Vientos de ira 1 #2
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El miedo que creaban los rumores a lo largo de las inmensas filas de futuros exiliados —rumores que iban y venían, se magnificaban y se volvían a olvidar— provocaba en quienes por allí caminaban un insano instinto de supervivencia, absolutamente reñido con cualquier muestra de solidaridad.

Había que llegar pronto: cerrarían las fronteras, las tropas de Franco los seguían de cerca, los ametrallarían en cuanto mejorara el tiempo, había un número limitado de personas que podrían pasar al país vecino.

.. Todo esto y mucho más se escuchaba en las frías noches, junto a las arreciadas palabras del viento.

Comenzó a anochecer; las temperaturas bajaron aún más, aunque había dejado de nevar con tanta fuerza y el viento se había apiadado de ellos; ya no soplaba.

Contra la incipiente oscuridad, como suspendidos en el aire, ligeros copos helados continuaban su lento descenso hasta depositarse con suavidad en cualquier superficie.

Algunos caminantes se detenían en los bordes de la senda, bajo los árboles, para descansar un poco.

Habría quien ya no despertara, dormido para siempre en aquella gélida trampa.

Manuel también estaba extenuado; la carga del niño, que al principio le había parecido tan liviana, se iba notando con el paso de las horas.

El pequeño seguía durmiendo al calor de su cuerpo y él se preguntó cuánto tiempo haría que aquel chiquillo no dormía en condiciones, y se sintió culpable.

Nunca, jamás, nadie, por ningún motivo, debería lanzarse a una barbarie como aquella ni condenar a criaturas inocentes a vivir horrores que no les pertenecían y para los que no estaban preparados.

Él había sido uno de los que se habían dejado llevar por la euforia, uno de los que habían pedido armas para el pueblo, uno de los que soltaban discursos incendiarios aquí y allá, de los de «conmigo o contra mí»; un estúpido más, se confesó, componiendo una sonrisa amarga.

La palabra debería ser el arma más sofisticada.

Ahora solo el sarcasmo más escéptico llenaba su ideal político.

Había visto demasiadas cosas, había comprobado límites insospechados de bajeza humana, presenciado cobardías inimaginables, tropelías en nombre de unos ideales que se manchaban sin pudor; la guerra era eso.

Y entre todo aquel fango surgían los héroes anónimos más desconcertantes, aquellos que, obligados a acudir a una batalla en la que no creían, obligados a matar sin saber bien por qué, eran capaces de dar lecciones de humanidad y honradez.

—Vamos a parar, estamos agotados, Pablo. —Manuel oyó claramente la voz de la madre de aquel rapaz que colgaba de sus brazos y sintió un alivio enorme.

El llamado Pablo frenó la mula y la condujo al borde del camino sin pronunciar una palabra.

Todos siguieron al animal y se internaron con mucha prudencia entre los árboles.

Habían llegado a una arbolada planicie, donde la nieve tenía menor profundidad y, sin separarse demasiado de la multitudinaria serpiente, que arrastraba los pies bajo un cielo sin estrellas rumbo a un futuro desconocido —fluía de forma constante como un manantial en su nacimiento—, prepararon un improvisado campamento.

Sacaron de la mula unos mendrugos y unos pedazos de queso curado y se dispusieron a tomar fuerzas y descansar un poco.

Manuel despertó al niño, que lo miró con ojos extrañados, y lo depositó con cuidado en el regazo de su madre. Tenía los brazos entumecidos y pequeños calambres surgían a lo largo de sus extremidades, aquí y allá. Se disponía a dar media vuelta cuando la mujer se aferró a su antebrazo.

—Muchas gracias por recoger a mi hijo. No sé qué hubiéramos hecho sin usted. Ya ve cómo está mi marido; desde que le hirieron en la pierna, no es el mismo.

Manuel la miró. Se había echado la manta hacia atrás y se había quitado todo lo que le tapaba el rostro para poder comer. Era una mujer pasada la cuarentena, enjuta, de nariz aguileña y ojos menudos que rebosaban inteligencia y decisión.

—Siéntese con nosotros y deje que le ofrezcamos algo de comer, al menos.

El soldado estaba a punto de excusarse para seguir su camino cuando una voz profunda lo sobresaltó desde atrás.

