Vientos de ira 12
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Paz, antes llamada Paola, se acopló sin dificultad a la familia que formaban sus abuelos y tíos.

Manolo era su preferido, su tío del alma, la figura del padre que ya no recordaba.

Sentada en sus rodillas, escuchaba los cuentos que este inventaba para ella, paseaban de la mano hasta la cruz que estaba en el cruce de caminos al final del pueblo y preguntaba sin cesar todo lo que se le venía a la cabeza.

Él contestaba con paciencia y cuidaba de su sobrina con un mimo infinito, porque reconocía en su rostro las trazas de la tristeza.

Mamá, sus hermanos o su vida en Madrid habían desaparecido de su vocabulario, de esa forma que tienen los niños de sobrevivir a las tragedias.

Ayudaba a su abuela a hacer las tareas de la casa como un botones que a todo decía que sí.

Era disciplinada y siempre atenta a lo que le pedía Carmen.

No se quejaba y afrontaba con voluntad de hierro cada nuevo aprendizaje.

Y sin sentirlo, lentamente pasaba el tiempo y la vida iba tomando tintes de fingida normalidad en aquellas tierras.

Una noche, sin embargo, la familia se despertó cuando unos golpes aporrearon el portón de entrada. Hacía poco tiempo que se habían acostado, pero aquel sonido heló la sangre de jóvenes y adultos. Los golpes se repitieron, esta vez acompañados de una voz profunda que gritaba.

—¡Abran ahora mismo a la Guardia Civil!

Marcial saltó del lecho como un resorte y se dio de bruces con su hijo Manolo, que salía a la carrera a abrir la puerta. Enseguida entraron al patio dos parejas de guardias con sus fusiles al hombro.

—Buenas noches —se oyó la voz acobardada de Marcial; una visita de la Benemérita no era plato de buen gusto para nadie—. ¿En qué podemos ayudarles?

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire templado de la noche. Las casas vecinas también tenían visita y se oían aquí y allá sonidos, gritos, portazos...

—¡Apártense inmediatamente!

Los civiles no dieron ninguna respuesta, entraron como una tromba en la casa y comenzaron a revisarlo todo.

Carmen estaba sentada en la cocina con Paz en los brazos y su hijo José, que apoyaba las manos en los hombros de su madre como muestra de protección.

Ya sabían de qué se trataba. Era una requisa, habían oído hablar de ellas en el pueblo.

Marcial y Manolo se reunieron con ellos y encendieron unas velas.

Poco a poco, en la cocina, los guardias fueron amontonando la mayor parte de las reservas alimentarias de aquel hogar: garbanzos, judías, carne en salazón, harina, semillas.

.. Todo lo que salvaría a la familia de pasar hambre en los próximos meses estaba allí apilado.

Carmen sollozaba quedamente y Paz la miraba sin comprender.

—Abuela, ¿qué están haciendo...?

—¡Chis! —la silenció Manolo, poniéndose un dedo en los labios.

Los cuatro agentes empezaron a cargar todo para dejarlo en la puerta, donde más adelante lo recogería un camión que en esos momentos estaba aparcado en la plaza, junto a la iglesia.

—No se lo lleven todo —rogó el abuelo de pronto—, tengo una nietecita que...

—¡Silencio! —gritó uno de los guardias, que ya había echado mano al arma y miraba a todos con despiadada antipatía—. La patria necesita de los sacrificios de los españoles. ¿Acaso no estáis dispuestos a renunciar a esta pequeñez en pos de una España grande y libre?

Sin que Manolo lo pudiera impedir, su padre insistió rogando clemencia hacia una familia que se enfrentaría a los próximos meses sin reservas, con una niña que apenas se había recuperado de los rigores del hambre en Madrid.

Hablaba sollozando y con la vista en el suelo, como quien se dirige a un dios.

Su mujer lo miraba asustada, pero no dejaba de sorprenderla su valentía, aun con los ojos cargados de llanto.

Superando el miedo atávico que todos masticaban, él, una vez más, salía en defensa del clan.

El guardia lo miró con desprecio y, antes de que terminara su súplica, le dio un fuerte golpe con la culata.

—¡Calla ya, joder! Pareces una plañidera. Menos llanto y más trabajar, hijo de puta. A mí me importa un huevo lo que comáis. Estas son las órdenes y no quiero escuchar una palabra más.

Marcial cayó de rodillas al suelo, sujetándose la cabeza, de la que empezaba a gotear un poco de sangre.

Carmen ahogó un grito, se tapó la boca con las manos, soltó a Paz y se lanzó a ayudar a su marido.

La niña, sin que nadie se percatara de su movimiento, se abalanzó sobre el guardia y le dio una patada en la espinilla, que suscitó más sorpresa que dolor en aquel hombre insensible.

Se le demudó la cara, se crispó su gesto e iba a devolver el golpe, cuando Manolo se puso por medio.

—Discúlpela, es solo una niña —dijo, pero en vez de utilizar el tono sometido de su padre, le habló mirándolo a los ojos, imperturbable, y la tomó en brazos, retirándose inmediatamente de su campo de actuación.

El sujeto los miró un instante contrariado, decidiendo si merecían un correctivo, pero en ese momento entró otro compañero y torció el gesto ante la escena.

