Vientos de ira 6 #2
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—¿Qué nos espera, Pablo? Me siento como un animal.

¿Tú has visto cómo nos han lanzado los mendrugos?

Como a los puercos. Nos mataremos por quedarnos con más parte de la miseria.

Es horrible —sollozó mientras unas lágrimas solitarias y compactas de rabia partieron de sus ojos. Pero ella las secó casi al instante.

—Tranquila, mujer, en otras plazas hemos toreado y salimos ilesos. —El marido la rodeó por los hombros y con su cuerpo cobijó también a sus hijos.

—Estoy agotada —confesó—. Y no me quejo por mí. ¿Qué hay de los niños? ¿Cómo podremos alimentarlos y protegerlos?

La conversación se detuvo porque habían abierto las puertas y estaban obligando a todo el mundo a salir de allí.

Los refugiados seguían llegando en oleadas interminables y había que dejar paso a los siguientes.

En la cancela, un gendarme los apremiaba a moverse en un español gangoso.

Algunos preguntaban adónde iban, pero aquel hombre solo contestaba: « Allez, allez! ».

Cuando Manuel llegó a su altura, seguido de aquella familia de la que, por algún motivo que todavía no alcanza a comprender, ya se sentía responsable, se paró a su lado sin interrumpir la marcha y comenzó a preguntar.

El gendarme puso cara de pocos amigos, pero se encontró con la fría mirada poblada de tristes recuerdos del miliciano y reconoció la indiferencia que le sugería la vida.

Sintió una especie de miedo sordo, sazonado de remordimientos, y claudicó.

—Van a un campamento de refugiados que está a unos pocos kilómetros de aquí y que ha acondicionado para ustedes el gobierno francés.

Y ahora siga caminando, no pueden salirse del trayecto y no pueden pararse bajo ningún concepto.

—El timbre agudo de aquella voz, el acento ausente de erres y la mirada huidiza hicieron sospechar a Manuel de aquellas palabras, pero nada más podía hacer.

Cogió a Jesusín en brazos, se cerró el capote y comenzó a caminar, caviloso. Algo no encajaba en todo aquello.

—¿Dónde crees que nos llevan? —Sonsoles se dirigía al miliciano, y este se encogió de hombros.

—No tengo ni idea, pero algo en la actitud de ese —y señaló con el dedo hacia atrás— me escama. Trata de no pensar que somos seres humanos, estoy seguro; trata de no pensar y simplemente cumplir órdenes. Lo he visto demasiadas veces y no me gusta lo que suele significar.

El silencio se alzó más fuerte que el frío, ese que el triste sol no lograba templar. La columna se puso en marcha.

Pablo cojeaba menos; su herida se había ido curando con los cuidados diarios de su esposa y apenas le dolía ya. No tirar de la acémila y el día de descanso le habían hecho bien, y mostraba un andar más ligero.

Para cuando llegaron a su destino, más de doce horas después, era noche cerrada. Habían caminado sin parar, sin comer. Estaban exhaustos, y lo que se abría ante sus ojos era desolador, un paso más hacia el abismo: una playa inmensa, más alambradas, más abandono, más frío y más miseria.

Una vez dentro, obligados por el flujo humano y las tropas extranjeras, se colocaron en un rincón, cerca de los alambres, y se dispusieron a pasar la noche.

Al fondo, el rumor del mar, amparado por la negrura, difícilmente se oía, soterrado por los murmullos, los silencios y los quejidos intermitentes de los más débiles.

Apenas hablaron, estaban agotados. Prepararon un agujero, los capotes, las mantas raídas y cayeron en un profundo y nostálgico sueño del que pretendían no volver a una realidad que se volvía cada vez más insolente.

Ni siquiera fueron conscientes del hambre, solo el sueño reparador los acuciaba.

La humedad del amanecer despertó a Manuel.

Un cielo gris le dio la bienvenida y, cuando se movió, comprobó que sus ropas estaban empapadas por el relente marino.

Tenía los músculos ateridos y una sensación de frío intensa que ni en los momentos más duros de la montaña había sentido.

Se incorporó, frotándose los brazos, y observó lo que la noche había escondido a su llegada.

Pensó que tal vez hubiera sido mejor dejar al destino seguir su curso y que él, como soldado que había sido, hubiera terminado en cualquier calle de un tiro en la cabeza.

Ahora, lo que tenía ante sí era imposible de describir o, peor aún, de vivir.

Estaban en una playa inmensa. Al fondo, si se levantaba, podía divisar un mar grisáceo y en calma que seguía su lento deambular, ajeno a las penurias y los sufrimientos de sus recién llegados vecinos.

Después se abría otro mar, pero este de pobreza, de palos, telas o trozos de cualquier cosa que sirviera para protegerse de esa humedad que le había calado hasta los huesos.

—Deprimente, ¿eh? —La voz de Pablo surgió tras él, cavernosa.

Manuel no contestó, seguía con la mirada perdida en el infinito de aquella amalgama inhumana.

—Habrá que apañarse —insistió su amigo.

