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Paola reconoció que su vecina tenía razón.
Las cosas, lejos de mejorar para ella, aún se podían poner un poco más difíciles.
Echó de menos a todos los que habían ayudado a su familia en tiempos pretéritos, aquellos de los que había perdido el rastro, sobre todo de su amigo Manuelín.
Después, surgiendo de la nada, llegó el recuerdo de Adrián y con él, la amargura.
Tenía que dejar a un lado aquella ausencia; si la ponía en primera persona, acabaría con ella.
Su corazón hablaba, su corazón decía que estaba vivo y ella se amarraba a aquella esperanza con una fuerza sobrehumana, pero después se aturullaban los «tal vez».
Había oído que había enormes cantidades de heridos, que muchos republicanos habían huido por mar, exiliándose a otros países hasta que las cosas se calmaran.
Quizá, tal vez, Adrián se encontrara entre ellos.
Desde el incidente de aquella jornada, la inquina que Paola sentía hacia Anselmo y Marta no dejaba de crecer, con cada abuso, con cada bravuconada, con cada palabra hiriente que se veía obligada a aguantar.
Pero ella pondría las cosas en su sitio; no sabía cómo ni cuándo, pero no permitiría que todo siguiera así. Un germen de idea brotó en lo más profundo de su mente y empezó a tomar forma. Paola dejó que siguiera creciendo por sí sola. Tenía cosas más urgentes de las que preocuparse.
Había regresado a las calles, seguía manteniendo su hacha escondida y hacía estraperlo siempre que tenía algo que ofrecer —a menudo los huevos de las gallinas que aún le quedaban—.
También volvió a hacerse cargo de llevar imágenes sagradas a las beatas, que aún no podían —o temían— salir de sus casas, a cambio de una caritativa y paupérrima propinilla.
Aprendió a realizar pequeños hurtos con agilidad y, de nuevo, paseó su bolsa por Madrid cargada de todo tipo de cachivaches que pudieran ser útiles a alguien en algún momento.
Aunque sonase a frivolidad, el hecho de que ya no hubiera bombardeos y que empezaran las primeras reparaciones complicaba mucho encontrar desechos.
Pili, por su parte, consiguió un empleo en una fábrica por un modestísimo sueldo que apenas llegaba para que no se murieran de hambre las hermanas.
Salía de su casa al amanecer, con un pañuelo cubriéndole los ralos cabellos, y volvía al atardecer con una pátina rojiza en todo el cuerpo y las manos llenas de cortes.
Aun así, a pesar de los esfuerzos de todas las mujeres que formaban aquella pequeña familia, el hambre se enseñoreaba de aquella casa, entre los niños y los adultos.
A pesar de haber terminado la guerra, en aquel nido de pobres, como en tantos otros hogares, ese hecho no había significado casi nada.
En uno de aquellos días de caos en las calles, de inicio de reconstrucciones, de pequeñas limpiezas en los barrios más pudientes, buscando entre los escombros maderas para el invierno, Paola descubrió una granada.
No sabía mucho de armas, pero no era la primera que veía ni la primera que no había explotado, un artilugio mortífero que todos rodeaban con preocupación y recelo en los días del conflicto.
Aquella, sin embargo, estaba nueva, con la anilla colocada en su lugar.
En un movimiento rápido, la tomó en sus manos e iba a colocarla con cuidado en su bolsa cuando una voz ronca la increpó.
—¡Eh, tú! ¿Qué andas cogiendo?
Paola dio un respingo soltando sin ningún miramiento la bomba en su bolsa y se dio la vuelta con brío moviendo así el contenido por si quería alguien ver lo que había dentro.
—¿Me hablas a mí? —Mostró su cara más inocente y miró a los ojos al soldado, que se acercaba a ella a grandes zancadas.
—¿Y a quién si no? No veo a nadie más que esté entre los escombros.
—Era un hombre menudo, cuarentón, con la cara apergaminada por el sol y las privaciones.
Llevaba un fusil cruzado a la espalda. En las prematuras arrugas de la cara se escribían los surcos de su sufrimiento y una cicatriz reciente bajaba del oído hacia la garganta.
—Busco madera para el invierno o cualquier cosa que me pueda ser útil. Tengo tres hijos que alimentar. —Paola trató de imprimir a su voz serenidad.
Al oír lo de los tres hijos, el rostro del soldado, antes grave, se volvió taimado.
—Si quieres, podría ayudarte un poco, darte algo de comida... —La lascivia inundaba su mirada.
Ella se echó atrás y su instinto la advirtió inmediatamente del peligro. Eran de uso común aquellos intercambios; madres desesperadas que se prostituían por unos mendrugos para sus hijos y que en muchas ocasiones no recibían a cambio más que una paliza.
—No es necesario, gracias. Me las apaño bien sola. —La voz femenina sonó decidida y esto enardeció aún más al soldado que, mirando en derredor, observó que no había nadie cerca. Envalentonado, se aproximó más.
