12 #2
La niña pensó que su abuela era muy roñosa, ¡solo un dedo! ¡Con el hambre que tenía! Pero no dijo nada, se dio la vuelta y ya iba a salir por la puerta cuando Carmen la retuvo.
—Un dedo a lo ancho, no a lo largo, que te conozco. Mira el dedo de la abuela, que el tuyo es muy chico. —Y lo levantó en posición horizontal.
Paz asintió y siguió su camino, relamiéndose mientras subía por aquellos empinados escalones.
—¿Qué andas haciendo tanto tiempo por ahí arriba? —la llamó Carmen después de un rato.
—Ya bajo, abuela, es que estaba cortando el pedazo.
En realidad, Paz no la había obedecido completamente. Se había agenciado un trozo algo más grande y había dado un bocado antes de descender de nuevo. Las boceras coloradas en las comisuras de sus pequeños labios la traicionaban.
Terminó de bajar los escalones con mucho cuidado, parándose de uno en uno como Manolo le había enseñado y, al llegar al final, se encontró de sopetón con su abuela, que la miraba con cara de reproche.
—¡Enséñame el trozo!
La niña abrió la manita y descubrió una raja de chorizo del tamaño adecuado.
—¿Y lo que te has comido? —insistió.
—No he comido nada, abuela, ¡aunque tengo un hambre...! —Levantó los ojos, esos inmensos ojos verdes y miró a Carmen, tratando de controlar el puchero dibujado en pimentón que ya se formaba en sus labios.
La mujer estuvo a punto de echarse a reír, pero se contuvo.
—¡Que sea la última vez que te comes nada sin mi permiso! Y como me vuelvas a mentir, te doy con la vara. No quiero niñas ladronas y mentirosas en mi casa, ¿entendido? —levantó la voz.
Paz se echó a llorar asintiendo con vigor. La abuela la cogió por el brazo y, sin muchos miramientos, la llevó a la cocina.
—¡Toma! Con este pan tienes más que suficiente. ¡A mí me vas a engañar! —murmuró—. ¡Quien ha sido cocinero antes que fraile, lo que pasa en la cocina, bien que lo sabe! —Y dejando que, entre hipidos, devorara la merienda, se dio la vuelta y siguió con sus quehaceres.
Paz salió después a jugar con los niños del pueblo.
Aún calentaba el sol y podían danzar un par de horas.
Por las llanuras castellanas se oían sus gritos, ajenos a las penurias, ajenos a sus ropas desgastadas y remendadas —la mayoría de las veces recicladas de otras prendas de adultos—, los pelos cortos y apelmazados, las manos sucias, las rodillas llenas de costras, pero el corazón a salvo; el corazón todavía inmaculado.
La fortaleza de la infancia los trataba de rescatar de aquella dureza en la que se vivía, de la mala alimentación, de los problemas que acuciaban a sus familias.
Se harían mayores prematuramente, pero mientras tanto chillaban «Tú la llevas».
Y con sus risas de fondo, las sombras de la noche se iban extendiendo por las calles del pueblo.
Alguna luz parpadeante de una vela o un candil se asomaba a un ventanuco.
Los niños, inmersos en sus juegos, se olvidaban del tiempo hasta que una voz rasgaba la oscuridad y hacía que los insectos enmudecieran durante un instante.
—¡Paz, a casa!, que ya no son horas de estar en la calle.
—Un ratito más, por favor.
—¿Te lo tengo que repetir? ¡Como tenga que salir a por ti, te vas a enterar!
Y se oían, de repente, los pasitos que, a la carrera, llegaban al portón.
Dos bracitos empujaban con fuerza la puerta, haciendo peso con todo el cuerpo, y unos ojos brillantes y risueños entraban, subían los dos escalones y se colaban en la cocina.
Allí, cerca del fogón, terminando de preparar la cena, la abuela la miraba con ojos de censura, pero ella se acercaba y le daba un beso.
—¡Voy poniendo la mesa!
Y, mientras colocaba los platos de loza tosca, los vasos de barro y los cubiertos, escuchaba llegar a los hombres.
Como una exhalación salía para tirarse a los brazos de su tío Manolo, que la hacía volar por los aires.
Olía a campo y a sudor, a grano y a tierra removida, olía como nadie más que él podía oler.
De la mano entraban los dos y tras la cena, con paciencia, él le tomaba la lección, aunque sabía que no era necesario.
La niña no iba a la escuela, dado que al antiguo profesor lo habían detenido y estaban esperando aún quien lo sustituyera, pero la abuela la estaba enseñando a leer y a escribir, y Paz no solo había memorizado y desentrañado ya las letras, sino que había entrado en el secreto de la lectura, un mundo mágico del que jamás, en toda su vida, podría desgajarse.
—¿Me contarás una historia esta noche? —Lo miró con ojos suplicantes.
—Ya está bien, niña. Es muy tarde y tienes que ir a dormir, que mañana hay que madrugar —contestó Marcial, adelantándose a su hijo, mientras miraba distraído el fuego que se consumía en el hogar.
