Vientos de ira 8
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La primavera estaba intentando enviar señales de su llegada.

Un sol disuelto se insinuaba entre unas nubes tan blancas que parecían de algodón.

Contra esa frescura de la naturaleza, más abajo, la vida se abría paso a golpe de miseria.

Los niños empezaban a acercarse a la orilla a salpicar mientras las madres procuraban que no se mojaran; era la infancia y su capacidad de encontrar la risa en cualquier parte, por muy sórdida que fuera.

Cuando la monotonía, la inactividad y el tedio son el devenir cotidiano, es preciso mantener la mente alerta para no caer en la locura.

Manuel era una persona con cierta cultura, pero Pablo era un intelectual desde sus días en el seminario.

Ambos hombres buscaban retos diarios con los que mantenerse atentos y poder, por algún medio, hacer aquella horrible existencia más llevadera.

Beber agua de mar era nocivo, ambos lo sabían.

Cocinar con ella no lo era tanto, pero como no tenían leña, no podían cocinar, y las cantidades de agua que les proporcionaban sus carceleros eran tan mínimas que tenían que andar con pies de plomo para que los niños, desesperados y acuciados por la sed, no se despistaran y fueran hasta la orilla a saciarla.

Necesitaban alguna forma de conseguir algo de agua del relente y de la lluvia, en el caso de que lloviera.

Esta última parte la tenían bastante clara porque, según se iban comiendo las latas, guardaban los envases sin que nadie los viera.

Tener latas vacías no era tan raro, pues muchas veces los soldados se acercaban y se dejaban ver comiendo, para luego lanzar la lata dentro y reírse de cómo se mataban por chupar los restos.

No todos eran así, pero entre la especie humana siempre hay quien despunta por su crueldad.

El reparto de la comida se realizaba como si fueran bestias y, en cierta medida, lo eran: el hambre deshumanizaba de una manera horrible y llevaba a hacer lo que nunca se pensó que se pudiera hacer.

Golpes y armas eran lo único que detenía a la turba hambrienta y sedienta.

Manuel y Pablo, utilizando su fuerza, conseguían su parte, y los niños, entre las piernas, aun a riesgo de que los pisotearan, trataban de obtener algo más.

Y así, poco a poco, entraron en el devenir de los días que se iban templando. Dormir a cubierto no les quitaba el frío, pero sí la humedad, que era mucho más peligrosa para la salud.

Eusebio les había visitado en una ocasión, poco después de la salida de Manuel, y entre unas palabras y otras, que querían ser corteses sin serlo, los había amenazado por salir sin el permiso de su cuadrilla.

Él tenía ese monopolio y había que seguir las reglas de su mafia.

No sabía cuándo lo habían hecho, pero el miserable chamizo daba fe de que así había sido.

En un primer momento, tanto Pablo como Manuel se habían mantenido callados aguantando las ironías de aquel despreciable hombrecillo, que apareció custodiado por otros dos más corpulentos, pero animado por el silencio, pensando que era debido al miedo, Eusebio soltó la lengua y se aupó en sus palabras para dejar clara su supremacía en aquella parte del campo.

Cuando mentó a su esposa, Pablo intentó saltar a la provocación, que en realidad era lo que pretendía aquel ser ruin, pero Manuel se lo impidió, apretando su brazo con fuerza y colocándose delante para evitar el encontronazo.

Finalmente, ante la falta de respuesta de aquellos dos hombres a los que ya consideraban, tanto él como todos los que asistían al espectáculo, dos cobardes, Eusebio escupió en el suelo, se dio la vuelta y se marchó.

La función había acabado y todos los que se habían arremolinado en torno a ellos comenzaron a disolverse comentando lo que había pasado. Cuando la vida se contamina de la monotonía del mar, cualquier hecho se convierte en noticia.

Pablo estaba con la cabeza gacha, irritado como no recordaba haber estado jamás.

—¿Por qué no me has dejado romperle la cara? —dijo cuando la muchedumbre se hubo disuelto.

—Porque no era el momento —repuso el miliciano—.

¿Qué querías? Nos hubieran machacado, a ver si te crees que venían solo ellos tres.

Y después de que nos patearan, todos a los postes de la entrada.

Y al volver, adivina lo que podríamos habernos encontrado.

Ese seguro que tiene tratos con los de ahí fuera.

No te fíes de él. Más cabeza, mi buen amigo, y menos corazón.

No voy a dejar que nos utilice para enseñarles a los demás lo que ocurre si no aceptas sus normas.

