35. Vengo de una tonelería
E l clima de ese sábado de finales de marzo era perfecto. Diego y yo salimos temprano cargados con las herramientas y el barniz.
—¿No podéis esperar? No debería hacer esfuerzos aún —dije, preocupada—. Acaba de terminar el reposo.
—Es cosa suya. Dice que está recuperado.
—Dice —repetí molesta—. También lo dijo dos días después de que el médico le diera el alta. Que son dos costillas rotas, Diego, que no es un rasguño.
—Si él dice que puede, déjalo estar.
Fruncí el ceño y apreté fuertemente la bolsa de tela que llevaba. Yurde tardó unos días en despertar después de haber hablado y ese tiempo fue el único en el que hizo el reposo en condiciones.
Faltaban pocas horas para que el sol se irguiera en el cielo.
Por eso, debíamos darnos prisa. Los días estaban siendo agradables y, cuando el sol se alzara en lo alto, las calles estarían llenas de gente paseando o departiendo con sus amistades en los bancos del paseo y de las plazas.
Los niños jugarían en el muelle y pintarían de color el ambiente grisáceo que aún se percibía en la ciudad.
Las calles, fingían no recordar la surada que les había arrancado sus adornos y las abocó a la austeridad temporal.
Sorteamos a los guardias, bordeamos las rocas y bajamos por ellas hasta la plataforma de madera que tan bien conocía.
Apoyado sobre la barca, Yurde contemplaba el mar con la mirada perdida.
Se levantó al escucharnos. Sentí el calor de su mano al ayudarme a bajar las últimas rocas y me estremecí al tacto de su beso en la mejilla.
—A ver ese agujero —dijo Diego, inclinado sobre la barca y acercando la lámpara—. ¿Ha traído Iyán la madera?
—A tu derecha —contestó y se frotó las manos, deseoso de empezar—. Pues tú dirás, porque yo hice el muelle como pude, pero de barcas no tengo ni idea.
—Hombre, yo no estoy mucho mejor. Vengo de una tonelería, no de una atarazana —replicó Diego, que se sonrió por lo bajines al ver la cara de decepción de Yurde—, pero algo haremos.
Me quedé un rato de pie, por si me necesitaban para algo.
A ratos contemplaba embelesada a Yurde, a ratos observaba con cariño a mi hermano trabajando codo con codo con él.
Siempre se habían llevado bien, sobre todo por el carácter desenfadado y alegre de Yurde.
Pero algo había cambiado. No sabía si era el semblante de Diego, desprovisto ahora de esa rigidez férrea.
Seguía siendo serio, inflexible en sus opiniones morales y políticas y explosivo.
Sin embargo, me daba la sensación de que se había vuelto más cercano.
Quizá yo había aprendido a ver ese lado más amable de él.
El caso era que verlos a los dos juntos, trabajando, me produjo muchos buenos sentimientos hacia mi hermano.
Aquella fatídica semana de febrero nos había unido con unos lazos de afecto que yo creía imposibles.
Dentro de la desgracia, encontramos una relación de hermanos que no sabía que podíamos tener.
Harta de estar de pie sin hacer nada y de sentirme inútil, me quité los zapatos y me senté en el borde de la tarima, con los pies colgando.
Fijé la mirada en el vaivén de las olas y sentí que todo quedaba lejano en el tiempo.
El incendio, la surada, Cibrián Cobo… todo.
Cerca de veinte días tardaron en apagar el incendio por completo.
Y así se había alargado hasta entrado marzo.
Diego, en su ímpetu por mantenerse ocupado, habría querido arreglar la barca mucho antes, pero Yurde no había consentido.
Necesitaba participar en la tarea, como si en ella hubiera implícito un cierto homenaje a su padre.
A mi hermano no le quedó de otra que calmar sus nervios con largas caminatas, cuando el tiempo lo permitía, por el campo y por la bahía con sus hijos.
Desde la muerte de nuestro padre, les prodigaba cariño y atención en mayor medida de lo que acostumbraba.
