Vientos de ira 6 #3
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Después de aquello, pasaron la mañana tratando de secar las mantas y de engañar al hambre y, sobre todo, a la sed.

Con angustia, comprobaron que no había agua dulce y se enteraron de que la racionaban exhaustivamente.

Preguntaron y preguntaron, y cuanto más supieron más descorazonados se fueron sintiendo.

No había letrinas, ni fuentes, ni ninguna de las mínimas condiciones para que viviera un ser humano.

Aquello no era más que una especie de moridero monstruosamente extenso.

Pasado el mediodía, después de masticar un poco de mojama que habían salvado del viaje, Manuel dejó a la familia y se fue a inspeccionar el campamento.

En el cinto, escondida, llevaba la pistola; inútil en aquel paisaje, aunque le proporcionaba la tranquilidad de poder darse un tiro antes de morir como una acémila.

Caminaba despreocupado, al menos eso trataba de mostrar, pero observaba con detenimiento todo lo que acontecía a su alrededor.

Así supo que, en la zona que primero se habilitó para los refugiados, había pequeñas chabolas hechas con palos, lonas, ropa; probablemente elementos llegados del mar y robados a la tierra.

Era evidente que no era el primero en tener la idea de saltar.

Igualmente, observó muchos enfermos de disentería, personas con catarros e infecciones, y supo cuál sería su futuro si no andaban con mucho cuidado.

Tras las vallas, soldados llegados de África jugaban a las cartas y hacían guardia con sus fusiles para evitar incidentes; en una zona despejada, los vio comer y reír sin percatarse de que unos metros en dirección al mar la muerte y el hambre campaban a sus anchas.

Quiso odiarlos, pero sus días de soldado habían hecho un callo en su corazón.

—¿Estás pensando en saltar? —La voz quebrada le susurró esas palabras demasiado cerca, y se giró a la defensiva.

Un brazo lo sujetó con fuerza y, al volverse, se enfrentó a unos ojos duros como el hielo, escondidos tras unos pómulos que marcaban un rostro surcado de arrugas—.

Tranquilo, estás significándote demasiado, y esos tienen el gatillo fácil y mucho aburrimiento; haz que me conoces.

El desconocido le dio un abrazo, que olía a sudor agrio, seguido de varias palmadas en la espalda y, de forma imperceptible, lo separó de la alambrada hablando a voz en grito.

—¡Hombre, andaba buscándote! —exclamó y, una vez mezclados en la marea humana, se presentó—: Mi nombre es Eusebio, Eusebio Marín, y espero que me perdones por asaltarte de esta manera.

Estamos preparando una salida y tu insistencia en mirar hacia fuera era poco discreta; nos pones en peligro.

Esos —y señaló hacia el exterior— se las saben todas y tenemos que estar muy atentos.

El miliciano salió de su asombro, por fin, y el corazón le volvió a latir con normalidad. Separó disimuladamente la mano de la pistola, que había cogido de manera casi refleja, y la extendió. El tal Eusebio la estrechó.

—Soy Manuel, y me pregunto por qué piensas que quiero saltar la valla —contestó imprimiendo a sus palabras toda la inocencia de la que fue capaz.

Eusebio sonrió y se tocó el cráneo pelado con las dos manos. Manuel vio que le faltaba parte del dedo meñique y que llevaba un pedazo de camisa militar a modo de pañuelo.

—Eres nuevo, eres militar, eres joven, no quieres morir en este infierno.

¿Quieres algún motivo más? Todos hemos pasado por lo mismo, hemos soñado con escapar, con morir, con burlar a esos monos y que se jodan porque somos más listos.

Pero si vas a hacerlo, hazlo bien. Salimos en grupo, hay más posibilidades de éxito.

Manuel lo miró y sus alarmas se encendieron.

Aquel sujeto no le gustaba en absoluto; era un zorro viejo, seguramente había sufrido tortura, seguramente se las sabía todas y seguramente haría cualquier cosa por sobrevivir, pisaría a quien fuera necesario y traicionaría a quien le hiciera frente.

Su amabilidad era lobuna y su sonrisa helaba la sangre. Asintió dándole la razón con prudencia.

—Después de la salida —continuó Eusebio sin esperar más respuesta—, reunimos lo que hayamos encontrado y lo repartimos.

Nuestro código exige que se elija por orden de antigüedad y aunque al principio tengas que aceptar lo peor, poco a poco irás teniendo más categoría.

.. Ya sabes..., como en el ejército. —Y volvió a sonreír con malicia.

