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Entre las lágrimas, Paola sonrió al oír hablar del hacha, esa amiga que siempre iba con ella.
Parecía que hubiera sido ayer, pero esa arma la acompañaba desde hacía más de dos años, la había encontrado en una finca, junto a un pozo, en una de sus incursiones en busca de comida y de cualquier cosa que pudiera vender en el mercado negro.
Aquella mañana, cuando unos desalmados la amenazaron y trataron no solo de robarle, sino también de agredirla, fue su salvación, por eso decidió quedarse con ella.
Hasta ese momento no había sido consciente de lo que realmente era capaz de hacer para sobrevivir, de cómo no tendría inconveniente alguno en utilizar su filo cortante.
Así que, desde ese día, el hacha se convirtió en su compañera, en su protectora, y sentirla cerca le daba una intensa seguridad y alejaba los fantasmas del miedo.
Dejó a un lado estos pensamientos, asintió levemente y, con suavidad, se dejó caer en la cama. Pili tenía razón, necesitaba descansar, ya pensaría mañana.
Las vecinas se llevaron a los niños con ellas y jugaron en el patio toda la tarde a hacer presas con el agua de un barreño.
Paola cayó en un profundo y reparador sueño que la sumió en las profundidades de sus oníricos miedos.
«Mañana será distinto —se dijo mientras todo se desdibujaba en su memoria y, desde la vigilia, caía en los brazos de Morfeo—.
Mañana tal vez llegue Adrián y mi sino cambie».
Las palabras de las mellizas obtuvieron sus frutos y Paola se levantó con el ánimo más dispuesto.
No había cambiado nada en su paisaje desolado por la guerra, y los miedos por la ausencia de su esposo continuaban asidos a sus entrañas, pero decidió que, aunque le faltara el aire para respirar, aunque la esperanza la hubiera abandonado, aunque si hubiera dependido de ella se habría dejado morir, había llegado la hora de caminar hacia algún sitio.
Tenía que conseguir comida y recursos para el invierno.
No sabía cómo, pero debía improvisar alguna solución; aún tenía dos hijos que esperaban de ella el milagro.
Desde mayo, se habían recuperado las cartillas de racionamiento, compuestas por un talonario donde aparecía reflejada la cantidad y el tipo de mercancía según el número de miembros de cada hogar.
Además, tenían nivel social: de primera, de segunda y de tercera.
Paola y su familia, evidentemente, pertenecían a los ciudadanos de tercera categoría; a los llamados «pobres», los que menos recibían.
Y no solo eso, además estaban estigmatizados por la mancha que significaba que el cabeza de familia, aunque desaparecido, hubiera militado en las filas republicanas.
Pronto la mujer fue consciente de su desgracia, de lo que significaba, en aquella sociedad enquistada, asustada y cruel, pertenecer al bando equivocado. Era la viuda de un rojo asesino.
Don Anselmo, su vecino de siempre, el que tenía la tienda de ultramarinos en el barrio, se había enriquecido durante la guerra con prácticas muy poco ortodoxas, utilizando el estraperlo y la usura a partes iguales y, ahora que se instalaban los vencedores en la ciudad, le había faltado tiempo para asegurarse afianzarse en el estatus que había adquirido.
De forma camaleónica se había convertido en el más ferviente seguidor de los principios que poco a poco se imponían en la ciudad, lanzaba el brazo al aire con deleite y con su vozarrón gritaba con entusiasmo: «¡Arriba España!
». También había delatado a otros vecinos, algunos de ellos escondidos en sótanos y escondrijos, a los que habían detenido, juzgado, encarcelado e incluso a alguno lo habían ejecutado.
Con estas deplorables acciones, don Anselmo se aseguraba la afección del régimen y la posibilidad de seguir abusando de los pobres desgraciados impunemente.
Aquella mañana, con las cartillas en la mano, Paola salió seguida de Pili a recoger su exigua ración y el pan, producto que, a pesar de su espantosa calidad, era de uso diario.
Al llegar a la explanada, una numerosa cola —engrosada por niños tiñosos, llenos de mocos y mugre— se abría ante el establecimiento.
Caras cargadas de miseria y miedo conformaban aquel cúmulo humano.
Cogieron la vez y se dispusieron a esperar con paciencia.
Poco a poco fueron avanzando hasta que, por fin, más de una hora después, les llegó su turno.
Marta, la mujer de don Anselmo, tras el mostrador y con cara de pocos amigos, iba repartiendo las migajas de la miseria.
Paola le tendió los papeles y la mujer, sin mirarlos siquiera, arrancó los cupones correspondientes.
—Buenos días, Marta. Hace mucho que no te veía tras el mostrador. —Su voz rompió un silencio cargado de susurros.
Marta no se molestó ni en levantar la vista ni ofreció contestación alguna.