—¿Qué ha pasado, Ruiz?

—Nada, señor. Son estos muertos de hambre, no les parece bien apoyar a la patria. —Y se puso firme, muestra clara de que el otro era un superior.

—No es eso, señor —se oyó la voz de Marcial, que insistía ante el pánico que crecía en los demás, mientras se levantaba con un trapo taponando la herida; un trapo que le había dado Carmen y que se teñía por segundos—, simplemente rogaba que nos dejara algo para no morir de hambre.

El recién llegado miró al tal Ruiz con cierto aire de desaprobación, algo prácticamente imperceptible, pero que el otro comprendió sin duda.

—De aquí ya no nos llevamos más, el camión está lleno. Sal y reúne a todos en la plaza. Nos vamos.

—Pero, señor...

—¡Ruiz! ¿Pretende decirme lo que tengo que hacer? —Las palabras salieron como cuchillos de aquellos labios y achantaron visiblemente a su subordinado, que miró a Manolo con los ojos enrojecidos por la rabia.

—¡No, señor! ¡A sus órdenes, mi teniente!

Y salió sin decir una palabra más. El teniente miró a Marcial, cuya sangre goteaba ya por la muñeca, y estuvo tentado de decirle algo. Ruiz era un animal desbocado y extremista, pero lo pensó mejor y se dio la vuelta con un gesto de indiferencia.

—Que tengan buenas noches. ¡Viva España!

—¡Viva! —se obligaron a contestar sin ninguna convicción.

Se oyó el portón al cerrarse. Durante unos segundos, todos se mantuvieron en silencio. Marcial suspiró y aquello fue como la señal para que el mundo volviera a girar.

—Trae que te mire eso. —Carmen se acercó a su marido, dispuesta a curarle la herida. Se estaba haciendo mayor; en realidad, ambos estaban envejeciendo prematuramente.

Manolo mantenía un gesto hosco, la mandíbula apretada, los puños crispados. De buena gana habría tumbado de un puñetazo a aquel despreciable sujeto que se escondía tras un arma. Su madre lo observó un segundo.

—Guarda esa rabia para buscar la solución. Contra esos solo podemos perder. Y tú, Paz, ¿se puede saber en qué estabas pensando para dar una patada a ese señor? ¿Desde cuándo se dan patadas a las personas mayores?

—Hizo daño al abuelo —contestó con contundencia la niña, cuyos ojos resplandecían acuosos a la luz de las velas.

—No vuelvas a hacerlo, ¿me has entendido?

—Pero, abuela, ese señor es malo y...

—¡No hay peros que valgan! Estas son cosas de mayores.

Paz miró con el ceño fruncido a la abuela y no dijo nada. No pensaba hacerle caso. El abuelo no había hecho nada malo y ese señor horrible lo había golpeado; iría al infierno de cabeza, seguro.

Guardaron lo poco que les habían dejado y volvieron a acostarse de nuevo. Fue una noche larga, llena de sueños y despertares, de pesadillas y desvelos, donde unos personajes malévolos con trajes extraños habían contaminado la paz de un hogar cuyas gentes no habían hecho daño a nadie.

A la mañana siguiente, Manolo, Marcial y José ya tenían un plan, el mismo que muchas familias antes que ellos habían trazado: la construcción de un lugar secreto para asegurarse de que no los expoliaban de nuevo.

El problema era dónde ubicar ese refugio porque, cuando no encontraban nada, los guardias civiles buscaban y buscaban hasta dar con el escondite, y entonces había represalias.

Manolo dio con la solución: en el sobrado.

Era un espacio bastante grande, oscuro y de difícil acceso, donde podían dejar parte de sus bienes fuera, sabiendo que no podían contar con ellos, y hacer una doble pared que escondiera el resto.

Estaba tan a la vista que era imposible que los guardias imaginaran que se habían atrevido a engañarlos tan en sus narices, y los olores no podrían delatarlos porque se mezclarían con los de las cosas que estaban a la vista.

Su padre estuvo de acuerdo y a ratitos, sin comentarlo con ningún vecino, procurando hacer poco ruido y siendo discretos con los materiales, trabajaron en ese espacio secreto que en un par de semanas estuvo acabado.

Cuando subió Carmen, no podía creerse que allí hubiera nada; en un lugar tan extenso, era muy difícil descubrirlo.

Abrazó a su marido y dio un beso a cada uno de sus hijos.

Cuando en diciembre mataran al cerdo que estaban criando, podrían quedarse con gran parte de los productos que les darían cobertura casi todo el invierno, si lo gestionaban bien.

Por fin, respiraban más tranquilos en su creencia de que todo estaba a buen recaudo.

A Paz no le dijeron nada; ya se sabe cómo son los niños con estas cosas y una palabra fuera de lugar, un gesto o cualquier signo que pudiera inculparlos se convertiría en algo muy peligroso.

Durante aquellos días de construcción, la niña había tenido prohibido acercarse, pero cuando todo estuvo terminado, pudo volver a subir con el permiso de sus mayores.

—Abuela, ¿qué meriendo hoy? —llegó saltando una tarde.

—Sube y coges un dedo de chorizo, pero un dedo solo, ¿eh?