7 #2
Oyó volver al soldado y sentarse. Se quedó inmóvil un instante con la cabeza metida en la arena, esperando sentir el cañón de su arma en la nuca, pero nada de eso ocurrió.
Solo el chisporroteo de unas llamas que se habían avivado de nuevo rompía el silencio.
Siguió reptando, probablemente era el brillo de la hoguera lo que los deslumbraba y les impedía ver su cuerpo arrastrarse hacia la negrura.
El factor sorpresa jugaba a su favor: nadie en su sano juicio se habría internado hasta allí.
Reptó y reptó y siguió reptando a pesar de que había dejado atrás el campamento, muy atrás.
Por fin se levantó y sintió las latas tintinear en sus bolsillos y en los pliegues de su ropa.
Al fondo, en el horizonte, un renglón de luz, un desgarrón en la penumbra que se iba abriendo paso con lentitud.
Llegó al saco y siguió corriendo con las fuerzas que infunde el miedo.
Pablo estaba sentado, las manos en la cabeza, temiéndose lo peor.
Lo vio llegar antes de que él lo viera y se levantó como un resorte para indicar que aún seguía allí, aterido, a pesar de las horas transcurridas.
Con las últimas fuerzas, Manuel hizo volar el saco por encima de sus cabezas.
Se estampó contra los matorrales, que cedieron bajo su peso.
Mientras el miliciano cogía fuerzas para saltar con el peso extra de la comida que se había guardado en los bolsillos, Pablo recogía todo con rapidez para meterlo en el saco de nuevo.
Saltó por fin, pero estaba exhausto y los músculos ya no le obedecían.
Fue un último esfuerzo titánico y, como no podía ser de otra manera, se arañó la mano con la verja, que se incrustó en su piel y le desgarró la carne.
Soltó un pequeño gemido y después un aluvión de maldiciones.
Pablo lo ayudó a sacarse el alambre y, sin mediar palabra, pegados a la valla volvieron.
Sonsoles los aguardaba con impaciencia.
—Pero ¿de dónde salís? Hace horas que os espero. —La mujer hablaba asomando la cabeza por entre las ropas que cubrían su cuerpo y el de sus hijos.
—¡Silencio! —musitó su marido—. Mañana hablaremos, ahora a dormir. De aquí no se ha movido nadie.
—Espera, espera, hay algo que tenemos que guardar. —La voz de Manuel era apenas audible. Sonsoles y Pablo se miraron sin comprender—. Hice una incursión en un campamento.
Y empezó a sacar todo lo que había robado y lo puso sobre las ropas de Sonsoles.
—Hay que esconderlo muy bien, ya me entendéis. Un chivatazo y estamos jodidos. Alguien que huela comida y estamos jodidos. Tenemos muchas posibilidades de estar jodidos como no seamos muy cautos.
No pudo ver la cara de la mujer, pero el sentimiento de gratitud era tan fuerte que Manuel pudo sentirlo en sus extremidades entumecidas.
Sonsoles, sin mediar palabra, vació el saco con las ramas, lo sacudió lo mejor que pudo haciendo el menor ruido posible y guardó dentro todos los tesoros. A continuación, se abrazó a ellos como si fueran hijos más.
—¡Hala, a dormir! Antes de tocar esto, tienen que matarme. Descansad todo lo que podáis —susurró.
Los hombres se tumbaron, arracimados junto a los más pequeños para impedir, en la medida de lo posible, que el calor se escapara de aquellos cuerpos. A su lado las ramas, cerca la comida.
Manuel estaba extenuado, le dolía todo, con más insistencia la mano que había dejado de sangrar, pero la humedad incansable le comía los huesos. Desde su pelo, finas gotas recorrían su rostro y le impedían dormir. Junto a él, Pablo se movía intranquilo.
Minutos después, sin embargo, el cansancio los venció y se rindieron al sueño.
Por fin había salido el sol, un sol de finales de invierno, pero sol, al fin y al cabo. Manuel y Pablo despertaron muy tarde, cubiertos con el capote militar para que la luz no los molestara.
Sonsoles había colgado la ropa para que se secara y del saco con la comida no había ni rastro. Las ramas estaban desplegadas en el suelo, y todos sus vecinos las miraban con una mezcla de deseo y extrañeza. La mujer, sentada junto a ellas, jugaba con piedrecitas a las tres en raya con los niños.
Pasaron la mañana ideando un techado con el que guarecerse. Parecían náufragos que hubieran llegado a una isla desierta. Y en realidad eran algo similar, pero en vez de llegar del mar, habían llegado de la tierra, de una tierra incluso más hostil que las aguas, más peligrosa y más traicionera.
Por los rumores supieron que la salida de Eusebio y los suyos se había saldado con seis detenidos, que estaban atados a unos postes en la puerta del campo de concentración, descalzos, apaleados y cabizbajos.
No se encontraba el cabecilla entre ellos, así que habría conseguido un buen botín.
Algunos tenían un ojo morado, otros la ropa rota.
Manuel no quiso ir a verlos, le reconcomía un poco haberse aprovechado de los planes que había descubierto por casualidad y pretendía, además, que su salida pasase totalmente desapercibida.
No se fiaba lo más mínimo de aquel sujeto de ojos metálicos que lo había abordado el día anterior.
Por la tarde tenían terminado el chamizo.
Habían aprovechado la alambrada como pared y habían colocado allí trapos, calcetines, telas; lo que pudieron encontrar.
Todos habían cedido parte de su ropa y, desde ahí hasta el suelo, habían ido fijando ramas mezcladas con toda la porquería que los niños habían encontrado en la playa, restos orgánicos incluidos.
Por último, el capote de Manuel, utilizado hasta la saciedad, lo pondrían de puerta por las noches sujeto a los alambres.
Era un espacio muy pequeño, cabían dentro apretados como sardinas en lata, pero confiaban en ir mejorando de una manera u otra.