Vientos de ira 13 #2
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—Sin él, posiblemente no estaríamos aquí. Es un miliciano y ha hecho mucho por la familia, ha cargado con tu hermano pequeño, nos ha dado de comer, nos ha defendido...

Agustín tiró de su padre para separarlo de todos los oídos indiscretos y Pablo tuvo que soltar el capote de su amigo.

—No sé si voy a poder sacaros a todos —musitó el joven, pensativo.

—No sería justo abandonarlo ahora, nunca me lo perdonaría. ¿Qué tipo de hombre haría algo así? En los peores momentos ha sido casi como un hermano para mí. Si no puedes liberarlo, me quedaré con él.

—¡Eso es una insensatez, padre! Donde van no es mucho mejor que de donde vienen. ¿Y madre? ¿Acaso no piensa en ella?

—Sé que estará de acuerdo conmigo, la conozco muy bien. Comprendo que no es el mejor momento para hablar, pero los dos o ninguno.

Agustín suspiró, se dio la vuelta y volvió a dirigirse a los soldados en francés.

Sus palabras no fueron muy bien acogidas por aquellos hombres malcarados y uno de ellos, con tono poco conciliador y abundantes gestos al aire, respondió negando con la cabeza.

La conversación continuaba cuando, desde el puesto médico, el muchacho fue requerido por su superior.

Se volvió y salió corriendo, y allí se repitieron los gestos, señalando hacia donde había dejado a su padre.

Frente a él, un cuarentón de pelo increíblemente rubio se tocaba la barbilla. Por fin, se acercaron los dos a Pablo.

Mientras tanto, los hombres que rodeaban a Manuel empezaron a impacientarse. No entendían aquel trato especial y para poner palabras a sus sentimientos se oyó la voz de Eusebio, que olió el momento de la venganza y, levantando un puño, arengó a sus compañeros.

—¡No sé qué culo habrán chupado, pero esos hijos de puta se van a ir con las mujeres!

La masa comenzó a agitarse como una marea.

—El de la bata es alguien de su familia. Hablaban en español —gritó uno.

—¡Que se jodan como todos los demás! —gritó otro.

Los soldados empujaron con fuerza a los refugiados, que empezaban a soliviantarse instigados por las palabras de Eusebio, que no paraba de gritar y que, moviéndose lentamente, se puso a la altura de Manuel.

— Qui est ton oncle? —le preguntó el médico a Agustín con cara de pocos amigos.

— Celui-là.

Pensando que los ánimos se estaban calentando demasiado y decidido a acabar con el problema, el médico se dirigió a los soldados con autoridad y, señalando a Manuel, le hizo un gesto para que se acercara.

El miliciano, que cada vez estaba más presionado por sus compañeros, empezó a separarse del grupo entre empujones e insultos, cuando de repente notó una mano que lo amarraba con ansia del brazo.

Se dio la vuelta, incómodo, para saber quién lo frenaba, y tuvo el tiempo justo para desviar la cabeza de forma refleja y evitar que un objeto punzante —no habría sido capaz de decir de qué se trataba— se clavara en su garganta.

Eusebio aún lo sujetaba cuando recuperó el equilibrio. Sus ojos, emponzoñados de malicia, lo observaban sin comprender cómo había fallado.

—¡Hijo de la gran puta! ¡Cobarde! —le gritó Manuel, y con todas sus fuerzas, su rabia, su ira, empujado por las noches sin sueño, por los compañeros muertos y por todo su dolor, le propinó un puñetazo de tal magnitud que los huesos, al romperse, crujieron y acallaron a todos los que los rodeaban.

Se hizo el silencio.

Eusebio se sujetaba la cara con las manos por las que chorreaba la sangre, sin poder decir ni una palabra, el punzón en el suelo abandonado.

—¡Ojalá te pudras allá donde vayas!

El miliciano se giró de nuevo y se abrió paso, esta vez sin demasiados problemas. En un instante, dando grandes zancadas, se sumó al grupo que ya se alejaba hacia el puesto médico sin esperar.

—No tenías que haberlo hecho, me las hubiera apañado —le susurró a Pablo—. Ha sido peligroso.

—¿Me hablas tú de peligros? Ya he visto las intenciones de Eusebio, eso sí, le has dejado la cara como un mapa. —Y sonrió—. A los amigos hay que cuidarlos.

—Ya me explicarás todo este lío —repuso Manuel.

—Espera que primero me entere yo. Por el momento nos mantendremos callados, es lo más prudente.

Manuel asintió. Ya habían llegado junto a Sonsoles, que abrazó con fuerza a su marido, abrazo al que también se unieron los niños.

Unos soldados muy jóvenes y sonrientes los condujeron a una tienda que estaba tras los vehículos, donde se acomodaban mujeres y niños, les ofrecieron un asiento, agua y algo de comer.

Al rato, llegó Agustín, los saludó y habló en voz muy baja.

—He dicho a Pierre que él —y señaló a Manuel— es mi tío, aunque no creo que se lo haya creído.

De cualquier manera, y hasta que os explique todo este jaleo, mantened la boca cerrada.

Ahora os van a llevar a mi casa. Esperadme allí, no os mováis ni salgáis a la calle, y cuidado con los pequeños.

Hay comida, podéis asearos y descansar. Sobre las siete regresaré y podremos ponernos al día.

Besó a su madre con cariño y guiñó un ojo a sus hermanos.

—Cuida de todos, padre —dijo mientras salía.

«No sé qué coño pensará que hemos estado haciendo desde que salimos de España», murmuró para sí Pablo mientras veía cómo se alejaba ese hijo que, de repente, se había convertido en enfermero.

No tenía ni idea de cómo Agustín había podido terminar metido en aquel lío, pero tampoco quería pensarlo demasiado. El destino aquella vez se sentía benevolente, se ponía de su parte y, al parecer, un nuevo horizonte más humano se estaba abriendo para todos.