—Pero tengo que aguantar que...

—No te preocupes, Pablo, nadie volverá a molestarnos —le cortó.

—¿Qué piensas hacer? ¿Matarlo?

—No será por falta de ganas, pero no; hay otras formas.

Sonsoles llegó corriendo, acababa de enterarse de lo que había sucedido. Estaba lavando a los niños en la playa y una mujer había ido a contárselo; no sabía si era cierto, ni sabía quién era el tal Eusebio. Llevaba a sus hijos a rastras, remolcados por su ímpetu.

Su marido no quería alarmarla, por lo que le hizo una versión edulcorada del problema.

—Creo que no me estás contando toda la verdad —dijo ella cuando Pablo terminó de hablar, mirándolo con los ojos entornados—. Dímelo tú, Manuel, ¿ese hombre es peligroso?

Él miró un instante a su amigo y se encogió de hombros en un gesto de impotencia.

—Sí, lo es.

Pablo resopló contrariado.

—Ella también tiene que estar preparada —se excusó el miliciano—. El hecho de que no sepa la verdad podría ser un as en la manga para ese hijo de puta —concluyó.

La mujer iba a empezar a hablar cuando Manuel levantó un brazo y la instó a que callara.

—Lo arreglaremos, pero por ahora que quede así, como un cotilleo, ¿de acuerdo?

Sonsoles asintió y se llevó a los tres niños dentro del chamizo. Cuando desaparecieron de su vista, Pablo le señaló con el dedo y puso cara de pocos amigos.

—Es mi familia. No quiero que vuelvas a arriesgarte por nosotros, esta vez seremos dos —sentenció.

Manuel no tuvo en cuenta las palabras de Pablo, sabía que se enfadaría, pero había contraído con esa familia una deuda por haber salvado su alma de la peor de las enfermedades: la soledad.

Aquellas personas le habían devuelto un motivo por el que seguir adelante, por el que levantarse cada día.

Cuando se sentaba con Jesusín y le hacía dibujos en la arena para que los adivinara, cuando conseguía un poco más de agua, cuando soñaba con Pablo con volver a tener un cigarrillo entre las manos, sentía que estaba vivo, que su corazón latía de nuevo, y no quería que ese pequeño mundo que lo rodeaba se viniera abajo otra vez.

Era su misión, su misión secreta: protegerlos hasta sus últimas fuerzas de todo lo que fuera necesario.

No había pasado ni una semana del incidente con Eusebio cuando una noche decidió salir a altas horas de la madrugada. Pablo lo oyó, aquello era tan pequeño que cualquier movimiento era un terremoto familiar, pero pensó que iba a orinar y no tardó en dormirse.

El miliciano estuvo unos minutos sentado en la puerta por si acaso se daban cuenta de su falta, pero cuando le llegaron los ronquidos de su amigo, se levantó y siguió la alambrada como un fantasma hasta plantarse en la chabola de Eusebio.

En sus paseos, mirando como quien no ve, había tanteado el terreno, investigado con quién compartía su «vivienda» y comprobado que dormía solo. Sus acólitos tenían sus propios camastros, chamizos o comoquiera Dios que se llamasen todas aquellas proezas de la imaginación humana.

Antes de que el cabecilla tuviera siquiera tiempo de despertarse, ya tenía el arma en la cabeza. A pesar de que sus ojos eran diminutos, se salían de las órbitas ante el frío del cañón sobre su piel. La mano de Manuel le cubría la boca para que no pudiera avisar a nadie.

Eusebio estaba aterrado, no conocía a aquel hombre lo suficiente como para saber si apretaría el gatillo, pero la fiereza de su mirada le ponía sobre aviso. No se trataba de ningún juego.

—¿Me escuchas bien? —La voz del miliciano era un susurro. Eusebio afirmó moviendo la cabeza—. Te lo voy a explicar una sola vez y, como ves, yo no necesito ni público que me jalee ni guardaespaldas. No tengo nada que perder, la vida me importa un carajo; no sé si sabes lo que eso significa.

Eusebio volvió a asentir y Manuel pensó que diría «sí» a cualquier cosa con tal de conservar el pellejo.

—Significa que te metería un tiro entre los ojos y me quedaría tan tranquilo.

¡Me cago en la puta! Y que vengan los moros a cogerme, esos desgraciados, que aquí los esperaría.

El resto me sería indiferente. Sin embargo, me preocupan mis amigos, con los que tú te metiste, a los que amenazaste.

