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La fuerza camaleónica de los seres humanos, su capacidad de supervivencia, el desconocimiento de los límites de uno mismo eran una lección de vida en aquel campamento que, como una cuadra, albergaba animales que luchaban por seguir adelante un día más.
Se trataba de volver a los viejos orígenes, donde los instintos más bajos y las virtudes más heroicas se daban la mano en una convivencia a la que, poco a poco, todos se iban acostumbrando.
Hubo más salidas, hubo más prisioneros, hubo quien repartió y quien se aprovechó de la miseria de otros.
Hubo días en los que no paró de llover, en los que quienes tenían algo para cobijarse se mojaron un poco y los demás no dejaron de empaparse mirando con codicia unos chamizos inmundos.
Hubo quien no resistió, quien murió de frío, de hambre, de disentería, de nostalgia, de pena. ..
Pablo y Manuel se las iban apañando para mantener a la familia a flote. Pablo era de los que repartían la pobreza; su espíritu medio religioso medio comunista, le obligaba, a pesar de las intensas y dolorosas miradas que le dedicaba Sonsoles.
—Tienes una familia, Pablo, una familia que también pasa penurias. ¿Cómo se te ocurre regalar esas ramas con la falta que nos hacían?
—No te hagas mala sangre, mujer. Su hijo pequeño cayó enfermo y no puede dormir en el suelo. Nosotros tenemos bastante, no vamos a notarlo.
Manuel callaba, observaba esas conversaciones interminables, fruto del aburrimiento, y sonreía en sus entrañas mientras los escuchaba.
Era una forma de no perder la cabeza, de no pensar en lo que realmente los acuciaba: los piojos que se los comían, la humedad que les taladraba los huesos a cada instante, el rapto de la intimidad, la falta de todo lo que a un ser humano le otorga la dignidad.
En el campo repartían comida como se da de comer a los cochinos y el agua la racionaban para que no los llamaran asesinos. Se cocinaba con agua de mar —los afortunados que tenían algo que quemar para hacer una lumbre y los que habían encontrado qué poner en la cazuela—.
Todo era en conjunto, se tenía y se miraba al que tenía, se lloraba y se soportaban las horas observando al de al lado.
Se jugaba a las cartas, a las damas, a las tres en raya.
Los niños corrían jugando al escondite y las madres chillaban sus nombres; cualquier cosa a cambio de vencer la desesperación, de seguir hacia delante.
Manuel se había hecho un experto en escapadas nocturnas.
En cuanto se enteraba de una salida, él se preparaba por aquella zona de la playa que había aprendido a reconocer como la palma de su mano.
Nadie sabía cómo lo hacía y la familia lo tenía bien escondido, hasta Eusebio en cierta ocasión que se cruzó con él, le preguntó.
—¿De dónde sacas todo eso, cabrón? Yo creo que se la chupas a alguno de estos negros. —Y con un dedo torcido y mugriento indicó a los soldados senegaleses que los mantenían a raya.
Las carcajadas de sus acólitos frenaron aquella tarde plomiza, todo a su alrededor quedó en silencio, suspendido en la mirada de quienes rodeaban la escena, que contuvieron el aire.
Manuel jugaba con Jesusín a las tres en raya con una ramita entre los labios resecos.
Levantó la vista con tranquilidad, escupió la ramita y se levantó.
—¿Cuánto te pagan a ti? —se limitó a responder, y acompañó sus palabras con una sonrisa.
Eusebio lo miró con frialdad.
—Algún día te cazarán y ese día ninguno de los que proteges estará a salvo.
El miliciano dio dos pasos y se puso a menos de medio metro de él. Tuvo que bajar la mirada, ante la escasa estatura de su interlocutor, y los guardaespaldas se tensaron.
—Te lo dije una vez a solas y hoy te lo voy a repetir, poniendo por testigo a todos los que nos están oyendo.
—Hizo un barrido a su alrededor con los ojos y se detuvo en la mirada asustada de Sonsoles—.
Si tocas a cualquier miembro de esta familia, te mato.
Creo que está bastante claro. Me da igual si tardo días o años, te buscaré debajo de las piedras y te mataré como a un perro.
—Y eso, si tienes los huevos que hay que tener para pasar por encima de mi cadáver. —Pablo se había colocado al lado de Manuel—. Porque no olvides que esa familia de la que hablas es la mía.
Eusebio comenzó a dilatar la boca en desagradable sonrisilla de ratón cuando, de repente, se le heló en los labios.
Miraba a Manuel, pero sus ojos le traspasaban y se perdían más allá de su persona.
Los músculos de su cara se crisparon y en los rostros de sus matones la dureza se fue transformando en asombro primero, para tornarse en recelo después.
Pablo se dio la vuelta, confuso, y lo que vio le dejó el alma desencajada.
Tras él se encontraba Luis, su hijo mayor, armado con un palo; al lado de este el mediano, Pepín, con otro más pequeño, y finalmente Jesusín con una rama apenas.