En el ayuntamiento fingía que aquello solo había sido una contrariedad que no afectaba a su vida en lo más mínimo, pero cuando llegaba a casa lloraba en el pecho de Marina y buscaba el afecto de sus hijos.
El sonido amortiguado del martillo —con todo el cuidado que pusieron— dio paso al olor del barniz. Y después, a la voz de Yurde en un tono de admiración y alegría.
—¡Lista! —exclamó sin apartar la vista de la embarcación, reluciente ante los rayos del sol matinal, que ya se levantaban por el horizonte y que se reflejaban en su casco abrillantado.
Saqué unos trozos de pan con pescado seco que doña Anjara, previsora, me había ayudado a preparar y se los comieron para reponer fuerzas mientras el barniz se secaba.
—Reprime tu entusiasmo. Comprueba primero que flote —dijo Diego.
—Lo hará, y el próximo día traeré en ella diez cubos de pescado. Verás.
Diego asintió divertido mientras masticaba. Una vez tragó, contestó con una sonrisa:
—Si tus predicciones son tan buenas como las de Madama la Sardinera, ya podemos preparar el festín.
Yurde se atragantó. Recordó haberse burlado de él con aquella misma frase hacía un mes y supo que mi hermano captó al vuelo la burla. Un rubor le subió por el rostro hasta las orejas y Diego soltó una carcajada.
—Estaba deseando devolvértela, hermano. —Le dio una palmada en el hombro.
—¿Hermano? Llevamos siendo cuñados desde hace seis años y era solo eso, cuñado.
—Ya, bueno. Desde que estás con esta —me señaló con la cabeza—, eres mi hermano. Acostúmbrate.
Yurde me miró con las cejas enarcadas y me reí.
—Bueno. —Diego se puso en pie después de mirar su reloj—. Yo me voy, que aquí ya no me necesitas y me espera la parienta.
—¿No se enfadará madre si nos dejas solos? —pregunté.
—Se enfadará Marina si por estar haciendo de celestina hoy se queda sin clase.
—Me dio un par de palmaditas en la mejilla—.
Que ya había quedado con madre en que se llevaría a los niños de paseo para poder concentrarse.
Para un día que no se ha levantado con náuseas.
Por cierto, que lleva días con sincio [15] de torrijas.
Espero que se le pase pronto, porque está insoportable.
Me reí.
—¿Y cómo va con las letras?
—Muy bien. Ya lee frases sencillas. En poco tiempo, estará pidiéndole todos sus libros a Francisco. Pero volviendo a vosotros… —Nos señaló con el dedo primero a mí y luego a Yurde, a quien clavó con una mirada severa—. Es imposible vigilaros siempre. Os comportaréis, ¿estamos?
—Estamos —asintió Yurde.
—Hala, pues, lo dicho. Hasta luego.
Dijo esto último mientras ascendía por las rocas.
—Qué confiado se ha vuelto —dijo Yurde—, nos lo han cambiado.
—Sí, para mal o para bien, todos hemos cambiado un poco.
Yurde se quitó los zapatos y se sentó a mi lado, de cara al mar.
—¿Cómo van las cosas con tu madre?
Me encogí de hombros.
—¿No habéis hecho las paces? —preguntó con una expresión fingida de indiferencia que escondía preocupación.
—Ahora ya puede estar en la misma habitación que yo, pero casi prefiero que no esté, pues no es solo que no me hable, es que finge que no existo y me destroza.
—Creo que deberíais hablar —dijo con cautela.
—Quizá, pero no me atrevo. Temo empeorar las cosas.
—Bueno, pero es que así no estáis bien.
Después de la última discusión y las bofetadas, siempre estaba enfadada.
Había ocasiones en que parecía estar de buen humor, pero, en cuanto me veía, cambiaba de nuevo.
Cada noche, durante el último mes, reprimí mis impulsos por gritarle que, aunque padre no estaba, los demás seguíamos allí.
