Vientos de ira 2 #4
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Con los últimos jirones de la camisa, amordazó al soldado.

Cogió el pan, el queso y el tocino, lo envolvió en el mismo papel con el que habían salido de la mochila y también registró esta.

Tomó todo lo que era útil, lo metió en su bolsa y dudó qué hacer con el fusil.

Era demasiado peligroso cargar con el arma hasta su casa, decidió con rapidez.

Lo dejaría ahí y así, cuando lo descubrieran, no le formarían a aquel tipo despreciable un consejo de guerra, pensó con un punto de guasa.

El soldado hacía esfuerzos por gritar y se revolvía tratando de soltarse de sus ataduras, que Paola reconocía como poco fiables.

Así que salió a toda prisa, dejándolo atrás, mientras este escupía una retahíla de blasfemias en una cacofonía incomprensible, ya repuesto por completo de la sorpresa, consciente del error que había cometido al infravalorar a un enemigo que, como él, llevaba varios años en guerra.

De vuelta a casa con su tesoro, Paola iba poniendo las cosas en orden.

En primer lugar, aquella zona de Madrid quedaba vetada para ella en mucho tiempo; un segundo encuentro con el soldado al que acababa de robar podría significar su fin.

En segundo lugar, llevaba muchas cosas que se venderían bien en el mercado negro y por las que podría obtener buenos beneficios para su maltrecha economía, sin olvidar las viandas que ya desprendían un aroma maravilloso y que invitaban a parar en el camino.

Y, en tercer lugar, aquella humillación que aguantaba siempre que tenía que ir a la tienda de Anselmo con las cartillas de racionamiento, aquellos insultos y desafíos se iban a acabar; había hallado la manera de que desaparecieran para siempre.

Paola ya no era la muchacha de buenos sentimientos, temerosa de Dios, frágil y vulnerable que llegó a Madrid; estaba harta de agachar la cabeza y soportar los abusos. Matar o morir, ese parecía ser el lema.

Solo era cuestión de esperar el momento oportuno, pero sabía que la hora de resarcirse estaba muy cerca.

La madrugada era tibia. Una brisa refrescante soplaba ligeramente moviendo las telas que hacían de cortinas en la habitación. La cama estaba deshecha y sobre las desgastadas sábanas se vislumbraban los contornos de un cuerpo que había dejado su marca.

Los hijos de Paola dormían los dos juntos en la otra habitación. Desde que acabaron los bombardeos se sentían seguros por las noches.

De repente, una potente explosión sacudió los cimientos del barrio y de inmediato los sonidos de la tragedia dejaron oír sus voces.

Niños llorando desconsolados, mujeres que salían de sus casas con el rostro desencajado, hombres de mirada perdida; semblantes en los que la reminiscencia del horror de un pasado muy cercano recordaba el pavor sordo de la guerra, todos con la interrogación en el alma.

Y en medio de aquel caos, la figura de Paola se unió a los vecinos y, con la cara marcada por la preocupación, preguntó qué era lo que había sucedido.

—¡La tienda de Anselmo, la tienda de Anselmo ha saltado por los aires! La gente está llevándoselo todo. —Una mujer joven, que Paola solo conocía de vista, llegó corriendo y gritando mientras con el dedo señalaba hacia atrás.

Como un reclamo, las palabras de aquella vecina pusieron en marcha una marea humana que a la carrera se dirigió a la tienda.

En efecto, el establecimiento ya no tenía puerta y parte del muro de la fachada había desaparecido también.

Pequeños incendios se avistaban aquí y allá, pero lo más llamativo era ver a una legión de pordioseros en camisón arramplando con todo lo que aún servía, incluso a riesgo de quemarse.

Paola se metió también, y con un saco de arpillera medio deshilachado que encontró en el suelo, comenzó a coger todo lo que pudo, hasta que las primeras sirenas se oyeron a lo lejos y el hormiguero humano desapareció como por ensalmo, de tal manera que, cuando las autoridades llegaron, no quedaba un alma en las calles.

Poco después, el matrimonio de tenderos se personó igualmente en su local y se sintieron desfallecer al comprobar no solo los desperfectos de la detonación, sino la furia del saqueo, que había dejado las estanterías, los sacos y las tinajas vacíos.

La versión oficial fue que había explosionado por accidente una granada defectuosa, que probablemente habría llegado allí durante la guerra.

Y, por más que la Guardia Civil trató de esclarecer los hechos referentes al saqueo, lo cierto es que nadie había visto nada, nadie había cogido nada y nadie sabía nada.

Como en Fuenteovejuna, sin hablar unos con otros, el barrio se puso por completo de acuerdo para esgrimir la misma versión.

Una versión que no varió ni un ápice con el correr de los días.