Simplemente hizo unos paquetes con papel de estraza y se los tendió con una expresión de disgusto.
Paola se extrañó cuando comprobó que faltaba una buena parte de lo que les correspondía.
Sin perder las buenas maneras ni la paciencia reclamó su comida.
—Perdona, pero te has equivocado; aquí faltan cosas.
La tendera, que ya estaba confeccionando otro paquete, levantó los ojos y la miró fijamente.
—Es lo que hay —sentenció.
—Pero es que has cogido cupones de...
—¡Calla la boca, sucia comunista! Comes porque nuestro Generalísimo es demasiado generoso. Si por mí fuera, os dejaba morir a todos de hambre.
Paola empezó a perder la paciencia; no daba crédito a lo que escuchaba.
Aquella mujer sabía de sobra quién era su esposo, sabía que jamás se había interesado por la política; habían pasado la guerra cerca, habían compartido refugio alguna vez y ella todavía iba allí a recoger lo que le tocaba.
Bien era cierto que había notado el cambio de actitud en el matrimonio de tenderos, pero estaba tan desquiciada con sus propios problemas que nunca había imaginado que eso también pudiera volverse en su contra.
—Marta, ya me conoces, no juegues con la comida de mis hijos o...
No terminó la frase. Una carcajada ronca rompió los susurros y solidificó el silencio, todos los oídos puestos en aquellas palabras.
—¿O qué? ¡Pobre desgraciada! Si fuera tú, me daría la vuelta y agradecería con la fidelidad de un perro lo que se me ofrece. No me obligues a denunciarte ante las autoridades, que tú, y todos lo sabemos, tienes mucho que esconder. Fíjate si estoy siendo buena cristiana contigo.
Paola, pasado el estupor, se vio anegada por una rabia ciega y estaba a punto de contestar, e incluso dispuesta a saltar el mostrador y llevarse por la fuerza lo que era suyo, cuando una mano asió su brazo con fuerza.
—Vamos, chiquilla, aquí ya no podemos hacer nada. —Era Pili, que tiraba de ella hacia la puerta; la joven madre se resistía.
—Pero...
—Hazme caso, mi niña. Vámonos. —Los ojos de ambas mujeres se cruzaron un instante y, con la sangre hirviendo en las venas, Paola al fin salió de la tienda.
Atrás quedaban el silencio de todos y las palabras de Marta que, victoriosa, sintiendo el poder sobre los más débiles, se regodeaba en su superioridad.
—¡No te digo, la sinvergüenza! Todavía insinúa que me he quedado con su comida. Dos tiros le daba yo, un paseíto por los alrededores y un problema menos. Con el daño que han hecho a la patria y todavía vienen a morder la mano que les da de comer. ¿Verdad que son unos desagradecidos?
La clientela asintió poco convencida, pero ya se rumoreaba que aquella pareja delataba sin conciencia a quien se les pusiera por delante.
Se habían hecho íntimos de un mando militar que escuchaba con deleite todo aquello que quisieran decir, pues su odio a los rojos era tan visceral que hubiera fusilado a medio país, a todo lo que oliera a revolución.
Una vez que estuvieron fuera, Pili puso las cartas sobre la mesa.
—Mira, niña, formas parte de los vencidos; tu marido defendió a los perdedores y eso no se perdona.
No hay quien no haya perdido seres queridos, y se necesitan culpables.
Se necesita verter el odio y el dolor sobre alguien, y los que fueron enemigos durante varios años no pueden olvidar de un plumazo quién disparaba al otro lado.
Todos los días suenan las campanas, se suceden las misas por los caídos, por Dios y por España.
Solo por ellos. Los muertos del otro lado no merecen absolutamente nada y sus familias tampoco.
En esto consiste la guerra —sentenció—. Don Anselmo y su mujer no tienen escrúpulos, se cobijan bajo el sol que más calienta y no dudarán en echarte encima a todos los perros o a la Guardia Civil.
No nos queda más que aguantar si no queremos problemas.
Paola no podía dar crédito a lo que oía.
—Pero eso es una extorsión. Me quita el pan de mis hijos.
Quería llorar de impotencia. Si ya de por sí recurrían al Auxilio Social y con las cartillas apenas comían, ¿qué sería de ellos si los tenderos se quedaban con sus raciones?
—Tengo que buscar un trabajo, conseguir algo de dinero; si no, no podremos sobrevivir.
—Imposible, niña. Aún no dan trabajo a los rojos. Uno solo se coloca con padrinos; en cuanto huelan que eres del otro bando, te echarán de allí a patadas. Yo buscaré algo, que no soy sospechosa y tú deberás volver a las calles con mucha prudencia; vender, vender y vender.
—Si me pillan, me llevarán a la cárcel... un mínimo de quince días.
—No te pillarán, Paola. Sabes defenderte, esconderte y huir a tiempo. Confía en tu instinto.