Vientos de ira 5
9%

5

Hacía ya varias semanas que Carmen había acompañado a Petra hasta el límite del pueblo, poco después de que esta tomara la decisión de volver a Madrid.

En un primer momento, la madre de Paola se había negado en rotundo a que se fuera e intentó por todos los medios quitarle esa idea de la cabeza; se decía que los caminos no eran seguros, que aún estaban abarrotados de seres desubicados, deshumanizados, borrachos de sangre y llenos de un odio a punto de estallar a cada paso.

Pero Petra, decidida y convencida de que dejaba a la niña en buenas manos, no cedió y se fue.

Allí quedó la pequeña Paola.

En los primeros días de su llegada al pueblo, la niña llamó a su mamá insistentemente y anegó de angustia los recodos de la casona rural con su llanto, pero, poco a poco, había empezado a integrarse en aquel mundo lleno de monotonía en el que el tiempo discurría de la mano del sol que salía y se ponía sin descanso.

Su piel se oscureció de caminar por los campos, y los pucheros de legumbres, viudos de carne, vivificaron su salud e imprimieron en la niña un aspecto mucho más saludable del que traía de la capital.

Sin embargo, con la marcha de su tía Petra volvieron las penas, las angustias y la incomprensión.

Sus abuelos, para evitar que sufriera de nuevo, trataban de calmarla afirmando que su tía solo estaría fuera una semana.

Después, cuando esta semana se convirtió en dos, mantuvieron el engaño diciéndole que la tía había caído enferma y que no podría viajar en un tiempo.

Finalmente, cuando, con el alma encogida, fueron conscientes de que no podían alargar aquella situación, no les quedó más remedio que enfrentar aquellos inmensos ojos verdes, cargados de interrogantes, un día en el que la pequeña Paola volvió a preguntar por enésima vez.

—¿Cuándo volverá la tía Petra?

Carmen se sentó a su lado y le acarició el pelo.

—No va a venir, cariño; tiene cosas que hacer.

El puchero que asomó a los labios infantiles rompió el corazón de toda la familia.

—Mira, seguro que...

—Todos se van, nadie quiere quedarse conmigo —interrumpió a su abuela, a quien no quería escuchar. Sus ojos se llenaron de lágrimas de amargura, de nada le valían las explicaciones, y Carmen comprendía su desconsuelo.

—No digas eso. La abuela está aquí contigo y nunca te dejará sola. Y el tío Manolo, el tío José y la tía Lucía, y no digamos nada del abuelo Marcial.

Y tomándola en brazos, la sentó en su regazo mientras la comía a besos.

La niña se abrazó a su cuello y dejó de llorar.

Aquel olor a espiga y a jabón de aceite se convertiría desde aquel instante en su cueva de seguridad.

No volvió a preguntar por su madre ni por la tía Petra.

Dejó a un lado aquellos dolores y se adaptó a la nueva situación con esa capacidad infantil de blindar su corazón.

Cuando por fin se separó de los brazos de Carmen, se secó los ojos y el hipo le permitió hablar, dijo algo que nadie se hubiera esperado.

—No quiero ser Paola, abuela; es un nombre feo. Prefiero que me llaméis Paz. Es más bonito, más corto y no me recuerda todo el rato a mamá.

La pequeña no habría sabido expresar por qué había elegido ese nombre, quizá por las noches en que había escuchado a su madre clamar por la paz o tal vez porque todos decían que su padre, del que no tenía recuerdos, volvería cuando llegara la tan ansiada palabra.

Su mente infantil había entrelazado esos recuerdos y con ellos había confeccionado un lazo de consuelo con el que seguir adelante sin tanto dolor.

Cambiar su nombre le permitiría ser otra, una niña a la que nunca la habían abandonado.

Y la abuela, por no desatar la tristeza de nuevo en aquel ingenuo corazón, cambió su nombre e hizo que toda la familia hiciera lo mismo, de tal manera que, en aquel remoto pueblo de veranos ardientes e inviernos rigurosos, jamás nadie conocería a «la de la Carmen, la hija de la Paola», por otro nombre que no fuera el de Paz.

Sin embargo, a pesar de las promesas que Carmen le había hecho a su nieta aquel día, no pudo protegerla de un último zarpazo de realidad; un nuevo abandono, un nuevo desengaño que la pequeña tuvo que sufrir cuando su tía Lucía, tres meses después de la marcha de Petra, se casó y se fue a vivir a un pueblo cercano, para formar su propia familia.

Fue una boda anodina de finales de guerra, sin vestido, sin abalorios, sin alegría más allá de la que demostraban los novios.

Mientras Lucía caminaba hacia la iglesia del brazo de un Marcial al que ya comenzaban a pesarle los años, todas las mujeres del pueblo cantaban a la novia, flanqueando su trayecto al tiempo que le lanzaban pétalos de flores.