Y con eso, querido camarada, no se juega.

Esa parte ya no me da igual. ¿Lo entiendes?

Eusebio se removía con fuerza, farfullando mientras llenaba de babas la mano de su captor.

—Tranquilo, no hace falta que digas nada. Para eso ya estoy yo. No quiero una guerra ni que pidas perdón, lo único que quiero es que hagas como que no existimos. Fíjate si soy generoso: solo que te olvides de que estamos en este mismo campo. Porque si no, te vuelo la tapa de los sesos. ¿Está claro?

Nuevo asentimiento.

—Y ahora, voy a quitarte la mano de la boca, y espero que sepas estar calladito —le dejó libre y se sentó frente a él sin dejar de apuntarle—. ¿Alguna pregunta?

—¿De dónde has sacado un arma? —inquirió Eusebio, confuso.

—Eso a ti no te importa. Vayamos a nuestro asunto. ¿Alguna duda?

Eusebio negó de mala gana. Manuel no se fiaba de él, pero era lo más que podía hacer. Se levantó y vio un montón de mantas en un rincón. No se lo pensó dos veces y cogió un par de ellas.

—¡Eh! —protestó el dueño.

Manuel volvió a apuntarle.

—¿Algún problema? No serás tan insensible como para no prestar una manta a unos niños indefensos.

—El rostro impertérrito del miliciano apenas se vislumbraba en la oscuridad, pero ni un temblor se dejaba sentir en sus labios—.

Podría saberse quién tiene cosas que los demás deseamos.

—Y señaló con la pistola el resto del espacio—.

Quién tiene trato con los gabachos. Y no olvides lo que te he dicho: si te veo cerca, te mato.

No es una simple amenaza; no haré preguntas, me limitaré a ahogarte con mis propias manos.

Eusebio lo miró fijamente y supo que lo haría. Lo anotó en su mente rastrera de superviviente corrupto y decidió que, de momento, evitaría a ese hombre. Se quedó farfullando insultos que no se había atrevido a decir mientras Manuel salía de nuevo.

Ya estaba llegando al chamizo cuando advirtió el perfil de una figura conocida. Torció el gesto: se avecinaba tormenta. Una silueta caminaba de un lado a otro como un perro encerrado.

Pablo alzó la mirada y descubrió a su amigo.

—¡No me digas de dónde vienes! Has vuelto a hacerlo —se quejó airado.

—He encontrado esto para los niños —dijo Manuel sin más, y le tendió las mantas—. Pónselas encima para que no se mojen.

—¡Me importan una mierda las mantas, joder! Dime que no has vuelto a hacer las cosas solo.

Su compañero seguía con el brazo extendido y las mantas en la mano.

—Tengo otra sorpresa mucho mejor —contestó desoyendo las preguntas.

Pablo se revolvió y empujó con las dos manos a Manuel, que tuvo que dar un paso atrás para no perder el equilibrio.

—Eres un grandísimo hijo de puta. Quedamos en resolverlo juntos. Recuerda que es mi familia, ¿lo entiendes? Yo tengo que defenderla, yo tengo que velar por ella, y tú...

—¡Déjalo ya! —lo interrumpió el miliciano con gesto agotado—. No quiero joderte, en serio, solo trato de ayudar. Tu familia te necesita, a mí no. Si algo sale mal...

Se hizo un silencio. Pablo no era hombre de reproches, ni siquiera entendía por qué se sentía así, con esos celos absurdos.

En el fondo, aquel hombre abandonado y solo le provocaba lástima, porque lo único que deseaba era encontrar un lazo con el que congraciarse con la vida.

Movió la mano en el aire, como si tratara de espantar pensamientos ridículos, y cogió las mantas que ya no le ofrecía.

—Pero que sea la última vez ¿entendido? —dijo al fin; su voz sonaba menos crispada—. Negociaremos juntos las cosas. Somos amigos, ¿no? —Y sin esperar respuesta, añadió—: A ver, dime, ¿qué otra sorpresa tienes?

Los ojos de Manuel brillaron en la oscuridad y del bolsillo sacó un pequeño paquete.

—Cortesía de la casa. —Y se lo tendió.

Era un paquete de cigarrillos que temblaron en la mano del antiguo seminarista.

Pablo sonrió a la madrugada. No podían esperar más; caminaron hacia el agua, y en la orilla, con el suave murmullo del deambular de las olas mansas, compartieron en silencio uno de aquellos cigarros robados que les supo a libertad.