Vientos de ira Epílogo
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Epílogo

Las vidas se entretejen en un laberinto sin fin, unas con otras, por unos instantes o por toda la vida. Son el destino y las circunstancias los que marcan la pauta, los que convierten a la familia en extraños y a los vecinos en familia.

El reencuentro de Paola con su hija Paz, a la que ella seguía llamando con su mismo nombre, se produjo cuando la joven contaba ya diecisiete años. Fue un encuentro frío, el de dos desconocidas que no se reconocen. Paola dejó a una niña, casi un bebé, y ante ella tenía a una mujer.

La joven nunca perdonó a su madre su primer abandono, pero cuando por fin conoció las circunstancias, aunque ya era tarde para afectos, la disculpó en cierta medida.

Nunca se sintió su hija, y mira que lo intentó, y Paola, a pesar de que puso en ello todo su empeño, jamás quiso a esa muchacha como amaba a sus otros dos hijos.

Lo que había fantaseado su cabeza durante tantos años, soñando con volver a verla, se quedó en eso, una simple fantasía.

El tiempo, asesino de dolores y ausencias, había hecho su trabajo.

Paola volvió a Madrid cuando falleció Manuel, y aunque las vidas de madre e hija transcurrieron paralelas a partir de aquel momento, jamás se sintieron como tales.

Carmencita no quiso volver, toda su vida estaba allí, en Portugal, en el lugar donde se sintió feliz por primera vez tras la guerra.

Su novio, un lisboeta fornido, dueño de una ferretería, le pidió matrimonio para que no se fuera del país y ella aceptó.

Adrián, sin embargo, acompañó a su madre.

Juntos abrieron su antiguo hogar y volvieron a hacer brotar las parras del patio.

Pili y Petra se quedaron en el país vecino, nunca regresaron a su casa de la colonia Mahou, nadie las esperaba y ya estaban muy mayores para aventuras. Aguardaron su vejez juntas, como habían vivido.

Don Celestino, después de seis años sin dejar de insistir, consiguió un indulto para Pablo, que salió así de la cárcel un gélido día de invierno.

No llegaron a saber quién tenía tanto empeño en hacerle daño, quién lo delató al poco de llegar a Madrid, o quién se benefició del sufrimiento de esa familia.

Estaba famélico, enfermo y mentalmente destrozado, pero la felicidad de compartir la libertad con los suyos le fue sanando poco a poco.

Sonsoles se encargó de ello; lo cuidó, lo mimó y lo amó como en aquellos primeros días de Pamplona, agradecida de que por fin estuviera junto a ella.

Contra todo pronóstico, todos sus hijos se encontraban bien.

Los pequeños, Angelines y Gloria siguieron viviendo en la casa familiar.

Lourdes, aunque más lejos, seguía manteniendo el contacto con todos ellos, incluso los visitaba cuando podía.

Agustín, por su parte, nunca llegó a salir de Francia y allí se casó con una judía alemana a la que escondió de los nazis.

Para Pablo, aquellas Navidades fueron las más felices de su vida; el primer nieto estaba en camino.

Carmen y Marcial educaron a su nieta con todo el amor del que fueron capaces.

Manolo se casó en el pueblo con una muchacha pelirroja llamada Mariana, que resultó ser la sobrina de los maestros, doña Florencia y su esposo.

La familia de la joven no estaba de acuerdo con aquella relación, el labrador les parecía poco para ella, pero la pelirroja era de armas tomar y, después de mucho tira y afloja, los padres decidieron que era mejor tenerla casada que trotando desbocada por el mundo.

Se quedaron a vivir en el pueblo, como Manolo había prometido a la pequeña Paz, y le compraron a Leandro la casa del molino, de la que irremediablemente se enamoró Mariana.

El fallecimiento de Marcial supuso un duro golpe para toda la familia y Carmen envejeció de golpe.

Aquello, sumado a la vuelta de Paola a Madrid, precipitó la marcha de Paz a la capital.

Su abuela no tenía fuerzas para hacerse cargo de ella, y aunque la joven le rogó que la dejara quedarse, que quería cuidarla y protegerla, Carmen supo que no tenía futuro en aquel pueblo del que cada vez huían más jóvenes.

José pasó un par de años en las montañas, pero su juventud empezó a pedirle vida.

Un día de primavera, harto de la espera y tras despedirse de sus padres, cogió sus cosas y se fue.

Carmen lloró su marcha una vez más y sufrió cada instante que pasaba sin noticias suyas.

Un año después recibió esa carta tan deseada, era muy larga, y en ella le contaba que se había enrolado en un barco rumbo a Argentina, allí se había quedado a trabajar y las cosas parecían irle muy bien.

Nunca más volvió a España. Siempre echaría de menos su tierra, su pueblo, su bosque.

Sufrió la separación de su familia como una llaga que jamás sanó.

Portaba en sus ojos una tristeza antigua, la impotencia de no saber la verdad, de no poder comprender quién lo había delatado y por qué motivo; un suceso ajeno a su vida que, como a muchos otros jóvenes, le marcó la existencia y no le dejó más salida que el exilio.

Y mi madre, Paz —Paola para su madre—, también se casó y tuvo hijos.

Desde que murió Manuel, mi abuela se vistió de negro y se recluyó en su casa, en su patio con su gallinero, que convirtió en invernadero.

Era una mujer dura, de pocos sentimentalismos, que te daba un pescozón si se te caía el pan y que se empeñaba en que comiéramos con vino y casera.

Me costaba verla reír y lo que más afecto me provocaba eran las exquisitas rosquillas que hacía por mi santo.

No recuerdo que fuera cariñosa ni con mis hermanos ni conmigo y creo que, aunque lo intentó, nunca quiso a mi madre como a una hija, posiblemente porque era la viva imagen de su derrota y, por ende, nunca nos vio a nosotros como sus nietos.

Siempre había quien lo hiciera mejor. Mis tíos tampoco vieron nunca a mi madre como a una hermana, y esa es la pena, pero sobre todo la incomprensión, que ha arrastrado ella toda su vida.

Hoy es la misa de funeral por Paola, una misa por la que nunca consideré mi abuela, ni siquiera nos avisaron de su muerte, ni siquiera mi madre pudo despedirse.

Sin embargo, necesita ir y veo en sus ojos verdes a la niña que fue, a la niña que se sintió abandonada, a la que tuvo abuela en vez de madre, la que sobrevivió a los vientos de ira, la misma que quiere que la acompañe. Y es solo por ella por quien lo haré.