Vientos de ira 4
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—¡Vaya! —intervino Manuel interrumpiendo aquel torrente de recuerdos y confesiones del exseminarista—, una auténtica historia de amor la vuestra.

El miliciano no sabía cuánto llevaba en la misma posición, sentado, fumando y protegiéndose como podía del frío, tan inmerso en el relato de Pablo que no había sido consciente del paso del tiempo. Este sonrió con timidez.

—Sí, supongo que sí, pero no pienses que el resto fue un camino de rosas.

Llegar a Madrid no supuso, ni mucho menos, el fin de nuestros problemas.

Los primeros años en la capital fueron muy duros.

Sin recursos y sin familia, tuvimos que acoplar nuestros pasos y nuestras decisiones a las circunstancias.

Sonsoles se había arriesgado a huir conmigo, sí, pero no estaba dispuesta a amancebarse antes del matrimonio —continuó rememorando.

Pablo lo recordaba bien; él había estado completamente de acuerdo con aquello. Así que, hasta que pudieron arreglar los papeles del matrimonio, vivieron en pensiones distintas, lo que duplicaba sus gastos.

Una vez asentados, comenzaron a buscar trabajo.

Él fue el primero en encontrarlo, gracias a la formación casi universitaria que había recibido en el seminario, y aquella noticia supuso un gran respiro para la pareja.

Entró en las oficinas de una empresa que comerciaba con Cuba y realizaba todo tipo de tareas —cualquier cosa que el secretario del dueño tuviera a bien encomendarle—.

No cobraba mucho, pero tenían lo suficiente para mantenerse y ahorrar un poco.

Sonsoles entró en una fábrica de ladrillos situada en las afueras.

Para ella era durísimo el trabajo, acostumbrada como estaba a una vida de lujos y caprichos, pero a pesar de todo, la libertad que sentía al salir por las mañanas y encontrarse con sus compañeras compensaba el cansancio y las largas jornadas.

Cobrar el escaso sueldo al final de mes y disponer de él a su antojo, le enseñó el valor del trabajo y el aroma de la independencia.

Nunca se quejó. Sus manos, de primorosa manicura, se llenaron de callos y de cortes; su pelo, siempre bien cortado, se convirtió en una melena que domaba bajo un pañuelo y, aun así, su buena educación, sus maneras de niña rica y su cultura no pasaban desapercibidas para los que la rodeaban.

Nunca quiso contestar a preguntas indiscretas y únicamente soñaba con el día en el que la boda pondría el punto final a aquella historia, el día en el que por fin se sentiría segura al lado del hombre al que amó desde el primer momento en que sus miradas se cruzaron.

Un año después pudieron, al fin, celebrar el enlace.

Pablo se apañó con un traje prestado, que le venía un poco grande, y una preciosa corbata que fue el único capricho que se concedió.

Sonsoles estaba espléndida. Había ahorrado para comprar una tela que mereciera la pena y apareció de negro, con un vestido de tafetán, decorado con un pequeño encaje en los puños, confeccionado por una compañera.

Un velo blanco, sujeto a una pinza de bisutería, completaba el conjunto.

Le hubiera gustado poder ponerse alguna de las joyas que se llevó de casa de sus padres para no sentirse sola en aquellos momentos tan importantes; en especial, echaba de menos a su madre, pero habían tenido que empeñar hasta la última pieza para poder subsistir.

Por último, unos diminutos pendientes de plata decoraban sus orejas: el regalo que su futuro marido le había hecho en una ficticia pedida de mano que nunca existió.

Fue una ceremonia discreta y solitaria, apenas unos amigos que hicieron de testigos, los padres de Pablo y una merienda en el Retiro, pero los amantes destilaban tal felicidad que llenaron y rellenaron con su amor los espacios vacíos. Por fin comenzaban su vida en común.

Sin embargo, aquel día fue un espejismo, un rayo de sol que pronto se oscureció ante la realidad de una rutina llena de carencias.

Las dificultades económicas no cesaron. Sonsoles tuvo que seguir en la fábrica hasta que con el primer embarazo la invitaron a dejar su puesto a otra.

Fueron meses de muchas penurias y sinsabores, pendientes siempre de las deudas y los acreedores.

Pablo necesitaba ganar más; ya no contaban con el sueldo de su mujer y había un bebé en camino.

Removió cielo y tierra en busca de mejoras laborales y cuando, al fin, consiguió una plaza de guardia urbano, la vida les empezó a sonreír.

Angelines, su primera hija, se criaba sana y fuerte, Sonsoles podía dedicarse a su hogar y las apreturas económicas dieron paso a una existencia humilde pero tranquila.