—Yo soy un lobo solitario, no me gusta ni arriesgar por nada ni compartir lo que es mío —dijo Manuel, desafiante, y lo miró con frialdad. Le sacaba casi dos palmos de altura; era más joven y fuerte, porque aún el hambre, la sed y la fatiga no habían hecho tanta mella en él.

—En este lugar es peligroso bailar solo.

—Yo nunca bailo, nunca amenazo y nunca hablo en balde. —Los dos hombres se sostuvieron la mirada, sopesándose.

Por fin Eusebio rompió el silencio.

—¡Que te jodan! —exclamó, consciente de que no tenía sentido seguir manteniendo la pantomima—. Pero ándate con cuidado, aquí no hay amigos y sí muchos enemigos. ¡Me cago en la hostia con el recién llegado!

—Me arriesgaré. —Manuel sonrió también—. Y gracias por tus buenos deseos.

Se dio la vuelta y caminó acuciado por la mirada gélida que sentía quemar su nuca.

Aquel Eusebio era un bravucón, uno de tantos.

Si lo molestaba demasiado, le metería un tiro o lo ahogaría en la playa, pero suponía que no haría falta; parecía que había entendido de sobra el mensaje.

Además, los sujetos peligrosos nunca hablaban tanto; actuaban antes incluso de que hubieras entendido la primera palabra.

«Aun así, debo ser más cauto», se dijo. Lo primero que necesitaba era deshacerse de su atuendo militar para mimetizarse con la turba de aquel campamento y lo segundo, encontrar un lugar difícil por el que salir.

Debía aprovechar que todavía tenía fuerzas, porque utilizar los caminos ya transitados no le daría resultado.

Sí, saltaría por la noche, como les había dicho a Pablo y Sonsoles; el cielo estaba nuboso y había una luna raquítica.

Saldría por la zona más cercana al agua, allí donde no había nada.

Tendría que dar toda la vuelta, pero no vigilarían un arenal yermo y era difícil toparse con alguien tan cerca del mar.

Sonsoles y Pablo podrían esperar en esa misma zona dentro de la valla sin problemas, sin miedo de que alguien los viera y se quedara con su botín, si es que conseguían algo.

—¡Eso es un suicidio! —fueron las primeras palabras de Pablo—. No es que tengas que burlar una guardia ni dos, pretendes pasearte por todo el perímetro de ida y de vuelta. ¿Estás loco o qué?

—Contaré con el factor sorpresa. Saldrán más por el otro lado, cerca de los cañizos, e intuyo que nadie esperará que haya un chiflado que llegue desde aquí.

Lo conseguiré. Vosotros solo tenéis que esperar en absoluto silencio.

Venid uno y después el otro, como si fuerais a orinar, y os tumbáis en la arena. Del resto, me encargo yo.

Sonsoles escuchaba atenta sin decir una palabra y asentía a cada orden.

—Pero ¿es que no le vas a decir nada? —le inquirió su marido—. ¿No crees que es una idea absurda?

—Si dice que puede hacerlo, es que puede; no voy a ser yo quien diga que no. En realidad —se dirigió a Manuel con serenidad—, sería más fácil para ti no hacer nada; no somos tu familia y podrías arreglártelas para sobrevivir sin tantos problemas. Nunca te lo agradeceré lo suficiente...

La voz de Sonsoles se quebró y, avergonzada, se dio la vuelta, dirigiendo sus ojos al mar para tratar de contener las olas que se estrellaban contra sus párpados. El silencio rodeó aquellas almas y solo el rumor apabullante de la humanidad encarcelada se hizo oír.

—¡Hala! Basta de sentimentalismo. No queda más que esperar a la noche.

Y con esas palabras de Manuel, todo quedó preparado.

El miliciano sabía que a Sonsoles no le faltaba razón.

No tenía ninguna obligación de arriesgarse de aquella manera —sería mucho más fácil para él sobrevivir si se movía como un lobo solitario, tal y como le había dicho a Eusebio—, pero algo en su interior se removía cuando observaba la vulnerabilidad de aquella familia; tal vez fuera el recuerdo lejano de Paola y sus hijos, a quienes ya no podía socorrer; tal vez necesitaba reconciliarse con los fantasmas de sus compañeros caídos o compensar el dolor del que se sentía causante por aplaudir la guerra.

No lo sabía con exactitud. De lo que no le cabía ninguna duda era de que necesitaba proteger a Pablo y a los suyos hasta sus últimas fuerzas.