11 #2
Pablo le indicó que callara, allí hasta el más nimio grano de arena tenía oídos.
—Siempre serán los mismos los que han de sufrir —continuó con amargura, a pesar de la mirada contrariada de su amigo.
Poco después habrían de mudarse al nuevo campamento, pero las notas de aquel dolor quedaron impresas en el aire, prendidas de las estrellas, cruzando la oscuridad, como una premonición, hacia lugares desconocidos.
Aquella noche, no obstante, el silencio fue mucho más pesado y melancólico.
Nadie quería pensar qué les depararía esa situación, pero lo que todos sabían —y no querían verbalizar— es que se habían convertido en un gigantesco problema para cualquier nación.
Los malos augurios sobrevolaron los sueños.
Manuel y Pablo salieron y se sentaron cerca de la alambrada. Todavía parecían repiquetear los sonidos metálicos de la pesadumbre. Pablo rebuscó en sus bolsillos y encontró su anhelado tesoro: aún les quedaba un poco de tabaco. Se liaron un cigarrillo y, de espaldas al mar, fumaron en silencio.
—Tenemos que ser vivos —dijo por fin Pablo, pasándole el cigarro a su amigo.
—¿Vivos? —El miliciano se rascó la cabeza, no sabía si eran piojos o el salitre que apelmazaba su cabello.
—Listos, rápidos, inteligentes... ¿Algún sinónimo más?
Estaba pensando en cuando vayamos al nuevo campamento, hay que tener claro lo que hacer.
Aunque todos estos —y señaló la noche fuera de las alambradas— quieran ordenar el traslado, mucho me temo que si se desborda la cosa se van a echar a un lado.
Total, si nos matamos, se acaban los problemas para ellos.
—Pero hasta...
—¿Qué andáis haciendo por aquí? —Sonsoles surgió de la oscuridad con una manta raída sobre los hombros y cortó lo que iba a contestar Manuel.
—Anda, mujer, ve con los niños. Si se despiertan... —Pablo miró a su esposa, incómodo.
—No podía dormir. Los niños están derrotados, ellos ni se dan cuenta de lo que pasa; se acostumbran a todo.
Esta mañana he pillado a Pepín y a Jesusín haciendo muecas a un gendarme.
Se han puesto tan pesados que han hecho reír al guardia y les ha regalado un trozo de pan duro.
Venían partiéndose de risa con su botín.
No se dan cuenta de que ese era un buen hombre, otro les habría soltado un bofetón o algo peor.
En realidad, Sonsoles seguía contagiada de nostalgia y no quería estar sola. Nubarrones cruzaban por su mente. Su marido aceptó su presencia sin decir una palabra más y ella se sentó en el suelo junto a él.
—Dicen que nos iremos dentro de poco al nuevo campamento. ¿Viviremos mejor? —Necesitaba romper el silencio que le hacía sentir que no era bienvenida.
—No —fue la escueta respuesta de Pablo. Lo pensó mejor y continuó—: Pasaremos algo menos de frío, algo menos de hambre y poco más. Estamos construyendo barracones como los que ves ahí fuera, letrinas y algunos sitios para cocinar. A partir de ahí, lo que nuestra imaginación sea capaz de concebir.
—Dicen que si tienes familiares en Francia puedes salir de aquí, solo es necesario que te reclamen o vengan a por ti.
Los dos hombres se volvieron a mirarla y ella siguió mirando al frente.
—¿Qué andas tramando, Sonsoles? ¡Que te conozco! Nosotros no conocemos a nadie en este puñetero país.
—No tramo nada, Pablo, ¡nada! —se indignó—. Pienso y pienso y no dejo de pensar en cómo salir de este vertedero.
—¡Chis! No levantes tanto la voz. A nadie le importa lo que decimos.
Sonsoles ya no pudo más y se echó a llorar. La tristeza había quedado anclada en su corazón y había abierto una vía por la que los sentimientos se le escapaban a raudales.
—Yo... yo no sé si puedo con esto... Esto —balbuceó entre hipos— no es vivir, esto es esperar a morirse de alguna manera horrible.
Los niños están sucios, tísicos, se les notan las costillas.
Son unos golfos que roban lo que pueden, son pendencieros, imprudentes.