—Pero, abuelo... —La mirada que Carmen le echó no dejaba lugar a dudas, así que Paz guardó silencio. El abuelo hablaba poco, pero nadie lo contrariaba, ni siquiera su hijo mayor.
Manolo se levantó con la niña en sus brazos.
—¡Hala, a dormir! ¿Quieres que te acompañe a la habitación?
La sonrisa pícara enmarcada en rizos rubios no se hizo esperar.
—Sííí.
Y salieron de la cocina hacia la negrura de la casa. Marcial miró a su mujer, esta sonrió y se acercó a él dándole unas palmaditas en el brazo.
—Esta criatura es una bendición en medio de tanta miseria —dijo pensativa mirando fijamente al fuego.
—Ni que lo digas —contestó su marido acariciando su mano.
En ese momento volvió Manolo. Ocupó de nuevo su silla y cogió unas cuerdas que estaba arreglando.
—¿Habéis oído lo del Mula?
Mientras Marcial asentía en silencio, Carmen miró a su hijo, desconcertada.
—¿El Mula? ¿El hijo de Pascuala?
—Sí, ese mismo.
—Se lo llevaron ayer por la noche unos tipos vestidos de uniforme y no han vuelto a tener noticias de él. —José despegaba por primera vez los labios. Había estado toda la cena en silencio, detalle que no le había pasado desapercibido a su madre.
—¿Y por qué? Ese muchacho no ha roto un plato en su vida. ¿Qué tiene? ¿Quince...?
—Dieciséis —rectificó José—. Es poco más que un niño. Cualquier día aparecen por aquí y nos dan un susto.
—No digas tonterías, José. Nosotros no hemos hecho nada, vivimos sin meternos con nadie, y tu hermano luchó en el frente con el ejército de Franco —soltó Carmen como si la hubieran aguijoneado—. Algo habrá hecho esa familia o ese crío para que se lo lleven, ¿no?
El silencio que siguió a estas palabras fue esclarecedor.
—¿Qué pasa? —se asustó—. ¿Qué no me contáis?
—Madre —esta vez fue Manolo el que tomó la palabra—, las cosas no son tan simples. El Mula es un chaval bueno, trabajador, ayuda a sus padres como un animal. No entiende de guerra ni de política. Su desaparición no tiene nada que ver con él, se lo aseguro. Alguien lo ha delatado.
—¿Delatado? ¿Qué hay que delatar?
—¡Da lo mismo, madre! —exclamó José sin poder contenerse—. ¿Es que no lo ve? Vive aquí encerrada en sus quehaceres y no se entera de nada.
—¡José! Un respeto a tu madre —dijo de pronto Marcial y su voz sonó como un trueno. El joven torció el gesto, pero no replicó.
—Mire, madre —prosiguió el primogénito—, esto de la guerra no se ha acabado.
El campo de batalla y los alistamientos sí, pero hay otra guerra, mucho más cruel y mucho más silenciosa y dura.
Franco no quiere opositores, nada que huela a republicano, quiere terminar con todos.
Y hay desalmados que para demostrar de lo que son capaces de hacer para chuparle el culo a este régimen, acusan a sus vecinos, a los que conocen de toda la vida, de lo primero que se les ocurre: de rojos, de masones, de republicanos, de anarquistas.
.. Qué más da con tal de salvar el pellejo, no importa a quién se lleven por delante, y eso es lo que ha pasado con el Mula, ese muchacho que no ha tenido tiempo más que de pasar hambre.
Carmen miraba a su hijo con los ojos abiertos de par en par, incrédula y temerosa. En su cerebro se iban abriendo interrogantes y miedos en un porcentaje parejo.
—¿Me estáis diciendo que cualquier día pueden llamar a esa puerta unos desconocidos y haceros desaparecer para siempre? —preguntó, y un escalofrío recorrió su cuerpo.
Los tres hombres asintieron en silencio y ella observó el gesto a través de las sombras parpadeantes que provocaba el rescoldo del hogar. Se llevó una mano a la boca en ese gesto de terror tan suyo y un nudo se formó en sus entrañas.
—Manolo está más seguro, ha luchado en el frente y es más complicado buscar un motivo para acusarle de algo, pero José... —El marido de Carmen calló de repente.
—Madre —relevó José a Marcial—, Luis, el de la taberna, le ha dicho a padre que oyó una conversación en la que se mencionaba mi nombre con insinuaciones sobre mis ideas políticas...
—Pero ¡si a ti esas cosas nunca te han interesado! —lo interrumpió Carmen con espanto en la mirada.
Marcial se levantó y acercó la silla a la de su mujer, puso una mano en su antebrazo y comprobó que temblaba. Cogió aire con fuerza, dispuesto a proseguir, y cuando José hizo ademán de hablar, lo frenó con un gesto de la mano.
