Vientos de ira
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Manuel caminaba cabizbajo, arropado con su capote, hundidas las botas hasta las rodillas en la nieve.
Llevaba un verdugo de lana con el que apenas se le veían los ojos y en sus pestañas se agolpaban los copos impidiéndole ver bien.
Por encima una gorra, de la que había arrancado las insignias en un instante de desesperación, calada hasta las orejas.
Hacía un frío infernal y la ventisca arrojaba contra aquellas pobres almas sus gélidos susurros.
Él era afortunado, apenas cargaba con la mochila militar, su fusil y una bolsa con algunos alimentos y agua.
A su alrededor mujeres, niños y ancianos arrastraban hasta la extenuación maletas y bultos.
Levantó la vista y se limpió los ojos. El gusano gigantesco de los vencidos se movía con lentitud.
Miró al infinito, las enormes masas montañosas se perfilaban contra el cielo plomizo más allá de sus pasos, conformando una durísima barrera que se interponía entre aquella marea humana y la libertad.
—¡Sigue! ¡No te pares, por el amor de Dios! Sé que estás cansado, pero no puedo cogerte —se oyó gritar por encima del ruido del viento.
Manuel bajó los ojos. Delante de él, a pocos pasos, un hombre maduro, que cojeaba ostensiblemente de una pierna, tiraba con ahínco de las riendas de una mula.
A su lado caminaba una mujer que se apoyaba en el lomo de la acémila; se la veía delgada y frágil incluso bajo las abultadas ropas que llevaba, y junto a ella, tres niños luchaban por avanzar contra el vendaval.
El más pequeño lloraba y se quedaba atrás a pesar de los gritos de su madre, que parecía incapaz de convencerlo de que continuara la marcha.
Por fin, la mujer se soltó del animal y se dio la vuelta.
La fuerza del viento la lanzó hacia su hijo en un revuelo de cabellos y telas que restallaban sordamente.
Cada paso era complicado y para el niño casi imposible, porque se hundía en la nieve hasta los muslos.
Manuel miraba la escena mientras seguía la marcha adelantando por un lateral a la familia que se había parado.
De repente, un recuerdo sacudió su memoria, un recuerdo que mantenía sujeto al olvido momentáneo, porque sobrevivir se había convertido en su única meta. ¿Qué habría sido de Paola y sus hijos?
Y como en un diluvio llegaron a su mente los recuerdos.
Su Pau, su querida amiga, esa madre que luchaba por sobrevivir y sacar adelante a sus tres hijos, tal y como hacía esa familia que tenía ante sus ojos.
¿Seguirían todos con vida? ¿Habría regresado su marido del frente?
La última imagen que tenía de ella le cortó la respiración y quiso apartar aquellos pensamientos tan dañinos.
Un dolor sordo le hizo olvidar durante unos instantes el frío y la nieve.
Se paró, se dio la vuelta, se acercó al niño y sin una palabra lo tomó en brazos y lo escondió en su capote.
—Continúen; si paran, se quedarán helados. Yo me haré cargo del niño —gritó.
La mujer asintió con la cabeza. Llevaba el pelo recogido en un moño —aunque a esas alturas parecía que hubiera más mechones sueltos que contenidos—, una pañoleta de tela basta haciendo las veces de verdugo y, sobre todo ello, una gruesa manta.
Tenía la piel muy blanca pero llena de rojeces y los ojos llorosos.
—Gracias —dijo dándose la vuelta para emprender la marcha. Comentó algo con el hombre que tiraba de la mula y este hizo con la barbilla un gesto de agradecimiento dirigido a Manuel. Nada más.
El niño era como un pajarillo; apenas se notaba su peso, temblaba sin control y sin decir una palabra ni pronunciar una queja se acurrucó en los brazos del militar.
Este calculó que tendría unos siete años y tanta ropa encima que era normal que no se pudiera mover.
Su madre le había quitado los zapatos y le había puesto muchos calcetines, unos encima de otros, por lo que sus pies parecían enormes bolas chorreantes.
Manuel le quitó las primeras capas y guardó esos calcetines húmedos en su mochila, si no, hubieran acabado empapando sus ropas también.
El pequeño, rendido, se relajó al calor del cuerpo abrigado de su salvador y se durmió inmediatamente mientras todos seguían la triste marcha.
Aún quedaban muchos kilómetros de montaña.
Ahora podían caminar de día; los árboles y la espesura del bosque los protegían.
No había sido así algunas jornadas atrás, cuando las columnas de desplazados eran bombardeadas y ametralladas sin consideración por los aviones alemanes, que parecían empeñados en cebarse con aquellos miles de ciudadanos desprotegidos y asustados.
Él había sufrido varios de esos ataques, había saltado sin dilación a la cuneta y se había protegido con lo primero que había encontrado, a veces sin nada, a la espera únicamente de que el azar decidiera por él.