—Tiene razón mi mujer. Jesusín es tan pequeño que apenas puede avanzar, pero encima de la mula se cae. Le debemos la jornada de hoy.

Cuando se dio la vuelta, se encontró con el rostro afable de Pablo, que se colocaba los pantalones después de haberse perdido entre los árboles para aliviarse.

—Debo continuar, mis hombres van por delante y tengo que unirme a ellos —mintió.

—Me llamo Pablo, Pablo Martínez —anunció el hombre como si no lo hubiera oído—. Y esta es mi mujer, Sonsoles; mi hijo Pepín; mi hijo Luis; y el que has traído en brazos, Jesusín —señaló uno por uno. Después extendió su mano y el soldado se la estrechó.

—Manuel —respondió escueto.

Pablo se acercó y rodeó los hombros del soldado; una familiaridad que desconcertó al militar, que miró esas manos con recelo. Después lo guio junto a su mujer y lo invitó a sentarse.

—Usted y yo sabemos que no hay nadie por delante que lo espere, le vengo observando desde ayer y sus pasos no delatan más que nostalgia. Así que, si no le importa, comparta con nosotros esta humilde comida, descanse y denos la oportunidad de agradecerle su gesto.

Pablo hablaba como un sacerdote, su voz ronca mantenía un timbre constante que invitaba a la escucha y al recogimiento.

Juntaba las manos mientras se expresaba y sus movimientos eran tan suaves que parecía que sus dedos enguantados flotaran en el aire.

Sonsoles, mientras tanto, hacía pequeñas hendiduras en la nieve y, sacando unas mantas, acomodaba a sus hijos de manera que formaran un círculo entre todos.

El frío arreciaba con empeño y se avecinaba una larga noche.

La primera intención del militar fue quedarse unos instantes para no ser desconsiderado y seguir su marcha a su propio ritmo, pero al sentarse sobre su capote y comprobar su debilidad, decidió permanecer con aquella familia unas horas y compartir su descanso.

Era mucho más seguro estar acompañado en aquellos momentos de indecencia humana.

—¿De dónde vienes? —Pablo hablaba con la boca llena de una mojama que le hacía rumiar de continuo.

—Estuve defendiendo Barcelona; salí de allí huyendo y, como todos, me dirijo a la frontera.

Manuel no tenía ninguna gana de hablar, prefería el silencio y el murmullo de las voces lejanas que continuaban caminando.

Le dolía rememorar, volver a cualquier instante del pasado reciente, y se negaba a dar explicaciones a un desconocido de sus dolores e incertidumbres.

Lo único que necesitaba era arrebujarse unas horas para seguir.

Miró a los niños, que lo observaban en silencio mientras masticaban una vez tras otra la misma mojama que su padre, y de nuevo un sentimiento de culpabilidad dobló su corazón, devolviéndole los reflejos horrorosos de la contienda: seres inhumanos despedazándose sin descanso entre sí, mujeres cuya imagen se materializaba en Paola, demacradas, abandonadas, zaheridas.

Se sacó el verdugo que aún cubría su rostro y lo sacudió en un vano intento de lanzar aquellos pensamientos lejos. De inmediato sintió en sus mejillas la gélida llegada de la noche y un invisible remolino de copos quedó flotando a su alrededor.

Pablo había continuado relatando con suave acento algunas vicisitudes del camino que su interlocutor no oyó, perdido en sus propias elucubraciones.

—... siendo furriel he podido hacerme con esta acémila y evitar tener que cargar con todo lo que llevan las alforjas.

Y no crea que fue fácil; supongo que usted imaginará esa insana locura que desordena las conciencias cuando se trata de huir para salvar la vida.

Aún llevo un trozo de munición en la pierna, regalo de un compañero con el que compartí media guerra.

Ya ve usted, cuando se trata de salvar el culo, ni la familia parece existir.

No se atrevió a más cuando comprobó que o me mataba o me llevaba al animal.

Pablo calló de repente y se tocó la pierna herida. A través de la oscuridad, Manuel no podía ver bien, pero le pareció que a aquel hombre se le llenaban los ojos de lágrimas. El silencio se hizo dueño de ese espacio y los ecos lejanos de los caminantes rellenaron el vacío de su voz.

