Vientos de ira 13
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La noticia corrió como la pólvora. Las mujeres, los niños, los ancianos y los heridos serían evacuados de los campos y repartidos por zonas de Francia para que los realojasen, mientras que los hombres quedarían recluidos en los campos de concentración.

El gobierno francés alentaba a los soldados a que volvieran a España, prometiendo que era la mejor opción, insinuando que el gobierno del general Franco sería benévolo con su vuelta voluntaria, sobre todo en el caso de aquellos hombres que no tuvieran sobre sus espaldas delitos de sangre.

Sonsoles lo supo por la mañana. Jacinta, una vecina de penurias, se lo contó nada más asomar la cabeza, recién levantada.

—¡Nos evacúan, Sonsoles! Al parecer nos sacan de aquí y nos llevarán a casas decentes. Por fin se les ha caído la cara de vergüenza.

—¿En serio? ¿Cómo te has enterado?

Jacinta, sin poder parar de moverse por el nerviosismo y la felicidad, le explicó que estaban llegando camiones y que un soldado le había contado a la Lucrecia, esa que hablaba francés, que eran para evacuar a las mujeres y los niños.

Sonsoles no sabía quién demonios era la tal Lucrecia, pero se le torció el gesto cuando comprendió que no todos saldrían de allí.

—¿Y los hombres?

—Ellos se quedarán aquí, al menos por ahora, pero imagino que antes o después los sacarán también, ¿no crees?

—Yo no pienso moverme sin mi marido. ¡Ni hablar!

—Y comenzó a recoger cosas como si estuviera en el salón de su casa.

Tenía que moverse, tenía que pensar. Era absurdo lo que escuchaba, no podía ser cierto.

Pablo y ella llevaban juntos desde siempre, habían cruzado los montes, pasado miserias, hambre, peligros.

.. ¡No estaba dispuesta a permitir que aquellos extranjeros indeseables lograran lo que una guerra no había conseguido!

—Pero ¿qué tontería es esa? —insistió la otra mujer—. Tienes que pensar en tus hijos, ellos no sobrevivirán aquí ni un mes más. Los hombres se las apañan. Y ¿qué piensas?, ¿que ellos se quedarían aquí por ti? ¡No seas ignorante!

—Mi Pablo nunca me dejaría sola.

La tal Jacinta se la quedó mirando con cara de lástima, pensando que era una ingenua.

Quién, si no ellos, habían llevado a España a aquella situación; quién, si no ellos, se habían comportado como gallitos de corral; quién había mirado por sus mujeres y los hijos que dejaban atrás.

Ella, desde luego, saldría corriendo con tal de que sus niños comieran, sin pensar en lo que harían, tal y como su marido decidió hacer cuando partió hacia el frente a defender no sé qué demonios de libertades y derechos.

—Ya —fue lo único que contestó.

—Ellos nos han defendido. —Sonsoles levantó la cabeza con orgullo.

—Pues no sé a ti, pero a mí el mío me prometió el paraíso a su vuelta, igualdad y no sé qué patrañas más, y mira con qué regalito me he encontrado.

Todos iguales en esta mierda de sitio, que un cerdo vive mejor que nosotros.

Bueno, tú verás. —Se dio la vuelta al ver aparecer a Pablo—, yo me iré en cuanto me llamen.

El marido de Sonsoles y Manuel se acercaban con paso cansino hasta llegar donde ella los esperaba con la angustia instalada en las entrañas.

Jacinta podía decir lo que quisiera, pero ella no estaba dispuesta a separarse de Pablo, no tenía ninguna garantía de ir a un lugar mejor que en el que estaba, y mira que no era difícil.

Además, todo el mundo hablaba de una inminente guerra en Europa.

¿Y si era verdad? ¿Qué haría ella en un país extranjero, donde no conocía ni el idioma, con tres niños pequeños, en medio de la contienda?

—Ya te has enterado, ¿no? —La voz de su esposo interrumpió sus pensamientos.

El rostro de los dos hombres era un poema. Ella los miró desconcertada y asintió.

—Yo no pienso ir a ningún sitio sin ti —sentenció.

Pablo se acercó a ella, la tomó por la cintura y la mujer supo inmediatamente que lo que estaba a punto de escuchar no le iba a gustar en absoluto.

—No hay otra salida, es una orden que tenemos que acatar. No hay posibilidad de decidir. Ninguna. Y en esta ocasión creo que es lo mejor para los niños y para ti, es una oportunidad de sobrevivir.

—No, Pablo, no. No hemos llegado hasta aquí para separarnos ahora. Ya bastantes desaparecidos hay en nuestra familia. Te recuerdo que tenemos más hijos de los que no sabemos nada. ¡Yo no podré soportar otra despedida!

El matrimonio no solía hablar de ese asunto casi nunca.

Sus otros hijos estaban siempre presentes en sus pensamientos, cada día, cada segundo que pasaban alejados de ellos.

A veces se sentían avergonzados de no mencionarlos más a menudo, pero la tristeza se enredaba en el alma cuando pronunciaban sus nombres; el miedo y la incertidumbre caían sobre ellos y preferían mantenerse a salvo de esos dolores, controlando la angustia para no dejarse vencer por la tristeza.

Pablo la dejó llorar, susurrándole promesas al oído, jurando que todos volverían a reunirse algún día, y subrayó el «todos».

