Vientos de ira 7
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La noche cayó silenciosa, una vez más, sobre las ruinas de aquella porción de humanidad olvidada.

Sonsoles no fue al punto de encuentro, porque tuvo miedo de dejar solos a los niños al cuidado de las escasas pertenencias de las que disponían, que aunque misérrimas, eran su más preciado tesoro.

Su hijo mayor acababa de cumplir once años, pero era de complexión frágil, siempre asustado, siempre lloroso; no estaba capacitado para cuidar de los más pequeños.

Cuando se lo planteó a los hombres, ambos estuvieron de acuerdo con la decisión.

Manuel saltó, como había planeado, por una zona de la valla que casi rozaba el mar; una zona en la que apenas había vigilancia, pues únicamente la oscura inmensidad de la playa se abría a sus ojos, negra y amenazadora, bajo una diminuta luna menguante.

Allí la humedad era terrible y convertía el frío en lacerantes agujas; no era de extrañar que estuviera tan solitario.

Pablo le había deseado suerte mil veces y se había tumbado junto a la alambrada a esperar, dolido por no ser él quien asumiera los peligros, por dejar en manos de otro la supervivencia de su familia y por haberse dejado convencer de que su vida era más necesaria que la de Manuel.

No se creía un cobarde, siempre había afrontado los desafíos de su existencia con determinación, pero en esos instantes se había dejado llevar por las palabras de los demás y sabía que, si Manuel no volvía o le ocurría algo, jamás se lo podría perdonar.

El miliciano corrió cerca de la valla por aquella tierra de nadie hasta que oyó voces y se detuvo en seco. Alguien se acercaba desde un campamento que se vislumbraba al fondo, donde ardía una hoguera. Manuel se lanzó al suelo y trató de mimetizarse con la arena.

El soldado que se aproximaba era un hombre negro, por lo que el blanco de sus ojos resplandecía en la oscuridad como si tuviera luz propia.

Andaba tranquilo, comentando en voz alta algo con sus compañeros, que se reían desde la lejanía.

De repente se paró, bastante cerca de Manuel, hizo un agujero y se bajó los pantalones; el olor que se esparció por los alrededores no dejó lugar a dudas acerca de su actividad.

Los compañeros seguían con sus gritos, pero el soldado silbaba tranquilamente hasta que terminó, se irguió y regresó por el mismo camino.

Manuel se levantó y siguió con su carrera.

Unos minutos después se detuvo. Sonaban unos gritos muy fuertes, órdenes incomprensibles y un aluvión de soldados que, desde el campamento, se dirigían en el mismo sentido por el que llegaba él.

Carreras en las tinieblas de aquella negrura, jadeos, disparos.

El miliciano siguió corriendo, pero en aquella oscuridad sin luna era imposible orientarse y temía toparse de bruces con los soldados.

Por fin, a lo lejos, distinguió una masa más oscura que se movía al compás de la brisa, y supuso que eran matojos, plantas o algo parecido.

Enfiló hacia allí y, al rebasar los límites de la vegetación, decidió no arriesgarse más; tomó un saco de los que llevaban en la mula y empezó a arrancar todo lo que encontró a su alcance.

Estaba bien arraigado y a pesar de que no era un hombre débil, le costaba extraer aquellas ramas.

Pronto notó que las manos le ardían, pero siguió hasta llenar el saco.

Las carreras, los gritos y los disparos continuaban, pero aún sonaban lejos.

Arrastró su botín por la arena de nuevo y echó a correr en sentido contrario, de vuelta a la alambrada, pero el exceso de peso se notaba y sus pies se hundían cada vez más en aquel terreno difícil.

En algunos tramos se veía obligado a tirar de él con ganas, hasta jadear por el esfuerzo.

Paró un segundo para recuperar fuerzas. Debía de encontrarse aproximadamente en la misma zona donde había defecado el soldado y, en la distancia, un fuego iluminaba la noche.

Ya no se oía nada. Los soldados debían de haber acudido a la llamada para evitar la fuga por el otro lado.

Pensó durante unos segundos; sabía que era una locura acercarse al campamento, pero era tan tentador.

.. «¿Por qué no?», se preguntó. Echaría una mirada y, si era demasiado peligroso, volvería por donde había llegado.

«Sí —se dijo—, una miradita solamente». Tal vez, en otra salida, le sería útil la información.

No se lo pensó dos veces. Dejó el saco escondido junto a la alambrada, medio hundido, y corrió agachado hacia la hoguera.

Cuando ya pudo distinguir claramente las llamas, reptó; la arena se le colaba por la nariz y se le pegaba en la boca.