—¿Tiene usted familia? —preguntó de pronto. Parecía haber olvidado los últimos instantes de desconcierto y amargura, y en su tono volvían a asomar esos ecos cadenciosos de sus primeras palabras.

Manuel iba a contestar que la única familia que tenía en el mundo era su padre y que, gracias a Dios, se encontraba fuera de peligro en el país vecino, porque su otra familia, la postiza, se había desmembrado y desaparecido, dejando apenas un rescoldo de añoranza.

Sin embargo, la angustia corrosiva y viscosa que envolvía su alma le ordenaba callar, no seguir con aquel diálogo que podría alargarse y alterar su maltrecho control.

Por eso compuso un rictus de incomodidad y negó con la cabeza.

Esperaba que fuera suficiente y saciase la curiosidad de aquel hombre.

A pesar de todo, no pudo evitar recordar con cariño a doña Matilde, el ama de la residencia de los Ruiz de Villanueva; aquella mujer que había sido como una madre para él y había colmado su orfandad.

Siempre consideró esa casa como un hogar y su familia fue una urdimbre de todas las chicas de servicio que pasaron por allí, de su padre y de la propia Matilde.

Tenían sus problemas, desacuerdos, ausencias y roces, no habían faltado traiciones y distanciamientos, pero él siempre los había considerado, con mucho afecto, su universo familiar.

Al estallar la guerra, sin embargo, todo aquello había volado por los aires.

Él se alistó y Julián, su padre, viajó a Portugal con los señores para huir del conflicto.

Doña Matilde no quiso hacerlo; le pesaban los años y aquel cuerpo inmenso, y prefirió volver a la casa de su madre, cerrada desde su fallecimiento, dispuesta a aceptar lo que viniera, con la tristeza instalada en su alma por haber perdido todo lo que amaba: su trabajo, sus compañeros del servicio y, sobre todo, haber tenido que despedirse de él, su niño, como le dijo la última vez que se vieron.

Aquellos tristes recuerdos amenazaron con ahogar a Manuel una vez más.

Sin embargo, antes de que tuvieran ocasión de hacerlo, Sonsoles le ofreció un poco de queso, algunas castañas que él aceptó gustoso y varios tragos de vino que templaron su garganta.

Después, la mujer fue acomodando a los niños para que descansaran unas horas antes de continuar el viaje; acercó la mula y la obligó a colocarse en el suelo mientras le gritaba.

—¡Vamos, Camila! ¡Arre!

Consiguió que se tumbara y, al calor del animal, se acomodó ella abrazando a sus polluelos y cubriéndose con las mantas. En pocos instantes, Manuel oyó sonidos rítmicos bajo las mantas que susurraban de forma monótona e invitaban al sueño. Estaban rezando.

—¿Fumas? —El furriel extendió su mano con un cigarro recién liado entre los dedos.

Sorprendido, Manuel lo tomó con avidez; hacía largos días que no sentía el sabor roto y balsámico del tabaco.

Con la primera calada cerró los ojos y, al abrirlos, miró la negrura del cielo en el que empezaban a brillar algunas diminutas y titilantes estrellas.

Se arrebujó más en su capote; la helada comenzaba a caer a pesar del resguardo de los árboles cercanos.

Aquí y allá se sucedían los susurros, los gemidos, los llantos infantiles: sonidos de una marea humana enmudecida e interminable.

—He arramplado con todo lo que he podido, lo suficiente para que Camila pueda soportar el peso —susurró Pablo tras la brasa de su cigarrillo—. Total, ya daba lo mismo y necesitábamos provisiones para el camino.

Ante el mutismo de su interlocutor, que seguía disfrutando de aquel cigarro con auténtico placer, el marido de Sonsoles decidió dar la velada por concluida. Iba a desearle buenas noches cuando la voz del miliciano interrumpió sus intenciones.

—Disculpe que esté tan callado, pero lo último que me podía esperar en este mundo era volver a disfrutar de un cigarro en medio del bosque, haciendo un alto en esta gélida y dolorosa marcha. No se puede ni imaginar cuánto se lo agradezco.

Pablo asintió levemente mientras corroboraba en silencio aquel sentimiento.