Todos ellos se habían colocado detrás de su padre con cara de pocos amigos, dispuestos a defender a los suyos, un ejército infantil más proclive a levantar hilaridad que miedo.
Pero no era eso lo que había mudado el rostro de Eusebio y sus secuaces, sino el hecho de que, al ver el gesto de los niños, muchos más hombres y mujeres se habían congregado tras el miliciano y su compañero, un grupo que, avanzando en un silencio amenazador, hizo retroceder a los matones.
—No nos hemos dejado la vida luchando por la libertad para que tú nos la robes —surgió una voz muy cercana a Manuel.
—¡Ya vale de amenazas! —gritó una mujer de voz chillona.
—¿Te parece poca la mierda en la que vivimos, hijo de puta? ¡Vete a mamarla por ahí, mierdecilla!
—¡Por aquí no vuelvas, gilipollas! Me cago en...
—¡Calla! —le cortó la voz de una mujer—, que tú serás muy rojo, pero yo no, y en mi presencia no se blasfema, Juan.
Y con un concierto de voces que se apoyaban las unas a las otras, muchas de ellas desconocidas, sin ningún acuerdo anterior, expulsaron al matón de aquella parte del campamento.
Eusebio no se volvió a dejar ver por allí; es habitual en los cobardes huir, probablemente porque todo lo que mueve su existencia es tan material que no pueden perderlo.
Los héroes, en cambio, suelen basar su valor en metas mucho más sublimes.
No había transcurrido demasiado tiempo de aquel incidente cuando las autoridades francesas fueron conscientes de que esa playa inmunda se convertiría, si no en un foco de infección y muerte, quizá sí en un foco de problemas.
Aquellos inmigrantes pobres y hambrientos tenían muy poco que perder y, ante la situación y la inactividad, que agiliza las mentes, no era descabellado pensar que comenzaran a producirse revueltas.
Algún pequeño conato de protesta ya se había tenido que disolver con cierta violencia, por ello, y en vista de que la situación en España no era proclive a su regreso, decidieron construir lugares más adecuados a la vida de aquellos pobres infelices.
Una mañana, los soldados entraron en el campamento y se llevaron a un montón de hombres, los más jóvenes, a trabajar en la construcción de un nuevo campo más alejado de la playa.
Manuel y Pablo fueron con ellos, Eusebio y sus gorilas también iban en el lote, todos juntos para hacer su existencia ligeramente más llevadera.
Barracones y letrinas, chabolas y un mínimo resquicio de dignidad para los perdedores era el objetivo.
Para cuando regresaron, ya había anochecido.
Era una noche templada de cielo raso. La falta de luna permitía contemplar una legión de estrellas que parecían querer aplastar el mundo con sus leves resplandores.
Los hombres estaban agotados después de un duro día de trabajo y empezaban a repartirse por el espacio disponible bajo ese cielo maravilloso al que nadie prestaba atención, arrastrando los pies por la sempiterna arena que todo lo enfangaba.
Y entonces, sin previo aviso, una corneta sonó.
Al principio con timidez, para ir ganando potencia hasta convertirse en un auténtico lamento.
En esos instantes, Sonsoles estaba echando una especie de sopa sucia en unas latas vacías y quedó petrificada.
Sus hijos se pegaron a su falda y ella los abrazó.
Era un sonido solitario, amargo, doloroso; un sonido que hizo callar a la muchedumbre que atestaba aquel horrible lugar, enmudeciendo incluso al monótono murmullo del mar eterno, que por una vez se dejaba de sentir.
Todo se paró, las sombras en la noche quedaron congeladas.
Tocaba silencio, pero la vibración de sus notas rozaba las almas, removiendo las nostalgias, las penas, las pérdidas y la derrota.
Muchos miraban al suelo, muchos apretaban sus ojos entre el índice y el pulgar, y centenares de lágrimas amargas regaron aquella noche esa costa de un país que les daba la espalda, que no les había mostrado los principios de su manida Revolución.
Cuando dejó de sonar y apenas una última nota se desvanecía en la noche, de las sombras volvió a surgir una voz, desconocida; una voz cimbreante y profunda:
Los campos heridos de tanta metralla,
los pueblos sangrantes de tanto dolor.
Y a ella se unieron otras muchas voces en una marea melancólica que sonaba desgarrada, arrullada por los acordes de la derrota:
Y los campesinos, sobre la batalla,
para destrozar al fascismo traidor.
Entonces se oyó el suave sonido de la corneta que completaba el coro.
Dejando el arado tirado en la tierra,
tomando el fusil para pelear.
Y la tristeza entrelazó a los hombres y mujeres que ya difícilmente podían contener la pena.
Marchamos alegres hacia las trincheras,
para que en España haya libertad.
Somos campesinos.
Hoy somos soldados...
Y todas las voces al unísono, susurrantes, sin estridencias ni gritos, terminaron la canción que se agotó lentamente, como un animal herido que pierde el aliento.
—¡Cuánto engaño! —susurró Manuel—. ¡Cuánta mierda escondida tras los ideales!