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La capital iba volviendo a una crispada normalidad cargada de represalias.
Con esa tradición del clientelismo que ya había impuesto siglos atrás el Tribunal de la Inquisición, los odios viscerales que unos vecinos sentían por otros llevaban a las delaciones constantes.
Y quienes no lo hacían movidos por el odio, lo hacían para evitar, a su vez, que los denunciados fueran ellos.
Había que demostrar ser el más adicto al régimen, gritar los vivas a Franco con mayor fuerza, pero, sobre todo, había que borrar cualquier mancha que en el pasado más reciente pudiera tener ni siquiera un tono políticamente rojizo.
Tras la casa de Paola, cerca del arroyuelo, entre las dunas de cascotes y tierra, algunas noches se oían disparos y motores; sin embargo, nadie comentaba absolutamente nada sobre aquellas incursiones de la parca.
Había cientos de encarcelados, muchos de ellos condenados a muerte, pero también eran un secreto a voces los llamados «paseíllos», grupos de hombres y mujeres sacados de sus casas, de sus camas, arrancados de sus familias, que desaparecían sin dejar rastro.
Había que dejar bien limpios los cimientos sobre los que construir la nueva nación.
Es lo que tienen las dictaduras, que no admiten a quien las contradiga.
Y Adrián seguía sin volver, sin dar señales de vida, ni una carta ni un recado con algún compañero.
Nada de nada. Paola se dejaba la vida para tirar de la familia, sus horas se multiplicaban por cien para poder salir adelante, pero en la soledad de la noche, cuando su cabeza caía rendida sobre la almohada, lloraba en silencio su pena, la amargura de una verdad que se negaba a sí misma con la misma cabezonería con la que buscaba comida.
Sus vecinas sabían que, si Paola no dejaba atrás esa obsesión, el dolor por la desaparición de su marido sería para siempre un punto y seguido que jamás se convertiría en final.
Y mientras tanto, el hambre seguía campando por la ciudad como un ave carroñera, y la familia de Paola no era una excepción a esa norma.
Carmencita salía con su madre todos los días en busca del sustento, que unas veces se materializaba y otras no.
Cuando las gallinas famélicas ponían algún huevo, ambas se apostaban en cualquier esquina y los vendían a buen precio o los cambiaban por otros productos.
El llamado «estraperlo» señoreaba a sus anchas por la urbe y, aunque estaba penado con cárcel, a Paola pocas cosas ya le alteraban el pulso.
Su hija vigilaba, tenía un sexto sentido para descubrir, entre los transeúntes aparentemente iguales, a aquellos que escondían una amenaza y, con un sistema de señas, se comunicaba con su madre.
También seguían llevando la imagen de la Virgen de unas casas a otras para obtener unas míseras propinas, que Paola se veía obligada a agradecer como si fueran de oro macizo.
En aquellos hogares donde no había apreturas ni necesidades, la trataban como a una sirvienta: entraba por detrás, después de dejar a la niña aguardando en la calle, y esperaba pacientemente a que las señoras hicieran sus rezos y peticiones mientras los aromas de las comidas que se guisaban en las cocinas la hacían babear.
Y era en aquellos instantes cuando una rabia sorda subía desde sus entrañas y tenía que calmarse tragando saliva varias veces seguidas.
La crueldad y la injusticia de aquella desigualdad rebelaban su corazón.
Sus hijos llorando por las noches, sin nada que llevarse a la boca, y aquellos otros niños nadando en la abundancia. En algo se había equivocado.
Cuando salía con la imagen a cuestas, agradeciendo una propina ruin, miraba la cara de la Virgen y controlaba sus ganas de estrellarla contra cualquier esquina. «Tú no has podido ser madre —pensaba—; si no, no permitirías todo esto».
Fue en una de aquellas frías mañanas de finales de invierno cuando Carmencita y Paola se dirigieron a casa de los señores de Palomeras del Viso con la Virgen a cuestas.
Una nueva dama más que se había unido al grupo de las santurronas de la tripa llena.
Madre e hija iban recogiendo, como siempre, cualquier cosa que quemar, para poder calentarse, o que fuera posible vender.
—Espérame aquí sentada, no te muevas y no hables con nadie. Enseguida vuelvo —dijo Paola.
Dejó a la niña y se internó en un espacioso portal que unos obreros restauraban para quitar los recuerdos de los impactos de balas.
Un portero le salió al paso de muy malos modos al ver su aspecto, pero cuando vio a la Virgen se santiguó y, con cara de malas pulgas, le indicó una escalerilla estrecha que salía de un lateral. Ni siquiera saludó.
