Vientos de ira 15 #2
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15 #2

—Sé que era a finales de octubre, no recuerdo el día porque allí todos eran iguales.

Nos bombardearon con ferocidad al amanecer y después vino el infierno —suspiró, y en sus ojos aún asomaba el miedo—.

Ya no era importante mirar al cielo; allí la lucha era otra.

Estábamos apostados en una serranía que llamaban de Cavalls y no pudimos contener el avance del general Yagüe.

Aquello fue una matanza. No éramos capaces de mantener la posición y cuando vi que todo estaba perdido corrí, sujeté con fuerza el arma y traté de alejarme de allí, de salvar la vida.

Es lo único que se me ocurrió hacer, correr todo lo deprisa que podía para esconderme entre los árboles y escapar de aquel horror.

Las balas silbaban perdidas, jugándose al azar la vida y la muerte.

Agustín pareció regresar a aquel horror. Sonsoles alargó el brazo y apretó la mano de su hijo con fuerza, animándolo a que continuara, y así lo hizo.

—Cuando creía que el corazón se me saldría del pecho, paraba unos segundos a coger resuello y seguía, no sabía hacia dónde.

Otros corrían también, veía sus figuras entre los árboles, pero no podía acertar a comprender si eran perseguidos o perseguidores.

En mi carrera, tropecé con algo que no supe identificar; ya había anochecido, y caí.

Me hice mucho daño en el tobillo y supe que hasta allí había llegado mi aventura, porque no podía seguir corriendo.

Cojeé hasta el obstáculo que se había interpuesto en mi camino y vi que era un soldado de las tropas rebeldes.

Estaba muerto. —Juntó las manos delante de la cara y tragó saliva—.

Me senté a su lado con la espalda contra un pino y lo miré, no podía apartar los ojos de su rostro, parecía simplemente feliz.

Tenía un disparo en la cabeza, pero hubiera jurado que estaba dormido.

Entonces vi asomar de su chaqueta un paquete de cigarrillos.

Los cogí, encendí uno sin preocuparme de ser descubierto y me dispuse a esperar mi suerte.

Incluso le hablé al cadáver y lo felicité porque me había cazado como a un conejo aún después de muerto.

Estaba harto de matar y de ver morir y he de reconocer que en el fondo era una liberación acabar con todo aquello.

Sonsoles se levantó, rellenó el vaso de agua y se lo acercó.

—Bebe un poco, hijo. Lo que cuentas tuvo que ser horrible —le dijo.

—No te lo imaginas, madre —contestó Agustín, perdido en sus pensamientos.

Después de beber, siguió hablando.

—No sé cuánto tiempo estuve allí, ni entiendo por qué nadie de todas las sombras que se movían por entre los árboles acabó donde yo estaba, pero lo cierto es que estuve solo con mis cavilaciones y con aquel cadáver hasta que cayó definitivamente la noche.

Todo parecía perdido, estaba exhausto, me había rendido por completo.

Miré de nuevo a aquel muchacho. Era más o menos de mi complexión, de mi estatura, incluso de mi misma edad.

Una idea absurda se fue forjando dentro de mí, una idea que poco a poco fue tomando forma, fue moldeándose y, sin nada mejor que hacer, decidí ponerla en práctica.

Me desnudé, cambié mis ropas por las del cadáver y me convertí de repente en un soldado franquista.

Sus padres lo miraron asombrados, sin juzgar. A su madre le bastaba con que su hijo estuviera allí, fuera como fuera. Después observaron a Manuel, que mantenía el rostro impasible.

—En el fondo —siguió explicando el episodio—, sé que puse mi vida en manos del azar; cualquier compañero podría darme un tiro pensando que pertenecía al otro bando, o quizá podrían reconocer al soldado muerto y pegarme un tiro por traidor.

Pero ya estaba hecho. Me levanté con esfuerzo y, escondiéndome entre la maleza, emprendí cojeando el camino contrario al que había traído.

Empecé a calibrar que había sido una estupidez lo que había hecho y, paralizado de terror, decidí esconderme hasta que llegaran mis nuevos compañeros.

Sé que fue una cobardía, pero no me arrepiento de lo que hice, prefiero ser un cobarde vivo que un valiente muerto —se justificó.

»Cerca de un riachuelo encontré una oquedad llena de zarzas —continuó su relato ante el silencio de los demás—.

Era el lugar idóneo, aunque acabé con las manos y la cara arañadas; como casi cualquier trocito de piel que no estuviera cubierto de tela, pero era un lugar seguro y allí pasé la noche.

