Vientos de ira 16
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Manuel había expuesto en varias ocasiones su intención de dejarlos. Ya habían hecho demasiado por él, se sentía inútil, como un parásito, pero en cada ocasión, Pablo, apelando a que era un miembro más de la familia, se negaba en rotundo a que el miliciano quedara abandonado a su suerte.

No obstante, ante la inminencia de la guerra y el rearme de los pueblos, supieron que era necesario tomar una decisión.

Quedarse en Francia podía significar soportar un segundo conflicto armado y esto los llenaba de angustia.

Las últimas noticias de España animaban al retorno —sin represalias si no habías tenido delitos de sangre—, pero en el fondo no eran más que rumores de los que no sabían si fiarse.

Era el final de una apacible y calurosa tarde de finales de agosto.

Todos estaban sentados en el jardincillo de la casa; los niños jugaban al escondite con unos vecinos y los grillos no cejaban en su constante canción.

Cada uno en sus pensamientos, bebían la limonada que Sonsoles hacía todas las mañanas para mitigar la sed.

Agustín abrió la cancela y entró como un torbellino, su rostro, un tanto demacrado, no auguraba nada bueno. Su madre lo miró con detenimiento.

—¿Te encuentras bien?

El muchacho asintió, acercó una silla, le dio unas palmaditas en el brazo y se sirvió un vaso de la limonada que su madre acababa de traer. Esta había recuperado el color y algún kilo que otro, pero las profundas arrugas surcaban su rostro como si fuera un mapa apergaminado.

—Las noticias que van llegando no son nada halagüeñas —comentó por fin.

Todos se volvieron hacia él, pero nadie dijo nada.

Preferían que se explicase sin presiones—.

Parece que la guerra es inminente. Hay movimientos de tropas alemanas hacia la frontera con Polonia.

Hitler quiere su salida al mar al precio que sea.

—¿Y no pueden dársela para que se quede tranquilo? —propuso su madre con ingenuidad. Su hijo la miró enternecido—. No me miréis como si hubiera dicho una barbaridad: es su salida al mar a cambio de que no haya guerra.

—No es tan sencillo. Hitler no se detendrá, ni con salida al mar ni sin ella. Por eso todos los países se preparan, porque todos son unos incompetentes.

Sonsoles seguía sin entender qué provecho tenía un conflicto bélico más allá de matar a personas inocentes.

¿No habían aprendido nada de los horrores que se habían vivido en España?

Pero decidió callarse; al parecer todos sabían más que ella de cómo funcionaban las cosas, pero no dejó de sentir la alarma y la angustia apoderarse de sus entrañas —sentimientos que no se habían ido muy lejos y que por eso tardaron poco en regresar.

—¿Y qué vamos a hacer? —Pablo lanzó la pregunta que todos se hacían.

—Es lo que llevo planteándome todo el día —contestó Agustín y volvió a servirse limonada—.

Quedarnos podría ser una opción, pero si entramos en guerra dudo mucho que se preocupen de los refugiados y menos que dediquen un franco a su estancia.

Si me preguntan qué van a hacer, yo me inclinaría a pensar, por lo que se rumorea, que el que se quede tendrá que alistarse.

Tú, padre, no sé si te librarías, pero Manuel y yo vamos de cabeza.

El miliciano asintió. No entendía demasiado aquel endiablado idioma, pero cuando se paseaba por las calles del pueblo solo veía inquietud y recelo en los ojos de sus vecinos.

—Yo no voy a ir a ninguna maldita guerra más —sentenció Manuel—. Prefiero arriesgarme a que me peguen un tiro en mi país. Al fin y al cabo, la muerte es igual en todas partes.

—Pero tú eres un militar. En cuanto pongas un pie en España, te harán un consejo de guerra y te fusilarán —protestó Pablo—. Yo al menos como furriel tengo alguna opción; no he matado a nadie.

—Primero me tienen que coger, amigo. El país está destrozado y de momento no creo que nadie sepa quién es su vecino.

Pablo frunció el ceño.

—Yo estoy con Manuel, no me fío nada de estos gabachos. Nos desprecian y no dudarán en ponernos contra las cuerdas —afirmó Agustín.

—¿Me estáis diciendo que volvamos a España y que sea lo que Dios quiera?

—Padre, de momento evitaríamos que madre y los niños sufrieran de nuevo. Ellos no van a tener problemas, usted no tiene delitos de sangre, y Manuel y yo nos buscaremos la vida.

Todos guardaron silencio. Nadie sabía quién se equivocaba y quién tenía razón. Ni siquiera confiaban en que existiera la posibilidad de acertar. Tal vez no hubiera una opción buena.

Fueron horas de confusión, pero al final llegaron a un acuerdo tras enumerar los pocos elementos que tenían a su favor: el gobierno francés ponía todas las facilidades para que los rouges españoles retornaran a su patria, y la familia de Pablo tenía además la ventaja de contar con los ahorros de Agustín que, al cambio en pesetas, eran una pequeña fortuna.

De modo que, sí, regresarían a su patria.

Decidieron que primero viajarían Pablo, Sonsoles y los niños.

