Vientos de ira 10
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El día en que Paola llevó la imagen a su casa, María estuvo en penitencia, toda la noche en vela con el rosario en la mano.

Leocadio, en la habitación marital, roncaba quedo.

Él se sentía efectivamente contrariado por no poder concebir un hijo al que dejar sus negocios, pero no compartía con su mujer esa obsesión enfermiza por la maternidad; si Dios no les concedía la gracia de tenerlo, habría que amoldarse a vivir sin él. Nada más.

Cuando Paola regresó a la mañana siguiente para recuperar la figura, el rostro de la señora de Palomeras del Viso no solo mostraba su innata melancolía, sino unas ojeras violáceas que hablaban de su sufrimiento y su insomnio.

Paola se percató de aquel detalle, pero se limitó a entrar en el salón y recoger la imagen sin hacer apenas ruido.

Sin embargo, cuando salía por el pasillo, María la llamó y le instó a que pasara nuevamente por la cocina.

Ella la miró sin comprender, no se lo podía creer, aún tenía gran parte de lo que había recibido el día anterior guardado a buen recaudo.

—¿Quiere tomar un poco de caldo? —quiso saber la señora—. Hoy el día está frío y seguro que aún tiene que caminar mucho.

Paola asintió y dejó la imagen sobre la mesa. No había rastro de la criada. María puso a calentar un puchero e inmediatamente un aroma a pollo inundó su nariz. Llenó un tazón y lo puso frente a ella.

—Venga, siéntese y tómeselo tranquila. —De una alacena sacó un trozo de pan y se lo tendió.

Pero Paola se sentía mal, una traidora; su hija estaba en la calle con aquel frío mientras ella se tomaba un exquisito caldo con pan.

Por un momento se planteó bajar a buscarla, que fuera su hija y no ella quien disfrutara de aquel manjar, pero concluyó con tristeza que era tentar demasiado a la suerte, arriesgarse a ofender a aquella señora y que no volviera a darles comida o, peor aún, que considerara su actitud descarada, lo comentara con otras señoras y perdiera el empleo.

Se quedó inmóvil mirando ese caldo que olía a pasado y a nostalgia.

—¿No le gusta? —preguntó la señora de Palomeras del Viso, mirándola sin comprender.

—¡Oh, sí! Por supuesto. Pensaba en mis hijos. No acabo de sentirme bien aquí comiendo mientras ellos pasan hambre. Entiéndame bien, no pretendo ser desagradecida, quiero decir que usted no tiene por qué...

Las palabras estaban saliendo de su boca sin orden ni concierto, no quería que aquella mujer se enfadara y no volviera a darle nada para su familia, pero al tragar se le hacía un nudo en la garganta mientras pensaba en el pequeño Adrián, en lo bien que le vendría un poco de aquel caldo.

—¡Sus hijos, claro! ¡Qué desconsideración! Pero no sé cómo hacer para que pueda llevarse caldo...

—No se preocupe, ya hizo bastante ayer...

—Espere, mientras toma eso, voy a prepararle otro paquete para los niños. ¿Cómo se llaman?

—Carmencita, Paola —se le quebró la voz— y Adrián, el más pequeño. ¿Usted no tiene hijos?

La joven se paró en seco, un ademán que Paola comprendió inmediatamente. Acababa de meter la pata.

—Perdone, no es asunto mío. Siento si he sido...

—No se preocupe —la interrumpió la otra mujer, dándose la vuelta—. Es algo que duele, pero no es culpa suya. Dios no tiene a bien concederme el tan anhelado bebé.

—No tiene de qué preocuparse, ya llegará; es usted aún joven.

—Perdí a mi primer hijo —explicó María con voz temblorosa—. Era un niño. Sufrí un aborto a los tres meses más o menos, aún no se lo había contado a nadie y, desde entonces...

—Comprendo. —Paola sintió una enorme lástima por ella y se arrepintió de su ira del día anterior.

Ella tenía unos tesoros mucho más importantes que todo el dinero de aquella casa, unos tesoros que no se compraban con riquezas.

Estaba segura de que la señora de Palomeras del Viso estaría dispuesta a pagar lo que fuera con tal de ser madre, algo tan simple para ella.

—Sé que es difícil de entender para alguien con hijos —repuso María al malinterpretar su silencio—.

Soy un fracaso como mujer, como esposa y como la madre que nunca seré.

—Y las lágrimas se deslizaron serenas por su rostro, como si estuvieran acostumbradas a aquel ritual, como si no fueran más que gotas de lluvia que se desbordan sin voluntad.

—No diga eso, señora. —Paola se levantó, había terminado de tomarse el caldo y le puso una mano sobre el antebrazo, dando un leve apretón—.

No pierda la esperanza. Todos tenemos problemas en estos días, pero la vida va y viene, los días son de diferentes colores y todo acaba por ser, a pesar de nuestros deseos.

Usted no consigue ser madre, yo no soy esposa; mi marido está desaparecido.

Y aun así soy afortunada. Hay quien ha perdido hijos, padres o a ellos mismos en esta maldita guerra. No pierda la esperanza, en serio.

María se secó los ojos y Paola pensó que había hablado de más y se maldijo por ello; había sido muy imprudente. No le cabía duda de que el marido de aquella mujer se codeaba con los ganadores y ella era la viuda de un perdedor.

Pero no pudo ponerle remedio a su error, porque en ese instante sonó la puerta y la joven señora se apresuró a coger el paquete y a meterlo bajo la lona que cubría la imagen, indicando que había acabado su conversación. Se despidió citándola para la semana siguiente.

Cuando Paola salía de la cocina se encontró con Herminia, la criada, que la miraba con desprecio mientras se hacía a un lado para que pasara, sin saludarla siquiera.

Miró sus manos desnudas e hizo un gesto de asentimiento, como si hubiese estado temiendo que la señora le hubiera dado nuevamente un paquete de comida.

«Jódete», pensó Paola.

Y bajó las escaleras con un sentimiento agridulce en la comisura de los labios.

No debía confiar en aquellas señoras que hoy te hablan y mañana te denuncian; tenía que ser más cautelosa.

Escuchar y callar, esa era la máxima. Sin embargo, en el fondo de su alma, creía reconocer el dolor en las entrañas de la señora de Palomeras, y le pareció sincera.

Arrastraba una pena tan profunda que no le dejaba vivir.

Salió a la mañana gris y gélida de un Madrid que se desperezaba del horror como podía.

Carmencita echaba vaho en sus manos y saltaba de un lado a otro para quitarse el frío.

De sus zapatos rotos sobresalía un pedazo de calcetín grisáceo.

Sonrió al verla llegar, mientras su madre notaba la culpabilidad haciéndose hueco en su estómago repleto de caldo.

Sintió náuseas, pero al apretar el paquete que sostenía bajo el manto de la Virgen, consiguió controlar el arrepentimiento que revolvía sus entrañas.

Siguieron su camino mientras un cielo plomizo y callado se desvanecía en llanto. Finas gotas, apenas perceptibles, empezaron a caer con la suavidad que anuncia la tristeza.