Y a Sonsoles no le quedó más opción que claudicar.

Antes de abandonar aquel campo de refugiados, que no era más que una playa maloliente, unos médicos y algunos enfermeros se aseguraban de revisar la salud de los que salían.

Les miraban la boca, los auscultaban y unas cuantas pruebas más, en un protocolo que concluía con una inyección en un brazo.

Nadie se atrevía a preguntar nada. Las mujeres, los niños y los ancianos guardaban su turno en un silencio entre aliviado y nervioso, y los que tenían familiares caminaban a su lado como una comitiva.

La despedida de Sonsoles y su marido fue fría por fuera, pero arrasadora en el corazón.

No querían que los niños sufrieran más de lo necesario y, aunque las lágrimas se agolparon en los ojos de ambos, hicieron de sus párpados un parapeto y tragaron como pudieron la tristeza.

Querían pensar que se volverían a ver pronto, pero en aquella situación nada era seguro, así que, con un abrazo sentido y un susurrante «Te quiero» al oído, se tuvieron que conformar.

Disimular fue tan doloroso como dar los primeros pasos hacia ese vacío absoluto que los aguardaba.

—¿Dónde vamos? —preguntó Jesusín después de un rato pegado a la mano de su madre—. ¡Quiero ir a jugar!

Luis y Pepín protestaron también.

—Tenemos que salir de aquí para ir a una casa preciosa. Ya verás lo que te va a gustar.

—¿Y papá? ¿Y el tío Manuel? —insistió el niño, que veía que ellos no estaban dentro de la fila.

—Vendrán después.

Pablo lo oyó y le guiñó un ojo. Después se separaron definitivamente. Los hombres se quedaron allí, sin poder avanzar. Sonsoles no quiso mirar atrás.

Siguieron esperando en la larga fila y cuando estaban a punto de llegar al puesto médico, una voz lejanamente conocida, elevándose por encima de los murmullos y del mar, rompió la mañana.

—¿Mamá? ¿Mamá, eres tú?

Sonsoles se detuvo de golpe y perdió el color.

No podía creer lo que estaba viendo, no podía mover los pies del suelo; se había quedado paralizada ante aquellas palabras que desataron una catarata de recuerdos y ausencias.

El llanto, que con tanto esfuerzo había estado controlando, se desbordó como una torrentera en día de lluvia.

Por fin, cayó a la arena de rodillas y se tapó la cara con las manos.

Pablo, que no sabía qué estaba sucediendo, al ver desvanecerse a su mujer, intentó llegar hasta ella, pero los soldados se lo impidieron. Ya iba a liarse a puñetazos, cuando Manuel lo contuvo.

—¿Qué quieres? ¿Que te metan un tiro entre ceja y ceja? Espera un segundo. Ella es fuerte, lo superará y seguirá como todas las demás.

—Algo ha pasado, lo sé. Ha sido de repente, de repente ha caído al suelo.

—Mira, ya se acerca el enfermero.

Un joven moreno, apuesto, con un bigotito muy a lo actor americano y una bata de un blanco resplandeciente que destacaba en aquella orquesta de ocres desgastados y descoloridos, se acercó a grandes zancadas.

Pablo y Manuel se quedaron petrificados cuando aquel hombre abrazó con fuerza a Sonsoles y la puso en pie, mientras ella lo besaba y le acariciaba la cara.

Después, el tipo saludó a los niños, intercambió algunas palabras más con Sonsoles y se giró hacia donde estaban los dos hombres, expectantes. Pablo se quedó sin respiración.

—Hijo —fue la única palabra que salió de sus labios y sus ojos se anegaron de felicidad.

Después todo ocurrió muy deprisa. El joven enfermero se acercó al médico y habló con él para, instantes después, sacar a su madre del grupo de refugiados y sentarla en la zona médica junto a sus tres pequeños.

Se dio la vuelta y buscó a su padre ante las miradas atónitas de quienes seguían la historia sin comprender nada, sintiendo crecer la envidia por aquel trato de favor.

—¿Ese es tu hijo? —preguntó Manuel por fin, perplejo.

Pablo asintió, aún conmocionado.

—Es mi hijo Agustín, uno de los mayores, pero no sé qué hace aquí.

—¿Es médico o enfermero?

Pablo lo miró con intensidad y después, con el rabillo del ojo, advirtió que había muchos oídos pendientes de su respuesta.

—Sí —mintió.

Manuel asintió, comprensivo.

Cuando llegó junto a ellos, Agustín abrazó con fuerza a su padre, que, paralizado, no alcanzaba a comprender qué demonios pintaba su hijo entre los sanitarios franceses, aunque era evidente que aquel no era el lugar adecuado para hacer preguntas.

—Padre...

—Agustín, yo...

—Ahora no, ya hablaremos más tarde —lo cortó el joven, con autoridad.

Se dirigió a los soldados en francés y les dijo algo que ni Pablo ni Manuel entendieron.

Instantes después, tal como había hecho con su madre, sacó a su padre de entre los hombres, que, apiñados, intentaban enterarse de qué pasaba.

—¡Espera, hijo! —le susurró Pablo frenando su salida—. No puedo irme sin él.

Agustín se dio la vuelta, extrañado, y se fijó en el hombre que su padre señalaba, al que aún sujetaba por la manga, pero no fue capaz de reconocerlo.