Vientos de ira 6
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Cuando Manuel y la familia de Pablo llegaron a la frontera, lo que encontraron fue una infinita hilera de personas esperando el milagro; un milagro que muy pronto verían convertido en doloroso abandono.

La comitiva caminaba en silencio; un silencio atronador de pasos descastados, un silencio de profunda incertidumbre, sazonada con pequeñas dosis de esperanza en recobrar la dignidad.

Ese era el sentimiento que sobrevolaba el cielo despejado y gélido a las puertas del exilio.

Sin embargo, pronto el espejismo se esfumó.

Al llegar al puesto fronterizo, los gendarmes, sin ningún pudor, cacheaban a hombres, mujeres, ancianos y niños para luego separarlos y lanzarlos literalmente a un pastizal embarrado, rodeado de alambradas de espino.

Manuel y Pablo, según se iban acercando al puesto, intercambiaron una mirada de desaliento.

El miliciano tocó la pistola que llevaba al cinto; sabía que las cosas no iban a pintar bien, pero había de reconocerse que también sabía que el destino quedaría marcado cuando decidió tomar el camino de la huida.

Les quitaron todo, incluso la mula, con las alforjas ya casi vacías, las armas del miliciano, la escasa comida...

Sonsoles, sin hacer caso a su marido, que trataba de sujetarla para que no hiciera tonterías, se plantó ante uno de aquellos hombres, a los que no conocía y a los que tampoco entendía, y le pidió, con su hijo pequeño en los brazos, haciendo gestos, que al menos les dejara algo de comida y que les diera un poco de agua.

El francés era un joven veinteañero, de asustados ojos claros y pelo rizado y oscuro.

Miró extrañado a aquella madre orgullosa, giró la cabeza en un sentido y otro, como si quisiera asegurarse de que nadie lo veía y, sin que supieran por qué lo hacía, con un leve asentimiento dejó que Sonsoles se guardara parte de la comida que acababan de usurpar a la familia y le tendió una cantimplora con agua de la que bebieron todos ante el gesto huraño del chaval.

Un hombre corpulento llegó por detrás y le dio un manotazo en el hombro, profiriendo gritos incomprensibles.

Después, cogió la cantimplora de las manos de Sonsoles, que en ese momento daba de beber al último de los niños, y se la entregó al joven de muy malos modos, tan fuerte contra su pecho que hizo que se tambaleara.

De inmediato y sin dejar de gritar, empujó a la familia con su fusil y, aunque Manuel lo miró con inquina, no pudo evitar que de nuevo tuvieran que ponerse todos en movimiento hacia un campo vallado lleno de vacas, donde muchos otros se hacinaban.

La noche fue terrible, al frío hubo que sumar la humedad del suelo y los lamentos de los heridos, y sin la mula todo era distinto.

Manuel se quitó el capote y Pablo hizo otro tanto para que los niños pudieran tumbarse protegidos de aquellas inclemencias.

Cuando ya era noche cerrada, ambos hombres se acercaron a la verja, dejando a la familia acoplada al cuidado de Sonsoles.

—Esto no pinta nada bien. —Los ojos de Manuel brillaban en la oscuridad de la noche—. No esperaba una alfombra roja, pero me parece a mí que llegamos en calidad de prisioneros.

Pablo rebuscaba entre sus ropas con la cabeza gacha.

—Los documentos se firman cuando no hay problemas; después, las reglas del juego cambian cuando las realidades llaman a nuestra puerta. —Levantó la cabeza sonriente, aunque su compañero apenas pudo ver más que el hilo blanquecino de sus dientes.

—¿Qué haces? —preguntó intrigado.

—Lío un cigarro.

—¿Tienes tabaco aún? —se sorprendió el miliciano—. ¿Cómo has hecho para esconderlo en el registro?

—Eso da igual. Soy como un ladrón de guante blanco, y aguarda a ver lo que ha rescatado mi mujer.

—¿Tu mujer? ¿También ha guardado algo? ¿Para los niños?

—No, hombre, no. Algo que ni te imaginas: tiene tu pistola.

—¿Qué? —Manuel levantó la voz.

—¡Chis! ¿Qué quieres?, ¿que aparezcan aquí todos los gendarmes de Francia? Aún no la conoces, menuda raza tiene. Toma.

Pablo le tendió el cigarrillo que iban a compartir y que se delataba por un minúsculo punto de luz anaranjada.

—Tápalo todo lo que puedas con la mano, no nos vayan a descubrir ni los unos ni los otros. A partir de este momento, creo que entramos en el juego peligroso de la supervivencia.

—¿Dónde quedan los derechos de las personas?

—se lamentó Manuel—. ¿El famoso derecho de asilo a los refugiados políticos?

Nosotros no somos delincuentes, no somos esclavos, no hemos hecho nada malo, simplemente hemos luchado por la libertad, aunque hayamos perdido.

La verdad es que no me esperaba esto. —Soltaba volutas de humo mientras hablaba con desaliento, mirando un cielo cargado de estrellas.

Pablo no pudo reprimir una leve risita. Extendió su mano y Manuel se apresuró a pasarle el cigarro.