—¿Estás segura? —Y metiendo la mano en su mochila, que había dejado en el suelo, sacó un pedazo de tocino, un mendrugo y un trozo de queso, y los colocó encima de una piedra plana como si fuera el escaparate de una tienda.
Paola no quería mirar aquellos manjares, pero el olor llenaba sus sentidos y aflojaba su voluntad.
Estaba muerta de hambre, lo sabía, pero hasta que no vio aquel festín, no supo cuánto.
Suspiró y apartó los ojos con un esfuerzo sobrehumano; si sucumbía una vez, ya no habría marcha atrás.
Tomó aire, se mordió el labio y negó con la cabeza mientras se daba la vuelta, preparada para saltar entre los pedruscos y las basuras, decidida a alejarse de aquella tentación.
Pero el soldado no estaba dispuesto a que una pordiosera muerta de hambre —lo sabía por cómo había mirado su comida— le diera la espalda y se negara a estar con él.
Dejando los alimentos, saltó con agilidad por entre los escombros y la alcanzó, sujetándola por un brazo.
Ella lo vio llegar e intentó zafarse, pero fue inútil; en un santiamén, la obligó a darse la vuelta y, con una mano apretando su mandíbula, la forzó a elevar los ojos.
Lo que Paola vio en su rostro no presagiaba nada bueno.
Por eso, para tener más posibilidades, soltó la bolsa, de la que se desprendió un ruido metálico cuando la granada chocó con las piedras, pero aquel hombre estaba demasiado cegado por el deseo como para advertir semejante nadería.
—Y ahora, en vez de preguntarte, ha llegado la hora de exigirte. Tú decides: por las buenas, y puedes quedarte con uno de los tres regalos, o por las malas...; entonces perderás todo.
El militar la mantenía sujeta por el brazo, de modo que ella no tenía posibilidad alguna de defensa. A pesar de las náuseas que sentía y pensando que aún contaba con una oportunidad, compuso una beatífica sonrisa y dejó de tensar los músculos de todo su cuerpo.
—¡Venga, soldado; sea! En el fondo, me estás haciendo un favor; hace días que no como nada. Me estás obligando, así que ante la santa madre Iglesia no estoy cometiendo pecado.
El hombre aflojó y soltó una carcajada atronadora.
Paola, libre de aquella manaza, comenzó a desvestirse, demorándose en un botón del desastrado vestido que parecía negarse a que lo desabrocharan.
Él seguía sus movimientos con una sonrisa bobalicona y confiada.
Ya solo una parte de su cuerpo estaba con vida.
Paola sonrió a pesar de la adversidad, confirmando la evidencia de que los hombres dejaban a un lado el cerebro cuando hacía su llamada la entrepierna.
El tipo pensó que la sonrisa iba dirigida a él y el muy estúpido se azoró.
No alcanzó a ver que ella introducía la mano bajo su vestido.
El soldado solo atisbó el peligro en el instante en el que un hacha resplandeciente golpeaba su cuello.
Nunca llegó a entender bien cómo había sucedido todo.
Lo último que recordaba eran las manos de aquella mujer sumergiéndose bajo sus faldas dejando al descubierto una piel esplendorosamente blanca.
Los ojos de Paola refulgían de ira y de asco.
—Y ahora, si no quieres que te rebane el pescuezo, te vas a quitar el cinturón y me lo vas a dar, y ese cuchillo. También las botas y la camisa. Y el fusil.
El soldado gimió de rodillas en el suelo. La sangre chorreaba y caía por su camisa sucia y él intentaba cortar la hemorragia.
—Me vas a meter en muchos problemas si te llevas mi arma.
Paola no escuchaba, recogió el fusil y lo lanzó a la bolsa.
No calculó bien y quedó entre unas piedras, pero no le importó; en realidad, de nada le servía porque no sabía utilizarlo.
Después, con enorme rapidez, cambió el hacha por el afilado cuchillo y, sin apartarlo del cuello del hombre, pegado al corte donde manaba la sangre, le ordenó tumbarse en el suelo y poner las manos a la espalda.
Con muchas dificultades para evitar que la cogiera desprevenida, a sabiendas de que en un cuerpo a cuerpo no tenía nada que hacer, le ató las manos con el cinturón.
El soldado maldecía y la insultaba a gritos, pero no había nadie alrededor.
Entonces, con el cuchillo, Paola le rasgó la camisa para utilizar los andrajos a modo de cuerdas, con las que le ató las piernas varias veces.
Posiblemente su éxito radicaba en que aquel hombre aún no creía lo que había ocurrido, no llegaba a comprender cómo aquella débil y hambrienta mujer actuaba de una forma tan metódica y decidida, sin sentir miedo alguno. O al menos, sin demostrarlo.