gloria? ¿Tienes contacto con ellas? ¿Lourdes sigue en Cádiz? ¿Está bien?
—De Gloria no sé nada, perdimos el contacto, pero de Lourdes sí —repuso la hija, y Sonsoles suspiró angustiada y aliviada a partes iguales—. Y precisamente iba a decirle que tenemos que hablar con ella. Su marido es guardia civil. Él quizá pueda darnos información de padre.
—¿Guardia civil? ¡Qué dices, hija! Felipe es carabinero. Pero, dime, ¿está bien de verdad?
—Está perfectamente, hablo con ella siempre que puedo.
Suele llamarme al restaurante donde trabaja mi Julio al menos una vez al mes desde el cuartel.
Acaban de hacer desaparecer a los carabineros; los han incluido en el cuerpo de la Guardia Civil, así que, aunque controlando la frontera igual que hacía antes, ahora Felipe pertenece a la Benemérita y, entre usted y yo, no le ha hecho ninguna gracia el cambio.
Por lo menos podemos intentar que nos dé información mediante algún conocido, ¿no le parece?
Aunque se encuentra tan lejos que no sé yo.
Su madre la miró a los ojos, derrotada pero ansiosa. Después amagó una sonrisa y un pequeño rayo de luz empezó a iluminar las tinieblas de su corazón.