—Mira, mujer, seré claro —empezó—. Luis y yo nos conocemos de toda la vida, jugábamos juntos cuando no levantábamos un palmo del suelo y, desde que se quedó con ese negocio, charlamos un día sí y otro también entre chato y chato, así que tengo total confianza en que me ha dicho la verdad.
No ha querido decirme a quiénes oyó, es lógico, también se preocupa de su propia seguridad y la de su familia.
Además, su hermano fue miliciano y eso lo aterra, que alguien se entere y tenga que pagar él por algo que jamás le incumbió.
Pero se ha arriesgado a contármelo igualmente, porque sabe lo que puede significar.
Se levantó, se echó agua en un cuenco y bebió con avidez. Carmen miraba a sus hijos con expresión indefinida y ellos mantenían los ojos fijos en el fuego, sin decir una palabra.
—Ayer, como el que no quiere la cosa, me llevó a la trastienda con la excusa de que viera una grieta en uno de los muros del almacén y allí me lo dijo.
José corre peligro. Me aseguró que los que habían hablado no eran los delatores, había un tercer hijo de perra que se lo había contado a esos dos.
Tal vez, incluso, lo hubieran dejado caer allí para que Luis me avisara; en estos tiempos ya no sabes quién es tu amigo y quién el enemigo.
—¿Y qué vamos a hacer? ¿No se ha sufrido ya suficiente con esta maldita guerra? —sollozó Carmen, levantándose para llenar otro cuenco con la jarra—. ¿Esperaremos hasta que...?
No pudo seguir, las palabras se le hicieron un nudo en la garganta y un profundo llanto arrasó con su entereza.
Se apoyó en la mesa con las dos manos y bajó la cabeza.
De inmediato, los tres hombres la rodearon y la obligaron a sentarse.
Manolo se arrodilló junto a sus piernas y la acarició.
José se puso por detrás y colocó las manos en sus hombros, y su marido, menos afectivo, ahogado en su timidez, se colocó a su lado.
—Tiene que irse, madre —sentenció al fin su hijo mayor.
Las palabras sonaron pesadas, injustas, dolorosas. Fueron palabras que quemaron al rozar el aire, que abrasaron en los oídos ajenos, palabras que arrastraban abuso, miseria, impotencia.
José, su pequeño, su niño, tan tímido como el padre pero igual de bueno que él.
José, que no había matado una mosca en su vida, que se salvó de la guerra porque no veía bien, José, el que siempre tenía miedo, el que ponía las manos en sus hombros para protegerla; ese muchacho, que era su hijo, sin saber por qué, como producto de la maldad humana, ¿tenía que dejar su hogar?
El llanto arreció y entre balbuceos logró hacer la pregunta que rompía su corazón.
—Pero ¿adónde irá que no esté en peligro?
—Tranquilízate, mujer. Ya lo hemos pensado todo.
Carmen hizo un esfuerzo por esconder su fragilidad, su miedo y su dolor. Se secó las lágrimas con la manga del vestido y alzó la cabeza intentando demostrar un valor que no poseía.
—¡Habla, marido!
—Saldrá mañana para Madrid a visitar a su hermana Paola. Eso es lo que tienes que decir a todo el que te pregunte. Pero no con esa cara. Tienes que fingir, Carmen, y fingir bien. Estás contenta porque te traerá noticias de tu hija, en ello va su seguridad.
La madre asintió decidida.
—Por eso no te preocupes, lo haré bien.
—Pero él no irá a Madrid, se quedará en las montañas con mi amigo Leandro, el de la leña.
—¿Y nos podemos fiar de él? —inquirió Carmen con angustia—. ¿No nos traicionará si ve las cosas mal?
—Es un tipo de palabra. Además, ya sabes lo que le ocurrió a su familia; no puede ver a los civiles, y todo lo que pueda hacer para tocar los cojones lo hará, estoy seguro.
José permanecerá allí escondido —continuó— y veremos si aquí hay algún movimiento.
Si pasa el tiempo y no aparece nadie, bajará de la montaña como el que regresa de ver a su hermana y ¡santas pascuas!
En caso contrario, planearemos alternativas.
Su madre asintió recuperando las fuerzas. Y con la voz más calmada, apretando la mano del hijo que se apoyaba en su hombro, preguntó a su marido:
—No le pasará nada, ¿verdad?
—Sabes que me dejaría cortar en pedazos antes que permitir que le pasara algo a mi hijo.
Carmen asintió.
—Madre —la voz de José rasgó el silencio—, mañana salgo para Madrid a ver a Paola, a darle noticias de su hija, de usted, de toda la familia. Si necesita ayuda, me quedaré allí una temporada. Una casa donde no hay un hombre, puede resultar peligrosa.
Ella asintió de nuevo sin pronunciar una palabra, sobrecogida y temerosa.
—Estaré bien —continuó ahora susurrando, como si las paredes pudieran oír—. Nadie conoce como yo estas montañas.
Después apretó los brazos en torno a ella y la besó en la nuca. Carmen sollozaba en silencio con la inseguridad que da el miedo.