—Segundo izquierda.
Paola subió con la pesada imagen unos escalones empinados, desiguales y oscuros. Llegó con el corazón desbocado a una puerta gris con aldaba. Dio tres golpes. Oyó unos pasos presurosos y la mirilla dejó ver un ojo que la escrutaba.
—¿Quién es? —preguntó la voz.
—Traigo a la Virgen para la señora de Palomeras del Viso.
Un silencio, unos susurros y un cerrojo al descorrerse. La puerta se abrió y ante sus ojos apareció una mujer enjuta, de rostro serio y mirada indiferente.
—Sígame —fueron sus únicas palabras.
Paola la siguió por un pasillo y desembocaron en una espaciosa cocina que tenía una enorme mesa en el centro, que de inmediato le recordó otra cocina en la que había servido hacía muchos años, quizá en otra vida.
A su mente acudieron muchos rostros olvidados que la llenaron de añoranza.
Doña Matilde, el ama de los Ruiz de Villanueva, y su eterno trapo en la cintura; esa mujer que tanto hizo por ella.
Manuelín, su amigo, su confidente, apenas un muchacho entonces.
Se acordó de Julián, el chófer, e incluso sintió cierta nostalgia al recordar a Paca, aquella mujer ahogada en maldad y envidia que tanto la hizo sufrir.
Los recuerdos amagaron con abalanzarse sobre su corazón como un alud, pero ella los contuvo.
Dejó la imagen, que amenazaba con caerse sobre el tablero, y se frotó las manos.
La mujer salió de la cocina y la dejó allí sola.
Paola miró en derredor. Sobre la mesa, una cesta con cuatro o cinco manzanas amarillas y lustrosas.
Trató de girar la vista en otra dirección.
Zanahorias, cebollas y otras verduras, que no podía alcanzar a ver desde su situación, estaban en remojo en una gran pila.
Para sus adentros agradeció que todos aquellos manjares no se estuvieran cocinando, de esa manera el tormento era menor.
Por un instante, barajó la posibilidad de llevarse algo de todo aquello —una zanahoria, una cebolla; lo que fuera—, pero pronto lo desestimó.
Si perdía aquel trabajo... Era una mala opción.
Cambió el peso de pie y se miró las manos enrojecidas a causa del frío.
Por fin volvió la mujer, seguida de una joven de lánguido rostro que, al verla, sonrió y le dio los buenos días, lo que suponía una novedad entre aquellas damas.
—¿Le importaría llevármela al salón? —dijo en un tono de súplica que descolocó totalmente a Paola.
—Por supuesto, señora. Dígame dónde quiere que la ponga.
Salieron y giraron a la izquierda, por donde se accedía a la zona noble de la casa.
Dejaron un par de estancias atrás y, abriendo una puerta de doble hoja, entraron en un enorme salón decorado con muebles antiguos y desgastados.
Alguno había desaparecido, y un cerco en la madera del suelo delataba su falta.
—Disculpe el desorden, aún estamos de mudanza, y con esto de la guerra la casa está echada a perder. Puede colocarla sobre la mesa.
Paola aupó la figura y la situó donde aquella mujer le indicaba.
—He hablado con el sacerdote —continuó la joven señora con su voz fatigada— y me ha permitido quedármela hasta mañana. ¡Tengo tanto que rezar!
Paola torció el gesto. Aquel cura no le había dicho nada y, si dejaba la imagen allí todo el día, perdería las propinas de las casas que le quedaban; era un contratiempo muy desagradable.
Por no hablar de la que le caería al día siguiente por no haber llevado la imagen a su tiempo; no quería ni imaginarlo.
Los sacerdotes hacían lo que les daba la gana, no tenían en cuenta las necesidades de los demás.
Intentando ser lo más educada posible, trató de plantear la cuestión.
—¿Está segura de que puede quedarse con la imagen todo un día? Es algo irregular. —Buscaba las palabras más adecuadas—. El sacerdote no me ha informado de nada y hay otras señoras esperando poder rezar a la Virgen.
—No se preocupe. —La señora extendió la mano y le dio unos golpecitos en el antebrazo—. Está todo arreglado. Mi marido se ha encargado y, cuando venga a por ella mañana, verá como no tiene ningún problema.
Paola se rindió, no tenía más que decir. «Donde hay patrón, no manda marinero», solía recitar su madre. Así que se dio la vuelta para salir, pero las siguientes palabras de la mujer interrumpieron sus pasos.
—¿Tiene usted hijos?
