14
Amaneció un día turbio, plomizo, un día otoñal con regusto a invierno prematuro. El viento levantaba la arena de las calles y despeinaba y enloquecía las faldas, que no sabían si pegarse a las piernas o huir despavoridas.
Paola cargaba con su imagen de la Virgen avanzando con dificultad contra ese viento empeñado en frenar su camino.
Había dejado a Carmencita en casa, con las vecinas, cuidando del pequeño Adrián, que estaba tosiendo demasiado.
La cría había tomado la noticia con una mal disimulada alegría, y era comprensible; al fin y al cabo, no era más que una niña con obligaciones de adulto para la que un día sin deambular por las calles, sin pasar frío, sin tener miedo, era un regalo.
En cuanto bajaba la guardia y daba libertad a sus pensamientos le llegaba como un vendaval el recuerdo de la pequeña Paola, su otra hija, y se abatía la tristeza sobre ella, llenando su cabeza de preguntas.
¿Había hecho bien mandándola al pueblo? ¿Valdría la pena el sufrimiento que le producía la separación para que ella tuviera mejor infancia que Carmencita?
Por más que lo meditaba no era capaz de dar una respuesta, solo sentía cuánto la echaba de menos.
Decidió descartar estos pensamientos tan dolorosos y continuar con sus obligaciones.
Nuevamente le tocaba dirigirse a la casa de los señores de Palomeras del Viso, y rezaba por encontrarse con un nuevo paquete.
En realidad, ella no conocía al señor, nunca lo había visto.
Solo conocía a la señora y a Herminia, esa desagradable criada que la miraba como si fuera un despojo al que repudiar.
El portero estaba, como siempre, sentado en su cuartucho.
Levantó la vista, la miró un segundo, y la volvió a posar en aquello en lo que estuviera entretenido.
Después de tantas semanas, se había acostumbrado a las visitas de Paola.
No tenía que indicarle nada porque ella ya sabía dónde estaba la escalera de servicio, así que ni se dignó saludar.
Últimamente parecía que se hubiera hecho invisible a los ojos de la mayoría de las personas, era solo una pordiosera más dentro de una maraña humana inmaterial que no contaba para los que tenían algo, aunque fuera poco.
Subió las escaleras con esfuerzo y llamó al timbre.
Una muchacha joven, vestida impecablemente con cofia y delantal, abrió la puerta. Durante un instante la miró extrañada, pero inmediatamente esbozó una sonrisa.
—¿En qué puedo ayudarla?
—Traigo a la señora la imagen de la Virgen.
—¡Oh! Sí, es cierto que me lo dijo; se me había olvidado. Adelante.
Y cerrando la puerta comenzó a caminar con Paola siguiendo sus pasos por aquel corredor conocido. Desembocaron en la cocina, dejó la imagen sobre la gran mesa y esperó a que la nueva criada avisara a la señora.
Mientras esperaba, como en cada visita, hacía un recuento de todos los manjares que había sobre la mesa: verduras; fruta; una frasca de leche; paquetes, probablemente procedentes de una carnicería... Estaba tan concentrada en aspirar el aroma de los alimentos que no oyó entrar a la cocinera.
—Buenos días nos dé Dios.
Paola dio un respingo y se volvió. Sus ojos se cruzaron con una mujer rolliza, con las mejillas muy coloradas, que se secaba las manos en un mandil blanco lleno de manchas.
—Perdone que la haya asustado —continuó mientras sonreía, dejando ver unos dientes descolocados y amarillentos.
—No se preocupe, es que no esperaba encontrarme con nadie en la cocina —respondió Paola, ya repuesta. En todas sus visitas anteriores solo había visto a Herminia encargándose de todo.
—Los que podemos vamos volviendo —dijo la cocinera como toda explicación.
En el fondo, Paola se alegraba de no haberse topado con la estirada doncella que investigaba si la señora de Palomeras le regalaba algo o no, siempre tan desagradable, siempre tan superior.