Podrían haber pasado calamidades, pero en su hogar, desde el primer instante, jamás faltó el amor.

Como tampoco faltaron jamás las ansias de saber de Pablo, quien, a pesar de todos aquellos cambios vitales, nunca había abandonado el hábito de leer; se informaba a diario en los periódicos y sacaba libros de la biblioteca para satisfacer su curiosidad.

Así comenzó a interesarse por aquellas nuevas corrientes de pensamiento que hablaban de igualdad, de fin del capitalismo, de la lucha de clases.

.. De vez en cuando acudía a alguna conferencia, unas más clandestinas que otras, a algún mitin o encuentro, y esas ideas fueron impregnando su espíritu desde una perspectiva ideológica, porque en el fondo alimentaban su bondad y su necesidad de ayudar al prójimo, a los más desfavorecidos, tal como lo había hecho antes la Iglesia.

Sin embargo, sentía una fuerte discrepancia con muchos de sus compañeros; su mente crítica repudiaba la violencia que tantas veces manaba de aquellas voces.

—Y así fue como acabé afiliado al partido. —Pablo concluyó su perorata—. Me convencieron las ideas, pero no tanto la práctica.

Manuel sonrió. Aquello le sonaba demasiado a un pasado que se negaba a recordar, por eso, estiró la espalda, se recolocó la ropa y de nuevo dio un giro a la conversación.

—¿Nunca volvisteis a tener relación con la familia de tu mujer?

—Directamente, nunca —respondió Pablo.

—¿Qué quieres decir con eso de directamente? —preguntó el miliciano.

—Después de Angelines, siguió aumentando la familia.

Llegaron Agustín, Lourdes y, tras el parto de Gloria, que no dejaba de llorar, Sonsoles cayó en un estado de tristeza que le duró varias semanas.

En esos días empezó a echar de menos a su madre con tanta fuerza que decidió mandarle una carta.

Yo procuré prepararla para el más que probable fracaso de su intento, posiblemente no hubiera respuesta, como así fue.

Sin embargo, me equivocaba al sufrir por ella.

Parece que ese acto la impulsó a salir de aquel estado de melancolía y empezó a escribirle con asiduidad, contándole todo lo que sucedía en nuestro hogar.

Sabía que no obtendría contestación, pero le hacía bien ese contacto desequilibrado.

Y un día, cuando menos lo esperábamos, llegó una carta desde Pamplona.

Te puedes imaginar la felicidad que arrastró con ella.

Pablo sacó la cajetilla y ofreció otro cigarro a su compañero, que aceptó gustoso. Encendieron los pitillos y disfrutaron de un momento de silencio mientras saboreaban las primeras caladas.

—Una carta en tantos años me parece algo escaso para hablar de felicidad —argumentó Manuel.

—No fue solo una carta. A partir de entonces, mantuvieron cierta correspondencia intermitente, hasta que tuvimos que huir.

Para Sonsoles fue muy importante contar con noticias de su madre, aunque fueran a través de cartas prohibidas.

Así supimos que su padre, cuando nos fugamos, la buscó hasta debajo de las piedras; que se sintió no solo defraudado, sino humillado por su huida y que no podía creerse que su única hija hubiera actuado de forma tan vil.

Así que cuando se convenció de lo que había sucedido, ¿sabes qué hizo? —preguntó.

—Ni idea —admitió Manuel—. ¿Tal vez se atrevió a decir que estaba muerta?

—Algo similar. Al parecer, su orgullo no le iba a permitir soportar semejante ofensa, así que dijo a todo el mundo que su hija estaba enferma y que se había ido a vivir con una tía a Ochagavía, a ver si con los aires de la montaña mejoraba.

Pasados unos meses, soltó el bulo de que se había casado en aquel pueblo y, con ello, limpió el nombre de la familia haciendo que Sonsoles desapareciera de su universo sin dar explicaciones.

—No iba tan desencaminado; esas familias suelen hacer desaparecer a sus hijas aduciendo motivos morales, pero, en realidad, es para evitar la vergüenza. —Manuel tiró la colilla bien apurada al suelo—. Y nosotros también deberíamos desaparecer y aprovechar el sueño, que mañana tenemos un día duro.

Pablo asintió. Tiró también su colilla y ambos se levantaron, se despidieron y se prepararon para dormir.

La noche era cada vez más fría. El rumor de los que caminaban todavía se mezclaba con el siseo de los árboles y el murmullo de las voces que, como ellos, descansaban tras la larga jornada.

Los recuerdos, dolorosos y cargados de añoranza, seguían atrapados entre aquellos dos hombres que poco antes no se conocían, pero que empezaban a sentirse unidos por el hilo inquebrantable de las desgracias.