Ella se había puesto su mejor vestido, que no era nada del otro mundo, y portaba un ramo multicolor que desentonaba por su belleza en aquellas manos callosas.

Montaron una mesa grande en el patio de la entrada y comieron las dos familias juntas el mismo puchero de todos los días, quizá con un poco más de apaño y algún trocito de chorizo.

Y mientras felicitaban a los recién casados en bajito, Paz miraba ceñuda a su tía, la enésima en abandonarla.

Su tío Manolo, observando el gesto de la niña, alzó por los aires su diminuto cuerpo, la hizo reír y su inquina se fue deshaciendo al compás de esos brazos fuertes que le brindaban el consuelo de la compañía.

—Tío, ¿tú no te vas a casar?

Manolo estaba sentado en el suelo, contra la pared, en los escalones del zaguán; en la boca, una ramita daba vueltas al compás de sus reflexiones. Todo había acabado ya y los esposos se habían marchado a casa de los padres del novio, donde vivirían de momento. Sonrió por la ocurrencia.

—Pues no tengo intención, no; ni siquiera tengo novia. ¿O es que tú quieres ser mi novia? —La risa de la niña se esparció por la recién estrenada noche mientras negaba con determinación—. Pero no te preocupes, que si me caso me quedo a vivir aquí contigo y con los abuelos. ¿Qué te parece?

—Muy bien. —Y los ojos de Paz se iluminaron.

—Igual eres tú la que vuelve con mamá, esto no es...

—¡Chis! —La niña lo miró enfadada—. De mamá no se habla.

Y, dando media vuelta, se fue saltando hacia la calle donde su abuela hablaba con las vecinas de la suerte que había tenido su hija con Blas, su marido, que era un buen hombre.

El relente de la noche comenzaba a convertirse en frío, y Carmen se arrebujó en su toquilla negra de lana, vio a su nieta jugar con una piedra y lanzó sus ojos al horizonte por el que moría el día.

—¿Y de la Paola no se sabe más? —inquirió una de las mujeres—. ¿Volvió el marido?

—No sabemos nada, nada de nada. En fin, vamos a irnos retirando, que el día ha sido muy largo —cambió de tema.

—¿Y cómo no ha venido la Paola a la boda de su hermana? —insistió la vecina, con ese aburrimiento malicioso que fermenta en la ociosidad de los pueblos.

—Ya sabes, el camino es largo y peligroso, tiene dos criaturas más y la capital..., qué te voy a contar... Parece que está refrescando mucho. ¡Paz! —gritó de repente—. ¡Vamos, a casa! Ya has danzado bastante por hoy, mañana será otro día.

Carmen sonrió a su vecina, que quedó falta de información, parada como una seta en medio del camino. Le dio unos golpecitos en el antebrazo y, cogiendo a su nieta de la mano, caminó hacia la entrada de su hogar.

—Ya hablaremos en otro momento —dijo con amabilidad—, no quiero que se me ponga la niña mala. ¡Hasta mañana, si Dios quiere!

—¡Hasta mañana, Carmen! —Y la vecina cotilla, un poco contrariada, siguió por su vereda.

Una vez dentro de la casa, Carmen se desplomó en una silla de la cocina, se quitó los zapatos teñidos por la arena y el barro, y se puso las alpargatas que dormían bajo la silla.

Junto al hogar, Marcial removía las ascuas, Manolo apuraba una copa de vino con Paz, que se había colocado sobre sus rodillas y José trajinaba con unas cuerdas.

Un silencio de añoranza planeaba sobre la familia, porque a la alegría de la boda se superponía ahora la nostalgia de una pérdida: el vacío que dejaba la hermana que abandonaba el nido.

—Ha sido una bonita ceremonia —dijo por fin Carmen, intentando conjurar los fantasmas de la melancolía.

Todos asintieron y murmuraron en señal de aceptación, pero ninguno se decidió a decir nada, así que la mujer, consciente de que no iba a recibir refuerzos por parte de los demás miembros de la familia, que demostraban sin tapujos sus sentimientos, sacó fuerzas de su propia soledad y, dando un golpe seco sobre sus muslos con las dos manos, se levantó.

—A ver, Paz, como ya no está Lucía, tú eres, junto con la abuela, la mujer de la casa. Vamos a hacer la cena. Y vosotros id dejando sitio y cambiando esas caras, que lo que se ha celebrado en esta casa ha sido una boda, no un entierro.

La niña saltó de los brazos de su tío y se acercó a Carmen, que ya ocupaba el lugar de Marcial junto al hogar. Los hombres se fueron diluyendo en aquella pequeña cocina mientras sonaban los cacharros, se avivaba el fuego y el olor de la sopa surcaba el aire.

Con el transcurso del tiempo, Paz asumiría la última pérdida como había hecho con todas las anteriores: dando la espalda a su recuerdo. Poco a poco, recuperó su viveza y se sumergió en el devenir de la vida en aquel pueblo del que su madre había huido hacía ya muchos años.