Me hacía cargo de la lucha de sentimientos que la embargaba; sin embargo, no era justo que me sentenciara a beberme su goteo constante de amargura.
A mí y a veces también a Diego. No obstante, a mi hermano le tenía cierto temor y respeto que la llevaba a comedirse.
Era cierto. Así no estábamos bien.
—Lo sé. Tienes razón, hablaré con ella —concordé. El abrazo espontáneo de Yurde me alivió. Su calor, su olor, su sonrisa.
—Bueno —dijo, mirando la barca—. Ya está más cerca ese paseo pendiente.
—Estoy deseando —aseguré, ilusionada.
Una pareja de gaviotas nos rebasó y volaron mar adentro, dibujando filigranas en el cielo con su vuelo.
Saqué una mano y hundí los dedos en el agua fresca del mar.
—Esto es maravilloso, Yurde.
—¿El qué?
—Todo. La mar, el sol, estar aquí contigo… —Él me sonrió y apoyó los brazos en las rodillas.
—Sí, lo es.
Le cogí de la mano y lo miré a los ojos.
—¡Cuánto tiempo hemos perdido!
—Ya te lo dije, tontuca . Siempre hemos estado juntos. —Me tumbé en la madera y apoyé mi cabeza en sus rodillas—. ¿Cómo se obró el cambio, por cierto?
—Tu hermana y Mercedes tuvieron la culpa, pero déjalo estar, que me da vergüenza hablar de eso. Ahora sé lo que sentiste cuando te pregunté.
Se rio y me acarició el pelo.
—Bueno, supongo que algún día podremos hablar de ello sin timidez.
—¿Cuándo será eso? —pregunté.
—Espero que antes de que tengamos a nuestro primer hijo. —Se rio—. Si no, vamos mal.
—¿El primero? —Lo miré ilusionada—. ¿De cuántos?
Su mirada era profunda.
—Los que tú quieras.
Me incorporé sin dejar de mirarlo a los ojos. Me dedicó una sonrisa y llevé mi dedo hasta los hoyuelos que tanto me gustaban. Seguí sobre su piel suave la línea que los dibujaba. Él giró la cara y me mordió el dedo con cariño. Me arrancó una sonrisa.
Noté la profundidad de sus sentimientos cuando cogió mi cara entre sus manos y me besó.
Un beso suave, cálido y tierno que expresó más que todo lo que pudiera decirme.
Lo miré con los ojos vidriosos e impacientes.
Nos abrazamos con ganas de quedarnos en aquel puerto para siempre, de volvernos a besar.
Pero habíamos hecho una promesa a mi hermano.
—Creo que voy a sentarme en las rocas, mejor —le susurré al oído.
—No. Demasiado lejos —replicó en el mismo tono. Me reí.
—Bueno, pues como estábamos, entonces.
—Qué remedio —dijo él. Volví a reír.
Me tumbé de nuevo.
—Me alegro de que la barca tenga arreglo. No me habría perdonado si la llegas a perder por mi culpa.
Acarició mi pelo, con la mirada perdida en la lejanía. Sonreía.
—Pues, después de pensar mucho, creo que me alegro.
—¿Te alegras? —Enarqué las cejas.
—Cibrián Cobo quería hacerte daño. La rompió porque te importa a ti, no a mí, y eso me alegra.
—Pues yo lo lamento —dije. Volví el rostro al mar para que no viera mis ojos vidriosos al revivir aquel momento horrible.
—Abi —me giró la cara—, no llores por un caramelo que se perdió en el mar. Siempre lo tuviste en la mano, ¿recuerdas?
Sus ojos reflejaban el brillo del mar y su paz.
En ese momento se me fueron los sentimientos de culpa y la inquietud y sentí un deseo arrollador de ponerle la vida a los pies y hacer que cada momento desde entonces fuera feliz.
Devolverle un poco de todo lo que me daba.
Lo miré con una profunda admiración y asentí sonriente.