No dormí ni un instante. El retumbar de las armas, las carreras, los gritos y, sobre todo, el miedo a que me descubrieran hizo de aquellas horas las más largas y dolorosas de mi vida.

La conciencia también me pesaba, la traición y la cobardía me hicieron llorar, pero la vida, mi vida, era lo más importante.

Agustín giró la cabeza y perdió la mirada tras los cristales de la cocina. Rememoraba aquellos hechos funestos. Tomó aliento y su voz resonó de nuevo.

—Por fin, comenzó a amanecer. Saqué del otro bolsillo la cartera del soldado muerto y la inspeccioné.

Decidí dejar a un lado las emociones, porque solo me llevarían a cometer errores.

Olvidé, me esforcé en olvidar. Se llamaba Antonio, Antonio Ramos.

Era de León, de mi misma edad, y llevaba la foto de los que debían de ser sus padres y otra de una muchacha que presumí que sería su novia.

Tenía una cara redonda y los ojos claros.

Poner cara a su mundo no me hizo ningún bien, es más, me llenó de tristeza y volví a pensar que era absurdo lo que estaba ocurriendo, en qué momento y por qué razones nos matábamos los unos a los otros.

Aquella cartera quemaba en mis manos. Terminé de examinarla, la cerré y me acurruqué en el suelo lleno de pesar.

Pensaba en ustedes, en mi familia, en si alguna vez volvería a verlos.

Las palabras se atoraban en la garganta del joven, que bajó los ojos angustiado. Su madre corrió nuevamente en su auxilio.

—Tuvo que ser una pesadilla, hijo. No quiero que sufras de esta manera con el recuerdo. Podemos dejarlo para mañana.

El muchacho negó y siguió explicando que, de repente, oyó que alguien se acercaba hablando en susurros y que, por lo que decían, eran del bando rebelde que buscaban prisioneros, heridos o botín.

Era su oportunidad, así que respiró hondo, rezó porque nadie lo reconociera y se hizo una profunda herida en el tobillo maltrecho.

No quería tener que volver con los compañeros de aquel soldado muerto, habría sido un suicidio; prefería acabar en un hospital.

Entonces salió a la luz, sangraba en abundancia y se tiró al suelo, sabiendo que su aspecto debía de ser dantesco, lleno de arañazos y sangre que no se sabía de dónde venía.

El soldado franquista se acercó con cautela, apuntándole con su arma, pero al ver el uniforme, simplemente le pidió la documentación.

La comprobó y pareció satisfecho. Lo ayudó a levantarse y lo llevó a un claro, mientras maldecía a esos rojos hijos de puta que habían huido cobardemente por todas partes.

—¡Dios santo! ¿Acabaste en un hospital franquista? —Sonsoles se llevó una mano a la boca, asustada.

—No lo interrumpas más —la amonestó su marido—. Déjalo que siga.

Agustín sonrió a su madre con tristeza y prosiguió.

—Antes de que me diera cuenta, habían llegado más soldados y entre un par de ellos me llevaban hacia no sabía dónde.

Me desmayé. Tal vez de miedo, quizá de agotamiento o puede que se me fuera la mano con el corte, porque iba dejando un buen reguero de sangre.

Cuando abrí los ojos estaba en un hospital de campaña, me habían lavado, vendado el pie y dejado en una camilla y, pululando por todas partes, había médicos y enfermeros rebozados en sangre.

»Estuve algunos días en aquel simulacro de hospital.

Por lo que pude entender, el corte no tenía buena pinta, se me había hinchado mucho el pie y tenía algo mal en el hueso que no acerté a comprender.

Recibí buenos cuidados, al parecer la infección no se propagó como temía el médico que me atendía y mejoré muchísimo.

Empecé a caminar poco a poco y, cuando parecía inevitable la vuelta a mi regimiento, supe que era el momento de desertar por segunda vez.

De los heridos solo se preocupaba el equipo sanitario, así que me fue fácil durante la noche escabullirme y ganar de nuevo el bosque.

Ya no me perseguirían porque, en realidad, no era nadie.

Bastante tenían aquellos soldados sabiéndose vencedores como para echar en falta al cojo silencioso.

Quise pensar que supondrían que había recibido el alta.

Siguió narrando cómo corrió por aquellas montañas, temiendo a cada instante hacerse daño otra vez.

Cómo se deshizo de su uniforme en cuanto pudo en una casona derruida, bombardeada y saqueada, donde durmió la primera noche.

