Vientos de ira 2
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Paola estaba destrozada.

Había visto partir a su hija pequeña de la mano de su hermano Manolo y, para no echar a correr tras ella, se había repetido de manera obsesiva que aquello no duraría mucho; apenas unos días, todo lo más un mes.

Adrián estaría a punto de regresar del frente y entonces volverían a ser una familia: irían a recoger a la pequeña Paola; Carmencita, su otra hija, recuperaría la infancia que todo aquel horror le había robado; y el pequeño Adrián, al que puso el nombre de su padre ausente, no lloraría nunca más de hambre.

Pero, mientras tanto, la falta de la chiquilla era un zarpazo desgarrador para su maltrecho corazón.

Con el final de la guerra habían aumentado las escaseces y, por pura desesperación, Paola se había visto obligada a mandar a la niña al pueblo con sus abuelos y sus tíos, a ese pueblo que la había visto nacer a ella misma hacía ya tantos años.

No podía más, tal como estaban las cosas en la capital, tratar de sacar adelante ella sola a tres hijos era como condenarlos a muerte; tuvo que tomar una decisión que le pesaba en el alma como una losa.

Fue su pequeña Paola, de apenas cinco años, la elegida para marchar con su hermano y Petra, su tía postiza, rumbo al campo.

Porque no, quizá Pili y Petra no compartieran su sangre, pero esas dos vecinas mellizas, que vivían pared con pared con ella y su familia en una colonia a las afueras de Madrid, habían sido su apoyo en las penurias, su consuelo en los dolores y habían hecho más llevaderas, si eso era posible, las atrocidades de una guerra.

Por eso estaban muy próximas al corazón de Paola, por encima incluso de su familia real, aquella que tantos años atrás quedó en el pueblo, a la que hacía tanto que no veía y con quienes apenas tenía contacto.

El reencuentro con su hermano mayor, Manolo, de hecho, había sido fortuito, pero había servido para abrirle los ojos a su hermana y mostrarle una realidad que ella no quería ver: que no era invencible, que no podía con todo y que había llegado la hora de tomar una decisión.

Y así lo había hecho, había tomado la decisión más dura de su vida, la de separarse de uno de sus hijos, con la firme esperanza de que las cosas volvieran a su lugar —de que su niña regresara a su lado— en cuestión de días.

Sin embargo, poco a poco aquella esperanza había empezado a flaquear; el tiempo había ido transcurriendo, el verano de 1939 ya se abría paso y su marido no regresaba.

Tres meses habían pasado desde la marcha de la niña y el arrepentimiento y la culpa hacían mella en su ánimo.

En cuanto tenía noticia de algún retorno, de algún soldado que, herido o sano, volvía del frente, Paola se lanzaba con una batería de preguntas inconexas, casi delirantes, sobre el recién llegado.

En más de una ocasión la apartaron con cajas destempladas de los soldados que regresaban y que no entendían qué preguntaba aquella mujer enloquecida.

Pili estaba muy preocupada; la situación tras la entrada de las tropas franquistas en la capital no había trastocado demasiado sus vidas, salvo por el hecho —al principio fundamental— del fin de los bombardeos.

Pero aquello no era más que un espejismo.

A los bombardeos les siguió una caza de brujas espeluznante, que rasgaba la noche con detenciones y fusilamientos.

El hambre, no obstante, tenía el mismo color, dolía igual y atacaba de la misma manera, solo que ahora Paola se había desentendido del avituallamiento en gran medida.

Hasta entonces habían salido adelante gracias a su perspicacia, su valentía y su ingenio.

Se las había apañado para colarse en el mercado negro vendiendo o intercambiando por lo más necesario todo lo que encontraba por las calles o los huevos de las gallinas que, de vez en cuando, robaba.

Pero ahora, sin sus ideas, sin el estraperlo y sin sus desvelos, apenas tenían nada que comer, aparte del escaso racionamiento que se había impuesto.

Los niños lloraban y la obsesión enfermiza de su madre con el regreso del padre acabaría con todos ellos.

Petra volvió del pueblo al cabo de un mes y medio, tras haber dejado allí a la pequeña. En vista de que no recibía noticias de Madrid, supuso que no habría nuevas y, aunque Carmen, la madre de Paola, tenía todo tipo de detalles con ella, creyó llegado el momento de regresar a su hogar.

Y en esta situación tan desesperada vivían cuando, un tibio día de finales de junio, Pili entró en la casa vecina y se encontró a Paola metida en la cama, tapada hasta la cabeza con una manta raída.

Su hijo Adrián lloraba desconsolado con una rabieta que le cortaba la respiración, mientras la pobre Carmencita, con su hermano pequeño en brazos, trataba de calmarlo sin conseguirlo, recibiendo de este únicamente patadas y golpes.

Ante tal espectáculo, Pili se hizo cargo de la situación, cogió de los brazos de la niña a su hermano, que aún se revolvía, y le dio un ligero azote en el culo, lo que hizo que el pequeño redoblara su llanto, aunque más acompasado.

