Vientos de ira 3
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Amanecía cuando Manuel, Pablo, Sonsoles y los niños emprendieron de nuevo el camino.

El miliciano, que tantas ganas tenía de proseguir su ruta en solitario, sin entender las motivaciones que lo llevaban a realizar aquel acto, tomó a Jesusín en brazos.

—¡Arriba, zagal!

Pablo no dijo nada; observó al soldado envolver a su hijo pequeño debajo del capote y emprender la marcha. Sonsoles, ajena a todo, recogía el campamento incansable, asegurándose de no dejarse nada por el camino.

—¿Y Jesusín? —dijo de pronto, asustada, volviéndose en todas direcciones.

—Va con el miliciano —la tranquilizó su marido, señalando con la cabeza hacia delante.

Las pisadas de sus botas resonaban con rítmicos chasquidos en la nieve.

Tras él, comenzó a caminar Pablo con la mula, y por último iba Sonsoles con los otros dos pequeños.

En un instante pasaron a formar parte del fluir de los vencidos.

La ventisca había cesado y la nieve había dejado de caer, pero el frío era, a aquellas horas de la madrugada, muy intenso.

El silencio volvió a adueñarse de la comitiva.

Nadie preguntó al militar por el niño que cargaba en brazos, ni siquiera sus padres, y Manuel nunca supo en qué momento, en qué lúcido instante decidió acompañar a aquella desconocida familia en su periplo.

Lo que sí sentía con ese gesto era una paz interior que hacía demasiado tiempo que no disfrutaba, la responsabilidad de que un inocente llegara a su destino sano y salvo.

Quizá se tratara de las sobras de sus sueños, de lo poco que quedaba de su arrojo o tal vez fuera un síntoma de su necesidad de creer que algo quedaba de humano en su corazón.

Según un tímido sol se iba alzando en el escarpado horizonte, el camino se convertía en sendero, primero empinándose lentamente al principio y luego con mayor violencia. Comenzaban a ascender la montaña, que los iba apretujando contra una de sus paredes en un zigzagueo sin fin.

Al mediodía, el cielo amenazaba con desgarrarse de nuevo y unos oscuros nubarrones de un gris compacto se cernieron sobre ellos.

Al borde del sendero, como en un escaparate, se amontonaban pertenencias sin dueño que se habían convertido en cargas inútiles y se abandonaban; eran los últimos despojos de una vida pasada.

Albos retazos de nieve deshilachada empezaron a caer de nuevo con sosiego, cubriendo de blanco, de forma pausada, los opacos colores de la huida y mimetizando los abrigos con una tierra que ya estaba ahogada en su níveo manto.

El suelo se tornaba peligroso e inestable; podías resbalar y despeñarte con un simple movimiento erróneo o una mala pisada.

De cuando en cuando, un grito, un lamento o un suspiro rompían el silencio gélido de la marcha.

Ancianos que no podían más y se sentaban en un repecho con la intención de coger resuello, mientras rítmicas nubes de vaho salían de sus labios.

A su lado un hijo, un marido, un nieto que los alentaba a continuar, deseoso de volver a ponerse en marcha.

—Seguid vosotros —decían, dando palmaditas en un antebrazo conocido—; continuaré después, cuando recobre el aliento.

Y ansiaban que aquello fuera verdad, aunque muchos de ellos, enfermos, reumáticos, añosos, no lograrían sobrevivir.

Manuel caminaba con cuidado, poniendo los pies en las huellas seguras de los que le habían precedido y no dejando caer el peso de todo el cuerpo hasta que estaba completamente seguro de que no había peligro, de que no resbalaría.

Sonsoles sujetaba fuertemente las manos de sus hijos y de vez en cuando les daba indicaciones cuando los tres no cabían en el sendero.

De repente tronó un grito, un alarido estruendoso que surcó el aire y terminó con un sonido sordo de algo que se quebraba para siempre.

Por delante alguien, algún desgraciado, había caído o se había dejado caer por el barranco.

Hubo quien paró un instante, otros continuaron la marcha; ya no había nada que hacer.

La curiosidad impulsó a Sonsoles a asomarse para ver lo que había ocurrido y ese mínimo descontrol permitió que bajara la guardia y no fuera consciente de dónde pisaba: bajo la nieve, unas pequeñas ramas que habían sostenido el espejismo y, más allá, el abismo.

La mujer chilló al sentir que su pie se hundía en el vacío y desequilibraba su cuerpo hacia el fin.

Varios pares de ojos se volvieron a la vez y asistieron al milagro.

Un hombre mayor, con la piel curtida y surcada de profundas arrugas, entre las que se abrían unos diminutos ojos, se había colocado junto a Sonsoles impulsado por la misma curiosidad que ella.

En un instante, lanzó su cayado al aire y envolvió la cintura de la mujer que ya se precipitaba al vacío.

Manuel echó mano al bastón y, con la fuerza de los dos, atrajeron aquel cuerpo condenado, que cayó de bruces a los pies de su marido.

Sus hijos lloraban y se abrazaban a ella, y Pablo se agachó para ayudarla a levantarse.

—¡Ay, mujer, mujer! Esa ansia de cotilleo te traerá muchos problemas.

Sonsoles estaba pálida y respiraba entrecortadamente. Aun así, tuvo fuerzas para responder.

—¿Acabo de estar al borde de la muerte y todo lo que se te ocurre decirme es esto? ¡Menudo marido tengo! —Se levantó muy tiesa, tomó de nuevo a los niños de la mano y, sin hacer caso de todos aquellos ojos que la contemplaban, agradeció el gesto al anciano y echó a andar de nuevo.

Pasaban de las doce de la noche cuando se detuvieron a descansar. Todos se encontraban exhaustos y hambrientos, pero nadie decía nada, nadie se quejaba. Los dos hombres se quedaron fumando y charlando en susurros mientras los demás se acomodaban junto a la mula.

—Tenemos siete hijos, ¿sabes? —explicó Pablo—. Todos desperdigados, menos estos tres. Ella —dijo señalando el montón de mantas bajo el que se guarecía la familia— está destrozada por las ausencias, pero ahí la tienes, luchando por los que siguen aquí. Su fuerza me enamora cada día.

El humo se desvanecía en blanquecinas volutas, que se mezclaban con el vaho del aliento y generaban un halo lechoso en la oscuridad de aquel cielo negro.

—¿Alguno cayó? —Manuel se arrebujó en su capote y dejó a un lado el arma, que se clavaba en sus huesos, pero la mantuvo lo bastante cerca como para estirar el brazo y cogerla.

Pablo se encogió de hombros y soltó el humo con fuerza.

—No tenemos la certeza de nada, y eso es lo más cruel.

Manuel reconoció la tristeza en los ojos de su interlocutor y decidió cambiar de tema; demasiada carga llevaba en sus hombros para ahondar en sus penas.

—¿Cómo os conocisteis Sonsoles y tú? ¿En Madrid? —preguntó entonces el militar.

—¡Oh, no! No somos de la capital, aunque acabamos viviendo allí. Nuestra historia es como un cuento con final feliz, a pesar de encontrarnos en estas circunstancias. Es una larga y bella historia de amor. —Sus ojos se llenaron de nostalgia.

—Te escucho, lo bello siempre es bien recibido —sonrió Manuel, y se dispuso a escuchar.