Cómo se vistió con harapos que encontró por allí y al amanecer, con más hambre y frío del que había sentido en toda su vida, se dirigió al norte por caminos secundarios, caminos de carreteros, de montaña, hasta conseguir unirse a la comitiva de exiliados que se dirigían a Francia.

Les confesó que la travesía fue durísima, que la tristeza, la soledad, el hambre y el frío eran imposibles de describir, aunque lo peor fuera pensar que quizá no volviera a ver a su familia.

Semanas más tarde cruzó la frontera y terminó en una playa que era una cárcel maloliente y llena de infecciones, donde la vida no valía nada.

No llevaba ni dos días en aquel lugar inmundo cuando se presentaron unos soldados que hablaban español preguntando si había, entre los prisioneros, personal sanitario.

Él estaba asustado, convencido de que no saldría de allí vivo, por lo que sin pensárselo dos veces dio un paso al frente con otro compañero que se presentó como médico.

Para que su embuste no se descubriera con facilidad, dijo que estaba estudiando para enfermero cuando estalló la guerra.

Fue suficiente. Los sacaron a los dos de aquel campo y los acomodaron en una pequeña casa.

Al parecer, esperaban la llegada masiva de exiliados y era una forma de contención de enfermedades; si había que infectarse que lo hicieran sus compatriotas.

Roberto, el médico —él sí que lo era—, se dio cuenta enseguida de que Agustín no tenía ni idea de nada.

Le preguntó dónde había estudiado y el muchacho se empezó a trabar y acabó por rendirse a la evidencia.

Era absurdo mantener el engaño. Si Roberto no había tardado ni dos minutos en pillarlo, los franceses lo devolverían a la playa apaleado, así que reconoció avergonzado que jamás había cursado estudio alguno de Medicina y que, en realidad, era aprendiz de mecánico, pero que tenía tanto miedo de permanecer en la playa que no se le había ocurrido una idea mejor.

Así que el doctor, apiadándose de su juventud, viéndolo avispado y para que aquellos gabachos no lo fusilasen por embustero, le propuso que fuera su ayudante, siempre y cuando se aplicara y abriera bien los oídos para ponerse al día enseguida de cómo se llama el material y los instrumentos.

Y así, al lado de aquel buen doctor, había aprendido lo básico para pasar desapercibido. En los campos nadie se quejaba y a los franceses, en general, les importaba muy poco lo que les ocurriese a esos refugiados harapientos de las playas con tal de que no les infectasen con nada.

—Así que para todo el mundo en este país eres un enfermero —dijo Pablo, aprovechando un instante de silencio—. Es importante saberlo.

—Sí, ahora me dedico a esto. Me han cedido esta casa, me entiendo en francés y no me falta nada para cubrir mis necesidades básicas, aunque se me rompe el alma cada vez que tengo que asistir a mis compatriotas.

Los sentimientos me superan en algunas ocasiones; unas veces me pesa la culpa, otras el alivio, o la indignación, o el miedo, y así vivo a la espera de no sé qué.

—De pronto, en sus labios se dibujó una sonrisa—.

Pero ahora están aquí, ahora que los he visto, que sé que están vivos, me siento mucho más reconfortado y aunque suene egoísta decirlo, siento que ha valido la pena lo que he hecho para reencontrarme con mi familia.

Agustín dejó de hablar, miró su vaso vacío y después levantó la mirada y la cruzó con la del miliciano. No descubrió ninguna señal de que aquel hombre lo juzgase y se tranquilizó.

Sonsoles, emocionada, a punto del llanto, se levantó, abrazó a su hijo por la espalda y le besó la coronilla como si fuera un niño.

—Ya es tarde —rompió el silencio sin soltar el abrazo—.

Es espantoso todo lo que has vivido, pero ya estamos juntos de nuevo.

Tenemos más días por delante para contarnos muchas cosas.

Ahora deberíamos descansar. Ha sido un día agotador y por fin dormiremos limpios, calientes y con la tripa llena. No le podemos pedir más a la vida.

Todos estuvieron de acuerdo y organizaron la pequeña casa para tener un sitio para cada uno. Agustín cedió su cuarto a sus padres, los niños en las butacas del salón, él se fue a la otra habitación y Manuel se empeñó en dormir en la cocina, en unas mantas en el suelo.

El sueño los pilló por sorpresa, sintiéndose seguros bajo aquel techo que, tras tantas penurias, los cobijaba.