Lo harían en transporte, nada que ver con aquellas jornadas caminando bajo el frío, el viento y la nieve, y cuando llegaran a Madrid alquilarían un piso grande y de los que estaban todavía desvencijados; uno barato, muy cerca de aquel que ocupaban cuando estalló la guerra, por si volvían los que faltaban.

Después de aquella conversación, aún tardaron un par de semanas en partir. Había que preparar a los niños, organizar el poco equipaje y estirar aquel espejismo de tranquilidad.

Esta vez no hubo llantos, pero sí una nueva sensación de incertidumbre ante el futuro. Los abrazos fueron breves, pues querían confiar en que se reencontrarían muy pronto.

A su llegada a la capital, Sonsoles y Pablo se horrorizaron al encontrarla como un vertedero de escombros, y a sus gentes, derrotadas y tristes.

Pero había que seguir adelante. Allí se enteraron de que Francia había declarado la guerra a Alemania después de que esta invadiera Polonia, y pensaron que habían tomado la mejor solución.

Todos los días Sonsoles se acercaba a su antigua residencia, ahora cerrada, por si se encontraba con alguno de sus hijos.

Y fue en una de estas salidas cuando se topó con una antigua vecina.

La oronda señora que Sonsoles recordaba había desaparecido; de hecho, si no hubiera sido porque ella la reconoció, la navarra jamás habría sabido quién era.

—¿Sonsoles? ¿Eres tú? —La voz le llegó desde atrás.

Se volvió y le costó ubicar a quien le preguntaba.

—¿No sabes quién soy? Lola, la señora Lola.

Tuvo que hacer un ejercicio de imaginación para ver en aquellas facciones un atisbo de su vecina.

—Pero, Lola, no te había reconocido... Estás más...

—Soy un esqueleto andante, lo sé. —No le dejó terminar la frase—. Aquí las cosas están mal, el racionamiento no es suficiente y es complicado encontrar comida.

—Ya...

—Y dime, ¿de dónde sales, hija? Hace siglos que no te veo, y como la casa está cerrada...

—Hemos vuelto de Francia hace unos días y hemos alquilado un piso un poco más arriba, cerca de Manuel Becerra.

—¿Y habéis vuelto todos?

Sonsoles se quedó unos segundos callada. Confirmar que Pablo había vuelto no le parecía una buena idea, tenía mucho miedo a que lo delataran.

—No, solo los pequeños y yo. Pablo sigue en Francia a la espera de saber cómo se desarrollan las cosas aquí. De los demás no sé nada.

—Tu hija Angelines sigue en Madrid con su marido, la he visto algunas veces.

A Sonsoles se le iluminó la cara.

—¡Ay, Lola! No sabes la alegría que me das. No sé nada de ella desde que nos mudamos. ¿Sabes dónde vive? —La vecina negó y a ella se le cayó el alma a los pies—. Bueno..., pues si la ves de nuevo, dile que estamos en Madrid, por favor. —Y le dio la dirección de su nuevo piso.

Hablaron de naderías y siguieron su camino tras despedirse efusivamente.

Al llegar a casa, escuchó trastear a Pablo por la cocina, siguió el pasillo y se encontró a su marido dando un vaso de agua a Jesusín, que estaba sediento, pues acababa de subir de la calle. El niño estaba descalzo, y una nube negra barrió la mente materna en un instante.

—¿Y tus zapatos?

Jesusín dejó de beber al momento y miró a su madre como si aquella pregunta fuera absurda.

—En la porte. —El niño intercalaba palabras francesas por doquier.

—¿Que has dejado los zapatos en el portal? —Sonsoles se echó las manos a la cabeza—. Vuela ahora mismo escaleras abajo y más vale que sigan ahí cuando llegues.

Jesusín, sin comprender nada, salió corriendo como si se tratara de un juego.

Bajó las escaleras dando saltos, pero cuando llegó al portal no había nada.

Sus zapatos habían desaparecido. Se echó a llorar y subió de nuevo, sabedor de que le iba a caer una buena regañina, aunque no entendía por qué: su madre siempre insistía, en la otra casa, en que los zapatos quedaran fuera para no mancharlo todo.

—¿Y? —Ella lo esperaba en la puerta. Nada más ver los surcos de sus lágrimas, comprendió que ya no estaban.

—Pero tú siempre dices... —El niño fue incapaz de seguir, atorado como estaba con los hipos del llanto.

Sonsoles comprendió que el pequeño no sabía que se hallaba en otro país, donde las cosas eran muy diferentes. Trató de serenarse y dejar el enfado que le quemaba a un lado.

—Aquí no se pueden dejar las cosas en la calle, ¿entendido? —El niño asintió—. No se puede dejar nada de nada porque se lo llevan. Y ahora, hasta que no consigamos otros zapatos, no podrás bajar a la calle, ¿ha quedado claro?

Jesusín volvió a asentir.

—Los españoles son voleurs —dijo por fin.

Su madre sonrió.

—No digas eso, cariño; no todos son ladrones. Tú eres español.

—¡No! —se encabezonó el pequeño—. Je suis français ; ellos no roban.

—Anda, ve a lavarte las manos que vamos a comer. —Y así acabó la conversación, mientras observaba cómo su hijo se perdía por el pasillo refunfuñando medio en francés medio en español.

La mujer suspiró y se permitió una leve sonrisa.