Al parecer, el servicio de la casa se iba recomponiendo con aquellos que habían sobrevivido a la contienda y nuevas contrataciones por los que no lo habían conseguido.
Instantes después, la joven que le había abierto la puerta regresó y le pidió que la acompañara al salón: doña María la estaba esperando.
—Buenos días, Paola, adelante. Deje la imagen en la mesa y venga a sentarse un momento a mi lado. —Y señaló un bonito sofá de brocado rojo.
Paola se quedó petrificada. Sentarse en aquel maravilloso sofá con sus ropas desgastadas y sucias le parecía un sacrilegio, por lo que optó por permanecer de pie.
—No creo que sea una buena idea, señora. Podría manchar esa tela tan bonita y, seguramente, tan cara.
María seguía manteniendo esa palidez y esa melancólica mirada que la hacían parecer tan desvalida, pero al escuchar aquellas palabras, sonrió con dulzura y le indicó con un poco más de firmeza que se sentara, por lo que Paola no tuvo más remedio que acercarse al sofá y sentarse; eso sí, tan en el borde, que casi perdió el equilibrio y a punto estuvo de caerse.
—La verdad es que no tengo muchas oportunidades de hablar con nadie —comenzó María—.
A mi marido no le gusta que salga de casa sin él.
Dice que la situación aún es peligrosa, que todavía tardará un tiempo hasta que se estabilicen las cosas.
Y yo, mientras tanto, muero de aburrimiento.
Así que, aunque le parezca estúpido, espero su llegada cada semana con ilusión.
—Supongo que rezar a la imagen de la Virgen la consuela.
Paola trató de ser prudente, aunque, en realidad, ya hacía tiempo que había deducido todo lo que la señora acababa de contarle.
Desde que María se había sincerado con ella y le había confesado sus tristezas y su deseo de ser madre, una rutina semanal, con visos de confianza, se había instalado entre ellas.
No solo recibía la imagen y rezaba, sino que siempre sacaba tiempo para hablar con Paola, enumerarle sus miedos y prepararle un paquete de comida que cada día era más abundante.
Era obvio que la soledad hacía mella en su ánimo, encerrada en aquella casona con la única compañía de la odiosa Herminia, pero Paola mantenía las distancias; una cosa era hablar y otra sentarse en su salón como si fueran amigas.
—No me entiende. —María cortó el hilo de sus pensamientos—.
Rezar consuela mi espíritu, hablar con usted me reconforta y me saca durante un rato de la monotonía de mi existencia.
Además, como madre de tres hijos me consuelan sus consejos.
Si al menos Dios, en su infinita gloria, me concediera el don de la maternidad.
Los días con un bebé a mi cargo, con una criatura en la que volcar todo mi amor serían diferentes.
Nada podría hacerme tan feliz. Pero... —Se interrumpió de repente, como si se hubiera olvidado de algo, volvió a sonreír con dulzura y cambió radicalmente de tema—.
Y dígame, ¿cómo están sus hijos? ¿Les gustó el último paquete que se llevó?
Paola pensó en lo absurda que era la vida.
Mientras contaba mil y una banalidades de sus hijos, comprendía la irrealidad en la que estaba inmersa aquella mujer de piel pálida y ojos tristes.
No podía imaginarse una casa sin cortinas, sin ropa de cama y mesa, ni unos niños llorosos que piden comida, ni ropas ajadas recogidas de cualquier sitio, usadas por Dios sabe quién.
En su universo de muñecas, su vida se circunscribía a aquellas paredes y a lo que su mente quisiera imaginar.
Ella oyó hablar de la guerra, pero no la sufrió; oyó hablar de malos y buenos, pero estaba entre los buenos; oyó lo que quisieron contarle, y con eso le era suficiente.
Y desde luego Paola no iba a perder el tiempo ni a meterse en problemas por enseñarle la cruda y oscura realidad que estaba a las puertas de su casa.