—¿Encuentras graciosa la situación? —La extrañeza y el malestar se fundían en sus palabras.

—No, no, ¡qué va! Vivo preocupadísimo por mi familia y estoy de acuerdo en que lo que nos hemos encontrado no augura nada bueno. Me hace gracia tu inocencia. Tal vez... —Pablo buscaba unas palabras que no fueran hirientes—. Te faltan años de experiencia para entender a tus congéneres.

Dio otra profunda calada al cigarrillo y se lo pasó de nuevo. Miró el cielo, se frotó las manos y movió los pies, que tenía helados. Rebuscaba en su mente cómo decir las cosas.

—Escucha, compañero. Sé que eres un hombre leído, me lo acabas de demostrar al mencionar el Estatuto Internacional.

La mayor parte de los que se encuentran aquí, encerrados como nosotros, simplemente se han movido por inercia, por instinto de supervivencia, tratando de huir de la muerte, del horror y del hambre.

Tú sabes que deberíamos estar amparados por un acuerdo internacional.

Pero debes aprender que lo que se escribe son solo palabras sobre un papel, buenos deseos en tiempos en los que no nos acucian las preocupaciones o cuando es el vecino el que tiene el problema y nosotros nos erigimos, respetabilísimos, en defensores del más débil.

»Sigues manteniendo un halo de soñador idealista, ¿me equivoco? Los años reparten sabiduría, pero no es más que una paradoja del destino, porque cuantos más años pasan, más sabes, pero menos necesitas y casi nadie te escucha.

—Pero si un buen número de países se ponen de acuerdo...

—No insistas, amigo mío —lo interrumpió Pablo—.

Nadie moverá un dedo por nosotros. No seremos bienvenidos en ningún lugar, lo tengo bastante claro.

Llevamos escrita la palabra «problema» en nuestra frente.

Hemos perdido y Francia no se enemistará con el gobierno de Franco por unos miles de pordioseros republicanos.

He oído que, hace unos cuantos días, la frontera estaba cerrada.

.. ¿Crees de verdad que alguien va a hacer valer un estatuto? ¡Y unos cojones...!

—Pero habrá países que levanten la voz ante una injusticia así.

—No lo creo. ¿No está Alemania rearmándose a pesar de las amenazas?

¿Dónde ha quedado la firma del Tratado de Versalles?

No te engañes, no somos más que un grano en el culo que le ha tocado en suerte a este país, que vivía tan tranquilo sin nosotros.

No sabrán dónde alojarnos, ni qué darnos de comer, ni qué carajo hacer con nosotros. Espero equivocarme, pero lo dudo.

Manuel miraba al infinito, pensativo. Tal vez Pablo tuviera razón.

Los libros, al final, le habían mostrado teorías ideales con sujetos ideales y en condiciones ideales, pero la realidad se había impuesto como algo mucho más complejo, mucho más duro, mucho más doloroso.

En el fondo, el abatimiento y la resignación le hacían sentirse defraudado.

Por eso no siguió luchando, por eso huyó ante la derrota, porque en el fondo de su corazón sabía que ni un solo hombre puede definirse en las letras de un libro, tanto menos la humanidad.

—Tal vez tengas razón, amigo —suspiró.

—Me temo que esta va a ser una nueva lección de vida. —Pablo apagó el cigarrillo, pisándolo hasta hundirlo en el barro—. Intentemos dormir, mañana presiento que nos aguarda una larga jornada.

Al día siguiente, ya bien entrada la mañana, mientras un sol desleído no conseguía calentar los cuerpos ateridos por el frío nocturno, unos soldados de aspecto extranjero comenzaron a tirar mendrugos por encima de la alambrada.

Las luchas por coger uno de aquellos tesoros no se hicieron esperar: comenzaron los gritos, los pisotones, los insultos, las blasfemias, los golpes.

.. No faltaban los que, al otro lado de los alambres, se sonreían e incluso señalaban con el dedo a alguno de aquellos hambrientos que conseguían comerse un pedazo de pan lleno de barro y arena.

Otros los miraban con desprecio y los más con lástima.

Manuel, a codazos, consiguió hacerse con dos en el aire; Pablo con uno más; y Jesusín, entre las piernas de dos mujeres que se tiraban literalmente de los pelos, con el cuarto, aunque lleno de barro.

Toda la familia se reunió en un rincón ante las miradas amenazadoras de aquellos que no tendrían nada que llevarse a la boca aquel día.

—Parece que estén echando de comer a los animales. —Sonsoles miraba indignada a los gendarmes tras la alambrada—. ¡Eh, tú! —gritó—. ¿Te diviertes con el espectáculo? Ven aquí, que te voy a explicar...

—¡Calla, mujer! —Pablo tomó del brazo a su esposa y la hizo girar—. ¿Pretendes que nos den un tiro?

Sonsoles calló, aunque mantuvo su mirada ceñuda fija en los soldados, que ni se habían percatado de sus gritos, tal era la algarabía del hambre. De la mano, su hijo más pequeño; a su alrededor los otros dos agarrados a sus faldas mirando al suelo.