Tengo que estar todo el día encima de ellos y. ..
Las palabras se quebraron en sus labios y dejó de hablar.
Puso la cabeza contra las rodillas, que recogía con los brazos, y dejó a su desesperación desbordarse.
Pablo la abrazó e hizo que se apoyara en él.
Sintió sus huesos clavarse en su cuerpo y fue consciente de los kilos que había perdido, del deterioro de aquel cuerpo que un día fue el de una gran dama.
Un sentimiento de culpa le recorrió la espalda.
—Tranquila, cariño, tranquila. Todo se arreglará, te lo juro. Buscaré la forma de que salgamos de aquí. De momento, ten paciencia.
Manuel se incorporó —sobraba en aquella escena—, pero antes de que se diera la vuelta, Sonsoles lo retuvo con una mano.
—Espera un segundo. —Se secó los ojos con rabia—. Lo que os tengo que contar... no sé cómo decirlo...
La sangre se les heló en las venas, pero ella no lograba encontrar las palabras. Titubeó una vez más y Pablo terminó por impacientarse:
—¡Habla, mujer! ¿Qué ha pasado?
—Hoy he tenido un problema —dijo por fin.
—¿Qué clase de problema? —preguntó su esposo entrecerrando los ojos y tratando de vislumbrar con claridad el rostro de su mujer.
—No sé si hago bien en contarlo. Ha sido tan... tan desagradable...
—¡Sonsoles! —Pablo se desesperaba, cogía montoncitos de arena y dejaba que se escaparan entre sus manos.
—Esta tarde, mientras estabais trabajando, me ha perseguido un hombre cuando trataba de orinar. Ha tratado de... ya sabéis.
—¡Me cago en...! ¿Quién es ese hijo de la grandísima puta? —Se levantó como un resorte. Manuel le puso la mano en el brazo y le pidió silencio.
—¿Lo conoces? —susurró el miliciano.
—Ese es el problema —contestó Sonsoles—. Yo creo que lo ha hecho para provocaros, era uno de los que acompañaban al tal Eusebio.
Pablo se zafó de las manos de Manuel con cierta violencia y caminó hasta casi rozar el agua.
—¡Maldito hijo de puta! ¡Será cobarde y malnacido!
—rugió. Se dio la vuelta y a grandes zancadas alcanzó a su amigo y, encarándose con él, negó con energía—.
Esta vez voy a cortarle las pelotas a ese cabrón.
Por mis padres, que están bajo tierra, que voy a acabar con todo esto.
¡A mi mujer ni mirarla! Fíjate lo que te digo, lo ahorco con mis propias manos. ¡Ahora mismo va a saber...!
Manuel se levantó, lo miró y le dio unos golpecitos en la espalda con cariño.
Pablo estaba indignado. Iba a volver a hablar, pero su compañero se lo impidió.
Sonsoles asistía a la escena sin saber qué decir, preguntándose si había hecho lo correcto o quizá hubiera sido más prudente callar y ser más cautelosa.
—Eres una persona de innegable cultura, amigo, pero muy poco estratega —comenzó el miliciano—.
Deja toda la rabia salir por tu boca, patea la tierra si con eso te vas a sentir mejor, pero no seas ni tan ingenuo ni tan estúpido de caer en la trampa de un cobarde de tres al cuarto.
¿Tú crees que no ha sido algo premeditado?
¿Crees que no ha sido una provocación, como ha dicho tu mujer?
El otro día Eusebio tuvo que irse con el rabo entre las piernas.
En este lugar, donde lo único gratis son las palabras, habrán surgido los rumores de que hay otro gallito en el corral y eso no es bueno para su negocio.
—Pero es mi familia. —Pablo recalcó el «mi» con fuerza—. Mi familia y mi mujer.
—¿Y por qué cojones crees que no la toma conmigo? —inquirió Manuel, molesto—. ¿Por qué cojones ha ofendido a Sonsoles?
Pablo calibró aquellas palabras, pero no contestó.
—Yo no tengo nada que me pueda quitar, ¿no lo entiendes, cabezota? La única manera de joderme, de que después de ti caiga yo, es esa. Empezar por el eslabón más débil. ¿En serio crees que si hubiera querido no la habría forzado? Conocemos casos todos los días. ¿No es así?