—Imposible sobrevivir —contestó en un murmullo, más para él que para su interlocutor—. Moriremos de hambre, de sed, de cualquier enfermedad o de una cuchillada por un trozo de pan.

Pablo sacudió la cabeza y se puso en pie, dando unos golpecitos en el hombro de su compañero, donde se había apoyado para levantarse.

—No te desanimes; no pierdas la fe, de un ateo a otro. Con mi derrotismo vamos más que servidos. Esto es un puto infierno.

El campamento iba despertando, la playa se llenaba de personas que hacían sus necesidades como podían; no había dónde esconderse y el pudor había dejado paso a la desidia de saber que ese era un mal menor.

Sonsoles se despertó y, con los brazos en jarras, se unió a los hombres. Atrás había quedado la debilidad de la noche anterior, atrás, la queja y, frente a ello, sus ojos se habían llenado de una dureza y una determinación imposibles de definir.

—Hay que buscar algo para protegernos de la humedad. Los niños enfermarán si seguimos pasando las noches al raso.

Pablo se sobresaltó, pues no había sentido a su mujer llegar; tan perdidos estaban sus pensamientos en las grisáceas aguas de aquel océano.

—¿Buscar, Sonsoles? ¿Buscar qué? Esto es una playa, una maldita playa, y en las playas no hay nada, a excepción de arena y agua.

—Su marido elevó una voz cargada de desesperación.

Había tratado de mantener el optimismo con Manuel, pero la mención de sus hijos y lo ingenuo del comentario de su mujer rompieron su habitual contención y explotó.

Ella lo miró muy fijamente, con las cejas curvadas y un rictus grave que tensaba todo su rostro. Se secó las comisuras de los labios y dio un fuerte suspiro.

—He parido siete hijos y de cuatro no sé nada —declaró—.

No creas que los olvido, no creas que no sufro cada instante sin saber de ellos; es mi terrible infierno personal que sobrellevo lo mejor que puedo.

Pero ahí, en ese asqueroso agujero, empapados, agotados y hambrientos, tengo a los tres más pequeños, y su única salvación está en nuestras manos.

—Señaló a su marido—. Y te aseguro que mataré, robaré y me saltarán la tapa de los sesos intentando protegerlos y mantenerlos con vida.

Y si ese no es tu plan, ya te estás yendo con viento fresco fuera de mi vista.

Si no, mantengo mis palabras. ¡Hay que buscar algo, lo que sea, para protegernos por la noche!

Esta puñetera playa no va a poder con nosotros, ¿entiendes, marido?

Pablo la observaba boquiabierto.

—¡He dicho que si me entiendes! —gritó desesperada.

Manuel, que seguía la conversación en un segundo plano, salió en defensa de Pablo, que no sabía qué contestar.

Admiraba la entereza de su esposa, pero sentía una pena infinita porque en ese momento su esposo no era capaz de ver un futuro, no encontraba salida a aquella situación, y menos con tres niños pequeños a su cargo.

—Allí he visto cañizos, al otro lado de la alambrada. —Y giró la cabeza, indicando el lugar del que hablaba—. Son bastante altos, y con los capotes y las mantas podríamos hacer una especie de chamizo.

—La idea no está mal, pero, como tú mismo has dicho, esos cañizos están fuera y, si no recuerdo mal, nosotros estamos dentro.

Fuera están todos esos enormes negros y los desagradables gendarmes muy bien armados.

¿Qué se te ocurre? ¿Les pedimos, por favor, que nos dejen darnos una vuelta por los alrededores para buscar con qué guarecernos?

—ironizó el exseminarista, lo que le valió una mirada feroz de su mujer.

—Pablo, hay que luchar —insistió Manuel; no quería que Sonsoles se viniera abajo también con las palabras de su esposo—. Sé que esto es deprimente; sé que parece imposible sobrevivir en estas condiciones; que la desesperación nos supera, pero mejor morir luchando que dejarse morir, ¿no te parece?

Al fin, Pablo asintió con desgana a las palabras del miliciano, pero no veía qué podían hacer en aquel arenal para no morir lentamente. Entonces Manuel se acercó más a ellos y les susurró unas palabras.

—Esta noche saltaré la valla y trataré de traer todo lo que pueda.

Ahora voy a ir a inspeccionar el perímetro para buscar la zona más apropiada y menos peligrosa.

Vosotros me esperaréis al otro lado para recoger lo que traiga, no vaya a caer en manos ajenas.

Tenéis que estar muy atentos, ser muy silenciosos y cautos.

—Saltaré contigo —dijo su amigo con firmeza, parecía haber recuperado el ánimo.

—No es buena idea. Si algo me pasa..., tú podrás seguir protegiendo a la familia.

—Es mi familia, soy yo...

—Pablo, a mí nadie me espera, y además tengo más experiencia que tú en esto de la guerra y de reptar para que no me maten. Siento decirte que serías una carga. —Y sonrió abiertamente. Se dio la vuelta para no seguir con aquella conversación.