15
El autobús en el que montaron a toda la familia paró frente a una casita baja que tenía un jardín delantero y estaba rodeada por una verja que pedía a gritos una mano de pintura.
Paredes desconchadas y sucias, ventanas de madera desportilladas y manchas de humedad que se dejaban ver por las zonas que tocaban el suelo componían el paisaje.
El conductor les dio a entender que tenían que bajarse allí y ellos obedecieron.
Cruzaron la verja, que chirrió con descaro, y Manuel pudo observar el rostro de una mujer que, tras las cortinas de la casa de al lado, no les quitaba ojo y fruncía el ceño con un mal disimulado disgusto.
Caminaban agrupados en una extraña formación, un tanto asustados después de los meses de cautiverio, los niños pegados a la madre y los hombres a la cabeza.
Pablo abrió con la llave que su hijo le había dado y entraron en un confortable recibidor que los saludó con un caldeado ambiente.
Apenas si se atrevían a moverse. Se sentaron en la cocina y se pusieron a esperar no sabían qué.
Por fin, el marido de Sonsoles rompió el silencio.
—Agustín ha dicho que podemos asearnos y comer.
Todos lo miraron sorprendidos. Era como profanar algo que no era suyo.
—Pero ¿vamos a revolver las cosas en esta casa que no es nuestra?
No sabemos si el niño vive solo o con alguien más aquí.
—Sonsoles miraba para todos lados y no se atrevía a levantarse siquiera.
Hacía tanto tiempo que no estaba bajo un techo, que se le hacía extraño tanto confort.
Una parte de su dignidad había quedado enterrada entre la arena de aquella miserable playa que había sido su hogar.
Pablo se levantó con decisión y empezó a abrir cajones y alacenas.
Sacó leche, galletas, verduras, algo de carne.
.. Iba apilando en absoluto desorden todo sobre la mesa, mientras los demás lo dejaban hacer, desconcertados.
Aquellos manjares se les antojaban tan inalcanzables que, aun teniéndolos ante sus ojos, les parecían irreales, y estaban seguros de que desaparecerían en cuanto volviesen la mirada.
Por fin se detuvo y se giró hacia su mujer, que mantenía la vista anclada en la comida.
—Y ahora, cariño, vas a hacer un guiso de los que tú sabes. ¿O es que ya olvidaste cocinar? —Le guiñó un ojo y salió de la cocina.
Poco a poco la tensión se fue disipando y, para cuando llegó Agustín, todos habían pasado por el agua dulce y se habían frotado bien con jabón.
Jesusín había llorado por la contundencia del estropajo, que le había dejado la piel enrojecida pero limpia.
Nunca habrían imaginado semejante placer en un poco de agua.
También habían comido y en la casa aún flotaba el aroma del guiso, del que habían guardado un plato para el hijo que todavía quedaba por llegar.
Cuando el muchacho llamó a la puerta sufrieron un sobresalto; todos menos los niños que, rendidos de tantas emociones, con la tripa repleta y arropados por el calor que emanaba de la cocina de carbón, estaban dormidos en el salón. Fue Pablo el que se levantó y se asomó por la ventana.
—¿Quién va? —alzó ligeramente la voz; a través del cristal no se distinguía más que una silueta.
—Soy yo, Agustín. Abre la puerta, padre.
Pablo abrió no sin cierto recelo, pero ahí estaba su hijo, que aún no se había quitado la bata. Entró con rapidez y cerró tras él.
—Hola a todos —saludó—. ¿Los pequeños?
—Duermen. —Sonsoles se levantó y lo abrazó con una precipitación mal contenida.
—Aquí huele de maravilla. —El joven sonrió a su madre, separándose con dulzura de sus brazos—. Espero que algo haya quedado para mí.
La mujer cerró los ojos con melancolía; esas palabras removieron en su alma ecos de tiempos pasados. Volvió a abrirlos, y una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla. Lo tomó del brazo y lo acompañó a la cocina, adonde se dirigieron todos en una comitiva silenciosa.
Agustín comió con gusto, bebió un vasito de vino y se levantó a preparar café. Puso cuatro tazas sobre la mesa y del comedor trajo un paquete de cigarrillos. Hasta aquel momento habían hablado de naderías, pero el aroma de la infusión y el humo del tabaco invitaban a las confidencias.
—¿Se sabe algo de los demás? —preguntó mirando a su padre.
Pablo negó con pesar.
—Salimos huyendo con todo lo que fuimos capaces de acarrear.
Tus hermanas decidieron quedarse, estaban convencidas de que el final de la guerra pondría poco a poco las cosas en su lugar.
Gloria es la que más me preocupa, me aterra pensar que pueda sucederle algo; está sola y no sé cómo se las apañará.
Angelines y Lourdes, al menos, cuentan con sus maridos.
Por más que intenté convencerlas no pude, así que robé lo que pude del cuartel y me llevé un tiro de regalo, pero conseguimos llegar a la frontera.
Como ya te comenté en el campo, Manuel tiene también mucho que ver con nuestra supervivencia.
El miliciano fumaba con los ojos semicerrados, sin abrir la boca.