Se dio la vuelta y miró a la mujer que, derrotada, perdía los ojos en el infinito de un mar que apenas se vislumbraba.
—Tiene razón —dijo ella al fin—. Me ha asustado y después se ha ido. No hubiera podido hacer nada más que chillar, si él hubiera querido.
—Pero...
—Escucha lo que tiene que decir el miliciano.
—Sonsoles continuaba con la vista perdida en una oscuridad interminable, su voz cargada de amargura y derrota—.
Tú eres un buen hombre, todo corazón y coraje, pero no has hecho más que repartir cosas por los frentes.
No dudo de tu valor, marido, pero él sabe más de estos asuntos.
Pablo se dejó caer en la arena ofendido, resentido, humillado.
Miró al suelo y se dispuso a escuchar al que parecía resolverlo todo en aquella familia, quien traía el alimento, quien los defendía, quien jugaba con sus hijos.
.. ¿Qué demonios pintaba él allí? Manuel lo observó un momento y casi pudo escuchar el rumiar de sus elucubraciones y la desazón de sus inseguridades.
No era su intención, de ningún modo, menospreciarlo, pero tampoco quería perderlos.
Prefería su desdén vivo que su gratitud muerto.
Aun así, trató de dulcificar sus palabras.
—Pablo, amigo, sé lo que estás pensando —comenzó.
—¡No tienes ni puta idea!
—Es tu familia. Si prefieres hacerlo a tu manera, me voy a dormir y punto. Por nada del mundo quisiera que pensaras que te estoy faltando al respeto.
—Pues lo haces. Yo soy el cabeza de familia y siempre he cuidado de que estuvieran bien —contestó con acritud.
Manuel se giró hacia él.
—Como quieras. Si puedo ayudarte, me lo dices.
El militar vio el terror en los ojos de Sonsoles, pero su estrategia no podía imponerse por la fuerza; eso Pablo no lo permitiría nunca. Debía mascar su rabia primero y dejar a su mente trabajar después.
—¡Espera! —cedió el hombre al fin. Sonsoles emitió un suspiro y él la miró enfurruñado.
Después se dirigió al militar—: Yo no he dicho que te vayas, podemos hacer esto juntos.
Te... te agradezco... —Se le trastabillaban las palabras porque sabía que estaba a punto de claudicar—.
Yo te agradezco todo lo que has hecho por nosotros, es solo que. ..
—Es solo que puede más tu estúpido orgullo —concluyó su esposa con disgusto.
Pablo sintió que la ira le alcanzaba las orejas y estaba a punto de responder en muy malos términos cuando Manuel se levantó de pronto e interrumpió la discusión. El matrimonio lo miró extrañado.
—Creo que por hoy ya hemos tenido bastante, es mejor irse a dormir.
Mañana veremos las cosas de otra forma y podremos pensar con claridad en cómo acabar con ese malnacido de Eusebio.
Se está volviendo peligroso, hemos desafiado su poder y, aparte de la humillación, hemos facilitado un camino que no le interesa.
Él comercia con la necesidad y la desesperación, y le va muy bien.
Necesita darnos un escarmiento para no perder su estatus y el temor que inspira en gran parte del campamento.
El matrimonio asintió. Durante unos minutos habían estado callados, rumiando cada cual sus pensamientos. De repente, Sonsoles rompió el silencio.
—Nunca pensé que llegaríamos a vivir algo así —le tembló la voz—, es horrible y creo que saca lo peor de cada uno. Nos volvemos como animales y hacemos cosas de las que jamás nos creímos capaces. Todo eso lo entiendo, pero...
—Pero ¿qué? —la urgió Pablo.
—Me pregunto qué puede ocurrirle a un hombre para llegar a convertirse en un ser tan despreciable y mezquino como ese tal Eusebio.
Quiero creer que no siempre fue así, imagino que algún día fue un niño como mis hijos y me aterra pensar que ellos puedan llegar a convertirse en un monstruo como él en el futuro.
—No pienses eso —le recriminó Pablo—. Nuestros hijos nos tienen a nosotros, tal vez ese desgraciado no tuvo tanta suerte.