Tras el paso de los aviones solo quedaba muerte, gemidos y gritos desesperados.
Muchos ya no lograrían llegar a la frontera.
Manuel caminaba solo. Toda su compañía había sucumbido en la defensa de Barcelona y él había huido con otros muchos militares; hombres anónimos con cara de desesperación, famélicos y agotados, que no encontraron en su corazón una razón convincente para morir como héroes.
Todo estaba perdido; él lo sabía desde hacía meses.
El fin de aquella horrible guerra y la victoria de los sublevados eran ya un hecho.
Durante la larga marcha se había mantenido taciturno; no se había relacionado con nadie, no había protegido a nadie ni había importunado a ninguna persona.
El trauma de sus muertos iba tras él como la larga cola de una novia, sin poder desprenderse del arrastrar de sus telas.
Ver a sus compañeros caer a su alrededor uno tras otro, sin poder hacer nada, y tener la desfachatez de seguir vivo era un sentimiento que apretaba su alma como una losa y le producía pesadillas.
Y de repente, aquel niño resquebrajaba sus decisiones sin ningún esfuerzo y abría un sendero diáfano que le facilitaba el sufrimiento añadido de sus recuerdos. El crío se removió, inquieto, lo sacó de sus reflexiones y a punto estuvo de hacerle perder el equilibrio.
—Tranquilo, zagal —susurró—. Descansa ahora, que aún nos queda mucho.
Las remembranzas del pasado se colocaron de nuevo a su vera y siguieron el mismo camino revoloteando por los bajos de su capote.
Seguramente Pau aún estuviera en Madrid, en aquella casa devastada por la pobreza, cuidando de sus hijos hambrientos.
Recordaba con claridad la primera vez que la vio, recién llegada a la capital, asustada como un pajarillo al que habían sacado de su nido.
Una muchacha de pueblo, sola, desorientada en aquel Madrid inmenso, que entró a servir a la misma casa en la que él vivía desde que tenía uso de razón, siempre a la sombra de su padre, chófer de los señores por aquel entonces.
Se enamoró de ella nada más verla, confusa y desprotegida pero decidida y vital, y ese sentimiento se había mantenido inalterable a través de los años.
No había podido desgajarse de sus ojos ni olvidar el tiempo que compartieron en casa de los Ruiz de Villanueva, pues, a pesar del interminable trabajo, siempre encontraban momentos para confidencias, paseos y compañía.
Sin embargo, él no fue nunca más que un amigo, y al final Pau se casó con otro.
Después, durante la guerra y mientras pudo, Manuel había amparado el desconsuelo de Paola y sus escaseces ayudando en su maltrecha economía, tirando de todos sus contactos para que ella y su familia se beneficiaran del contrabando en el que estaban inmersos algunos de sus amigos.
La última vez que se encontraron, Pau era un montón de huesos, andrajosos pero invencibles, que no sabía de dónde sacaba las fuerzas para tirar de todo sin rendirse, para seguir confiando en el regreso de Adrián, su esposo, y para buscar alimento en el infierno si era necesario.
En la mente del miliciano aún habitaba fresco el recuerdo de la última noche que la había visto: él quiso sincerarse, decirle lo que sentía, pero ella ni siquiera lo dejó hablar; la determinación de mantener la fidelidad a su marido y el miedo a la traición sobrevolaron entre ellos, creando un muro de incomprensión y silencio.
Manuel regresó al presente de golpe, con aquella memoria tan agónica que aún revoloteaba en su cabeza, y fue en ese momento, tratando de no perder el paso, cuando una pena conocida, pero no por ello menos dolorosa, se agarró a los pliegues de sus entrañas con tanta fuerza que le obligó a cerrar los ojos un instante.
Hizo un movimiento en falso y bota y pierna se hundieron hasta la cadera.
—¡Cuidado, señor! —La voz angustiada de la madre del niño que llevaba en brazos se elevó por encima del viento, que parecía amainar lentamente—.
No se salga del sendero; con la nieve nunca se sabe los peligros que puede esconder, tan suave como parece y tan traicionera.
Se lo dice una navarrica, que de nieves y fríos está curtida.
Manuel levantó la cabeza y vio sus ropajes moverse al compás de sus pasos, siguiendo a la mula y tirando de sus dos hijos, que agarraban con fuerza sus manos.
Ni siquiera se había detenido, había pasado a su lado y había lanzado la advertencia.
El camino no permitía más que avanzar y avanzar.
Se recolocó al pequeño, que seguía dormido, e inició de nuevo la marcha, recordándose que tendría que andar con más cautela si no quería romperse una pierna o algo peor.
Una herida o una rotura podrían significar el fin, sobre todo porque Manuel viajaba solo.