Miró a Agustín y sonrió.
—Exagera —dijo.
—No le hagas caso —continuó Pablo—. En la playa, yo no sé qué hubiera sido de nosotros sin él. Saltó muchas veces las vallas corriendo un gran peligro.
—Estáis famélicos todos, sobre todo madre. Se le notan los huesos. —Agustín exhaló el humo.
Su padre hizo caso omiso de aquella apreciación y retomó el relato:
—Llevó a cuestas a Jesusín por las montañas.
Hubo momentos en los que la nieve nos llegaba por encima de los tobillos.
Los pequeños apenas podían caminar. Ha sido uno más de la familia y espero que entiendas que no podía dejarlo allí a su suerte.
Imagino que viste cómo trató de agredirle ese otro desgraciado, Eusebio se llamaba. ..
—No te preocupes, padre, ya está solucionado. Aunque nadie se ha creído que fuera mi tío, han hecho la vista gorda. No abundan los enfermeros dispuestos a meterse en los campos con los refugiados.
—¿Enfermeros? ¿Y desde cuándo tú eres enfermero? —Sonsoles no daba crédito.
—Pues desde que preguntaron que quién lo era y me apunté.
—Pero ¡si tú no sabes nada de medicina! ¡Si llorabas nada más ver al médico!
—Es una larga historia, una historia de la que quizá no os sintáis demasiado orgullosos, pero no deja de ser lo que me salvó la vida. —Agustín tenía la mirada perdida en algún lugar de su memoria que se escurría más allá del vidrio de una de las ventanas.
—Me da igual lo que hayas hecho si ha servido para tenerte de nuevo a mi lado. —Sonsoles se levantó de su silla, rodeó la mesa y fue a abrazarlo nuevamente—. Aún no tengo noticias de las chicas, pero he recuperado a otro de mis hijos, así que me importa un bledo lo que hayas tenido que hacer.
Pablo observaba al muchacho con los ojos entornados y de vez en cuando cruzaba una mirada cómplice con Manuel.
—¿Estuviste en el frente? —Esta vez, Agustín se dirigía al miliciano, que hasta entonces se había mantenido en un segundo plano.
—Así es. Luché defendiendo la República, el único gobierno legítimo.
El hijo de Pablo y Sonsoles asintió con cierta desgana.
—Quizá sea mejor que deje la historia para otro momento.
Era patente que el joven sentía cierta desconfianza ante aquel desconocido que acababa de pronunciar una consigna que él sí había traicionado.
—No te preocupes, sé lo que puede parecer —por fin se pronunció el miliciano—, pero yo también salí huyendo como las ratas de un barco que se hunde. No creo que tu historia y la mía difieran tanto. Y aunque así fuera, no soy nadie para juzgar a quien, como yo, decidió salvar el pellejo.
Agustín se mordió ligeramente el labio mientras reflexionaba y volvía a las ráfagas de metralleta, a las bombas, a los compañeros muertos, a los gritos, a esos recuerdos imborrables, dolorosos, desgarradores, que muchas noches lo despertaban.
—Me enviaron al frente del Ebro —comenzó—.
Aquello fue una sangría. Al principio, la fuerza y la moral estaban de nuestro lado y parecía que contendríamos a esos demonios franquistas.
Pero tras meses de resistir, todo se vino abajo.
Nuestros mandos insistían en mantener posiciones en ese maldito río para demostrar a toda Europa la fuerza de la República.
Supongo que, si no eres tú, ni tu hijo, ni tu hermano, ni tu padre quien está soportando bombardeos, fuegos de ametralladoras, minas, muerte y destrucción por doquier, es fácil hablar de mantener posiciones. Pero había que estar allí.
Se levantó con los ojos brillantes, imposible saber si de tristeza, de miedo o de rabia. Llenó un vaso con agua y lo bebió de un trago, después encendió otro cigarrillo. Manuel pensó que apenas era un niño grande convertido en adulto a la fuerza.
—Vi morir a compañeros, los oí llorar por las noches, orinarse de miedo.
Yo mismo lloré y me pregunté infinidad de veces qué se me había perdido a mí en aquella guerra.
Aún no había tenido tiempo ni de echarme una novia que me recordara.
Y me acordaba de mi madre y de mis hermanos y de mi padre, y quería creer que lo que hacía era para ellos, por ellos, para conseguir una vida mejor.
Por un instante se hizo un silencio pesado, doloroso en el que nadie sabía qué decir. ¿Acaso no había sido ese el motor de todas sus acciones? Querían conseguir una vida mejor y, sin embargo, era terrible dónde habían acabado.
Agustín fue el encargado de conjurar el silencio continuando con su historia.
Les explicó que en los pocos momentos que callaban las armas se preguntaba qué mal le habían hecho aquellos a los que disparaba sin piedad y qué les había hecho él para que respondieran de la misma manera.
No cesaban las palabras para las novias, para los padres, para los amigos que pasaban de boca en boca, de muerto en muerto.
Que sepan que fui valiente, que los recuerdo, que están en mi corazón; imágenes que aún lo asaltaban por las noches y hacían añicos su sueño.