Finalmente, y ante la falta de testigos, el tedio de los agentes —que consideraban que había cosas más importantes por las que preocuparse— y la cerrazón de los vecinos, el caso se dio por cerrado, a pesar de las quejas y amenazas que a gritos lanzaban el señor Anselmo y su mujer.

Cuando al cabo comprendieron que no había más que hacer, decidieron dejar el barrio.

Se llevaron lo que pudieron salvar y allí quedaron los muros semiderruidos de lo que un día fue su flamante comercio de ultramarinos.

Muchos curiosos asistieron al desmantelamiento del local; formaban un semicírculo en torno a lo que fue la entrada, y observaban las idas y venidas de sus propietarios, que cargaban cosas inservibles en un carro que habían llevado, ayudados por un mozo al que jamás habían visto.

Paola, con cara burlona, era uno de estos curiosos. Se negaba a dejar pasar la oportunidad de ver dónde quedaba su antigua soberbia.

En un momento dado, salió de la fila de vecinos y se acercó a Marta con una sonrisa lobuna.

—¡Qué desastre! ¡Menuda mala suerte que estallara la granada en tu local!

Marta se giró y se dio de bruces con la mirada abrasadora de Paola. Era evidente que estaba disfrutando de aquella situación.

—Y tú, ¿a qué has venido, roja infame?

—Pero, Marta, ¿por qué me tratas así? Sabes de sobra que las circunstancias llevaron a mi marido a la guerra. —Paola alzó el tono, con una voz lastimera e impostada que sus ojos desdecían.

Un murmullo de asentimiento se elevó desde los que observaban la escena —muchos de los hombres habían tenido que acudir a la llamada de su gobierno.

—Lárgate de una vez y déjanos trabajar.

Y cuando se dio la vuelta, en un susurro, Paola articuló las palabras que hacía tiempo rondaban su corazón:

—Ojalá te pudras y saltes por los aires como tu maldita tienda. Espero que te haya servido de aviso. Olvídate de que existimos.

Marta se quedó mirándola con los ojos como platos, ojos que mudaron de la sorpresa al pánico y después a la incredulidad. Cuando quiso contestar, Paola ya había desaparecido entre la gente, pero dejó tras de sí un rastro de angustia.

Ya en su hogar, entró en la cocina y se encontró a Pili, que, con gesto de preocupación, fregaba los cacharros. A su vecina le faltó tiempo para verbalizar lo que le quemaba en los labios.

—¿Dónde estabas la madrugada de la explosión?

—Fui a tomar el aire, no podía dormir. —Paola se puso a secar los platos a su lado.

—Te vi. Salía para trabajar y te vi llegar por la cuesta justo antes del estallido.

—¿De qué habláis? —Petra, sentada a la mesa de la cocina, no entendía nada.

—Bueno, ya lo sabes. —La mirada de Paola como un relámpago confirmó las sospechas de Pili.

—¿Saber qué? ¿No tendrás nada que ver con ese horrible suceso? —Petra se sentía fuera de juego, excluida de alguna conspiración que su hermana y su vecina hubieran tramado o, al menos, conociesen.

—No me quedó más remedio. Eran un par de sinvergüenzas que se aprovechaban de la necesidad de los demás. Se me presentó la ocasión, no había nadie, nadie salió herido y, al final, todos sacaron tajada. El que roba a un ladrón tiene cien años de perdón.

Pili movió la cabeza de un lado a otro mientras su hermana se llevaba la mano a la boca espantada, pero ni un sonido brotó de su garganta. Después, retomó la conversación.

—A veces me das miedo —dijo—. Eres capaz de cualquier cosa. Un don quijote herido.

—Más miedo me da esta vida que nos ha tocado vivir, pero no queda más remedio que continuar.

¿No me animabas a hacerlo? ¿En qué quedamos?

Ya estoy en la calle; si no defiendo lo que es mío, esta miseria me comerá.

—De repente, sus rasgos se endurecieron y su voz sonó ronca—.

Ojalá se pudran en el infierno. Ojalá pasen hambre y nadie les ofrezca ni un mendrugo.

La noche se iba posando con suavidad, cediendo el paso a una miríada de estrellas que pugnaban por salir.

Paola no sentía remordimiento alguno; los acontecimientos llegaban y desaparecían en un constante ir y venir de su mente.

Solo contaba el hoy, el ahora. Al menos habían cenado: Carmencita se había chupado los dedos y Adrián se había mostrado charlatán con su lengua de trapo, que a todos hacía reír.

Un pequeño arsenal de comida descansaba en la despensa. De momento, suficiente.

Dormir con la tripa llena tenía un sabor a añoranza, un sabor añejo casi olvidado.