Reprimí mis ganas de tirar del cuello de su camisa y besarlo, porque no estaba segura de poder contenerme si lo hacía.
Mi hermano Diego nos había dado una confianza que no quería traicionar.
Así que miré de nuevo al mar y Yurde volvió a acariciar mi pelo.
—Le he pedido a tu hermano que me enseñe carpintería —dijo después de un rato.
—¿Y eso? —Lo miré sorprendida.
—En París no hay costa —comentó—. A algo me tendré que dedicar cuando vayamos a que estudies moda.
—¿Lo dices en serio? —Me incorporé de golpe—. ¿Estás dispuesto a ir conmigo a París?
—¡Claro! —Sonrió, contagiado por mi ilusión. Grité feliz y me lancé a su cuello—. Bueno, vale, que me triscas —se quejó entre risas. Me separé de él y me quedé mirándolo con adoración. Sabía que era un hombre maravilloso, me había quedado claro muchas veces, pero no dejaba de sorprenderme.
—Pero ¿estás seguro?
—Es lo que quieres, ¿no? —dijo con la confusión pintada en el rostro.
—Sí, claro. Pero… —Era lo que siempre había querido. Entonces, ¿qué me frenaba? Quizá la guerra había hecho que aquel proyecto quedara relegado a un mero sueño—. No pensé que estuvieras dispuesto a acompañarme.
—No voy a separarme de ti. —Su tono fue firme—. Nunca más. Así que, donde vayas, yo contigo.
Oírlo decir eso me hizo muy feliz, aunque un viaje como aquel implicaría muchas cosas.
—Yo no podría pedirte que te alejes del mar, de tu madre…
—Si te vas sola, me estarías pidiendo que me aleje de ti, y eso sí que no.
—¿Y tu trabajo? ¿Qué dirá tu patrón?
—Queda mucho para eso. Primero, tiene que terminar la guerra por allí arriba. Luego se verá. Pero tú vas a ir a Francia y yo, contigo.
—Te prometo que no será mucho tiempo —aseguré, una vez asimilé que lo decía en serio—. Prometo aplicarme para que podamos volver lo antes posible.
—Estamos construyendo la casa por el tejado, Abi. Lo primero en lo que tenemos que pensar es en la fecha de la boda.
—¡Ya! —Me levanté y tiré de él—. Vamos. ¡Hoy mismo, si se puede! —dije, impaciente. Él se rio.
—Anda, primero haz las paces con tu madre. No serás feliz del todo si no lo haces. Además, quiero que sea ella quien me haga el traje.
Aparté la mirada al horizonte mientras pensaba en sus palabras. Era cierto, si las cosas entre mi madre y yo seguían como estaban, el día de mi boda estaría empañado por la tristeza.
—¿Y si no se arregla?
—Me esforzaré por hacerte el doble de feliz, para compensar. Pero inténtalo. Y luego decidimos la fecha. ¿Te parece?
—Me parece.
Miramos los destellos del mar que se abría ante nosotros y nos perdimos en el océano que encerraban nuestros ojos.
Siempre supe que necesitaba a Yurde a mi lado, pero no hasta qué punto.
Se había convertido en el aire que necesitaba respirar cada madrugada al despertar.
En la sonrisa que me devolvía la felicidad en medio de la tristeza.
En el rayo de luz que bañaba el día gris.
En la caricia que apaciguaba los golpes de la vida.
Muy diferente de la sensación de seguridad que me prometía el compromiso del conde.
Una vida con la barriga llena, pero con hambre de libertad; un cuerpo abrigado, pero maltratado e infeliz.
No necesitaba las promesas de bienestar material, sino la seguridad de un compañero que me aliviara las heridas por el camino.
Y Yurde era todo eso. Siempre lo había sido.
Sin darme cuenta, lo era yo también para él.
La diferencia estaba en que él tuvo la dicha de saberlo siempre.
Durante un momento, nuestras figuras parecieron una sola en la lejanía antes de regresar por las rocas y volver sin prisa por la bahía.