El segundo azote y la regañina posterior hicieron su efecto y el niño quedó sobre su cama sollozando e hipando, ya tranquilo.

—Tía Pili, ya no sabía qué hacer. Llamé a mamá, pero no quiere contestarme, ha empezado a decir que no la llame mamá, que la llame como me dé la gana, pero no así.

Le pedí que se levantara, ella nunca está en la cama, pero no me escucha.

Después Adrián se puso a llorar y, como no podía hacerle caso porque estaba con ella —y señaló a Paola—, mira la rabieta que ha cogido.

Está muerto de hambre y dice que le duele la tripita.

Carmencita se sentó a los pies de la cama de su madre y empezó a llorar también.

Pili la consoló un rato y después le pidió que saliera de la habitación con su hermano, que no se preocupara, que todo se iba a arreglar.

Una vez que quedaron a solas, se dirigió a su vecina, que ni siquiera había sacado la cabeza de debajo de la manta.

—Mira, niña, no puedes seguir así. Tenemos que organizarnos la vida como antes. Hay que buscar comida, cosas para quemar, todo lo que nos pueda servir, porque el verano se acabará y, de momento, las cosas siguen igual.

Silencio e inmovilidad. Paola no daba señales de vida. Pili insistió con cariño.

—Sé que todo esto es muy duro, que temes por Adrián, que has tenido que dejar marchar a tu hija. Sé que...

—¡Vete! —El grito fue desgarrador y heló la sangre de la melliza.

Sin embargo, se recompuso y siguió con su discurso.

—Sé que es duro, te entiendo...

Paola se revolvió en la cama, sacó la cabeza por completo y miró fijamente a su amiga, pero su gesto no concentraba más que desprecio.

—¡Tú no sabes nada! ¡No entiendes nada! ¡Nunca tuviste ni hijos ni marido! —escupió a gritos con rabia y rencor—. ¡Tú...!

La bofetada rasgó la mañana y, tras esa, llegó la siguiente.

El gesto de estupefacción de la muchacha era atroz.

La sorpresa dio paso a una ira tan profunda que, olvidando todo lo vivido, se habría lanzado como una fiera a devolver el odio acumulado, la desesperación y la impotencia.

Sin embargo, tal como llegaron aquellos sentimientos devastadores, con la misma fuerza, se disolvieron instantes después en una profunda tristeza, que se tradujo en lágrimas de desconsuelo.

Atraída por los gritos, Petra se asomó a la puerta, seguida de los niños, en el instante en el que su hermana, cogiendo aire para tranquilizarse, volvía a intentar animar a su vecina.

—Esto no puede seguir así, niña mía. Está bien preocuparse por los que no están, pero de los que están, es preciso que te ocupes.

Tienes dos hijos más y lo estás olvidando.

Adrián no llega, puede que esté vivo o que no lo esté.

Debes estar preparada para todo, pero solo el tiempo te mostrará la verdad.

Sabes que a muchos los han asesinado por el camino, tu hermano mismo te lo dijo; otros han huido, se han escondido y tienen miedo de regresar.

No sabemos qué ha sido de tu marido, pero todos los días escuchamos a tu hijo llorar porque tiene hambre, y eso es real, eso está aquí, ante tus narices, y es tu responsabilidad.

Meterte en la cama y aislarte no va a solucionar nada, es más, todo empeorará porque te necesitamos para sobrevivir, necesitamos de tus ideas, de tu valor y de tu empuje.

Vuelve, vuelve, Paola, con nosotras. No te rindas. ..

Las últimas palabras quedaron suspendidas en el silencio que se abrió a continuación, rebotaban una y otra vez por los resquicios que aún no se habían sellado dentro de la mente de la joven madre y empezaban a tomar sentido.

Abrió los brazos hacia sus hijos y estos se acurrucaron en su regazo.

Apoyó la cabeza sobre ellos, cerró los ojos.

—Ya no puedo más, os lo juro. He intentado todo, he tratado de mantenerme en pie, de buscar la esperanza donde ya no existe, de luchar, pero mis fuerzas se han agotado y solo quiero que todo termine, y que termine ya.

Me estoy volviendo loca. Sé que Adrián está vivo, lo siento; mi alma no se ha desgarrado por su ausencia.

No sé por qué no llega; tal vez huyó lejos y he de pensar que tardará en volver.

Para decir las últimas palabras elevó el tono y sollozó con más fuerza.

Las dos hermanas se miraron llenas de dudas, se acercaron y abrazaron a la familia de Paola. Fue un abrazo largo, silencioso y cálido; las palabras sobraban, era mucho mejor sentir la intensidad del apoyo.

—Hoy descansa, muchacha. Todos tenemos derecho a hundirnos un día, pero coge fuerzas, que mañana saldremos con tu hacha en busca del cielo.