Ni siquiera se había planteado contarle los motivos por los que la pequeña Paola no estaba con su madre.
María nunca entendería las razones que la habían llevado a renunciar a su hija, y no sería ella quien le abriera los ojos.
—No se desespere con lo del bebé —concluyó tras relatarle varias batallitas de los niños—; en ocasiones, hace falta tiempo. Si una vez estuvo embarazada, podrá conseguirlo de nuevo, pero no se obsesione.
—¿De verdad piensa que puedo conseguirlo de nuevo?
—Por supuesto. Pero insisto, el ansia no es buena compañera. Relájese, señora, deje pasar la vida y todo volverá a su lugar.
Aquel día la señora de Palomeras le preparó una gran cantidad de comida.
Hasta unos trozos de carne le dio, unos manjares de los que no disfrutaban desde hacía años.
Paola había esperado pacientemente en la cocina mientras ella rezaba con fervor a la Virgen y había salido de aquella casa con un sabor agridulce.
Por un lado, sujetaba con fuerza su paquete con la comida dentro y sentía un enorme agradecimiento, por otro, una señal de alarma rugía en sus entrañas: aquella era la mujer de un personaje importante y la gente influyente era muy voluble. Habría de ser cuidadosa, se recordó.
Al llegar a su casa preparó un puchero que olía a pasado, a otros tiempos.
Se sentó en la cocina y echó de menos a Adrián, pero solo un momento.
A su pequeña Paola, sin embargo, no conseguía sacarla de su mente ni un segundo.
Le hubiera encantado poder compartir aquel guiso con ellos.
Carmencita le cantaba una canción a su hermano, una melodía que también olía a pasado: «Una, dola, tela, catola, quila, quilete, estaba la reina en su gabinete, vino Gil, apagó el candil, candil candilón, cuenta las veinte que las veinte sooonnn».
La risa de Adrián despejó las tristezas.
Su hermana le hacía cosquillas. Llegó Pili. Tras ella, Petra.
—¡Qué bien huele! ¿La señora de la Virgen? —Petra ya tomaba asiento en la cocina, al lado de su amiga.
—Ella misma. Hoy hasta carne me dio.
—Dios la bendiga. —Pili tomó asiento en el otro lado.
—A ella no sé, pero a nosotras nos está haciendo un favor. En el fondo, me da pena. —Se levantó y removió el guiso.
—¿Pena? —Pili la miró desconcertada—. ¿Te recuerdo cómo vive esa señora?
—Pues si la conocieras... Es difícil ver unos ojos tan tristes.
—Déjate de monsergas. Una niña caprichosa es lo que es.
¿Que no puede tener un hijo? Pues mala suerte; que borde, que cante o que baile.
Ella puede hacer lo que le dé la gana. Peor es perderlo o verlo llorar de hambre.
Lo que me faltaba, que sintieras lástima por esa señoritinga.
Ella que siga rezando y que nos dé un paquetito cada vez que vas.
El día menos pensado le gusta otra cosa y si te he visto no me acuerdo.
Estas ricas son así, no te confíes. Hoy eres su bufón y mañana caerás en desgracia, así que aprovechemos las donaciones mientras podamos y comamos por su salud.
—¡Qué bruta eres a veces, Pili! —sonrió su vecina.
—Vamos a poner la mesa, que creo que eso ya está a punto. ¡Carmencita! ¡A comer! Y trae al niño. Que le da pena... —se fue murmurando Pili mientras salía al patio a por un poco de madera—. Ya me gustaría verla pasando frío y penalidades, a ver si no tener un hijo era el mayor de sus problemas.
Paola miró a su amiga, que rezongaba en el patio, y sonrió. En el fondo sabía que tenía razón, pero la señora de Palomeras le transmitía una melancolía y una tristeza reales. No vivía en su mundo, pero imaginó que cada cual tenía sus pesares.