Parecía todo desierto. Se aproximó más y más, pero en la explanada no había nadie, solo la hoguera que lanzaba a la noche el baile de sus llamas.

Se paró. Estaba protegido por las sombras, pero si continuaba, la luz del fuego lo delataría.

Dudó. No era seguro. Al fondo se veían unos barracones.

Cambió de táctica. Se levantó y rodeó el campamento por la zona más cercana al mar, convencido de que por ahí no llegaría nadie, hasta que alcanzó el primer barracón.

Escuchó. Nada.

A lo lejos se oían gritos, pero las balas habían enmudecido. No llegaba a discernir si era en su lengua o en la de los gabachos; poco importaba. Si quería hacer algo, debía darse prisa.

Reptó escondido en las sombras y vio el campamento desde el otro lado.

En el centro, las llamas perdían fuerza.

Sus ojos, adiestrados en la batalla, hicieron un barrido rápido y detectaron lo que buscaba.

Siempre pegado a las lonas, se coló en una zona de abastos.

Entró y, al ver lo que se desplegaba ante sus ojos, se dio cuenta de que tenía tanta hambre que se hubiera quedado allí, sin preocuparse de que lo mataran, comiendo todo lo que pudiera hasta que lo descubrieran, como un niño glotón cogido en falta.

Dejó la fantasía atrás y actuó con mucho cuidado.

No debían advertir su presencia; según los refugiados del campo, las represalias solían ser muy duras.

Se llenó los bolsillos de latas, procurando dejar todo equilibrado, y tomó de aquí y de allá lo que pudo, siempre que su ausencia no fuera notoria.

Por fin, decidió salir. Ya estaba girando para camuflarse entre las sombras, cuando dos soldados llegaron por su derecha con las armas en alto.

Hablaban entre ellos en susurros y creyó entender que habían oído algo.

Posiblemente estaban de guardia a la entrada del campamento, de espaldas a él.

Se lanzó al suelo y se cubrió con el doble techo de la tienda.

Los oyó moverse, hablar, recorrer el campamento, cada uno por un lado, buscando un posible intruso.

Sus botas casi rozaron su cuerpo, amparado en la negrura.

Por fin, bajaron las armas y se acercaron a la hoguera para calentarse, ya inmersos en una charla distendida.

Quedó atrapado: uno de los soldados se sentó frente a su escondite mientras hablaba tranquilamente con su compañero.

Esperó, pero no se movían. Los gritos, las carreras, los disparos; todo había cesado.

Pocos minutos después, llegaron más soldados hablando a voces y se arrimaron al fuego para entrar en calor.

Manuel sabía que tenía que salir de allí antes de que amaneciera; la oscuridad le protegía en aquellos instantes, pero con las primeras luces sería totalmente visible, y la comida que llevaba encima sería su sentencia si lo descubrían.

Su mente trabajaba a toda velocidad tratando de trazar algún plan, pero en su desesperación era consciente de que estaba perdido: no podía salir de allí, no podía permanecer allí, y aquellos hombres no parecían dispuestos a irse.

Su mejor baza, aunque tampoco muy segura, era que la mayoría se fueran a dormir y dejaran a algunos de guardia.

Pero con uno que lo viera era más que suficiente para dar la voz de alarma.

De momento no le quedaba otra cosa más que esperar.

Como había vaticinado, poco tiempo después casi todos desaparecieron, y dos muchachos jóvenes, uno negro y otro de piel aceituna, se quedaron de guardia.

Hablaban en susurros. El miliciano observó cómo dialogaban relajadamente, a veces sonreían por algo que uno le decía al otro, luego volvían a los susurros.

Por fin se hizo el silencio. Ambos hombres contemplaban las llamas y, de vez en cuando, lanzaban ramitas y pequeños troncos.

El de piel aceituna empezó a dormitar y su compañero le llamó la atención.

Manuel se desesperaba y solo se le ocurrían soluciones perentorias.

Darles un tiro no era opción, se le echarían encima los compañeros antes de que pudiera levantarse.

¿Y si lanzaba una piedra en la dirección contraria para que fueran a investigar?

Absurdo. Iría uno, el otro continuaría de guardia; eran soldados, no idiotas.

Calculó que como máximo le quedaban un par de horas de oscuridad.

No veía más opción, había que intentarlo.

La noche era su mejor aliada; una vez que llegaran las primeras luces, todo se habría acabado.

Aprovechó que uno de los guardianes, el que estaba mirando en su dirección, se levantó —supuso que iba a coger un poco de agua—, para zafarse de la lona con mucho cuidado.

Rodó en la arena para librarse completamente de la tela y comenzó a reptar, lo más rápido que pudo, hacia la parte trasera, hacia la oscuridad de la noche.