Paola se volvió, extrañada. Aquellas señoras apenas solían dirigirle la palabra y menos llamándola de usted.
—Sí, señora, tengo tres. Un varón y dos chicas.
—¿Y marido?
Se sobresaltó ante aquella pregunta tan directa y tartamudeó al contestar.
—Aún no ha vuelto.
La mujer sonrió y ni aun así se despegaba la tristeza de sus ojos.
—Imagino que no le hago ningún favor quedándome con la imagen; perderá dinero hoy —reflexionó.
Paola se encogió de hombros. No quería decir nada de lo que pudiera arrepentirse, con aquellas mujeres nunca se sabía. Sin embargo, no tuvo que responder, porque la señora de Palomeras del Viso volvió a intervenir:
—Sígame, por favor.
La siguió aturdida y alerta, desconfiaba de aquel comportamiento y más aún del tratamiento educado y amable que estaba recibiendo.
Entraron de nuevo en la cocina, donde la mujer que había abierto se dedicaba a preparar la comida.
—Herminia, hágame el favor. Prepare un paquete con comida para... —Se dio la vuelta—. Disculpe, pero aún no sé su nombre.
—Paola. Me llamo Paola, señora.
—Lo que le decía, Herminia. Prepare un paquete de comida para Paola y sus hijos.
—Ayer no quedaron sobras, señora —dijo la tal Herminia con sequedad.
Aquella mujer de aspecto débil se volvió muy lentamente y la languidez de su rostro se volvió severidad. Lanzó la mirada a través de la ventana, desde donde se veía el cielo, y suspiró profundamente.
—No he hablado de sobras, pero deje, que ya lo hago yo.
Y ante la estupefacción de Paola, la señora de Palomeras del Viso, cuyo nombre de pila desconocía, sacó papel de un cajón y puso sobre él verduras, manzanas, un trozo de cecina, un trozo de queso y un pedazo de pan negro.
Lo envolvió y con una cuerda lo ató. Cuando tuvo el paquete hecho, bajo la mirada de desaprobación de la criada, le tendió aquel tesoro.
—Al menos no quiero que cargue sobre mi conciencia haberles quitado la comida a sus hijos. Si no le importa, mañana sobre esta misma hora puede venir a recoger a la Virgen.
Paola asintió y dio las gracias, totalmente sorprendida.
—Acompáñela a la salida, Herminia. Hasta mañana, Paola. —Y salió hacia otra zona de la casa.
—Hasta mañana —contestó ella, desconcertada.
Herminia la condujo por el mismo pasillo por el que habían llegado, abrió y, cuando Paola iba a decir adiós, le dio con la puerta en las narices.
Al salir del portal con su paquete en la mano, Carmencita le preguntó por la imagen, extrañada.
—Se la queda hasta mañana.
—¿Y las demás? ¿No te regañarán mañana por no ir hoy?
—La señora me ha asegurado que no, que su marido lo ha solucionado, que debe de ser un pez gordo. ¡Si vieras qué caserón! Y mira —dijo levantando el paquete.
—¿Qué es, mamá?
—Comida, cariño; comida fresca y rica, de la que hace mucho que no probamos. Hoy hemos terminado de dar vueltas, nos volvemos a casa.
—¿En serio? —La voz infantil denotaba ilusión—. ¡Un día para jugar! No me lo creo.
Paola echó a andar con las palabras de su hija resonando en su cabeza.
Su infancia se estaba pasando cargada de miserias, de preocupaciones y de responsabilidades que no eran propias de una niña, pero no podía hacer otra cosa; necesitaba de su ayuda, de su vigilancia, de su apoyo. Se sintió culpable.
—¿Estás llorando? —Carmencita la miraba con preocupación.
—Lloro de felicidad, cariño —mintió—. Hoy descansaremos gracias a esta buena señora.
Le dio la mano y continuaron caminando con parsimonia, porque —no recordaba desde cuándo— no tenía prisa por llegar.
Durante el trayecto de vuelta, Paola no dejaba de preguntarse cuál habría sido la historia de la señora de Palomeras del Viso.
Su actitud era totalmente diferente a la de las demás mujeres a quienes llevaba la imagen y con las que casi nunca intercambiaba una palabra, pues era el servicio quien se encargaba de todo.
Sin embargo, en su caso, se mostraba cercana, amable y se dirigía a ella, apenas una pordiosera, de tú a tú.
Sentía mucha curiosidad, probablemente no lo supiera nunca, pero le gustaría saber más de su vida y de qué penas arrastraba para que sus ojos cargaran con toda esa tristeza.